COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: 2026

sábado, 23 de mayo de 2026

GERONI, EL GIGANTE QUE CANTABA COPLAS

♫♪♫♫♪…Yo iba de peregrina y me cogiste de la mano, me preguntaste el nombre y me subiste a caballo. Fuimos contando las flores que salen nuevas en mayo, y me di cuenta enseguida de que estabas enamorado. Cántame, me dijiste, cántame, cántame por el camino, y, agarrada a tu cintura, te canté a la sombra de los pinos. ¡Y ¡oléeeeee!... ♪♫♪♫♪

Jajajaja, tranquilos, no se me fue la pinza. Todo tiene una explicación: para empezar este post, me he venido arriba y he acabado arrancando casi por bulerías. Lo primero, enseñaros estas figuras tan simpáticas y setenteras-ochenteras de kiosco, similares a las de indios y vaqueros, pero en versión muy a lo María del Monte. Y luego, qué mejor mes que este de mayo para este post, que me trae tantos recuerdos de un buen compañero de colegio… Si leéis el artículo, entenderéis el porqué.

Lo conocí en cuarto de primaria, o puede que fuera en quinto. Con el tiempo, las fechas exactas, las tablas de multiplicar, los exámenes, los ríos de España y las capitales de provincia se van difuminando en la memoria hasta borrarse del todo, pero Geroni no. Geroni es imborrable. Cuando entraba en clase era como si cambiara la escala del mobiliario: los pupitres se encogían, la pizarra perdía autoridad y el maestro, sin comerlo ni beberlo, pasaba a ser el segundo más alto de la clase, después de Geroni.

Y claro… era imposible no fijarse en él.

Gerónimo, aunque nadie le llamaba así. Para todos era simplemente Geroni.

Nos sacaba dos cuerpos de ancho y, por lo menos, dos palmos de altura a cualquiera. Tenía unas manos enormes, unos hombros de armario ropero y una voz que no pegaba absolutamente nada con aquel cuerpo de gigante. Porque Geroni hablaba como si estuviera presentando una gala de copla en Canal Sur. Una voz potente, fina, teatral… muy a lo Rocío Jurado. Y sus maneras… mmmm, bueno… digamos que discretas no eran precisamente.

Geroni era un poquito afeminado o, más que afeminado, era una folclórica atrapada dentro de un titán.

Y qué arte tenía el condenao.

Mientras los demás hablábamos de fútbol, bicicletas o videojuegos, él te soltaba:

— Niño, eso no tiene sentimiento ninguno…

Y acto seguido se arrancaba cantando una copla de Lola Flores, imitaba a Concha Piquer o se emocionaba hablando de Manolo Caracol, que era su favorito. También adoraba a Carmen Sevilla e Imperio Argentina. Se sabía canciones enteras, coplas antiquísimas, y las cantaba en el patio como si estuviera actuando en un teatro lleno.

Y claro… los niños son crueles.

Muchos se metían con él por sus gestos, por cómo hablaba o por las cosas que le gustaban. Y lo más curioso era que, aunque Geroni parecía capaz de arrancar una portería del suelo solo con un soplido, nunca se defendía. Bajaba la cabeza. Callaba. A veces hasta lloraba.

Y daba pena y, al mismo tiempo, rabia verlo así.

Porque en el fondo era más bueno que el pan.

Así que, poco a poco, algunos empezamos a juntarnos con él. A protegerlo. Y aquello era ridículo y entrañable al mismo tiempo: cuatro renacuajos intentando defender a un gigante de casi dos metros. Parecía que un grupo de ratones escoltara a un elefante.

Pero Geroni nos apreciaba de verdad. Se notaba muchísimo.

Cuando cogía confianza y se animaba a jugar con nosotros, era un espectáculo… y también un deporte de riesgo. Porque no controlaba su fuerza. Ni un poco.

Jugando a fútbol, una carga suya te mandaba directamente a la otra punta del patio. Y jugando a tocar y parar, un simple palmetazo suyo podía desmontarte media espalda. Si se emocionaba demasiado porque se lo estaba pasando bien, aquello ya era supervivencia pura.

—¡Geroni, más flojooooo!

—¡Ay, perdón, niño, que no mido!

Y cinco segundos después… ¡PUM! Otro viaje.

Pero qué bien nos lo pasábamos.

A veces, cuando ordeno "EL BAÚL DE HAL" y encuentro algunas de estas figuras que enseño, o escucho alguna copla antigua por la radio o en la tele, todavía me acuerdo inevitablemente de él. Me quedo mirando al vacío durante unos minutos y me pregunto qué habrá sido de su vida, dónde andará ese torbellino de dos metros.

Me gusta pensar, con una gran sonrisa en la cara, que el mundo exterior no logró apagarlo ni cambiarlo. Me lo imagino viviendo en una gran ciudad, subido a un escenario importante iluminado por focos de mil colores, vistiendo las lentejuelas más brillantes de la tienda, cantándole al amor y al desamor con esa voz maravillosa que merecía ser escuchada por todo el mundo. Me gusta pensar que acabó siendo exactamente quien le dio la santa gana ser, sin esconderse de nadie, sin pedir perdón y sin pedir permiso a los intolerantes.

Porque Geroni tenía algo precioso que a la mayoría de la gente se nos olvida en el camino gris hacia la madurez: era un tipo auténtico. No fingía otra personalidad para caer bien. No intentaba parecer un tipo duro para que los demás lo respetaran. No quería encajar en la sociedad a base de codazos. Él solo quería cantar sus coplas en algún tranquilo rincón, regalar un poco de su arte a quien quisiera escucharlo y que lo dejaran ser feliz a su manera.

Ojalá la vida, después de aquellos inviernos largos de mocos, frío y patio de colegio de cemento, le haya tratado con el mismo amor limpio y la misma generosidad con la que él nos miraba a nosotros. Brindo por ti, mi querido amigo gigante del folclore español. Allá donde estés ahora mismo, que nunca te falte aquel auténtico sentimiento que tenías cuando te conocí. 


sábado, 16 de mayo de 2026

LAS 20 REGLAS DEL FÚTBOL CALLEJERO

Vistas desde hoy, algunas de estas reglas pueden parecer injustas, poco éticas o incluso absurdas. Pero pertenecen a otra época… a esos años de infancia en los que no había móviles ni demasiadas preocupaciones, solo un balón, una calle y las ganas de jugar hasta que se hiciera de noche.

LAS 20 REGLAS DEL FÚTBOL CALLEJERO

1.- El gordito siempre es el portero.
2.- El partido acaba cuando todos están cansados.
3.- Aunque el partido vaya 20-0, se decide por "el que meta gana".
4.- No hay árbitro.
5.- Solo se pita falta si es muy muy clara o alguien sale llorando.
6.- No existe el fuera de juego.
7.- Cuidado: si el dueño del balón se enfada, se nos acaba el partido.
8.- Los dos mejores no pueden estar en el mismo equipo y son los que eligen quién juega en él.
9.- Si eres el último en ser elegido es una gran humillación.
10.- En las faltas directas, la barrera siempre estará bastante cerca del balón.
11.- Se detiene el partido cuando pasa una persona mayor o una madre con carrito de bebé.
12.- Los jugadores del barrio vecino siempre serán nuestros enemigos.
13.- Los que son unos patatas jugando se quedan de suplentes o, como mucho, de defensas.
14.- Si llegan los mayores para jugar, hay que abandonar la pista o el campo, pero no sin antes protestar.
15.- Siempre hay un vecino que no te deja jugar y además te amenaza con quitarte la pelota.
16.- Si se apuesta algo, hay que ponerse muy serio... Es como jugar una final.
17.- Las porterías son dos piedras, dos carteras o dos chaquetas de chándal, pero siempre habrá un equipo que tenga la portería más pequeña.
18.- Cuando un equipo mete gol pasando el balón por encima del portero, todos los del equipo contrario gritan "ALTAAAAA" (suele dar resultado para que el gol no valga).
19.- Si hay penalti, quitan al gordo y ponen al más bueno.
20.- Y por supuesto, la ley de la botella: el que la tira va a por ella.

sábado, 9 de mayo de 2026

EL SILBATO DEL CAPITÁN CRUNCH Y LA FRECUENCIA PROHIBIDA

Hay objetos que nacen para ser olvidados y, sin embargo, terminan siendo legendarios. Como aquel pequeño silbato de plástico que, a principios de los años 70's, miles de niños estadounidenses encontraban en el fondo de las cajas de cereales Cap'n Crunch, entre el crujiente maíz azucarado. Abrir una de esas cajas era entonces como abrir una puerta a lo imposible, porque ese juguete casi ridículo, sin saberlo nadie, estaba destinado a convertirse en el objeto más subversivo del siglo XX.

Y es que a veces la historia tecnológica no nace en un gran laboratorio ni tras una pantalla futurista, sino en un detalle doméstico, en una baratija de plástico regalada con el desayuno. De ese silbato olvidado en el fondo de una caja surgiría, años después, una de las anécdotas más fascinantes de la cultura hacker, ya que puso en jaque al sistema de comunicaciones más poderoso del mundo, nada más y nada menos que a AT&T (American Telephone and Telegraph Company), que fue durante décadas la compañía telefónica más grande y poderosa, con un monopolio casi absoluto sobre las telecomunicaciones en Estados Unidos.

La historia comienza a principios de los años 70's, cuando millones de niños estadounidenses desayunaban cereales Cap'n Crunch sin imaginar que el pequeño silbato de plástico incluido como regalo promocional acabaría convirtiéndose en una reliquia de la cultura hacker. Era barato, ligero y aparentemente inútil, pero escondía un secreto extraordinario: emitía un tono de 2600 hercios, exactamente la misma frecuencia que utilizaba AT&T para indicar que una línea telefónica de larga distancia estaba libre, y ahí apareció John Draper.

Draper no era un ingeniero famoso ni un genio encerrado en un laboratorio, era simplemente un curioso obsesionado con entender cómo funcionaban las cosas. Su amigo Denny Teresi, ciego y con un oído prodigioso, fue quien descubrió que tapando uno de los agujeros del silbato aquel juguete podía "hablar" el mismo idioma que la red telefónica. El sistema escuchaba el tono de 2600Hz y obedecía, creía que la llamada había terminado, dejaba de cobrarla, pero la conexión seguía abierta. Era como encontrar una llave maestra escondida en un paquete de desayuno.

Desde entonces Draper pasó a ser conocido como "Capitán Crunch", y sin saberlo se convirtió en una figura legendaria. No necesitó ordenadores para entrar en la historia del hacking, le bastó un silbato de plástico y una curiosidad infinita.

Aquella pequeña grieta en el sistema abrió un universo completamente nuevo. Muy pronto el simple silbato evolucionó hacia las famosas "blue boxes - cajas azules", dispositivos capaces de reproducir todos los tonos internos de la red telefónica. Con ellas podían enrutar llamadas, acceder a líneas troncales e incluso moverse por la infraestructura telefónica como si fueran operadores de la propia compañía, y toda aquella idea de fabricar aquellas cajas fue gracias al silbato.

Los llamados phone phreaks comenzaron a explorar las entrañas del sistema con la mezcla perfecta de rebeldía, humor y fascinación técnica. Algunos buscaban hacer llamadas telefónicas gratis o hacer negocio vendiéndolas, otros simplemente querían comprender cómo funcionaba aquella gigantesca máquina invisible que conectaba al mundo. Había algo casi poético en todo aquello, jóvenes pasando noches enteras escuchando pitidos, clics y frecuencias como si fueran exploradores de un océano secreto.

Y las historias que surgieron en aquella época parecen sacadas de una novela surrealista. En una de las anécdotas más increíbles de aquellos años, John Draper descubrió por accidente una línea interna relacionada con la Casa Blanca y la CIA. Tras dar con un número sospechoso, fingió ser técnico de AT&T y preguntó con total naturalidad a dónde pertenecía aquella conexión. La respuesta lo dejó helado, "Casa Blanca, línea de crisis de la CIA". Lejos de asustarse, apuntó el número en su libreta y días después un amigo suyo llamó preguntando por "Olympus", el nombre en clave del presidente Richard Nixon, solo para anunciar una supuesta "crisis nacional en Los Ángeles", emergencia, emergencia, nos hemos quedado sin papel higiénico jajajaja, y colgaron.

Otra de sus bromas más famosas ocurrió en Santa Bárbara, donde Draper y otros phreaks lograron interceptar líneas troncales telefónicas y comenzaron a responder llamadas haciéndose pasar por autoridades oficiales. En una ocasión anunciaron a varios ciudadanos que la ciudad había sufrido un accidente nuclear y que las líneas estaban temporalmente fuera de servicio. El caos fue tal que la historia terminó llegando a "Los Angeles Times".

Todo aquello ocurría mientras las compañías telefónicas empezaban a entrar en pánico y el FBI observaba cómo un grupo de jóvenes irreverentes encontraba agujeros en una infraestructura considerada intocable.

Incluso sus travesuras tenían algo ingenuo, interferían líneas telefónicas, improvisaban conferencias clandestinas conectando números al azar y convertían la red telefónica en una especie de patio de juegos invisible.

La fiesta no podía durar para siempre. Las autoridades comenzaron a perseguir a los phone phreaks, y John Draper, el famoso Capitán Crunch, no tardó en caer. Fue acusado de fraude federal y condenado a pasar cuatro meses tras las rejas.

Pero lo más curioso e inesperado de esta historia es lo que hizo Draper durante su estancia en prisión. Lejos de limitarse a cumplir su condena sin más, aprovechó el tiempo para seguir creando. Fue allí, entre rejas, donde programó el EasyWriter, y qué era el EasyWriter, pues nada más y nada menos que el primer procesador de textos que existió para el Apple II. Un software que ayudó a los primeros usuarios de los ordenadores de Apple a escribir documentos en una época en que eso no era nada común.

Así que mientras cumplía sus cuatro meses de cárcel por haber hackeado la red telefónica con un silbato de cereales, John Draper estaba construyendo una herramienta que pasaría a la historia de la informática personal.

Y mientras tanto, un joven Steve Wozniak se divertía de otra manera. Mucho antes de fundar Apple, utilizaba pequeños transmisores de radio para interferir los altavoces de los autoservicios de McDonald’s. Desde el coche escuchaba los pedidos de los clientes y respondía con comentarios absurdos como, "Señora, lo siento, pero creemos que ya ha comido suficiente. Hoy le recomendamos una hamburguesa vegetariana". La confusión de los conductores era inmediata, mientras Wozniak y sus amigos no podían parar de reír.

Pero quizás la consecuencia más inesperada de toda esta historia apareció en un garaje de California. Dos estudiantes llamados Steve Jobs y Steve Wozniak quedaron fascinados con las cajas azules. Wozniak, enamorado de la electrónica, comenzó a fabricar sus propias versiones, mientras Jobs entendió inmediatamente que aquello también podía convertirse en negocio. Las vendían entre universitarios y amigos, y con ese dinero financiaron parte de sus primeros proyectos tecnológicos.

Años después ambos fundarían Apple (por cierto, la historia del logo de la manzana mordida es también bastante curiosa, pero esa queda pendiente para otro día).

Resulta difícil no sonreír ante la ironía, una de las empresas más valiosas de la historia tiene parte de sus raíces en unos dispositivos creados para engañar al sistema telefónico. La revolución informática moderna nació en cierto modo entre pitidos ilegales, bromas telefónicas y estudiantes desmontando aparatos en habitaciones desordenadas.

Lo más fascinante de aquella generación es que todavía veía la tecnología como un territorio por descubrir. No existían manuales claros ni límites definidos. Los primeros hackers no se consideraban criminales sofisticados, muchos actuaban movidos por la misma curiosidad con la que un niño desmonta un reloj para ver qué ocurre dentro.

Con el tiempo las compañías telefónicas corrigieron el fallo, la señalización dejó de viajar por el mismo canal que la voz y la tecnología digital cerró definitivamente aquella puerta accidental que el silbato que regalaban en aquellas cajas de cereales había abierto. Muchos phreaks acabaron perseguidos, algunos detenidos y otros convertidos en leyendas urbanas.

Pero el eco de aquella historia sigue vivo. Porque el silbato del Capitán Crunch terminó representando algo mucho más grande que un truco telefónico. Simboliza el instante en que una generación descubrió que incluso los sistemas más enormes podían entenderse, manipularse y reinventarse, la idea de que el conocimiento podía desafiar estructuras gigantescas.

Y quizá por eso la historia sigue fascinando tantas décadas después, porque cuesta creer que una parte del mundo digital moderno naciera gracias a un juguete olvidado dentro de una caja de cereales.

Hoy aquel silbato de cereales es una reliquia de coleccionista con una curiosa historia por eso yo guardo estos cuatro en "EL BAÚL DE HAL", y sus ecos siguen vivos, por ejemplo en cada línea de 2600, la famosa revista de hackers que lleva su frecuencia en el nombre, y en la memoria de que el mundo a veces se cambia desde lo más nimio, un juguete de plástico, un silbido certero y la insaciable curiosidad por saber qué pasa si pruebas un camino prohibido. Esa es la poesía del origen. A veces el progreso no llega desde los grandes laboratorios, sino desde un chico que sopla un silbato de plástico en la oscuridad de su habitación, escucha el pitido y se pregunta, ¿y si…? Al otro lado del pitido a veces no hay un sistema que engañar, hay un futuro que inventar.

¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!










domingo, 3 de mayo de 2026

DÍA DE LA MADRE CON FINOR

Hoy no es un domingo cualquiera: es el primer domingo de mayo, y eso significa que hoy es el Día de la Madre. Algunas personas pueden abrazarlas y decirles "gracias, mamá" en persona. Otras las recuerdan desde la distancia, desde la memoria o desde ese rincón del corazón donde siguen presentes para siempre.

Pero todos compartimos lo mismo: el deseo sincero de agradecerles lo que hicieron, lo que hacen y lo que dejaron en nosotros. Y por eso quiero felicitar a todas las madres, y muy especialmente a la mía, con este pequeño y brillante recuerdo que tantos guardamos en la memoria y que muchos volveremos a compartir hoy.

Había un tiempo en que mayo no llegaba solo con flores. Llegaba con una cajita de terciopelo que los niños guardaban bajo la almohada, con la respiración contenida y el corazón a punto de estallar. Hablo de las medallas Finor, esas pequeñas obras de arte que durante los años 70's se convirtieron en el regalo más sagrado que un hijo podía ofrecer.

Eran los años del blanco y negro que lentamente se teñía de color, de los escaparates empañados en invierno y de las joyerías de barrio con campanilla en la puerta. Allí, sobre una bandeja de terciopelo azul oscuro, reposaban las medallas Finor, medallas del día de la madre.

Pero lo que realmente distinguía a estas medallas era su filosofía, aquella frase que aparecía en los anuncios de las revistas y en los propios estuches: "Dar mucho, pedir poco". Una declaración de intenciones que resumía a la perfección lo que significaba ser madre y lo que significaba agradecerlo. Los publicistas de entonces, aquellos genios anónimos que trabajaban en blanco y negro, lo entendieron a la perfección: no se trataba de vender una joya, sino de vender un sentimiento.

Y qué joyas. Fabricadas en oro de 18 quilates, las medallas Finor tenían ese brillo cálido que solo el tiempo bien empleado sabe dar. El anverso solía mostrar la imagen de una madre con su hijo, y con aquellas frases escritas, hoy poemas publicitarios más que recordados. El reverso, más sobrio, solía llevar la inscripción "Milagro de amor" o la ya citada "Dar mucho, pedir poco". Era como tener un poema colgado del cuello.

Los niños de entonces, nosotros, las comprábamos con monedas ahorradas durante semanas. Una peseta que sobraba del pan, el dinero de la hucha del Niño Jesús que se desviaba para esta causa más terrenal pero igual de divina, aquellos sobres de cromos que no llegamos a comprar en el kiosco o las chucherías que no adquirimos en la feria. Entrar en la joyería era como cruzar el umbral de un templo. El joyero nos miraba por encima de las gafas, sonreía con esa paciencia infinita que solo se tiene con los que están aprendiendo a ser agradecidos, y nos dejaba elegir.

Pero no siempre bastaba. En más de una ocasión el dinero reunido durante semanas no alcanzaba ni siquiera para la caja de terciopelo que guardaba la deseada medalla. Las monedas quedaban sobre el mostrador, pequeñas, insuficientes, como si el esfuerzo no pudiera terminar de completarse. Era entonces cuando el padre, con una sonrisa y una mirada breve pero suficiente, entendía sin palabras lo que estaba ocurriendo. Sin dramatismos ni explicaciones, intervenía de forma discreta, completando lo que faltaba con la naturalidad de quien sabe que hay momentos que no deben romperse. Gracias a esa aportación silenciosa, aquel pequeño ahorro infantil dejaba de ser insuficiente y se transformaba, finalmente, en una joya de oro de 18 quilates.

Y aquí viene el detalle que muchos recuerdan con especial ternura: las medallas se podían llevar de dos maneras. Las más clásicas colgaban de una cadenita de oro, eslabón a eslabón, tan fina que parecía un susurro. Pero las más entrañables eran las que venían con un broche de lazo de querubín. Ese lazo que engalanaba la medalla como si la vistieran para una ocasión especial. Las madres las prendían sobre el pecho, cerca del corazón, y allí quedaban, discretas pero presentes, acompañándolas en las compras del mercado, en las tardes de plancha, en las noches de fiebre infantil y en los domingos de misa.

El anuncio de televisión, primero en blanco y negro y después con esos colores pastel tan característicos de los 70's, mostraba a una madre joven que abría la cajita y su sonrisa iluminaba la pantalla del televisor del salón. Nosotros, los niños, mirábamos ese anuncio y sabíamos que queríamos provocar esa misma sonrisa a nuestra madre. Y la provocábamos.

Aquellos setenteros primeros domingos de mayo por la mañana, antes de que el café estuviera listo, el niño aparecía en el umbral de la habitación. Manos temblorosas. Pies descalzos sobre las baldosas frías. La cajita blanca con letras doradas Finor. La madre tardaba un segundo en abrir los ojos, otro en entender, y entonces ocurría el milagro: esa luz en la mirada que ningún hijo olvida jamás.

"No fue solo traerlo a la vida", decía otro de aquellos poemas publicitarios. "Por eso sus deditos han descubierto oro en su pecho".

Y así, durante años, esas medallas Finor acompañaron a madres y a hijos. Con el tiempo, la cadena o el lazo se fueron gastando. El oro se volvió más suave, más cálido, más vivido. Cada arañazo era una historia. Cada pequeño desperfecto, un abrazo.

Han pasado cincuenta años. Muchas de aquellas madres ya no están o sus hijos tienen ahora canas y nietos propios. Pero las medallas Finor siguen existiendo. Descansan en pequeños joyeros de madera con incrustaciones de nácar, entre alianzas antiguas, pulseras y collares heredados de otro tiempo.

Cuando hoy alguien ve una de estas medallas ocurre algo extraño: parece que guardan el calor de la piel y el eco de una generación entera. A veces, cuando la luz les da de cierta manera, todavía parecen recién regaladas. El metal sigue pareciendo tibio. No es un objeto viejo, es una conexión directa con la voz de una madre llamando desde la ventana al caer la tarde. Es la prueba de que el amor de una madre es, efectivamente, el único metal que nunca se oxida.

Aquellas pequeñas obras de arte de los años 70's siguen recordándonos que las joyas más valiosas no se tasan por sus quilates, sino por las veces que fueron apretadas entre las manos durante un deseo, un recuerdo o un simple "gracias, mamá".

¡Feliz Día de la Madre!




viernes, 24 de abril de 2026

EL ROMANTICISMO ELECTRÓNICO DE LOS SINTETIZADORES EN LOS 80's

Recientemente se ha celebrado el Día de San Jordi (San Jorge). En Cataluña, donde vivo, este día tiene una magia especial. A diferencia de San Valentín, aquí el amor se respira en las calles: llenas de libros, de rosas y de gente paseando sin prisa, como si todo girara en torno a ese pequeño gesto de regalar. Todavía se nota el ambiente en las calles y el amor en el aire, coincidiendo además con el Día del Libro.

Cuenta la leyenda que San Jordi venció al dragón para salvar a la princesa, y de la sangre de la bestia nació una rosa. Quizá por eso, cada 23 de abril regalamos rosas como símbolo de amor, y libros como una forma de compartir historias, pensamientos y emociones.

Es un día sencillo, pero profundamente romántico: aquí el amor no solo se dice, también se lee, se pasea y se vive entre páginas y pétalos de rosas.

Por esta razón quiero dedicar una pequeña lista musical a este día que recientemente hemos vivido, con una selección muy acorde al puro sentimiento que es el amor. A continuación os dejo algunos de los temas más románticos y emocionalmente intensos, para dejarse llevar entre sintetizadores y sentimientos.

Porque antes de que las guitarras volvieran a dominar el pop, hubo una década en la que el amor sonaba a sintetizadores, cajas de ritmos y melodías elegantes. Los años 80's convirtieron la emoción en electrónica, y el resultado fue un catálogo de canciones donde la nostalgia, el deseo y la melancolía se mezclaban con sonidos futuristas.

Desde el ritmo hecho belleza de Depeche Mode hasta el romanticismo sofisticado de Spandau Ballet o la intensidad sentimental de Alphaville, el synth-pop y la new wave supieron capturar una forma distinta de amar: más introspectiva, a veces distante, pero profundamente evocadora.

También hay espacio para la épica emocional de Ultravox, o la calurosa frialdad robótica de Kraftwerk o el dramatismo elegante de Talk Talk. Canciones que no siempre hablan de amor feliz, pero sí de amor real: el que duele, el que se pierde y el que se recuerda.

Al final, más allá de las rosas y los libros, San Jordi también puede vivirse como una banda sonora compartida. Estas canciones no hablan todas de amor en sentido clásico, pero sí de algo igual de importante: emociones que se cruzan, recuerdos que se quedan y momentos que se escuchan mejor de a dos.

Porque los 80's no solo inventaron sonidos nuevos, también inventaron formas distintas de sentirlos. Y quizá por eso, entre sintetizadores, luces de neón y melodías frías o luminosas, todavía hoy siguen siendo un buen lugar al que volver cuando el amor o la vida necesita música. 


Visage – Fade to Grey

Depeche Mode – Just Can't Get Enough

Soft Cell – Tainted Love

Gary Numan – Cars

Eurythmics – Sweet Dreams (Are Made of This)

Yazoo – Only You

Pet Shop Boys - It's A Sin

OMD – Enola Gay

Bronski Beat – Smalltown Boy

The Human League – Don’t You Want Me

Ultravox – Vienna

Alphaville – Forever Young

Spandau Ballet – True

Talk Talk – Such A Shame

Kraftwerk - The Model

sábado, 18 de abril de 2026

ENTRE PITOS Y RECUERDOS

Existen pitos, silbatos... o como queráis llamarlos. Porque hay quien siempre les dijo pitos y quien jamás les llamó otra cosa que silbatos, y los dos tienen razón. De mil formas, colores llamativos y tamaños que van desde el ridículamente pequeño hasta el absurdamente grande. ¡Eeeeep! Tranquilos, tranquilos... que nos conocemos y sabemos perfectamente de qué estamos hablando.

Los hay de plástico brillante, que prometían durar para siempre y no sobrevivían al recreo. De metal frío, que en invierno se pegaba a los labios, de cálida madera o incluso de hueso de frutas, entre otros muchos. Con un montón de formas y colores diferentes. Y con sonidos que, en cuanto los escuchas, te devuelven a un patio de colegio con olor a bocadillo de nocilla y rodillas con mercromina jejejeje.

En este blog ya han ido apareciendo algunos de ellos (los tenéis en los enlaces que os dejo abajo), pero esto no ha hecho más que empezar. Porque, más allá de los modelos conocidos, también irán llegando otros mucho más curiosos: algunos con historia a sus espaldas, otros con un punto casi tétrico y otros que parecen escapados de un cajón que nadie abría desde 1980.

Por eso he decidido darles su propio rincón. Un espacio especial dentro de "El BAÚL DE HAL", donde estos pequeños artefactos puedan respirar y contar lo que guardan. Porque sí: guardan cosas. Más de lo que parece a primera vista.

Muchos de vosotros los soplasteis. En el patio del cole, en la feria del pueblo, en el descampado o parque del barrio donde te reunías con tus amigos. Algunos sonaban tan fuerte que desesperaban a madres, padres, hermanos, vecinos y maestros por igual (y eso, seamos honestos, era precisamente lo mejor jejejeje). Otros apenas emitían un quejido tímido, pero los queríamos igual.

Habrá quien reconozca al instante aquel silbato de plástico rojo que venía dentro de una bolsa de pipas. O aquel otro, con forma de helicóptero, que duró exactamente dos recreos antes de salir volando y desaparecer en algún lugar del universo. Y habrá también quien descubra modelos que nunca había visto y se pregunte cómo es posible que algo tan pequeño haya sobrevivido tanto tiempo.

Mi idea es reunirlos todos los que tengo en un álbum, en una cápsula del tiempo virtual. Un inventario de algunos pitos que abarca desde los años 60's hasta los 90's, cuando los juguetes cabían en el bolsillo y hacían más ruido del que nadie pedía.

En las imágenes de hoy podéis ver solo una parte de lo que guardo. Algunos ya tienen su propio post, otros aún esperan su momento. Y hay algunos que no aparecen en la foto esos llegarán acompañados de historias tan curiosas que no os dejarán indiferentes. Eso os lo prometo.

Porque, al final, más allá de ser simples pitos o silbatos, cada uno de estos pequeños objetos guarda un pedacito de algo que fue. Un instante en un patio. Una tarde de verano. Una risa que no recordamos de quién era, pero que todavía suena, suave y lejana, como un silbido que se pierde en el viento.















sábado, 11 de abril de 2026

LOS CUADERNOS RUBIO

 

¿Ya habéis entregado los deberes de Semana Santa? Venga, venga, no os hagáis los despistados. Estos días pasados, entre procesiones, torrijas y el olor a incienso flotando por las calles, algunos habéis tenido que sacar del cajón (o de debajo de la cama, donde lo escondisteis el Jueves Santo bajo esa premisa de "si no lo veo, no existe") el cuadernillo de deberes que os pusieron antes de las vacaciones... ¿Lo recuerdas? jajajaja. Porque sí, en aquellos tiempos gloriosos y crueles a partes iguales, las vacaciones nunca eran del todo vacaciones. Siempre había algo pendiente, siempre había un cuaderno sobre la mesa recordándote que el ocio era un préstamo que debías devolver con sudor, cálculo y caligrafía.

Si eran los de Semana Santa, los deberes solían ser de tamaño manejable, casi razonables. Para el verano ya nos reservaban la artillería pesada: los míticos cuadernos "Vacaciones Santillana", aquellos tochos con su característica y colorida portada que eran capaces de hundir la mochila y el ánimo de cualquier niño en pleno mes de julio. Eran libros con una densidad tal que podías usarlos para calzar una mesa o para defensa personal contra un hermano mayor. Pero para la Semana Santa, el arma de instrucción masiva, jejejeje, era otro: el Cuaderno Rubio.

Un dato curioso: no existe un consenso firme sobre todos los colores que usaron los cuadernos Rubio en el siglo XX. Mientras que la memoria popular recuerda principalmente el amarillo, las evidencias de cuadernos conservados en colecciones privadas muestran también tonos entre el azul y el turquesa verdoso, especialmente en los ejemplares más antiguos, como algunos de los que saqué hoy de "EL BAÚL DE HAL". La propia editorial nunca ha publicado un catálogo cronológico de sus cubiertas, por lo que, hoy por hoy, determinar la gama exacta sigue siendo una tarea pendiente para los historiadores de la cultura material española.

Unos cuadernos con recordados e icónicos dibujos de portada, como el de aquel niño con su jersey, o mejor dicho, chaleco de pico y corbata, que apenas han cambiado con los años y que parece que nos vigila desde el pasado con una pulcritud que a muchos nos costaba mantener. Dibujos en sus portadas que toda una generación lleva grabados en la memoria como un tatuaje involuntario del sistema educativo.

La historia de este mito comenzó en 1956, cuando un emprendedor llamado Ramón Rubio Silvestre fundó en Valencia la editorial que llevaría su apellido. Ramón nació en Tarragona en 1924, aunque siendo apenas un bebé su familia se trasladó a Geldo, un pequeño pueblo de Castellón donde creció con esa persistencia que solo tienen quienes saben adónde quieren llegar. Graduado como profesor mercantil, montó la Academia Rubio en la calle Martí de Valencia para impartir clases de cálculo y contabilidad. Allí, harto de repetir ejercicios en la pizarra y de que los alumnos se perdieran entre números, empezó a crear fichas numeradas para que trabajaran solos. Aquello fue el "Netflix" de la educación de posguerra: contenido a la carta para que nadie se quedara atrás, jajajaja.

Los comienzos no fueron fáciles. Fue en el verano de 1968 cuando la familia al completo se subió al coche para visitar colegios y papelerías. Y permitidme un inciso, porque aquel fue un año de una cosecha irrepetible: los Cuadernos Rubio llegaron tal y como los recordamos a colegios y papelerías, y también llegaron a las jugueterías los míticos Madelman y, de paso, mmmm, nací yo, jejejeje. Algo muy potente debía de haber en el aire de aquel 1968 para que viniéramos al mundo con tantas ganas de dar guerra. Mientras yo daba mis primeros pasos y los Madelman empezaban a ejecutar sus primeras misiones, que con los años se convertirían en aventuras viajando a la selva, el Aconcagua, el fondo del mar y el espacio (porque los Madelman lo podían todo), los Rubio recibían negativas de libreros que no veían futuro en aquel papel pautado. Una papelería llegó a decirles que aquellos cuadernos no se venderían nunca. Años después, esa misma papelería hizo un pedido. Los Rubio no lo aceptaron, jejejeje. Incluso sufrieron una estafa de película cuando un comercial desapareció con unas 200.000 pesetas de la época. Sin embargo, aquel estafador, al ofrecer los cuadernos por todo el país para dar el golpe, terminó creando una red de clientes inesperada que clamaba por más material. El propio Ramón reconocería años después que le habría dado las gracias de encontrárselo, pues aquel hombre realizó, sin saberlo y por las malas, su mejor estudio de mercado. Así, lo que costaba 1,50 pesetas en 1960 pasó a ser un pilar básico de la educación española.

Durante los 70's y la Transición, el método Rubio conquistó las aulas de la EGB. Los profesores encontraron en ellos algo práctico para reforzar la caligrafía y el cálculo mental, generando sus propias mitologías y traumas menores. Había niños que completaban las páginas con una caligrafía perfecta, vocales redondas como planetas y palotes rectos como soldados desfilando. Y había otros, entre los que probablemente nos contamos muchos, que rellenaban las líneas con una prisa sospechosa, apretando el lápiz hasta casi romper el papel, y luego, si tenías que borrar, mmmm, ¿quién no ha sufrido el drama de la goma Milán 430 que, en lugar de borrar, emborronaba el grafito hasta dejar una nube negra sobre el papel que parecía el mapa de una tormenta?, jajajaja.

La anécdota más universal de aquella época fue, sin duda, el cuaderno mojado o "el ataque del lamparón de aceite". En aquellos años los estuches no eran herméticos, ni los bocadillos venían envueltos en papel de aluminio ni en film transparente de alta tecnología. El Cuaderno Rubio y el bocata de Nocilla (o peor, el de atún con el aceite traspasando el papel de estraza o de periódico) convivían en la misma cartera de cuero, y no siempre salían bien parados del encuentro. Llegar a casa con las páginas de escritura onduladas y con una mancha marrón o traslúcida en la esquina que olía a desayuno era un clásico del género. La madre te miraba con esa ceja levantada que presagiaba el fin de tus días, tú ponías cara de no saber nada, y ella suspiraba mientras el mundo seguía girando entre borrones de goma y olor a tinta.

Con los 80's llegó la época dorada de la editorial, llegando a vender diez millones de ejemplares al año. Eran las tardes de llenar páginas en la mesa de la cocina, con el televisor encendido al fondo emitiendo El Monstruo de Sánchezstein, Un globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca, o en el caso de los más talluditos... los legendarios Chiripitifláuticos, y todos corriendo para poder ver aquellos programas de TV, con el olor a guiso de la cena flotando en el aire y la voz de nuestros padres diciendo aquello de "no te salgas de la raya que pareces un médico escribiendo". Si tenías el cuaderno limpio y sin tachones, eras la élite social del recreo. Hoy, la editorial sigue viva en Paterna, Valencia, de la mano de su hijo Enrique y su nieto Luis, resistiendo con la dignidad de lo que sabe que es útil y adaptándose a los nuevos tiempos con una ironía maravillosa.

Para los que fuimos niños entre los 60's y los 90's, un Cuaderno Rubio es mucho más que papel. Es el tacto del papel pautado bajo los dedos, el olor a goma de borrar (sobre todo, mmmm, la goma de nata) y la voz de la seño diciendo "mañana me traéis el número cinco terminado o no hay patio", uffffff. Es también aquella España que aprendió a escribir, vocal a vocal, renglón a renglón, peleando contra el redondeo de las "o" y la inclinación de las "l", por no mencionar aquellas operaciones y problemas matemáticos que tantos quebraderos de cabeza nos dieron, menos mal de aquellos lápices que llevaban las tablas pintadas, jejejeje. Es también la esperanza de acabar los deberes antes de que oscureciera, para ver la televisión o simplemente para ignorar que el lunes existía. Porque los niños que fuimos siempre creímos que si terminábamos a tiempo, el tiempo libre sería más libre. Y, mirándolo con perspectiva, entre manchas de tinta y recuerdos de una cosecha excelente, quizás teníamos toda la razón del mundo.





sábado, 28 de marzo de 2026

SEMANA SANTA PARA RECORDAR

Ya tenemos aquí la Semana Santa y con ella me llegan muchos entrañables recuerdos del ayer, de esos que aparecen sin avisar, como el olor a cocina antigua o el sonido lejano de un tambor en la calle. Recuerdos que no hacen ruido pero que se quedan, que tienen algo de ternura y de tiempo detenido, como si en esos días el mundo fuera un poco más lento y todo tuviera más sentido.

La Semana Santa siempre ha tenido ese aire especial, una mezcla de recogimiento, tradiciones familiares y pequeñas costumbres que, si uno se detiene a pensarlo, se han ido quedando poco a poco en el cajón de la memoria. Algunas sobreviven, otras resisten como pueden, y otras ya solo viven en fotografías ligeramente amarillentas o en conversaciones que empiezan con un "¿te acuerdas cuando…?".

Antes, la Semana Santa no empezaba en las redes sociales ni en calendarios digitales, empezaba en la cocina. Era un anuncio silencioso pero infalible. El olor de aquel potaje de bacalao tan bueno que hacía tu madre o la abuela, o de aquellas torrijas con un aroma que se colaba por cada rincón de la casa, impregnando cortinas, pasillos y hasta la ropa tendida. No había versiones modernas ni experimentos imposibles, solo pan duro, leche, huevo, azúcar y canela, y ese ingrediente invisible que nunca falla: el cariño. Cada casa defendía su receta como si fuera un secreto de estado, y en todas, curiosamente, estaban convencidos de tener la mejor.

Mientras tanto, siempre había una voz que recordaba con solemnidad aquello de "no se come carne, que es Viernes Santo", aunque luego aparecieran en la mesa unas croquetas de vigilia que sabían demasiado bien como para hacer muchas preguntas… jajajaja. Era parte del encanto, de esa pequeña contradicción tan humana que también formaba parte de la tradición.

Y luego estaban esos momentos que hoy parecen sacados de otra época, como los niños rezando antes de dormir, a veces con sus muñecos alineados a su lado como si formaran una pequeña congregación doméstica. Aquello no era una escena preparada ni una imagen para compartir, era pura inocencia, una especie de teatro íntimo donde cada muñeca tenía su papel. Había alguna especialmente devota y otra que parecía estar allí por compromiso, pero todas participaban. Y uno rezaba medio en serio, medio con sueño (como la niña de la foto), confiando en que Dios entendería las prisas. Hoy, si ves a un niño arrodillado en su cuarto, lo más probable es que esté buscando el cable del móvil y no recitando un padrenuestro, y además de verdad… jejejeje.

La casa se llenaba también de otro tipo de rituales, como el de encender la televisión y encontrarse, sin sorpresa pero con cierta satisfacción, con las mismas películas de siempre. Ben-Hur, Los Diez Mandamientos y alguna historia de romanos donde el sufrimiento era casi un personaje más. Se veían cada año, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar, pero daba igual, estábamos todos juntos, en familia, compartiendo momentos. Era tradición, y las tradiciones no necesitan novedades para seguir teniendo valor.

Fuera, las calles parecían respirar de otra manera. Había menos ruido, más pausa, una especie de respeto que no hacía falta explicar. Incluso los niños bajaban la voz al pasar una procesión, como si entendieran que ese momento pedía silencio. No era un silencio incómodo, sino uno lleno de significado, de esos que hoy cuestan encontrar entre notificaciones de mensajes y prisas.

La Semana Santa no necesitaba grandes planes. Bastaba con salir a pasear sin rumbo, con ese clásico "vamos a dar una vuelta" que terminaba siendo el mejor plan del día. Se caminaba sin objetivo, se encontraba a gente conocida, se compartían conversaciones sencillas y se volvía a casa con la sensación de haber hecho algo importante, aunque no se supiera muy bien qué.

También estaba ese pequeño gran acontecimiento de estrenar ropa. No hacía falta nada extraordinario; bastaba con una camisa nueva o unos zapatos que crujían al andar. Había una mezcla de orgullo y cuidado, de querer lucir sin estropear, de sentir que ese detalle formaba parte de algo mayor. Y muchas veces, esa ropa nueva tenía un destino claro: ir bien guapos o guapas a bendecir las palmas o el laurel, esas ramas elaboradas y personalizadas con lazos brillantes o con golosas golosinas colgadas de ellas, que los niños lucían con tanto orgullo como el estreno mismo (como se ve en la foto de un servidor con el palmon, tomada en 1977; mmmm, aunque los caramelos colgados no llegaron a la foto, jejeje). Era una felicidad discreta, pero profundamente auténtica.

Con el tiempo, muchas de estas cosas han ido cambiando. Ahora hay más opciones, más estímulos, más distracciones. Antes había menos, pero quizá por eso se aprovechaban más. Donde antes había costumbre, ahora hay improvisación; donde antes había pausa, ahora hay prisa. Y sin darnos cuenta, entre mensaje y mensaje, se nos han ido escapando esos pequeños rituales que, sin hacer ruido, construían recuerdos duraderos.

Sin embargo, no todo se ha perdido. Algunas tradiciones siguen vivas y otras incluso regresan con fuerza, aunque a veces lo hagan disfrazadas de modernidad. Tal vez no se trate de volver atrás ni de repetir exactamente lo mismo, sino de recuperar la esencia de lo que hacía especiales estos días: el tiempo compartido, la calma, el estar presente sin necesidad de llenar cada minuto.

Porque al final, la Semana Santa no era solo lo que se veía en las calles o en la televisión, sino todo aquello que ocurría en los pequeños gestos, en las rutinas sencillas, en los momentos que parecían insignificantes y que ahora, con la distancia, se revelan como los más valiosos. Y quizá, si afinamos un poco la memoria y bajamos el ritmo, todavía estemos a tiempo de rescatar algo de todo eso y devolverle a estos días ese sabor tan especial que nunca debimos dejar escapar.

Bueno, amigos, solo me queda desearos una feliz Semana Santa, y si cogéis unos días de descanso, recordad que aún estamos a tiempo… de bajar el ritmo, de compartir una torrija en buena compañía y de dejar que estos días tengan, aunque sea un poco, ese sabor de antes que tan bien nos sienta. Yo también me tomaré unos días, porque a veces uno necesita parar, respirar y dejar que los recuerdos hagan su trabajo. Nos vemos a la vuelta, con las pilas cargadas y, quién sabe, quizá con algún viejo recuerdo nuevo que contar.


jueves, 19 de marzo de 2026

UN CENICERO DE ARCILLA PARA EL DÍA DEL PADRE

Había un momento del año en el que el colegio olía distinto. No era el de la plastilina ni el de los bocadillos del recreo. Era un olor más serio, casi adulto: arcilla húmeda, manos sucias y una misión importante. Se acercaba el Día del Padre (como el de hoy), y en las aulas de la EGB se activaba la fábrica nacional de ceniceros. Porque sí, no había discusión posible: a tu padre se le regalaba un cenicero, fumara o no. Eso daba exactamente igual. Era como un ritual sagrado que marcaba el calendario escolar, y todo el mundo lo aceptaba con la solemnidad de una ceremonia medieval. Algunos niños miraban a la profe como si ella fuera una alquimista, capaz de transformar barro en tesoro.

La escena era siempre parecida. La profe repartía trozos de barro como si fueran lingotes valiosísimos. Tú lo mirabas con respeto, como quien contempla un diamante en bruto. Aquello no era plastilina; aquello era material serio. Había que aplastarlo, golpearlo, darle forma hasta conseguir una especie de galleta gruesa, irregular, orgullosamente imperfecta. Nada de diseños minimalistas ni cosas modernas. No: aquello tenía que tener borde levantado, aunque quedara torcido. Tenía que parecer un cenicero; aunque, siendo honestos, muchos parecían más bien una empanada prehistórica. Se respiraba una mezcla de concentración y ansiedad; algunos niños masticaban nerviosamente lápices, otros miraban de reojo a la profe esperando aprobación silenciosa. Algunos soplaban con fuerza sobre el barro para secarlo antes de tiempo, mientras otros medían con regla imaginaria, y siempre había un pequeño grupo que lo dejaba todo a la intuición, con resultados desastrosos y maravillosos a la vez.

Y entonces llegaba el momento clave: el ritual, el instante que separaba un simple trozo de barro de una obra de arte paternal: la mano. "Venga, todos, la mano aquí en medio", decía la profe con tono firme pero amable, como si guiara a un ejército de pequeños escultores. Y tú, con una mezcla de orgullo y miedo, plantabas tu mano sobre la arcilla y apretabas con decisión. No había medias tintas; había que dejar huella, literalmente. Al retirar la mano, aparecía allí tu palma, tus dedos, tus líneas, convertidos en algo eterno (o al menos hasta que se cayera de la mesilla del salón). Era una cosa preciosa y un poco salvaje. A veces los dedos salían desproporcionados, otras parecían patas de pulpo; pero daba igual: eso era tuyo. Cada imperfección se sentía como un detalle único, una firma que solo tú podías dejar.

Después venía el acabado artístico. Ese momento en el que cogías un palillo y, con toda la concentración del mundo, escribías: "Felicidades papa". Sin tilde. Nunca con tilde. Y con letras que parecían estar borrachas: grandes, pequeñas, torcidas, apretadas, juntas o separadas según el día. Una maravilla. Algunos añadían detalles: un corazón medio chuchurrío, una estrella rara o incluso un "te quiero" que ocupaba medio cenicero y parecía una declaración de guerra más que de amor. Y si los nervios se apoderaban de tu escritura, no pasaba nada: siempre estaba allí tu profesora para echarte una mano con la buena letra, suavizando los trazos, enseñándote cómo colocar las letras, corrigiendo sin quitar el orgullo del niño que lo hacía. Algunos niños se lanzaban a experimentos extra: texturas, rayas, pequeñas hendiduras en la arcilla, mientras otros, más discretos, se limitaban a cumplir la tarea sin florituras. Cada pieza terminaba reflejando no solo tu mano, sino tu carácter, tu paciencia y tus pequeñas obsesiones de aquel momento.

Luego venía la espera. Días en los que el cenicero desaparecía para "secarse", y tú pensabas que estaba en una especie de fábrica secreta donde pasaba por hornos invisibles y manos mágicas que lo transformaban. Algunos compañeros contaban historias fantásticas de cómo la arcilla cobraba vida mientras se endurecía; otros simplemente se preguntaban si llegaría intacto. Y cuando volvía, aquello ya era otra cosa: duro, serio, casi profesional. Podías sentir el cambio solo con el tacto; lo que antes era blando y maleable se había convertido en un pedazo de mundo real que sobreviviría al tiempo y a los golpes del descuido.

El gran día, lo envolvías como podías (normalmente fatal), usando papel de seda arrugado y cintas que nunca se quedaban quietas, y se lo dabas a tu padre con una mezcla de vergüenza y orgullo imposible de disimular. Lo recibía como si fuera el mismísimo Santo Grial. Lo giraba, lo examinaba, admiraba cada línea de tu mano marcada, cada imperfección convertida en arte, y decía algo como: "Esto lo ha hecho mi hijo". En ese momento daba igual todo: que el cenicero estuviera torcido, que no apoyara bien, que tuviera grietas o que él ni siquiera fumara.

Porque aquello no era un cenicero. Era tu mano detenida en el tiempo. Era barro convertido en cariño. Era un pedazo de infancia que acababa, inevitablemente, en la mesilla del salón o en el mueble bar, junto a las copas "de las visitas". Era un objeto que guardaba secretos: los días de risas, las conversaciones robadas en clase, la sensación de orgullo silencioso que solo un niño puede sentir al crear algo que durará. Y pensándolo ahora, si estas manualidades de los ceniceros se hicieran hoy en día en los colegios, no llegaba ni al secado: reunión urgente, padres escandalizados, inspección educativa en la puerta y el pobre profesor o profesora camino de galeras antes de que sonara el timbre, jajajaja.

Lo mejor de todo es que, décadas después, muchos siguen ahí: un poco desgastados, con alguna esquina saltada, algún color que se ha ido con el tiempo si estaban pintados, pero resistiendo. Como si supieran que no eran un objeto cualquiera. Que no eran un simple recuerdo de escuela. Sino uno de los regalos más honestos, torpes y bonitos que hemos hecho nunca. Y cada vez que los ves, vuelves a ser ese niño que palpaba barro con miedo y alegría, que soñaba con impresionar a su padre y que aprendía que incluso las cosas imperfectas pueden ser perfectas cuando están hechas con cariño.

Porque, al final, esos ceniceros de barro no eran sobre fumar, ni sobre decoración, ni siquiera sobre manualidades. Eran sobre tiempo detenido, sobre manos, sobre amor pequeño y grande al mismo tiempo. Sobre infancia que no vuelve, pero que deja huellas imborrables. Y cada uno que sobrevive a los años es un recordatorio silencioso de que, a veces, lo más valioso no es lo que se ve, sino lo que se siente: lo que permanece en la memoria, en la piel y en los corazones, incluso cuando los objetos empiezan a romperse.

Estoy seguro, papá, de que recordarás aquel día en que te traje aquel cenicero, hecho por mí, con la huella de mi pequeña mano… Aunque no estés, tu amor permanece en cada gesto y en cada recuerdo. Te echamos de menos siempre, papá. Feliz Día del Padre. 



sábado, 14 de marzo de 2026

MINUTOS MUSICALES: REBOBINANDO LOS 90’S

Era el tiempo en que una canción llegaba a ti sin que tú la buscaras. Simplemente sonaba en la radio del coche, en la tienda del barrio, filtrándose por la ventana del vecino, y de repente, sin pedirte permiso, se instalaba para siempre en algún rincón de tu pecho. Solías grabar aquellos temas en una cinta que terminaba siendo más valiosa que cualquier playlist de hoy, esperabas a que la radio pusiera tu canción favorita con el dedo preparado sobre el botón de "REC", rezando para que el locutor no hablara encima del principio, y a veces lo hacía y arruinaba la grabación, o la cinta se enredaba y había que arreglarla con paciencia o con un bolí BIC.

Muchas de esas costumbres habían nacido en los 80's, pero siguieron vivas durante buena parte de los 90's. El walkman todavía acompañaba viajes en autobús y paseos solitarios, MTV sonaba en el salón con videoclips que terminaban grabándose en la memoria igual que las canciones, y cuando un amigo te prestaba un CD nuevo lo escuchabas como si te estuviera revelando un pequeño secreto.

Los 90's nos enseñaron que la música podía doler de una manera bonita, que una voz ronca con una guitarra acústica podía decir exactamente lo que tú no sabías que sentías, que el bajo de una canción podía hacerte mover los pies sin que tu cabeza lo decidiera, y que las letras en inglés, en español o en cualquier idioma parecían escritas para ti, solo para ti, aunque las cantaran millones.

También estaban los pequeños rituales que daban forma a esos recuerdos: copiar letras de canciones en un cuaderno, discutir con amigos sobre qué banda era mejor, esperar a que un videoclip volviera a aparecer en televisión porque no había otra forma de verlo otra vez. Todo eso se mezclaba con la sensación de que éramos jóvenes y no lo sabíamos; creíamos que siempre habría tardes eternas, que el verano nunca terminaría, que esa banda sonora que acompañaba nuestros primeros amores, nuestras primeras rupturas, nuestros primeros sueños de futuro, estaría siempre nueva, siempre fresca.

Pero la música envejece con nosotros, y eso es lo más hermoso. Hoy, cuando de repente suena aquella canción en un supermercado, en una serie, en un anuncio o en el teléfono móvil de alguien, el tiempo se dobla: de golpe tienes veinte y pico y cincuenta y tantos al mismo tiempo, hueles un perfume que ya nadie fabrica, ves una cara que hacía mucho que no recordabas y sientes el frío de una noche que creías olvidada.

Los 90's no fueron una década cualquiera; fueron el final del siglo XX, la última década de un milenio y, para muchos de nosotros, el principio de quienes íbamos a ser. Los 90's fueron el idioma en el que aprendimos a emocionarnos, y cada vez que volvemos a escucharlos comprendemos algo curioso: no estamos recordando la música, estamos recordando quiénes fuimos cuando la escuchamos por primera vez.

Y hoy, aquí en nuestra sección de Minutos Musicales dedicados a esos 90's, quiero recordar con vosotros algunas canciones, algunos de aquellos temas que se convirtieron en auténticos himnos de aquella década, la última década de nuestra página, y revivir juntos la música que nos hizo soñar, emocionarnos y volver a sentir momentos que creíamos olvidados. 



R.E.M. – Losing My Religion


Ace of Base – All That She Wants


4 Non Blondes – What's Up


The Cranberries – Zombie


Urge Overkill - Girl You'll Be a Woman Soon


Bruce Springsteen - Streets of Philadelphia


Oasis – Wonderwall


Spice Girls – Wannabe


The Verve – Bitter Sweet Symphony


Backstreet Boys – Everybody (Backstreet's Back)


Aqua – Barbie Girl


Manic Street Preachers – If You Tolerate This


Britney Spears – ...Baby One More Time


Blondie – Maria 


Boy George - The Crying Game