COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's

sábado, 11 de octubre de 2025

EL ÚLTIMO CAMBIO DE TEBEOS

Hubo una época, no hace tanto, aunque ahora parezca de otro planeta, en la que no existía Internet, ni Facebook, ni Instagram, ni Netflix, ni TikTok, etc. Ni siquiera los memes que tenemos hoy día. La diversión venía doblada y grapada, impresa en papel barato, con los bordes un poco amarillentos.

El paraíso de los lectores de entonces no era una gran librería con aire acondicionado, sino un modesto local con luz tenue y un cartel que decía: "CAMBIO DE NOVELAS Y TEBEOS". Allí, en esas cuevas milagrosas de tesoros en papel, la economía funcionaba con la lógica del trueque.

Llegabas con tus lecturas gastadas: las que ya te sabías de memoria, las que habían pasado por manos, bolsillos y meriendas. El dueño, un sabio entre montañas de revistas, te miraba y preguntaba:

—A ver, muchacho, ¿cuántos traes?

—Tres TBOs y una Hazañas Bélicas, señor.

—Vale, te los cambio por dos Pulgarcito y un Capitán Trueno. Si quieres un especial del gato Pumby o el último de Joyas Literarias Juveniles, te toca poner cinco pesetas más (en la mayoría de los casos se cobraba un pequeño suplemento económico, según los cómics que llevabas).

Aquel personaje no era un simple comerciante. Era una especie de bibliotecario del pueblo, un confesor de lectores, árbitro de disputas sobre si El Guerrero del Antifaz podía vencer al Capitán Trueno, y guardián del orden moral, porque algunos tebeos "no eran para niños", según su criterio misterioso.

Conocía a todos: la señora Carmen, que se llevaba novelas rosas de Corín Tellado por docenas; el chaval del tercero, que solo quería cosas de vaqueros; y ese otro, que pedía fiados ejemplares Mortadelo y Filemón pero nunca los devolvía. Un delincuente literario, vaya.

El local olía a tinta vieja, a polvo y a aventura. Las estanterías se doblaban bajo el peso de las colecciones: Roberto Alcázar y Pedrín, Zipi y Zape, El Jabato, Esther y su mundo… Era como entrar en una cueva del tesoro. Pero en lugar de oro había páginas, y en lugar de piratas, lectores ávidos con los codos llenos de tinta.

El sistema del trueque funcionaba con una precisión que ni el Banco de España. Tú entregabas tus cómics y, según el estado en que estuvieran (sin páginas rotas, sin dibujos coloreados con lápiz, sin mordeduras de perro), te daban puntos o crédito para llevarte otros. Era el paraíso del reciclaje literario, mucho antes de que existiera la palabra "sostenible".

Eso sí, había normas sagradas: no se aceptaban tebeos con recortes (¡ni hablar de las secciones de pasatiempos hechas!). Si habías dibujado bigotes a las heroínas de Esther, adiós al cambio. Y las novelas de vaqueros con las tapas arrancadas solo servían para el WC y no precisamente para leerlas, jejejeje.

Para los niños, entrar allí era como entrar en una dimensión paralela. Las monedas tintineaban en el bolsillo, el corazón latía con fuerza, y uno soñaba con conseguir ese número de Mortadelo donde se disfrazaba de bombero, o esa entrega de El Capitán Trueno que faltaba para completar la saga. Cada trueque era una aventura; cada historia, una puerta abierta a la imaginación lectora.

Cuando salías con tu botín bajo el brazo, corrías a casa, te tirabas en el suelo y te perdías durante horas. Sin pantallas, sin prisas. Solo tú, el papel y la imaginación haciendo ruido dentro de tu cabeza.

Con el tiempo llegó el final de una era: llegaba el futuro… primero los videoclubs, luego los ordenadores, después Internet y, finalmente, el streaming. Los locales de "Cambio de novelas y TBOs" fueron cerrando uno a uno, hasta quedar convertidos en leyendas de barrio.

El último que muchos recuerdan tenía la persiana medio bajada, un cartel quemado por el sol y el eco de risas y conversaciones que ya solo existen en la memoria. Hoy, cuando uno pasa frente a un portal como los de las fotos, con su letrero desteñido, recuerda que allí hubo un local de cambios de tebeos, puede sentir una punzada de ternura. Como si el espíritu de aquellas tardes siguiera allí, esperando que alguien toque la puerta y diga:

—Buenas… ¿todavía cambian tebeos?

Y quién sabe… tal vez, si escuchas bien, detrás de la persiana se oiga un murmullo de páginas pasando y una voz que responde:

—Claro que sí, chaval. Pero acuérdate de no traerlos pintarrajeados. Jajajaja.

Estos recuerdos los conservo así: en blanco y negro, como una fotografía vieja que se ha quedado a vivir en la memoria. Recuerdo aquellas metálicas persianas, las letras torcidas de algunos carteles, otros desteñidos por el paso del tiempo, el olor del papel usado y las risas al fondo del local.

Todo parece un sueño borroso, pero al evocarlo, el corazón aún late con la emoción de aquel primer cambio de tebeos.

Porque tal vez la vida moderna venga en alta definición, pero la infancia, la de verdad, sigue proyectándose en blanco y negro, con el sonido de páginas al pasar, olor a tinta gastada y una gran sonrisa que se dibuja en mi rostro al recordar, mientras escribo este post.




sábado, 4 de octubre de 2025

NAVAJAS DE KIOSCO. 6ª PARTE (AQUELLAS AUTOMÁTICAS QUE NOS DIERON SUEÑOS DE CINE Y RISAS EN LA CALLE)

Creo que esta es la sexta y última parte de los artículos "Navajas de kiosco". Con ella doy por completada la colección de piezas de plástico que se vendían en los kioscos de los años 70's y 80's: pequeñas joyas que tenían mucho que ver con la pequeña y gran pantalla, y que hacían un guiño inocente a películas y series de la época.

Pero eso no significa que algún día no amplíe o actualice alguno de estos artículos, o que no hable de alguna otra navaja clásica. De hecho, en uno de los posts ya conté que, tanto de niño como de joven, una de mis colecciones favoritas fueron los cuchillos militares, de monte, espadas y, por supuesto, navajas de verdad. También os prometí que algún día os enseñaría unas auténticas albaceteñas de siete muelles, al más puro estilo Curro Jiménez, o una buena multiusos suiza de las que utilizaba el bueno de MacGyver. Por eso, aunque este sea el último post sobre navajas de kiosco, no quiere decir que en el futuro no os hable de las navajas "de verdad".

En los años 70's y 80's, pocas imágenes eran tan potentes en la pantalla como la de una automática abriéndose con un chasquido metálico... ¡CLICK! No importaba si se trataba de pandillas urbanas en Nueva York o de jóvenes rebeldes en los barrios de España: aquel gesto se convirtió en símbolo de desafío, peligro y estilo.

El cine convirtió estos objetos en algo más que simples utensilios. Representaban poder, identidad y pertenencia a un grupo. En un mundo de pandillas y calles duras, la hoja que aparecía de repente no era solo un recurso dramático, sino un lenguaje visual cargado de significado.

El impacto fue tan grande que pronto se filtró a la vida cotidiana. La imagen de la navaja automática se coló en la cultura juvenil: desde la moda hasta el juego infantil. Muchos kioscos ofrecieron versiones inofensivas de plástico, baratijas que daban a los niños la sensación de participar en la misma épica que veían en el cine, aunque fuese en clave de inocente imitación.

Las que os enseño hoy, el kiosquero las sacaba de una bolsa transparente cerrada con un cartoncito ilustrado. Dentro, se alineaban en colores chillones: rojo, amarillo fluorescente o verde intenso. Cada niño tenía su favorita, y no era raro cambiar cromos o chucherías para conseguir ese color "soñado". Aunque eran simples trozos de plástico, bastaba pulsar el botón y escuchar el ¡CLICK! para sentirse dentro de una película.

La fascinación por estas armas también rozó la estética fantástica. El cartón de cierre de aquellas bolsas lo demostraba: una copia descarada del universo James Bond. Inspirado en Moonraker (como las que hoy saqué de EL BAÚL DE HAL), mostraba a un héroe espacial con traje plateado. Pero aquí no sostenía una pistola futurista, sino una de esas automáticas de kiosco. El resultado era tan ingenuo como entrañable: glamour de espía mezclado con cultura de barrio, acción intergaláctica convertida en un juguete de unas pocas pesetas.

Hoy, aquellas navajas se recuerdan con nostalgia, no solo como juguetes, sino como pequeños símbolos de un tiempo en que la imaginación podía llenar los rincones más humildes de nuestra infancia. En su momento, eran inofensivas y fascinantes, un puente entre la pantalla y la vida cotidiana, entre la aventura y el juego.

Con el paso de los años, su presencia en los kioscos se fue reduciendo hasta desaparecer, en gran parte por el endurecimiento de la normativa y la creciente preocupación social por la seguridad infantil. Sin embargo, aquellos objetos modestos no han caído en el olvido. Hoy forman parte del coleccionismo y despiertan una nostalgia que nos devuelve a un tiempo en el que lo sencillo bastaba para desatar grandes aventuras.

Más que un simple entretenimiento barato, estas piezas fueron reflejo de una España en transformación. En la década de los setenta, un país todavía marcado por la tradición comenzaba a abrirse a nuevas influencias culturales, y hasta un juguete de plástico podía convertirse en símbolo de esa transición. Desde el cine marginal o las series de bandoleros que alimentaban la imaginación de los niños, hasta la memoria de quienes crecieron en aquellos años, permanecen como recuerdo vivo de una época de cambio, creatividad y descubrimiento.

Si estos juguetes te hacen sonreír, no dudes en leer y perderte entre las imágenes de los otros cinco posts. Solo tienes que poner en el buscador de nuestro blog: "NAVAJAS DE KIOSCO", y aparecerán los mencionados cinco artículos, acompañados de un viaje lleno de nostalgia, risas y pequeños tesoros que despertarán recuerdos de infancia que creías olvidados.

Te prometo que cada post es una cápsula del tiempo que vale la pena abrir... ¡CLICK! 





sábado, 27 de septiembre de 2025

CUANDO EL CAMBIO TE LO DABAN EN MINI CARAMELOS DE EUCALIPTO

Había algo mágico en aquellos mini caramelos de eucalipto que se vendían a granel en los kioscos y colmados de los años 70's y 80's. Eran pequeños, translúcidos y con ese olor mentolado que parecía abrirte la nariz nada más acercarte el cucurucho de papel donde te los daban.

En mi barrio, el ritual era siempre el mismo. Entrabas en el colmado del señor Juan, aquel tendero de manos grandes y voz ronca, y pedías unos caramelos. Él levantaba la tapa del enorme tarro de cristal, metía la mano, cogía un puñado y los dejaba caer sobre el mostrador de madera como si estuviera jugando una partida de dados, jajajaja. El sonido seco de los caramelos al golpear aquella barra brillante y gastada se me quedó grabado para siempre. Luego los contaba, casi siempre con una sonrisa pícara, y te decía:

—Huy, sobran dos… mmmm, estos te los regalo yo para el camino —y te los envolvía en un cucurucho de papel de estraza. Menos los dos de más, que esos te los daba en mano.

Lo más divertido era cuando ibas a comprar un tarro de café, leche o cualquier otra cosa y el cambio era tan pequeño que, en lugar de devolverte la peseta, el señor Juan te decía:

—No tengo suelto, la vuelta va en caramelos, que van muy bien para los constipados… ¡o para tu padre, a ver si deja ya de fumar! —y soltaba una carcajada.

Aquella forma de dar el cambio en caramelos no era exclusiva del señor Juan, era una costumbre muy extendida en kioscos y tiendas de barrio. A los niños nos encantaba, claro: salías de la compra con el pan bajo el brazo y un premio inesperado en el bolsillo.

Los caramelos de eucalipto no solo estaban en el colmado. Eran omnipresentes. Siempre había algunos en el bolsillo del abrigo de mi padre, que se los llevaba al trabajo "para la garganta", aunque en realidad los usaba de excusa para no encender otro cigarrillo. Mi abuela también los tenía en el delantal, dispuestos a repartirlos entre los nietos como si fueran monedas de oro. Y nosotros, los niños, corríamos felices con la boca fresca y ese sabor intenso que nos hacía sentir mayores, mmmm… y hablando de delantales, os recomiendo este entrañable y cariñoso post: EL DELANTAL DE LA ABUELA. 

Con los años descubrí que aquellos caramelos no eran solo un capricho de la infancia, sino herederos de una tradición más antigua: el eucalipto había llegado a España a finales del siglo XIX, y pronto se usó para infusiones, ungüentos y, claro, caramelos que aliviaban la tos y despejaban la nariz. Lo que empezó como un remedio casero terminó convertido en un símbolo de ternura familiar y en la "moneda dulce y pequeña" de nuestra niñez.

Hoy, cada vez que mi paladar se cruza con un caramelo de eucalipto, no solo siento el frescor en la garganta: también me viene de golpe la imagen del señor Juan tirando los dados… perdón, quiero decir los caramelos sobre el mostrador, o de mi abuela sacando uno del bolsillo del delantal, o también de mi padre echándose una de aquellas mini delicias mentoladas para evitar coger otro Ducados. Pero, sobre todo, recuerdo a ese niño que fui, con los bolsillos llenos de eucalipto y la risa fácil.

Porque algunos recuerdos no se disuelven como el caramelo… se quedan para siempre.


sábado, 20 de septiembre de 2025

CERBATANA JÍVARO: ENTRE RECUERDOS E HISTORIA

Hoy, en este último respiro del verano, me asalta el deseo de volver atrás: a unos días como estos, allá por 1974… o quizás fue en 1975. El tiempo ya borra las fechas, pero no las sensaciones.

Fue aquel último día de vacaciones en mi pueblo, lo recuerdo como si fuera ayer... Al día siguiente volvíamos a Barcelona, nos esperaba un viaje de más de 12h, el verano estaba llegando a su fin y las clases acechaban a la vuelta de la esquina.

Esa tarde vi a Francisco, uno de mis mejores amigos de la infancia, con una sonrisa que parecía no caber en su cara. Esperaba ansioso a su hermana, Mari Carmen, que regresaba de Andorra tras pasar los meses de verano trabajando. Francisco aseguraba que volvía con la maleta repleta de regalos… yo, escéptico, no podía imaginar lo que eso significaba y pensé: "mmmm, no será para tanto".

Después de cenar, como cada noche, Francisco vino a buscarme. Pero aquella no iba a ser una noche cualquiera. Se acercaba a casa con una bolsa enorme entre las manos y sus ojos brillaban de emoción. Entre risas y gritos de júbilo, me mostró lo que le trajo su hermana: una verdadera joya.

Primero, una metralleta espacial "Pery - Cosmos" que sacaba chispas al apretar el gatillo. Luego, una "Cerbatana Jívaro", fabricada por IBER Sport S.A., con sus dardos de ventosa, que parecía sacada de un cuento de aventuras. Pero el colmo de la fantasía fue la misteriosa cabeza reducida de jíbaro, con su cuerdecita, lista para colgar y practicar puntería sobre ella. Era un lote de juguetes que parecía salido de mis sueños más secretos, y esa noche, junto a aquellos juguetes, quedaron grabados en mi memoria para siempre.

Por cierto… La cerbatana de IBER Sport se llamó "Jívaro" con v porque en los años 60's y 70's era común usar esa grafía en la cultura popular y en títulos de películas, libros o artículos sobre los pueblos amazónicos.

Este detalle refleja cómo la época mezclaba el exotismo con la publicidad: la "v" hacía que el nombre sonara más aventurero y llamativo para un juguete, reforzando la imagen de misterio y aventura que se asociaba a los indígenas amazónicos en la imaginación colectiva.

"Jívaro" con v se convirtió en una especie de sello de identidad del juguete, mostrando cómo incluso una letra podía darle un toque distintivo y "atrevido" al nombre, haciendo que sonara más épico y exótico que la forma correcta actual, "jíbaro" con b, aunque hoy la RAE considera correcta esta última.

Con los años, al entrar en el mundo del coleccionismo vintage y los recuerdos, esos juguetes se convirtieron en mi obsesión. Pasaron muchos años y, aunque no fue fácil encontrarlos (ya que son piezas muy buscadas, escasas y casi míticas), con paciencia y dedicación logré hacerme con ellos. Recordar aquella noche me llena de la misma emoción que sentí entonces: la magia de la infancia, la amistad y la promesa de aventuras que solo los juguetes más especiales pueden ofrecer. Este artículo va por ti, querido amigo Francisco. Un fuerte abrazo allí donde estés; seguro que será un lugar bonito y lleno de luz.

No os contaré nada sobre esa mítica y clásica metralleta "Pery - Cosmos", ya que la mayoría la conoceréis. Pero si queréis saber más de ella, aquí os dejo un enlace que os llevará a un post dedicado a esta fantástica arma espacial, escrito hace unos años: "UN PEQUEÑO PASO PARA EL HOMBRE, PERO UN GRAN SALTO PARA LA HUMANIDAD".

En cuanto a las cerbatanas, ese tubo alargado que lanza dardos y que seguro habréis soplado, mmmm… también hice un artículo sobre los mencionados canutos, jejeje, y aquí os dejo el enlace: "CERBATANAS DE PETARDOS"

Lo que sí os contaré es una curiosa historia sobre los jíbaros y uno de sus reyes. Os preguntaréis qué tiene de curioso… pues que el hombre era galleguiño, jajaja. Y no es coña. ¡Vamos allá!

El famoso dicho español "allí donde vayas, te encontrarás a un gallego" se cumplió a la perfección en los años 20's. Los vecinos de Iquitos vieron llegar a un grupo de indios wampis, uno de los pueblos que forman parte del conjunto conocido como jíbaros, en canoas repletas de pescado. La sorpresa no fue el cargamento, sino descubrir que quien los lideraba no era un indígena, sino un hombre blanco, alto, flaco, con gafas… ¡era Alfonso Graña!

Aunque todos lo conocían como Alfonso Graña, su verdadero nombre era Ildefonso Graña Cortizo. Nació en Amiudal, Avión (Ourense), el 5 de marzo de 1878, y murió en 1934 en Datem del Marañón, Perú, falleciendo en plena selva a los 56 años, con la veneración de los indios jíbaros.

Conocido como Alfonso I de la Amazonía, este gallego reinó durante 12 años en un territorio equivalente a la mitad de España. Hasta en la Amazonía había gallegos, jajaja. Alfonso I de la Amazonía fue rey de los jíbaros, los mismos que encogían cabezas hasta el tamaño de un llavero, y, para colmo, dejó descendencia que continuó el legado.

¿Pero cómo llegó un gallego analfabeto a ser rey de los temibles jíbaros? Alfonso emigró a Brasil en 1899 en busca de fortuna y acabó en Iquitos, Perú, trabajando en la recolección del caucho. Cuando la crisis del caucho azotó la región, se adentró en la selva del Alto Marañón, donde se enfrentó a los indígenas más temibles. La historia cuenta que la hija del jefe de la tribu se encaprichó de él, lo que le salvó la vida y le abrió las puertas de la tribu. Tras la muerte del jefe, Alfonso fue coronado rey y comenzó a gobernar, enseñando a sus súbditos técnicas de supervivencia, curtido de pieles, molinos de agua y extracción de sal, combinando la tradición indígena con su ingenio gallego.

Durante sus años como monarca, Alfonso Graña bajaba periódicamente a Iquitos para comerciar con productos de la selva, acompañado de varios jíbaros. Los llevaba incluso al cine, les cortaba el pelo, les curaba las úlceras y los paseaba en coche como a niños. Además, guió expediciones científicas y comerciales, facilitando la exploración del Amazonas y llegando incluso a rescatar un hidroavión estrellado y su tripulante, por lo que el gobierno peruano reconoció oficialmente su autoridad en la región.

Su reino abarcaba ríos, selvas y tribus diversas, incluyendo a los guerreros jibaros: Shuar, Achuar, Awajún, Aguarunas, Huambisas y Wampis… lo seguían como soberano indiscutible. Todos compartían costumbres similares, incluida la famosa práctica de reducir cabezas. Alfonso logró que estas tribus dejaran de guerrear entre sí al intervenir en sus conflictos, ganándose su respeto, confianza y admiración, todo gracias a su audacia, astucia y un toque de galleguismo que jamás falla.

Por eso, cuando se dice que Alfonso Graña fue "Rey de los jíbaros", es que en realidad gobernó sobre varias de estas tribus guerreras de largas cerbatanas y afilados dardos untados con curare, un veneno extraído de plantas amazónicas que paralizaba a sus enemigos o a sus presas.

Alfonso nunca volvió a Galicia y murió en la selva, dejando un legado que aún perdura: su nieto, Kefren Graña, lidera hoy la Federación Wampis del Río Santiago, protegiendo los recursos naturales del territorio que Alfonso gobernó. Su casa natal en Amiudal, Avión (Ourense) sigue en pie, con una placa que recuerda a quien fue "Rey de los jíbaros".

Ahora seguro que entendéis mejor eso de: "Allí donde vayas, te encontrarás a un gallego". Esa frase, aunque solo sea un tópico como muchos otros, podría aplicarse al explorador Alfonso Graña, el gallego que encontraron en la selva amazónica convertido en nada menos que el rey de los jíbaros.

Y así, entre recuerdos y juguetes como metralletas espaciales, cerbatanas y cabezas reducidas, comprendemos que la infancia y la historia se cruzan de forma tan inesperada como la aventura de un gallego perdido en la Amazonía que terminó convirtiéndose en leyenda. Alfonso Graña, un hombre que comenzó como un joven humilde y se transformó en héroe amazónico, nos recuerda que la vida está llena de sorpresas, y que a veces los cuentos más increíbles y curiosos son… reales, y pueden superar de largo la ficción.




Sé que más de un colega coleccionista pondría el grito en el cielo al verme desprecintar y abrir una caja que, quizá, llevaba más de 50 años cerrada. Me dirían que pierde valor, que es un sacrilegio... y quizá tengan razón. Pero yo soy de los que no puede dejar, en su colección, algo eternamente precintado. Necesito abrirlo, tocarlo, sentir lo que transmite.

Eso me ha sucedido con esta caja de la cerbatana de "IBER Sport", mmmm no pude resistirme jajajaja. La abrí, aspiré ese aroma del plástico recién liberado, "un olor que trae de vuelta aquellos años", toqué el juguete, jugué con él... No tiene precio sentir la verdadera magia de revivir esas emociones de los recuerdos.

Con todo mi respeto y mi cariño hacia mis colegas coleccionistas que no abren sus tesoros: no sabéis lo que os estáis perdiendo. Pero también entiendo que cada uno disfruta su afición a su manera, y esa diversidad es precisamente lo que enriquece este mundo de coleccionistas.











sábado, 13 de septiembre de 2025

TOI, EL PRIMER EMOJI CON SABOR IBÉRICO

 

¡YA TOI DE VUELTA!

 Las vacaciones ya son historia y, aunque siempre se hacen cortas, septiembre llega con ese aire de comienzo que nos provoca un cosquilleo especial. Vuelven los madrugones, sí… pero también el olor de los cuadernos nuevos, las colecciones que invaden los kioscos, los cromos que vuelven a pasar de mano en mano y ese toque de nostalgia que nos recuerda a cuando éramos críos y todo empezaba otra vez desde cero.

Y es que septiembre tiene magia: combina la pereza de despedir al verano con la ilusión de estrenar etapa, de seguir coleccionando momentos que, quién sabe, quizá algún día se conviertan en recuerdos imborrables. Por eso regreso con muchísimas ganas de compartir un poquito de nostalgia, y qué mejor que empezar esta nueva temporada enlazando con aquella imagen con la que me despedí antes de marcharme de vacaciones... porque no hay nada como cerrar un círculo para abrir otro lleno de sorpresas.

Así que preparaos: vuelvo con la mochila llena de posts nostálgicos, anécdotas y entrañables recuerdos divertidos y, cómo no... imágenes de piezas de mi colección, la que guardo dentro de "EL BAÚL DE HAL", y algunas otras cosillas como travesuras blogueras de abuelo cebolleta, que seguro te sacarán alguna sonrisa, jejejejeje, ¡vamos allá!


Hubo un tiempo en el que los recreos olían a bocadillo envuelto en papel de plata, a tinta de bolígrafo mordido y, cómo no, a Bollycao. Pero no nos engañemos: muchos niños no compraban aquel bollo por el chocolate (que, dicho sea de paso, siempre se acumulaba sospechosamente en una sola punta), sino por la pegatina que lo acompañaba. Sí, hablamos de los míticos TOI, los cromos que se convirtieron en la primera red social analógica de España.

Un bicho verde, con ojos saltones y antenas, sujetaba un cartelito con mensajes tan simples como pegadizos: TOI CANSAO, TOI ENAMORAO, TOI RALLAO. ¿El resultado? Una fiebre colectiva que hizo que más de 150 millones de cromos circularan por mochilas, carpetas y puertas de neveras en España y Portugal entre 1989 y 1991.

De viñeta de periódico a fenómeno de masas... El origen de TOI no estuvo en ningún laboratorio de marketing internacional, sino en el lápiz de un joven diseñador catalán, Jordi Català, que en 1987 lo creó para una sección humorística de El Periódico de Catalunya. Aquella criatura, que en principio iba en blanco y negro, acabaría dando el salto a color gracias a la empresa Trigràfic y, finalmente, a los bollos de Panrico.

Lo curioso es que otras marcas como Nestlé o Cola Cao pudieron haberse quedado con los derechos, pero fueron los Bollycao quienes apostaron por él. Una jugada maestra: en pocos años, los niños compraban más por la pegatina que por el bollo. TOI no solo fue un icono pop, también fue gasolina para las ventas de Panrico durante más de una década.

Hoy usamos emoticonos y stickers para mostrar emociones en WhatsApp, pero TOI ya hacía eso... ¡en papel y con pegamento barato! Con su lenguaje recortado ("TOI" en lugar de "estoy", o "CONECTA@" adelantándose a la arroba digital), fue un precursor directo de los SMS, los memes y los emojis.

Y ojo a las versiones: hubo 54 modelos en la primera colección de 1989, aunque el reverso aseguraba que eran solo 50. Muchos siguen convencidos de que tienen la colección completa... y no es así (aquí os enseño la primera colección, junto a sus 54 cromos). Después llegaron más tandas: 65 cromos en 1992, otra en 2000 (50 cromos), otra en 2010 (50 cromos), y finalmente la colección conmemorativa del 30º aniversario lanzada en 2022 por Panini, con más de 230 cromos, incluyendo versiones actualizadas como TOI CONFINAO.

Algunos coleccionistas mencionan una posible colección de TOI en 1997, pero no hay información oficial que confirme su existencia. Es probable que esta confusión se deba a reediciones o a la circulación de cromos de ediciones anteriores durante ese periodo.

TOI funcionaba porque era simpático incluso cuando estaba enfadado. Con apenas cuatro rasgos: ojos, antenas, boca y manos, transmitía emociones universales. Era tan fácil identificarse con él que, en muchos casos, acababa expresando mejor lo que sentíamos que las mismísimas palabras.

Además, tenía un punto gamberro y castizo que lo hacía único: frases cortadas, guiños callejeros y un humor socarrón que, traducido a otros idiomas, perdía parte de la gracia. En Portugal se adaptó como TOU, y hubo intentos en euskera, gallego, catalán, francés e italiano. Pero el "sabor" original era inconfundible...

Se podría decir que estos cromos pasaron de las carpetas al recuerdo colectivo, y no exageramos si decimos que TOI fue un fenómeno sociológico. Pocos chavales de los 90's, y no tan chavales. Se libraron de pegar uno en la carpeta, en el armario o en el frigorífico, a veces bajo la mirada indulgente de las madres. Incluso hubo imitaciones piratas que llegaron a circular en revistas.

Más de treinta años después, TOI sigue siendo lo que su creador llama "el desconocido más conocido": no aparece en grandes documentales ni tiene película de Disney, pero basta mencionarlo para que a toda una generación se le escape la sonrisa. Porque, al final, no era solo un cromo: era un espejo verde de cómo nos sentíamos.

Hoy, mientras los emojis se multiplican en nuestros móviles, el TOI resiste como un recuerdo entrañable. Era, en palabras de su propio diseñador, un "estado de ánimo con antenas". Y puede que por eso, aunque ya no venga escondido en un bollo de chocolate, sigue ahí: en el rincón nostálgico de quienes crecimos con él.

En definitiva, los TOI fueron mucho más que pegatinas: fueron un idioma, un juego y una manera de compartir emociones mucho antes de que existiera Internet. Y si me apuras, siguen teniendo más gracia que muchos stickers de hoy.

 

¡TOI NOSTÁLGICO. TOI ESCRIBIENDO. TOI ENCANTAO DE TAR AQUÍ!