Estos días es imposible encender la
televisión o abrir los periódicos sin encontrarse con las imágenes de la visita
del Papa León XIV a España. Lo hemos visto rodeado de multitudes en Madrid y, posteriormente,
en Barcelona, enmarcando su viaje en dos acontecimientos históricos de inmensa
carga espiritual y cultural: el Centenario de la muerte de Antoni Gaudí y la
celebración del Milenario de la fundación del Monasterio de Montserrat. Ver al
Pontífice bendiciendo la imponente Torre de Jesucristo en una Sagrada Familia
que ya roza su culminación, o subiendo a la icónica montaña santa antes de
continuar su viaje hacia las Islas Canarias, estremece. Sin embargo, hoy la
forma en que el mundo congela esos hitos es idéntica: miles de brazos alzados
sosteniendo pantallas de teléfonos móviles, capturando píxeles que
probablemente se perderán en la inmensidad de la nube digital.
Ver esas escenas me empujó a hacer un viaje
particular. Fui a rebuscar en mi propio "baúl de los recuerdos" y, de
manera curiosa, pasado y presente parecieron darse la mano. Entre fotografías,
recortes y pequeños objetos de otra época, volvieron a mis dedos unas postales
casi mágicas, y entre ellas dos piezas muy especiales de mi colección: dos
postales lenticulares en 3D, una dedicada a la Virgen de Montserrat y otra a la
Sagrada Familia.
Al moverlas bajo la luz y ver cómo cobraba
vida su relieve con esa gran profundidad, no pude evitar sonreír ante la ironía
del tiempo. Esos mismos escenarios que hoy celebran efemérides tan formidables
y se fotografían con tecnología de última generación, descansaban en mis manos
impresos en el formato que fascinó a nuestra infancia en los años 70's. En
aquella época, no hacían falta pantallas ni grandes despliegues digitales; el
recuerdo de los lugares sagrados, monumentos y escenarios de la naturaleza se
llevaba a casa en forma de una cartulina rugosa que parecía obrar un pequeño
milagro tridimensional.
Pero para mí, estas dos piezas tienen un
significado todavía más profundo. Crecí a escasa distancia de la Sagrada
Familia. Durante mi infancia jugué incontables veces en el parque de enfrente,
a la sombra de las torres del templo (ese sueño de piedra que Gaudí ideó y que
hoy, cien años después de su partida, el mundo contempla al fin casi
terminado), las cuales formaban parte de mi paisaje cotidiano. Al salir de casa
estaban allí, dominando el horizonte como una presencia familiar que uno acaba
dando por sentada, sin imaginar que algún día se convertirían en uno de los
recuerdos más entrañables de toda una vida.
Montserrat también ocupa un lugar igualmente
sagrado en mi memoria familiar. Que el monasterio cumpla ahora mil años de
historia viva nos recuerda la cualidad eterna de un destino que siempre estuvo
cargado de emoción; uno de esos rincones que conservan algo difícil de explicar
con palabras. La montaña recortada contra el cielo, el santuario milenario, la
imagen de la Moreneta y el silencio de sus senderos han acompañado muchos
momentos importantes de nuestras vidas. Para nosotros, Montserrat siempre ha
tenido algo de mágico, una espiritualidad que ha resistido el paso de los
siglos y que hoy resuena con más fuerza que nunca.
Y es que, en aquellos años de nuestra niñez,
bastaba inclinar un poquito esas postales para que ocurriera el prodigio. Un
paisaje nevado ganaba fondo, unos ojos de niña parecían moverse o guiñarte un
ojo, un ramo de flores se adelantaba hacia quien lo miraba. Las postales
lenticulares (aquellas que llamábamos simplemente postales 3D) no eran meras
fotografías. Eran pequeños teatros de papel y plástico que guardaban un
secreto, despertando la imaginación y convirtiendo el correo en una ceremonia
pequeña, casi íntima.
El truco se llamaba impresión lenticular: una
fina lámina de plástico con diminutas lentes que, al cambiar el ángulo de
visión, revelaban distintas perspectivas de una misma imagen. Para la época,
aquello parecía sacado de un laboratorio de efectos especiales. En unos años en
los que la ciencia ficción aún habitaba las páginas de las novelas y las
televisiones en blanco y negro, aquellas cartulinas traían un pedazo de futuro
a la palma de la mano.
Pero su encanto iba mucho más allá de la
técnica; pertenecían a un mundo donde las cosas se contemplaban despacio.
Llegaban dentro de sobres que se abrían con cuidado, se sostenían como un
tesoro y se inclinaban una y otra vez, bajo la luz de la ventana o el flexo del
salón, solo por el placer de ver cómo la magia se repetía. Los motivos eran tan
variados como evocadores: paisajes alpinos con nieve perpetua, ramos de flores
imposibles, cachorros de mirada tierna, vírgenes con niño y felicitaciones
navideñas repletas de velas, campanas y ramas de abeto, entre otros muchos.
Muchas estaban bañadas en colores intensos y un aire idealizado que hoy, al
verlas, resulta inconfundiblemente setentero.
En Navidad alcanzaban su momento cumbre.
Llegaban por correo para felicitar las fiestas y se ganaban un lugar de honor
sobre el aparador, junto al belén o apoyadas en el espejo del recibidor.
Durante semanas formaban parte de la decoración de la casa. Los niños las
observaban fascinados, intentando adivinar dónde se escondía el truco, mientras
los mayores admiraban aquella innovación que marcas como Top Stereo, producida
por la japonesa Toppan Printing, llevaron a medio mundo. Se vendían en
papelerías, kioscos y tiendas de recuerdos; eran económicas, llamativas y
representaban un lujo pequeño, alcanzable, una manera especial de decir
"te recuerdo" con un mensaje que se movía o que tenía una gran
profundidad.
Contemplar hoy una de esas postales produce
una emoción difícil de explicar. Quizá porque aún conservan su capacidad de
asombrar, o porque en ellas se adivina una época en la que la novedad
tecnológica podía ser todavía inocente y hermosa. O tal vez, simplemente,
porque cada postal encierra una historia: unas vacaciones lejanas, una
felicitación escrita con esmero, la letra de unos padres que ya no están, un
recuerdo de infancia que se inclina entre los dedos.
Sirvan estas líneas como un tierno rescate de esa geografía sentimental. Las postales 3D son mucho más que piezas de coleccionismo: son fragmentos de memoria impresos en cartón y plástico, pequeñas cápsulas del tiempo que conservan intacta la ilusión de una generación. Al moverlas entre las manos, la imagen sigue transformándose igual que hace cincuenta años. Y de pronto, mientras la profundidad aparece ante nuestros ojos, en el gran centenario de un genio y en el milenario de un monasterio en una montaña sagrada, junto a la presencia de la Virgen negra de Montserrat, la humilde belleza de una cartulina se une en un mismo pensamiento: la certeza de que la verdadera magia sigue viva en aquello que el tiempo no desea borrar.








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