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sábado, 11 de abril de 2026

LOS CUADERNOS RUBIO

 

¿Ya habéis entregado los deberes de Semana Santa? Venga, venga, no os hagáis los despistados. Estos días pasados, entre procesiones, torrijas y el olor a incienso flotando por las calles, algunos habéis tenido que sacar del cajón (o de debajo de la cama, donde lo escondisteis el Jueves Santo bajo esa premisa de "si no lo veo, no existe") el cuadernillo de deberes que os pusieron antes de las vacaciones... ¿Lo recuerdas? jajajaja. Porque sí, en aquellos tiempos gloriosos y crueles a partes iguales, las vacaciones nunca eran del todo vacaciones. Siempre había algo pendiente, siempre había un cuaderno sobre la mesa recordándote que el ocio era un préstamo que debías devolver con sudor, cálculo y caligrafía.

Si eran los de Semana Santa, los deberes solían ser de tamaño manejable, casi razonables. Para el verano ya nos reservaban la artillería pesada: los míticos cuadernos "Vacaciones Santillana", aquellos tochos con su característica y colorida portada que eran capaces de hundir la mochila y el ánimo de cualquier niño en pleno mes de julio. Eran libros con una densidad tal que podías usarlos para calzar una mesa o para defensa personal contra un hermano mayor. Pero para la Semana Santa, el arma de instrucción masiva, jejejeje, era otro: el Cuaderno Rubio.

Un dato curioso: no existe un consenso firme sobre todos los colores que usaron los cuadernos Rubio en el siglo XX. Mientras que la memoria popular recuerda principalmente el amarillo, las evidencias de cuadernos conservados en colecciones privadas muestran también tonos entre el azul y el turquesa verdoso, especialmente en los ejemplares más antiguos, como algunos de los que saqué hoy de "EL BAÚL DE HAL". La propia editorial nunca ha publicado un catálogo cronológico de sus cubiertas, por lo que, hoy por hoy, determinar la gama exacta sigue siendo una tarea pendiente para los historiadores de la cultura material española.

Unos cuadernos con recordados e icónicos dibujos de portada, como el de aquel niño con su jersey, o mejor dicho, chaleco de pico y corbata, que apenas han cambiado con los años y que parece que nos vigila desde el pasado con una pulcritud que a muchos nos costaba mantener. Dibujos en sus portadas que toda una generación lleva grabados en la memoria como un tatuaje involuntario del sistema educativo.

La historia de este mito comenzó en 1956, cuando un emprendedor llamado Ramón Rubio Silvestre fundó en Valencia la editorial que llevaría su apellido. Ramón nació en Tarragona en 1924, aunque siendo apenas un bebé su familia se trasladó a Geldo, un pequeño pueblo de Castellón donde creció con esa persistencia que solo tienen quienes saben adónde quieren llegar. Graduado como profesor mercantil, montó la Academia Rubio en la calle Martí de Valencia para impartir clases de cálculo y contabilidad. Allí, harto de repetir ejercicios en la pizarra y de que los alumnos se perdieran entre números, empezó a crear fichas numeradas para que trabajaran solos. Aquello fue el "Netflix" de la educación de posguerra: contenido a la carta para que nadie se quedara atrás, jajajaja.

Los comienzos no fueron fáciles. Fue en el verano de 1968 cuando la familia al completo se subió al coche para visitar colegios y papelerías. Y permitidme un inciso, porque aquel fue un año de una cosecha irrepetible: los Cuadernos Rubio llegaron tal y como los recordamos a colegios y papelerías, y también llegaron a las jugueterías los míticos Madelman y, de paso, mmmm, nací yo, jejejeje. Algo muy potente debía de haber en el aire de aquel 1968 para que viniéramos al mundo con tantas ganas de dar guerra. Mientras yo daba mis primeros pasos y los Madelman empezaban a ejecutar sus primeras misiones, que con los años se convertirían en aventuras viajando a la selva, el Aconcagua, el fondo del mar y el espacio (porque los Madelman lo podían todo), los Rubio recibían negativas de libreros que no veían futuro en aquel papel pautado. Una papelería llegó a decirles que aquellos cuadernos no se venderían nunca. Años después, esa misma papelería hizo un pedido. Los Rubio no lo aceptaron, jejejeje. Incluso sufrieron una estafa de película cuando un comercial desapareció con unas 200.000 pesetas de la época. Sin embargo, aquel estafador, al ofrecer los cuadernos por todo el país para dar el golpe, terminó creando una red de clientes inesperada que clamaba por más material. El propio Ramón reconocería años después que le habría dado las gracias de encontrárselo, pues aquel hombre realizó, sin saberlo y por las malas, su mejor estudio de mercado. Así, lo que costaba 1,50 pesetas en 1960 pasó a ser un pilar básico de la educación española.

Durante los 70's y la Transición, el método Rubio conquistó las aulas de la EGB. Los profesores encontraron en ellos algo práctico para reforzar la caligrafía y el cálculo mental, generando sus propias mitologías y traumas menores. Había niños que completaban las páginas con una caligrafía perfecta, vocales redondas como planetas y palotes rectos como soldados desfilando. Y había otros, entre los que probablemente nos contamos muchos, que rellenaban las líneas con una prisa sospechosa, apretando el lápiz hasta casi romper el papel, y luego, si tenías que borrar, mmmm, ¿quién no ha sufrido el drama de la goma Milán 430 que, en lugar de borrar, emborronaba el grafito hasta dejar una nube negra sobre el papel que parecía el mapa de una tormenta?, jajajaja.

La anécdota más universal de aquella época fue, sin duda, el cuaderno mojado o "el ataque del lamparón de aceite". En aquellos años los estuches no eran herméticos, ni los bocadillos venían envueltos en papel de aluminio ni en film transparente de alta tecnología. El Cuaderno Rubio y el bocata de Nocilla (o peor, el de atún con el aceite traspasando el papel de estraza o de periódico) convivían en la misma cartera de cuero, y no siempre salían bien parados del encuentro. Llegar a casa con las páginas de escritura onduladas y con una mancha marrón o traslúcida en la esquina que olía a desayuno era un clásico del género. La madre te miraba con esa ceja levantada que presagiaba el fin de tus días, tú ponías cara de no saber nada, y ella suspiraba mientras el mundo seguía girando entre borrones de goma y olor a tinta.

Con los 80's llegó la época dorada de la editorial, llegando a vender diez millones de ejemplares al año. Eran las tardes de llenar páginas en la mesa de la cocina, con el televisor encendido al fondo emitiendo El Monstruo de Sánchezstein, Un globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca, o en el caso de los más talluditos... los legendarios Chiripitifláuticos, y todos corriendo para poder ver aquellos programas de TV, con el olor a guiso de la cena flotando en el aire y la voz de nuestros padres diciendo aquello de "no te salgas de la raya que pareces un médico escribiendo". Si tenías el cuaderno limpio y sin tachones, eras la élite social del recreo. Hoy, la editorial sigue viva en Paterna, Valencia, de la mano de su hijo Enrique y su nieto Luis, resistiendo con la dignidad de lo que sabe que es útil y adaptándose a los nuevos tiempos con una ironía maravillosa.

Para los que fuimos niños entre los 60's y los 90's, un Cuaderno Rubio es mucho más que papel. Es el tacto del papel pautado bajo los dedos, el olor a goma de borrar (sobre todo, mmmm, la goma de nata) y la voz de la seño diciendo "mañana me traéis el número cinco terminado o no hay patio", uffffff. Es también aquella España que aprendió a escribir, vocal a vocal, renglón a renglón, peleando contra el redondeo de las "o" y la inclinación de las "l", por no mencionar aquellas operaciones y problemas matemáticos que tantos quebraderos de cabeza nos dieron, menos mal de aquellos lápices que llevaban las tablas pintadas, jejejeje. Es también la esperanza de acabar los deberes antes de que oscureciera, para ver la televisión o simplemente para ignorar que el lunes existía. Porque los niños que fuimos siempre creímos que si terminábamos a tiempo, el tiempo libre sería más libre. Y, mirándolo con perspectiva, entre manchas de tinta y recuerdos de una cosecha excelente, quizás teníamos toda la razón del mundo.





jueves, 19 de marzo de 2026

UN CENICERO DE ARCILLA PARA EL DÍA DEL PADRE

Había un momento del año en el que el colegio olía distinto. No era el de la plastilina ni el de los bocadillos del recreo. Era un olor más serio, casi adulto: arcilla húmeda, manos sucias y una misión importante. Se acercaba el Día del Padre (como el de hoy), y en las aulas de la EGB se activaba la fábrica nacional de ceniceros. Porque sí, no había discusión posible: a tu padre se le regalaba un cenicero, fumara o no. Eso daba exactamente igual. Era como un ritual sagrado que marcaba el calendario escolar, y todo el mundo lo aceptaba con la solemnidad de una ceremonia medieval. Algunos niños miraban a la profe como si ella fuera una alquimista, capaz de transformar barro en tesoro.

La escena era siempre parecida. La profe repartía trozos de barro como si fueran lingotes valiosísimos. Tú lo mirabas con respeto, como quien contempla un diamante en bruto. Aquello no era plastilina; aquello era material serio. Había que aplastarlo, golpearlo, darle forma hasta conseguir una especie de galleta gruesa, irregular, orgullosamente imperfecta. Nada de diseños minimalistas ni cosas modernas. No: aquello tenía que tener borde levantado, aunque quedara torcido. Tenía que parecer un cenicero; aunque, siendo honestos, muchos parecían más bien una empanada prehistórica. Se respiraba una mezcla de concentración y ansiedad; algunos niños masticaban nerviosamente lápices, otros miraban de reojo a la profe esperando aprobación silenciosa. Algunos soplaban con fuerza sobre el barro para secarlo antes de tiempo, mientras otros medían con regla imaginaria, y siempre había un pequeño grupo que lo dejaba todo a la intuición, con resultados desastrosos y maravillosos a la vez.

Y entonces llegaba el momento clave: el ritual, el instante que separaba un simple trozo de barro de una obra de arte paternal: la mano. "Venga, todos, la mano aquí en medio", decía la profe con tono firme pero amable, como si guiara a un ejército de pequeños escultores. Y tú, con una mezcla de orgullo y miedo, plantabas tu mano sobre la arcilla y apretabas con decisión. No había medias tintas; había que dejar huella, literalmente. Al retirar la mano, aparecía allí tu palma, tus dedos, tus líneas, convertidos en algo eterno (o al menos hasta que se cayera de la mesilla del salón). Era una cosa preciosa y un poco salvaje. A veces los dedos salían desproporcionados, otras parecían patas de pulpo; pero daba igual: eso era tuyo. Cada imperfección se sentía como un detalle único, una firma que solo tú podías dejar.

Después venía el acabado artístico. Ese momento en el que cogías un palillo y, con toda la concentración del mundo, escribías: "Felicidades papa". Sin tilde. Nunca con tilde. Y con letras que parecían estar borrachas: grandes, pequeñas, torcidas, apretadas, juntas o separadas según el día. Una maravilla. Algunos añadían detalles: un corazón medio chuchurrío, una estrella rara o incluso un "te quiero" que ocupaba medio cenicero y parecía una declaración de guerra más que de amor. Y si los nervios se apoderaban de tu escritura, no pasaba nada: siempre estaba allí tu profesora para echarte una mano con la buena letra, suavizando los trazos, enseñándote cómo colocar las letras, corrigiendo sin quitar el orgullo del niño que lo hacía. Algunos niños se lanzaban a experimentos extra: texturas, rayas, pequeñas hendiduras en la arcilla, mientras otros, más discretos, se limitaban a cumplir la tarea sin florituras. Cada pieza terminaba reflejando no solo tu mano, sino tu carácter, tu paciencia y tus pequeñas obsesiones de aquel momento.

Luego venía la espera. Días en los que el cenicero desaparecía para "secarse", y tú pensabas que estaba en una especie de fábrica secreta donde pasaba por hornos invisibles y manos mágicas que lo transformaban. Algunos compañeros contaban historias fantásticas de cómo la arcilla cobraba vida mientras se endurecía; otros simplemente se preguntaban si llegaría intacto. Y cuando volvía, aquello ya era otra cosa: duro, serio, casi profesional. Podías sentir el cambio solo con el tacto; lo que antes era blando y maleable se había convertido en un pedazo de mundo real que sobreviviría al tiempo y a los golpes del descuido.

El gran día, lo envolvías como podías (normalmente fatal), usando papel de seda arrugado y cintas que nunca se quedaban quietas, y se lo dabas a tu padre con una mezcla de vergüenza y orgullo imposible de disimular. Lo recibía como si fuera el mismísimo Santo Grial. Lo giraba, lo examinaba, admiraba cada línea de tu mano marcada, cada imperfección convertida en arte, y decía algo como: "Esto lo ha hecho mi hijo". En ese momento daba igual todo: que el cenicero estuviera torcido, que no apoyara bien, que tuviera grietas o que él ni siquiera fumara.

Porque aquello no era un cenicero. Era tu mano detenida en el tiempo. Era barro convertido en cariño. Era un pedazo de infancia que acababa, inevitablemente, en la mesilla del salón o en el mueble bar, junto a las copas "de las visitas". Era un objeto que guardaba secretos: los días de risas, las conversaciones robadas en clase, la sensación de orgullo silencioso que solo un niño puede sentir al crear algo que durará. Y pensándolo ahora, si estas manualidades de los ceniceros se hicieran hoy en día en los colegios, no llegaba ni al secado: reunión urgente, padres escandalizados, inspección educativa en la puerta y el pobre profesor o profesora camino de galeras antes de que sonara el timbre, jajajaja.

Lo mejor de todo es que, décadas después, muchos siguen ahí: un poco desgastados, con alguna esquina saltada, algún color que se ha ido con el tiempo si estaban pintados, pero resistiendo. Como si supieran que no eran un objeto cualquiera. Que no eran un simple recuerdo de escuela. Sino uno de los regalos más honestos, torpes y bonitos que hemos hecho nunca. Y cada vez que los ves, vuelves a ser ese niño que palpaba barro con miedo y alegría, que soñaba con impresionar a su padre y que aprendía que incluso las cosas imperfectas pueden ser perfectas cuando están hechas con cariño.

Porque, al final, esos ceniceros de barro no eran sobre fumar, ni sobre decoración, ni siquiera sobre manualidades. Eran sobre tiempo detenido, sobre manos, sobre amor pequeño y grande al mismo tiempo. Sobre infancia que no vuelve, pero que deja huellas imborrables. Y cada uno que sobrevive a los años es un recordatorio silencioso de que, a veces, lo más valioso no es lo que se ve, sino lo que se siente: lo que permanece en la memoria, en la piel y en los corazones, incluso cuando los objetos empiezan a romperse.

Estoy seguro, papá, de que recordarás aquel día en que te traje aquel cenicero, hecho por mí, con la huella de mi pequeña mano… Aunque no estés, tu amor permanece en cada gesto y en cada recuerdo. Te echamos de menos siempre, papá. Feliz Día del Padre. 



sábado, 17 de enero de 2026

BÚ: EL PEGAMENTO VAMPIRO QUE UNIÓ NUESTRA INFANCIA

Si creciste en la España de los años 70's, hay algo que seguramente reconoces al instante: ese pequeño tubo de pegamento con un nombre tan simple como inolvidable… BÚ. Pero no nos engañemos: este no era un pegamento cualquiera. Era el vampiro de los adhesivos, listo para morder (pero solo para unir papel, cartón y, si eras valiente, hasta las piezas de alguna maqueta).

Tener en tus manos un tubo del original y terroríficamente divertido pegamento BÚ, de mediados de los 70's, es como tener una llave para abrir esa puerta directa a la infancia, a una época en la que todo era más sencillo y en la que muchos objetos tenían magia. Hace unos años hice un pequeño artículo para mi vieja página de Facebook "Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's", enseñando mi pegamento favorito, el mismo que hoy os enseño y que saqué de "EL BAÚL DE HAL", un auténtico regalazo que me envió Sergio Ruiz De Oliveira, amigo y seguidor de aquella primigenia y ya vieja página.

A pesar de los gratos recuerdos que me trae el pegamento Imedio (a este otro también le dedicaremos otro día un merecido post), debo decir que, aunque fue el que más utilicé (porque era el que más se comercializaba y el más fácil de encontrar en cualquier sitio), no fue mi preferido. Siempre que podía escoger a la hora de comprar pegamento, elegía el BÚ. Tenía algo especial, algo que lo hacía diferente, mmmm… está claro el porqué. Qué le vamos a hacer, soy fan desde niño del Conde Drácula y de Christopher Lee, y aquel tubito ya despertaba mi imaginación incluso antes de desenroscarlo jejejeje.

Su envase era icónico: un vampiro caricaturesco, con colmillos puntiagudos y capa, que parecía más dispuesto a robar tu merienda que a ayudarte a pegar la tarea del colegio. Sin embargo, había algo entrañable en esa mirada divertidamente amenazante. Cada vez que abrías el tubo y olías ese aroma a pegamento fuerte, sabías que estabas en buenas manos (bueno, en buenas garras).

Y ¿qué me decís del tapón puntiagudo del BÚ? Merecería un capítulo propio en la historia del diseño setentero… o directamente en la del terror simpático infantil. Porque no era un tapón: era un colmillo. Largo, negro, afilado, amenazante y elegante. Cerrabas el tubo y parecía que el vampiro del pegamento te miraba fijamente, como diciendo: "mmmm cuidado, que te hinco el diente" jejejeje.

A estas alturas está claro que el tapón del BÚ no fue diseñado: fue invocado jajajaja. Cuesta imaginar a alguien, sentado ante una mesa de diseño, proponiendo en voz alta: "¿Y si lo hacemos afilado, negro y amenazante, como un colmillo?"… y que el resto del equipo asintiera en silencio, convencido de que aquello era una gran idea. Porque ese tapón no cerraba el tubo: lo coronaba. Era la guinda vampírica (un cono perfecto, elegante y afilado, que parecía susurrarte: "tranquilo, solo muerdo si aprietas"). Y claro, apretabas. Siempre apretabas.

Visto hoy, el tapón del BÚ parece la punta de un misil gótico. Negro, estilizado y perfectamente alineado con toda la estética del envase. Nada de tapones redondeados, blandos, ñoños y seguros: en los 70's se apostaba sin complejos por el "si te pinchas, aprendes". Y cuando el pegamento se secaba (porque siempre se secaba), aquel colmillo se transformaba en algo todavía más inquietante: podía ser una estaca, incapaz de resucitar el pegamento, pero siempre dispuesta a dejarte una mancha, un pinchazo o un tierno recuerdo imborrable.

No era un pegamento tímido. Se promocionaba como resistente al agua, al ácido, al aceite y hasta a la gasolina. Imagina eso en manos de un niño de siete años: un tubo diminuto que prometía poder casi sobrenatural. Sí, era como tener un pequeño vampiro doméstico listo para salvar tus proyectos escolares, tus manualidades secretas y tus aventuras de cromos, cartón, papel y pegamento.

Y, además de ser más barato que otros pegamentos como el archiconocido Imedio, en el pack venían piezas y letras de colores, tipo pasta de sopa, con las que pasábamos horas interminables haciendo trabajos manuales, pegando, creando y manchándonos los dedos sin preocuparnos de nada más. Momentos sencillos, inocentes, que hoy se recuerdan con una sonrisa y un pequeño nudo en la garganta, mmmm, o puede que en la yugular jajajajaja.

Como todo buen vampiro, BÚ tenía su lado travieso. Muchas veces se nos olvidaba cerrar bien el tubo, dejando que el pegamento se secara y endureciera. Abrirlo después era casi un acto de magia: un pequeño "¡ahhh!" de frustración seguido de risas al intentar sacar el pegamento reseco. Y no hablemos de la ropa o las manos… ¡el pegamento vampiro no perdonaba!

Pero, a pesar de esos pequeños desastres, BÚ logró algo que ningún otro pegamento logró: unir recuerdos. Cada proyecto escolar, cada pegatina mal colocada, cada muñeco de cartón reparado llevaba la marca invisible del vampiro que todos conocíamos y, de alguna manera, queríamos.

Hoy, décadas después, los tubos de BÚ son objetos de coleccionista. No por su pegamento (que seguro está más seco que la mojama), sino por la carga sentimental que llevan. Cada envase evoca tardes de creatividad, travesuras y aprendizajes accidentales. Ese vampiro diminuto no mordía con maldad; mordía con cariño, dejando cicatrices de pegamento que, secretamente, recordamos con una sonrisa.

Sí, amigos, ese tubo de pegamento fue una obra maestra del diseño setentero: pegajosa, casi peligrosa y absolutamente inolvidable por todos esos recuerdos que transmite.

Porque al final, BÚ no solo unía papel y cartón… unía nuestra infancia con un toque de terror divertido y entrañable, y nos enseñó que incluso los vampiros más temibles pueden ser tus amigos más pegajosos jejejeje.

Las imágenes sin marca de agua provienen de la página de compra y venta Todo Colección. 









sábado, 22 de noviembre de 2025

LOS RATONES PINTORES Y EL GATO BORRADOR DE PELIKAN

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que el entretenimiento cabía en un estuche. Un tiempo donde el sonido de una tiza contra la pizarra y el aroma a goma de borrar con olor a nata eran la banda sonora de nuestra infancia. En ese pequeño universo de cuadernos y libros forrados, lápices mordisqueados y reglas que siempre desaparecían, habitaba una corte de personajes de plástico que trascendieron su humilde función de material escolar para convertirse en verdaderos iconos de la EGB: los Ratones Pintores de Pelikan y su inseparable némesis, el gato borrador.

Los ratones pintores eran rechonchos, de plástico duro y colores vivos que llamaban la atención a primera vista: rojo, verde, azul, amarillo y negro. En el recuerdo infantil cada uno parecía tener una personalidad distinta, y la realidad es que sus caritas tenían fisonomías diferentes: ojos grandes, cejas expresivas y un hocico puntiagudo en negro que les daba un aire simpático y ligeramente travieso. Sus orejitas redondeadas sobresalían con gracia y hacían que parecieran más juguetes que instrumentos de dibujo. En su caja (como la que hoy saco de "EL BAÚL DE HAL") venían dispuestos en círculo, como un pequeño coro rodeando al gato borrador, formando un conjunto tan peculiar que era imposible no encariñarse de él.

La personalidad de cada ratón era distinta e inconfundible, y nuestra imaginación les regalaba rasgos propios: el azul, serio y aplicado; el rojo, travieso y empeñado en salirse de la línea; el verde, siempre despistado y perdiendo la cabeza porque alguien se la cambiaba por curiosidad; el amarillo, simpático pero flojo a la hora de pintar; y el negro, rebelde, dispuesto a manchar dedos, mesas y hasta caras si uno se descuidaba.

Y aunque todos sabíamos que no convenía cambiarles la tapa (porque entonces cada ratón perdía su identidad cromática), de vez en cuando alguno aparecía con la cabeza cambiada. Lo verdaderamente desesperante eran las puntas, que se ensuciaban con una rapidez pasmosa y terminaban oscurecidas en tonos indefinibles, excepto, claro está, las de los colores oscuros (y nunca mejor dicho) jejejeje.

Al abrirlos, sonaba un "clac" inconfundible que anunciaba la explosión de color, aunque la precisión no fuera su punto fuerte. Pero aquello importaba poco: eran los reyes indiscutibles del estuche, guardianes del color y de la imaginación.

Se secaban con una facilidad frustrante, dejando a menudo un trazo débil y difuminado en medio de nuestro dibujo más ambicioso. Sin embargo, este defecto generó uno de los rituales más entrañables y universales de la época: la ceremonia de la resurrección. Circulaba la leyenda (transmitida por algún primo mayor o hermano sabio) de que unas gotas de alcohol dentro del cuerpo del ratón, infundidas con un buen rato de espera, devolverían la vida al ratón moribundo. Agitarlo, dejarlo reposar boca abajo y, de repente, ¡milagro! Volvía a pintar. Pintaba regular (seguro que por la cogorza que pillaban jajajajaja), sí, pero la ilusión del "hecho por mí" compensaba cualquier trazo fallido. Era como un pequeño conjuro en plena clase de Naturales, y qué risa nos daba, y qué poquito nos importaba mancharnos los dedos en el proceso.

En el centro de aquel pequeño círculo estaba el gato borrador, rechoncho como los ratones y con una expresión que, lejos de ser seria, era sorprendentemente bonachona. Con sus ojos grandes y amistosos y una sonrisa suave, parecía más un guardián amable que un villano. En teoría, era el encargado de borrar los trazos que los ratones dejaban tras de sí. En la práctica, su eficacia era… cuestionable: a veces lograba clarear el papel, otras mordisqueaba la superficie dejando agujeritos traicioneros, y en algunas ocasiones producía una mancha difusa que se convertía en misterio para alumnos y profesores. Pero esa torpeza encantaba a los niños: la idea de que "el gato borraba a los ratones" era demasiado divertida como para someterla al escrutinio de la lógica.

Estos pequeños protagonistas del estuche no eran especialmente prácticos ni duraderos, tampoco ergonómicos ni precisos, pero se convirtieron en un regalo estrella de la época. Era habitual recibirlos en cumpleaños, santos y, sobre todo, en comuniones, cuando algún familiar indeciso apostaba por este set llamativo que aparecía en todas las papelerías (como también ocurrió con los recordados rotuladores acoplables Markermoon.) Abrir la caja y ver a los cinco ratones pintores formando un círculo perfecto alrededor del gato era como recibir una pequeña compañía teatral lista para entrar en acción (aunque también se vendían por separado, con diferentes colores o tonalidades, o incluso en packs de dos ratones o el gato solo). Muchos los mostraban orgullosos en clase, los ordenaban en fila dentro del estuche Pelikan como si fueran una tropa en formación, y otros convertían el intercambio de un ratón con un compañero en un pacto silencioso de amistad.

Estuches repletos de secretos en aquellos tiempos en los que las cosas simples tenían un valor inmenso y para ser felices bastaban unos ratones pintores, un gato borrador de sonrisa amable, un puñado de hojas de papel y la promesa eterna del recreo. Hoy, cuando alguien encuentra uno de esos ratoncitos en una caja olvidada, en un mercadillo o en una foto antigua, el corazón da un pequeño salto. Por un instante, uno vuelve al pupitre de madera, a la tiza que chirriaba en la pizarra y a las travesuras de un niño que solo quería llenar de color el mundo.

Aunque su tinta se haya secado hace décadas y sus puntas hayan perdido el brillo original, los ratones pintores y el gato borrador nunca han dejado de pintar. Siguen coloreando los recuerdos de una época más sencilla, más ingenua y llena de esa magia suave que solo los pequeños detalles son capaces de despertar cuando los miramos con ojos de niño. Así, un juego de rotuladores acabó convertido en leyenda, en nostalgia pura, en un tesoro guardado por generaciones que aún sonríen al recordarlos.












sábado, 6 de abril de 2024

LAS GOMAS VERDES DE MILAN 430 Y EL PODER DE LA NOSTALGIA

Hace muy poquitos días llegaba a mis manos esta caja de gomas "MILAN 430". Si creciste en tiempos de la EGB, es imposible que no tuvieras una de estas gomas en tu estuche.

Esta caja de gomas, aparte de transportarme a mis tiempos de colegial, me recuerda una curiosa y bonita anécdota ocurrida a principios del 2022, una historia donde queda patente el poder que puede tener la nostalgia, poder que a continuación os contaré.

Podríamos empezar diciendo que es sorprendente cómo la desaparición de un objeto de tres por tres centímetros de un catálogo que tiene 284 páginas puede convertirse en una noticia viral e incendiaria de redes sociales y otras plataformas. Todo comenzó cuando algunos usuarios se percataron de que este producto de material de papelería había desaparecido del catálogo de ese enero del 2022 de la empresa catalana de material escolar, escritura y artes plásticas Milan, con sede en Mont-ras (Girona), fabricantes de la goma conocida como "miga de pan" 430. Solamente aparecían las de color blanco y rosa, dos de los tres colores en que se fabricaban…

 ¿Pero dónde estaba el tercer color? No estaba el verde. (Por cierto, aquellas recordadas gomas se les llaman "miga de pan", porque antes de que se fabricaran gomas de caucho, para borrar se empleaban migas de pan bien prensadas con los dedos y al borrar las virutas que desprenden estas gomas recuerdan a las de las migas de pan cuando también se utilizaban para hacer el borrón y cuenta nueva jejejejeje).

Tan pronto salió la noticia, las redes sociales se empezaron a hacer eco de la descatalogación y, en cuestión de horas, se sembró el pánico en Internet.

La alerta en las redes sociales de que no habría más gomas verdes de Milán suscitó debates, tertulias de radio y largas conversaciones en redes sociales, sobre qué generación utilizó cada goma, la utilidad de cada una de ellas para borrar rastros de distintos lápices, acalorados debates sobre si es mejor el modelo "miga de pan" o la "Milan Nata" con su característico y goloso olor fiel a su nombre mmmm o a las formas que aquellas gomas adquirían al gastarse. Todos debatían sobre cuáles fueron las mejores, y sin lugar a dudas una de las preferidas era la goma de borrar "MILAN 430" hecha de caucho sintético y con las letras rotuladas en diagonal, fabricada en España desde 1918. Por lo tanto, es un producto más que centenario.

Además de ser un icono archiconocido de nuestra niñez, esta goma es parte de la infancia de la sociedad española y ha sido y es un elemento indispensable en los estuches de los alumnos en los colegios y en los recuerdos de distintas generaciones, y sin apenas cambios en su modelo, modelo que se ha mantenido igual o casi igual durante todos estos años (podéis apreciar las pequeñas diferencias en algunas de las fotos que subí, comparación entre gomas nuevas actuales, con las de la caja de los años 70's, juzgad vosotros mismos…)

Ante tal revuelo, Milan escribió un comunicado en una conocida plataforma social asegurando que la intención era solamente descatalogar el modelo 430 color verde, ya que los estudios de mercado realizados indicaban que los consumidores preferían comprar el modelo en blanco o rosa.

Sin embargo, tras la presión en las redes y todo el interés que mostraron muchos seguidores en aquellos primeros días del 2022, para que la icónica goma de borrar de color verde siguiera existiendo, Milan aseguró que si el mercado demandaba las de color verde, ellos estarían encantados de continuar fabricando las gomas "MILAN 430" con ese color, y así fue. Finalmente, Milan cumplió su palabra decidiendo dar marcha atrás en su postura.

Antes de que Milan asegurara que no descatalogarían el modelo 430 verde, los nostálgicos usuarios ya estaban creando todo tipo de homenajes en las redes sociales e incluso vendiendo los últimos ejemplares que disponían por precios desorbitados en portales de compraventa de Internet. Incluso algún usuario aprovechó la ocasión para tirar de humor e intentar cambiar este preciado tesoro a cambio de una PS5. Tremendo, ya conocéis la picaresca española… Quién sabe, aquellos que aún tengan una goma verde de Milan puede que sin saberlo estén atesorando una futura pieza de coleccionista jajajajaja.




Apenas cambios visibles en este modelo 430 entre las viejas gomas y las actuales

Comparación gomas MILAN 430. Actuales y de los Años 70's 

Comparación gomas MILAN 430. Años 70's y actuales 

Gomas MILAN 430. Años 70's

Gomas MILAN 430. Actuales de este 2024



Y si borro mucho y me quedo corto de gomas mmmm guardo de reserva otro clásico, la goma gigante "MILAN 403" jajajaja posiblemente también la recordarás y aún siguen vendiéndola. 

sábado, 3 de febrero de 2024

ALPINO, ESOS LÁPICES DE COLORES QUE PINTAN NUESTROS RECUERDOS.

En el fascinante mundo de los coleccionistas de recuerdos, existen objetos que se convierten en iconos atemporales. Entre ellos para muchos destaca la emblemática caja de lápices de colores Alpino, que ha coloreado la creatividad y los dibujos de generaciones enteras. En mi caso, los primeros lápices de colores que tuve no fueron los protagonistas de este post, pero sí que fueron los segundos, y a decir verdad, los que más me duraron, mmmm digamos que al final "Bambi" se impuso sobre las huestes castellanas de las cajas de colores "Castilla". Las dos cajas de lápices de colores eran de los mismos creadores, la casa "Masats". De los lápices Castilla tengo un recuerdo agridulce, como ya conté en este post: "MI PRIMER DÍA DE COLEGIO" Pero también tengo que decir en su defensa que aquellos colores me duraron un suspiro, no por ser malos, ya que los dos modelos, tanto Castilla como Alpino, eran los dos de muy buena calidad, pero… Si quieres saber el motivo, pincha sobre el título del enlace que te dejé.

Y ahora centrémonos en los coloridos protagonistas de hoy. En este post nos sumergiremos un poquito en el nacimiento y la evolución de esta querida marca "Masats", cuyos orígenes se remontan a 1933 en Girona (Cataluña, España).

La historia de Alpino comienza con los hermanos Pere y Francesc Masats i Vilata, quienes, en 1933, trabajaban en una carpintería familiar donde se fabricaban juguetes de madera, allí se dieron cuenta de que era una lástima desaprovechar los trocitos de listones sobrantes. Así, mucho tiempo antes de que el reciclaje se pusiera de moda, decidieron buscarles alguna utilidad a aquellos pequeños restos madereros. En la cocina de su hogar, dieron vida a la idea de fabricar lápices con minas de colores. Los Masats le dieron esa segunda vida a los trozos de madera convirtiéndolos en lápices a partir de aquella idea que, según se cuenta, se inspiró en el proceso de fabricación de las butifarras. Lo que hicieron fue llenar el depósito de carne picada de la máquina de hacer embutido con pasta de grafito de colores y poner un agujero de salida mucho más pequeño, de manera que al girar la manivela salían hilos delgados de mina con la que podían rellenar los cilindros de madera.

El resultado fue tan satisfactorio que en 1943, la marca Alpino nació oficialmente, estableciendo su sede en Barcelona. Desde entonces y habiendo llegado a nuestros días, Alpino lleva dando color a la creatividad de los niños de toda España, niños de antes y también a los de ahora mmmm prácticamente es casi imposible encontrar a alguien que no haya tenido una de las emblemáticas cajas estuche con la montaña, el ciervo y por supuesto el legendario letrero colgado de un gigante lápiz con la indicación informativa de 10 km.

Estoy convencido de que los hermanos Pere y Francesc Masats, nunca se hubieran imaginado allá por los años 30's. Que lo que empezó siendo una artesanía complementaria dentro del trabajo de la carpintería familiar, acabaría convirtiéndose en una gran empresa lapicera a nivel internacional.

A continuación os dejo un par de curiosas anécdotas relacionadas con Alpino que seguro os gustarán.  Desde hace más de 80 años, el cartel que muestra un letrero que dice "10 km" en las cajas de lápices Alpino ha desconcertado a muchos usuarios. ¿A qué hace referencia esa distancia? ¿Qué se encuentra a 10 Km? Sigue leyendo y, si no lo sabes aún, mmmm pronto tendrás la respuesta a ese misterio.

El cielo azul sobre las cumbres nevadas, un bosquecillo de pinos a lo lejos, un cervatillo en escorzo y un lápiz que sirve de poste indicador para algo más allá en la lejanía, que queda a 10 Km de distancia. Generación tras generación de escolares han contemplado los mismos ingredientes en su caja de lápices de colores Alpino, fantaseando con horizontes lejanos en las horas lectivas de mayor tedio e inspirándose para enriquecerlas con sus propios garabatos.

La capacidad evocadora de la ilustración de la caja de lápices es poderosa y un usuario de Twitter no podía imaginar lo que desencadenaría allá por el 2017. Su reflexión escrita a modo de pregunta fue esta. "Pasan los años y sigo sin saber qué es lo que estaba a 10 Km…" Se lamentaba en referencia al cartel que, efectivamente, no parecía ni parece estar indicando nada en particular. El tuit corrió como la pólvora y se hizo viral, logrando un éxito instantáneo entre miles de otros nostálgicos, que aportaron sus respectivas teorías, preñadas de leyendas urbanas. Se desató la curiosidad y muchos usuarios admitieron que ni siquiera se habían fijado ni le habían dado importancia al detalle del letrero antes, pero ahora la incertidumbre y curiosidad los intrigaban.

10 Km, podría ser "la distancia que puede pintar de seguido un lápiz antes de gastarse por completo". O el trecho a recorrer para alcanzar "las montañas al fondo", los Alpes, de los que la marca toma el nombre. O incluso dónde están los propios "pinos" con cuya madera se fabrican los lápices. Pasan los años y sigo sin saber qué es lo que estaba a 10 Km… La propia compañía se hizo eco de aquel tuit y se implicó en el desafío tras leerlo. Si su post en su página de Facebook lograba 5.000 "me gusta", retaban, desvelarían el misterio. Mientras, seguían invitando a sus seguidores a buscar la solución.

Es un homenaje a "la distancia que había entre la casa de los hermanos gironeses Masats, creadores de la marca, y su fábrica", según algunos. Indica, por qué no, "dónde está la casa del abuelo de Heidi", decían otros. Pasada una semana la compañía consiguió y rebasó con creces los "me gusta" exigidos y se dio como respuesta lo siguiente: -Los hermanos Masats eran unos enamorados del paisaje alpino, de ahí el nombre y la iconografía escogida. En los primeros dibujos de la caja de lápices figuraba un pueblo montañés, que es a dónde señalaba el poste indicador con el cartel informativo de 10km. El pueblo no es "Maienfeld, el de Heidi", explicaron desde la compañía.

A medida que la marca fue creciendo, rediseñándose y modernizándose desde la fábrica de Barcelona a partir de los años 40's, el pueblo terminó desapareciendo, pero el cartel de 10km sostenido por un lápiz permaneció. Los creadores de Alpino nunca llegaron a especificar ni el pueblo ni la región de la que se trataba, lo que sí dijeron fue que les encantaban los paisajes de los Alpes y que se inspiraron en sus montañas para crear la mítica imagen de la caja de lápices, o eso cuenta la compañía. Y de este modo, un hermoso misterio de nuestra infancia llega a su conclusión y a su fin.

Otra curiosidad es esta, con un pequeño toque de humor, aunque no por ello menos preocupante… Si comparamos las ilustraciones más antiguas de las cajas Alpino con las más nuevas, mmmm se podría decir que Alpino es un claro comparador de cambio climático y, si no, echad una ojeada a este enlace: "ALPINO… COMPARACIONES QUE DAN QUE PENSARAlpino, con su diseño atemporal y su capacidad para evocar recuerdos entrañables, sigue siendo una presencia querida en la vida de niños y adultos por igual. La historia de Alpino es la historia de cómo una idea ingeniosa, combinada con la pasión y la dedicación, puede dar vida a algo tan simple como un lápiz y convertirlo en un símbolo de creatividad y nostalgia.

A pesar de las modernizaciones y ajustes en la apariencia externa y muy especialmente en los primeros dibujos de las cajas de lápices donde figuraba el pueblo montañés que al final fue desapareciendo, como sus otros elementos característicos, sus colores, las montañas, el cervatillo y el lápiz con la indicación de 10 Km que señalaba la distancia de aquel pueblo ya inexistente de las ilustraciones, han resistido el paso del tiempo (menos el pueblo mencionado). El departamento de marketing de Alpino destaca que este conservadurismo tiene la intención de hacer que los padres reconozcan la marca fácilmente en las tiendas.

La razón detrás de la aparente inmutabilidad de la caja clásica de Alpino se vincula estrechamente con la nostalgia. La capacidad de evocar recuerdos de la infancia, nos transporta a un pasado idealizado donde nos sentimos protegidos y refugiados. Los lápices, con su distintivo olor a madera, actúan como portales a esos momentos entrañables de recreo y amistad, eclipsando las tediosas tardes de deberes.

El ingenio de los hermanos Masats, que transformaron trozos de madera en herramientas para la creatividad, es un recordatorio de que incluso las ideas más simples pueden tener un impacto duradero, aun después de tantos años.









sábado, 21 de octubre de 2023

LAS HUCHAS DEL DOMUND

Mis estudios de EGB los cursé en la Escuela Parroquial Purísima Concepción de Barcelona. Aunque su nombre puede dar la impresión de que era un colegio sumamente religioso, en realidad era un centro educativo bastante normal. Las clases eran impartidas por profesores convencionales, sin sotanas ni hábitos. Sin embargo, es cierto que el colegio estaba vinculado a la Parroquia Purísima Concepción y que las clases de catequesis y religión las daban algunos sacerdotes, monjas y en ocasiones, misioneros que solían estar de paso y se quedaban unos días en la parroquia.

Supongo que los mencionados misioneros venían a controlar o a llevarse los donativos de la semana del Domund que los niños solíamos recaudar pidiendo, hucha en mano por las calles o a nuestros padres y vecinos. Muchos seréis los que recordaréis estas huchas que se utilizaron en España entre las décadas de 1950 y 1970 para recaudar fondos y ayudar al tercer mundo. El Domund se celebraba y se celebra en el penúltimo domingo de octubre, como es mañana domingo.

Cada vez que veo una de esas huchas de las que trata nuestro post de hoy, inevitablemente me vienen recuerdos de mi colegio. Recuerdo las clases, el teatro, los patios de recreo, el comedor (donde solía haber algunas de estas huchas a modo de decoración) y las tres monjas que nos daban clases de religión o supervisaban el comedor. También recuerdo a mis profesores y compañeros de clase, con quienes volví a conectar después de más de 30 años gracias a las redes sociales. Fue muy emotivo reunirnos de nuevo, incluso asistieron algunos de nuestros antiguos profesores a la reunión comida-cena que se celebró mmmm a pesar de que no era un estudiante ejemplar, me alegró mucho ver a todos después de tantos años, profesores incluidos.

Y hablando de comidas me viene a la cabeza un recuerdo de aquellos días mmmm como ya dije del servicio de comedor, solían encargarse de él íntegramente las tres monjas que vivían en el colegio, y debo admitir que eran bastante estrictas. Recibí más de un tirón de orejas o colleja por parte de esas hermanas, en algunas ocasiones merecidas y en otras no tanto. Por ejemplo, hubo un incidente en el que encontré algunos bichitos haciendo submarinismo en mi sopa, seguramente debido a la pasta que estaba picada. Levanté la mano y dije: "Hermana, esta sopa tiene hormigas". Su respuesta fue tajante: "Pues cómetela, que tiene más alimento". Esto fue seguido de una sonora colleja educativa, jejejeje. Afortunadamente, para mí, ese día no fue mi paladar el que lidio con la sopa gracias a Miguel, apodado "Miguel el Simbólico", o "Simbólic" para los amigos, por razones que se pueden imaginar.

Miguel tenía algunas dificultades intelectuales, por no decir que tenía fundidas algunas luces de su cabeza, pero aun así le teníamos mucho cariño y lo protegíamos. Aunque a veces, la supervivencia superaba ese cariño... Miguel siempre se alegraba de que no me gustaran algunos de los platos del menú, como el del postre de mermelada aguada que algunas veces nos servían, ya que significaba que repetiría más de un plato, entre ellos el mío y el de algún otro compañero de la mesa, además, le encantaba la sopa, lo cual es fácil de deducir quién se comía mi plato con aquellos cadáveres de bichitos flotantes y cocidos de la pasta picada. Ahora entiendo aquello de "cueces o enriqueces", jajajajaja.

Nunca llegué a recolectar dinero con una de esas huchas del Domund, pero puedo asegurarte que para los niños de nuestra época, abrir una de esas huchas y desviar alguna calderilla era una tentación que fácilmente se pasaba por la cabeza, al igual que ocurría con las latas de donación para el cáncer o la Cruz Roja. La picaresca española comienza desde temprana edad, como podrás imaginar. Estas huchas del Domund, que me parecían como cabezas reducidas de jíbaros, a menudo las veía en las mesas de los profesores, usadas como pisapapeles o decorando la parte superior de los armarios del comedor. También recuerdo que había una gran colección de ellas en una sala sobre el claustro de la iglesia, donde solíamos tener clases de catequesis.

Esto era bastante común en mi colegio, ya que la iglesia estaba muy involucrada en el movimiento misionero y en el Domund. Por tanto, tenía sentido ver esas huchas como decoración, aunque ya no se utilizaran. Quien me hubiera dicho a mí que hoy en día, estas huchas de porcelana serían tan apreciadas en el mercado del coleccionista y pueden alcanzar precios desorbitados de entre 100€ y 500€ o incluso más, según su estado de conservación... Ay, si lo hubiera sabido antes, fijo que hubieran desaparecido del colegio todas aquellas cabezas reducidas, jejejeje. Por cierto, es importante tener cuidado con las imitaciones de plástico o algunas de barro fabricadas en la actualidad, ojo si quieres hacerte con alguna.

Si te preguntas qué es el Domund, aquí tienes una breve explicación: El Domingo Mundial de las Misiones (Domund) es una colecta anual de la Iglesia Católica, en la que se recaudan fondos para la misión y ayuda a las misiones en todo el mundo. Las "huchas del Domund" son pequeñas alcancías o huchas donde las personas pueden donar dinero para esta causa. Estas huchas suelen distribuirse en iglesias, escuelas y otros lugares para fomentar la contribución a las misiones católicas.

Estas huchas aportan años y años de historia. Las más antiguas, de porcelana y representando las diferentes razas y continentes, corresponden a los años 50's. Después se hicieron de plástico. Estas últimas fabricadas en forma de jarra y bola del mundo, ya están entre los 70's y los años 80's aproximadamente (supongo que la de las cabezas las retiraron porque daban un poco de grima, jajajajaja).

Aparte de las huchas que mencioné, también existían los sobres que se repartían en muchos colegios para que los padres, vecinos y demás familia de los alumnos depositaran sus donativos en el interior, aunque estoy seguro de que la mayoría de los sobres no siempre llegaban con la totalidad de los donativos, eso ya eran otros cantares. Solo digo que en la semana del Domund, la sala de recreativos que estaba al lado del colegio (los futbolines o billares, como solíamos llamarlos) estaba mucho más llena de lo habitual. ¿No te parece sospechoso...?

Y ya como recompensa, cuando llegabas a clase con un buen donativo en sobre o en hucha, solían felicitarte delante de los compañeros y hacerte un regalito, bien podía ser un banderín, una banda de tela, una chapita o pin, algún adhesivo o incluso algún carnet de socio como este que me dieron a mí y que os muestro en las últimas dos fotos... Ufffff anda que no ha llovido, el carnet es del año 1977 mmmm supongo que mi madre metería un buen donativo dentro del sobre que llevé a la escuela para que me dieran ese carnet. 





















Algunas de las imágenes fueron tomadas de internet, desconozco su autoría. Los créditos a quien correspondan. Gracias