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sábado, 13 de diciembre de 2025

LA CASA DE HEIDI EN MAS ALTABA (GERONA)

Antes de que finalice este 2025, quiero dedicar un pequeño homenaje a Heidi, la niña de los Alpes, que este año celebro nada menos que 50 años de su estreno en España. Desde su llegada a nuestras pantallas de tv en 1975, Heidi no solo conquistó a niños y niñas, sino que logró algo poco frecuente en la historia de la televisión: reunir a familias enteras frente al televisor. Padres, abuelos y pequeños compartían cada tarde risas, lágrimas y aventuras en los Alpes suizos, acompañando a Heidi, Pedro, Clara y el entrañable Abuelo en sus peripecias.

El impacto de la serie fue tal que pronto trascendió la pantalla. En plena euforia urbanística de los años 70's en Cataluña, muchas promociones inmobiliarias recurrieron a ideas creativas y a veces extravagantes para atraer compradores. Un ejemplo famoso fue la urbanización Mas del Plata, en Tarragona, que en 1978 levantó una imponente estatua de Mazinger Z como reclamo. Pero dos años antes, en 1976, otra urbanización encontró su propio modo de aprovechar el fenómeno cultural: Mas Altaba, en Massanet de la Selva (Gerona), creó una cabaña alpina habitada por figuras de Heidi y sus amigos a tamaño real.

La elección no fue casual. Heidi había aterrizado en España un año después de su estreno en Japón, y su popularidad era ya enorme. Para los promotores de Mas Altaba, la casita tematizada ofrecía un doble beneficio: dotaba a la urbanización de un carácter distintivo y, al mismo tiempo, atraía visitantes curiosos que se convertían en potenciales compradores. Durante algún tiempo, la cabaña y sus esculturas fueron la atracción más fotografiada de la zona, un pequeño parque temático improvisado que despertaba sonrisas en grandes y pequeños.

Incluso personajes conocidos del mundo artístico quisieron conocer aquel rincón tan singular. El cantante Tony Ronald, por ejemplo, visitó la casita junto a su familia, y la prensa de la época documentó aquel momento con fotos en las que se les veía contemplando las figuras, posando junto a Heidi y el Abuelo, y paseando alrededor de la cabaña. Las esculturas habían sido realizadas por el escultor cordobés Álvarez, el mismo artista que más tarde colaboraría en la creación del Mazinger Z de Tarragona.

Sobre la historia de Mazinger Z ya realicé un artículo detallado con algunas actualizaciones; aquí os dejo el enlace: MAZINGER Z EN MAS DEL PLATA.

Por cierto, no solo Mazinger estuvo presente como icono en aquella época; junto a él también se exhibieron las esculturas del entrañable Marco y las de Peppino con su troupe, es decir, Fiorella y el resto de la familia, acompañados de su característica tartana. Estas figuras, al igual que Mazinger, formaban parte de aquella curiosa tradición de urbanizaciones que recurrían a personajes populares para atraer visitantes y compradores, creando un pequeño parque con estas figuras en pleno espacio residencial.

Sin embargo, a diferencia del robot gigante que se convertiría en un icono cultural, la cabaña de Heidi no logró sobrevivir al paso del tiempo. Con los años, las figuras desaparecieron y la casita fue desmontada; hoy solo queda un modesto cartel conmemorativo que recuerda la curiosa iniciativa. Aun así, la memoria colectiva de Mas Altaba y sus vecinos ha mantenido viva aquella entrañable historia. Fotografías de archivo, recuerdos de visitantes y comentarios en redes sociales ayudan a reconstruir la magia de un pequeño rincón alpino en plena Selva, donde la fantasía infantil se mezclaba con la promoción inmobiliaria.

El contraste con la historia de Mazinger Z es evidente. La estatua gigante, erigida como un simple recurso comercial, sobrevivió a los cambios urbanísticos y al abandono. Con más de diez metros de altura, construida en fibra y metal, se mantuvo firme en la entrada de Mas del Plata, convirtiéndose en un auténtico símbolo generacional. Restaurada en varias ocasiones, la estatua ahora se rodea de una plaza con zonas de descanso y juegos infantiles, y sigue recibiendo a fans del manga, excursionistas y curiosos que buscan rememorar su infancia. Lo que nació como una estrategia de marketing se transformó en un referente cultural duradero, mientras que la casa de Heidi quedó como un encantador recuerdo efímero.

Aun así, la historia de Mas Altaba no deja de ser un ejemplo fascinante de cómo la cultura popular japonesa llegó a Cataluña mucho antes de que el anime se convirtiera en un fenómeno global. La serie Heidi, producida por Zuiyo Eizo y dirigida por Isao Takahata con diseños de Hayao Miyazaki, ofrecía un retrato bucólico y emocional de la infancia que conectaba profundamente con el público español de los años 70's. La urbanización, recién edificada gracias a la apertura de nuevas vías de comunicación como la autopista AP-7, aprovechó ese vínculo cultural para dotar a su proyecto de un carácter reconocible y entrañable.

Durante aquel tiempo, Mas Altaba se convirtió en un espacio donde los vecinos y visitantes podían interactuar con la fantasía de la serie. La cabaña y las figuras de Heidi, Pedro, Clara, el Abuelo y Niebla, evocaban un pequeño universo alpino en plena comarca gerundense. Para muchos, la experiencia de visitar el lugar se convirtió en un recuerdo imborrable, un fragmento de infancia compartida que trascendía la mera promoción inmobiliaria.

Con el paso de los años, la función y la fisonomía de la urbanización cambiaron. Lo que inicialmente fueron casas de segunda residencia comenzó a transformarse en residencias habituales, y algunos elementos originales, incluida la casita de Heidi, fueron desapareciendo o perdiendo su función. Aun así, la memoria afectiva de la comunidad ha logrado mantener vivo el espíritu de aquel proyecto, un ejemplo de cómo pequeños detalles pueden marcar generaciones y convertirse en símbolos sentimentales locales.

50 años después del estreno de Heidi en España, podemos mirar atrás y celebrar la manera en que la serie logró algo que muy pocas producciones han conseguido: unir a toda la familia frente a una pantalla y, al mismo tiempo, inspirar iniciativas tan creativas como la cabaña alpina de Mas Altaba. La nostalgia que despierta esta historia nos recuerda que la cultura popular no solo entretiene, sino que también puede convertirse en un vínculo emocional entre generaciones y en un legado de identidad local.

La casa de Heidi de Mas Altaba, aunque ya no exista físicamente, sigue siendo un símbolo entrañable de los años 70's en Cataluña, un recordatorio de la infancia compartida, de la creatividad urbanística de la época y de cómo la televisión y la fantasía infantil podían transformar espacios cotidianos en lugares mágicos. Mientras que Mazinger Z permanece imponente como icono cultural, Heidi vive en la memoria de todos aquellos que, por un momento, pudieron pasear por los Alpes sin salir de la Selva.

Algunas de las imágenes incluidas en este contenido no son de mi propiedad y han sido recopiladas de internet. Se utilizan con fines informativos y de difusión cultural. Todos los créditos y derechos corresponden a sus autores originales.
















viernes, 31 de octubre de 2025

EL CUADRILÁTERO OSCURO DE TARRASA: UNA RUTA ENTRE LA LUZ Y LA SOMBRA

Antes de comenzar nuestro relato especial "Castaween 2025", dejad que os muestre un pequeño truco de ¡MAGIA POTAGIA!. ¿Dónde está la carta, a la izquierda o a la derecha?

Eso era lo que me decía mi padre con aquel juego que él mismo me fabricó, el mismo que hoy he rescatado de "EL BAÚL DE HAL" y que he fotografiado. Lo conservo con un cariño enorme, desde hace casi 50 años.

El juego de las tablillas mágicas, también llamado cartera mágica o billetera de cintas, consiste en dos tablillas unidas por cintas entrecruzadas. Se abren como un libro, pero con la particularidad de poder hacerlo por el lado izquierdo o el derecho, según te convenga. Al abrirlo por un lado, las cintas sostienen un objeto, como una carta; al abrirlo por el otro, las cintas cambian de posición y el objeto parece moverse o cambiar de lugar por arte de magia. Todo se basa en la mecánica de las cintas y la ilusión óptica; no hay truco oculto. Se utiliza como juguete, truco de magia o cartera decorativa, y para los ojos de un niño, todo ocurre como por arte de magia.

Quizá os preguntéis: ¿qué tiene que ver un inocente y nostálgico juego artesanal con un relato cargado de tétrico misterio, como ya es tradición en estas fechas? Esta historia está dividida en cuatro partes; cada parte tiene su lugar misterioso, pero, de una forma u otra, todas se entrelazan. Trozos de ellas yo las relato en primera persona porque, en algún momento de mi niñez, anduve por esos lugares, lugares marcados por tragedias, y hace apenas cuatro o cinco meses volví a pasear por ellos después de casi 50 años, preparando este artículo.

Los sucesos que voy a relatar podrían haber inspirado al maestro Poe o a nuestro Narciso Ibáñez Serrador en Historias para no dormir. Lo que sí es cierto es que los hechos de la primera parte que vais a leer fueron llevados al cine en 2003 por el director Óscar Aibar, con la pelicula titulada "platillos volantes"

¿Sientes la curiosidad? Entonces acompáñame y descubre lo que ocurrió.

Para empezar este artículo especial de "Castaween", me tengo que remontar algunos años atrás en el tiempo. Nos situamos en uno de aquellos domingos de mediados de los 70's, en la estación de Renfe de Arco de Triunfo (Barcelona), en uno de esos domingos en que íbamos a visitar a mis tíos y primos de Tarrasa. Me veo muy contento, fijo que sería un día muy completo y divertido para mí, jugando con mis primos y, de postre, llevábamos un buenísimo pastelito envuelto con un bonito papel y anudado con unas cintas verdes, mmmm… más adelante entenderéis el porqué os menciono el detalle del pastel, o más bien lo de la envoltura y el anudado con cintas verdes.

Recuerdo que solíamos bajar una parada antes de Tarrasa Estación, en el apeadero de "Torrebonica" (quedaos con este nombre, tiene mucho que ver con nuestra historia). Nos bajábamos allí porque la casa de mis tíos estaba tan solo a 15 minutos andando desde aquel pequeñísimo apeadero dirección al barrio de Las Arenas o al de San Cristóbal. En cambio, si nos apeábamos en Tarrasa centro, entre esperar el bus en un día festivo y el recorrido hasta la casa de mis tíos, se nos iba casi una hora más de trayecto.

El recorrido desde Torrebonica hasta la casa de mis tíos era bonito y entretenido. Nada más bajar del tren, te encontrabas con aquel pequeño apeadero rodeado de árboles, vegetación, cañas y montañas, alejado del núcleo urbano. Era un lugar solitario pero precioso, idóneo para hacer un tranquilo picnic, aunque hubo gente que aprovechó la soledad y la tranquilidad de aquel lugar para otras necesidades que pronto sabréis.

Aquel domingo, como otros tantos, bajamos del tren y mis padres se quedaron observando el letrero de la estación, o mejor dicho, lo que quedaba de él, ya que alguien se lió a pedradas y lo hizo pedazos. Les pregunté a mis padres, con la curiosidad de un niño de 7 u 8 años, qué había ocurrido.

Ellos le quitaron importancia, no querían hablar del tema, aunque hoy en día pienso que el letrero pudo estar roto por varios motivos y no necesariamente por vandalismo. Quizás por rabia, impotencia o simplemente para que al anochecer la única luz que iluminara aquel apeadero fuera la de la luna o la de un tren al atravesar por esas vías.

Mi padre se agachó y cogió unos trozos de aquel plástico blanco lechoso del letrero de Torrebonica y me dijo: "Después te haré un juguete con esto. Ahora vámonos para casa de los titos." Hasta ahí, todo bien y normal, aparte de lo del cartel.

Fueron muchos los domingos que hicimos aquel trayecto. Recuerdo incluso que, en un par de ocasiones, hicimos picnic toda la familia por aquellos tranquilos bosques, muy cerca del sanatorio de Can Viver, del cual también hablaremos más adelante.

Después de muchos años y algunas casualidades de la vida, como una noche concreta, a una determinada hora, mover el dial de una radio y pararte en un programa de misterio, de repente escuchas una macabra historia, y como epicentro de todo ello, un pequeño apeadero. ¿Adivináis cómo se llamaba esa estación? Sí, lo acertasteis, se llamaba y se llama Torrebonica.

Ufffffff, se me ponen los pelillos de punta al escribir este artículo y recordar aquellos paseos desde Torrebonica a Tarrasa (concretamente al Barrio de las Arenas o de San Cristóbal, como ya os mencioné), caminando con mis padres junto a la vía del tren, haciendo puntería tirando piedras a los árboles, cogiendo mariposas y saltamontes, y si tenía suerte, alguna lagartija para enseñársela a mis primos, etc.

Disfrutaba mucho de aquel paseo. Solo había una cosa que me intrigaba y llamaba profundamente la atención: la mirada entre mis padres, una mirada cómplice, parecida a la que se hicieron al ver aquel cartel destrozado del apeadero. Una mirada pensativa, apesadumbrada, incluso diría que de pena y tristeza. En más de una ocasión los pillé cuchicheando entre ellos y haciéndose señales.

Pero, ¿qué ocurría? ¿Por qué mis padres tenían esa actitud, esas caras? El tiempo y el programa de misterio que os mencioné de radio me dieron la respuesta.

Mmmm… ¿Has elegido ya dónde está la carta? ¿Izquierda o derecha? O aún mejor, ¿qué te parece si dejamos cerrado el juego? No hay prisa por encontrar esa carta, ¿verdad? La carta que lleva el juego fabricado por mi padre, con trozos de plástico blanco lechoso del cartel de "Torrebonica: el viejo apeadero de la muerte". Por cierto, el juego de las tablillas mágicas me lo hizo aquel mismo domingo, después de comernos el postre. Mi padre, al más puro estilo MacGyver, empezó a recortar aquellos trozos de plástico blanco del cartel de la estación, le pidió a mi tío pegamento y con el papel del envoltorio del pastel y las cintas que anudaban el envoltorio del mismo, me fabricó aquel mágico juguete que tantas risas de asombro nos dio a pequeños y mayores y que hoy os estoy enseñando.




EL ANTIGUO APEADERO DE TORREBONICA

El antiguo apeadero de Torrebonica está a pocos kilómetros de Tarrasa. Fue construido a raíz del auge del Sanatorio de tuberculosos de Can Viver, donde bajaban pasajeros para su tratamiento o para recibir suministros.

El apeadero de Torrebonica es muy conocido dentro de la ufología y la parapsicología por un extraño suicidio ocurrido el 20 de junio de 1972, cuando dos ufólogos, Juan Turú Valles y José Félix Rodríguez Montero, supuestamente decidieron atentar contra su vida tumbándose en las vías para ser arrollados por un tren.

Esta trama oscura no se ha esclarecido del todo, ya que existen teorías alternativas al suicidio, como la posibilidad de asesinato. Se encontraron indicios que apuntaban a esa posibilidad, aunque el caso se cerró catalogándolo como suicidio.

Junto a los cuerpos se encontró una nota que decía: "LOS EXTRATERRESTRES NOS LLAMAN" y una extraña firma: "WKTS.88". Hasta la fecha, se considera un nombre en clave de los dos ufólogos. Su interpretación nunca se ha resuelto: podría referirse a coordenadas espaciales o terrestres, o las letras podrían ser iníciales de sus nombres y de la localidad Tarrasa, y el 88 simbolizar el infinito más que un número.

Recordad que el director Óscar Aibar llevó esta historia al cine con la película Platillos Volantes, mezclando ufología, política y obsesión por los OVNIs.






LA CASA DEL GUARDAGUJAS

La casa de la estación estuvo habitada por la familia del antiguo guardagujas desde los años 70's. Uno de sus hijos contó en entrevistas historias terroríficas vividas por él o su padre. Palabras textuales: "Este es un lugar de muerte, de mucha muerte." Comentó que aquel 20 de junio de 1972, cuando su padre encontró los cuerpos de los ufólogos, faltaba una de las cabezas, que apareció en la estación de Plaza Cataluña, a 30 km de Tarrasa.

También contó los numerosos suicidios que presenció en ese tramo de vía, como el de un joven que se tiró al tren ante sus propias narices después de conocer que su novia le había sido infiel con otro muchacho pocos días antes de la boda, o aquel señor que le dijo a dos chicas que esperaban el tren que se iba a fumar el último puro y, una vez terminó de saborear el tabaco, saltó a la vía para ser arrollado por el ferrocarril.

También comentó varios casos de personas ahorcadas que encontraron a escasos metros de su casa, siendo él testigo del hallazgo en más de una ocasión.

Actualmente, el apeadero no está en funcionamiento, debido a los numerosos suicidios y accidentes trágicos que ocurrieron allí. El acceso a la vía está vallado por la zona sur, donde reside la familia, aunque hoy día ya son de otra generación. Si mal no recuerdo, son nietos o sobrinos a los que tengo que darles las gracias por invitarme a pasar y poder hacer alguna foto.

Al principio, cuando me acerqué, se pusieron muy a la defensiva, diciéndome que aquel lugar ya era privado y que no querían que se hicieran fotos. Les expliqué el motivo de mi visita y del reportaje que quería hacer y, a cambio, ellos me pidieron que, por favor, dejase claro que no son okupas, que la casa de la estación pasó a ellos como herencia y por un modesto alquiler, y que dijera que están hartos de que a altas horas de la noche los despierten visitantes ufólogos y parapsicólogos sin respeto, ya que tienen niños pequeños que fácilmente se asustan, sobre todo en horas nocturnas, y que no cuesta nada pedir las cosas con educación, como hice yo.

Otros prefieren acceder por explanadas de un pequeño barranco, lo que permite que aún sucedan incidentes. Por otra parte, la mayoría de las personas que pasean por la zona y conocen las historias no suelen acercarse al apeadero, ya que sus vallas reflejan el recuerdo del calvario de decenas de suicidios y accidentes mortales.

Otros casos documentados:

1963. Joven de 25 años, indocumentado, apareció muerto junto a un árbol del sanatorio.

1965. Salvador Puig Anglada, 63 años, apareció muerto sin señales de violencia.

1967. Pedro Culell Vila, 71 años, apareció troceado junto a las vías.

1995. J.D.G., 32 años, falleció arrollado por un tren.








EL SANATORIO DE TUBERCULOSOS DE TORREBONICA O CAN VIVER

A pocos kilómetros de Tarrasa, y muy cercano al apeadero de Torrebonica, entre campos y colinas que alguna vez fueron símbolo de salud y esperanza, se alzan todavía los restos del Sanatorio de Torrebonica, también conocido como Can Viver. Hoy, su fachada reformada oculta un pasado lleno de sufrimiento, pero sus muros parecen seguir susurrando las historias de quienes allí buscaron la vida… y encontraron la muerte.

El lugar donde se levanta el sanatorio tiene raíces antiguas. La masía original data del siglo XIII, cuando formaba parte de una red de casas rurales fortificadas que protegían el territorio. En 1526, sus propietarios levantaron una torre de defensa cuadrada, símbolo de poder y refugio en tiempos convulsos. De esa torre proviene el nombre con el que el lugar ha pasado a la historia: Torrebonica, "la torre bonita".

Durante siglos, Can Viver fue una finca agrícola próspera, rodeada de campos, viñas y bosques. Nadie podía imaginar que, siglos después, sus tierras se convertirían en escenario de enfermedad, aislamiento y tragedia.

A comienzos del siglo XX, la tuberculosis azotaba Europa. Era la gran plaga blanca, la enfermedad del aire y la pobreza. En 1909, el último heredero de la familia Viver vendió las tierras al Patronat de Catalunya con un propósito noble: construir un sanatorio donde los enfermos pudieran ser tratados con aire puro, buena alimentación y reposo.

El proyecto fue ambicioso. Se edificaron nuevos pabellones, una biblioteca, una sala de actos y una iglesia modernista dedicada a la Virgen de Montserrat. El sanatorio contaba también con una colonia agrícola, donde los pacientes y cuidadores cultivaban sus propios alimentos naturales, un concepto avanzado para su tiempo.

Entre las figuras clave de esta etapa destaca el padre Benito Menni, un religioso visionario que creía firmemente en el poder de la luz para sanar el cuerpo y el alma. Fue uno de los impulsores de la helioterapia, un tratamiento basado en la exposición directa a los rayos del sol, que según las creencias médicas de la época ayudaba a purificar los pulmones y fortalecer el organismo.

Durante años, el Sanatorio de Torrebonica fue considerado un centro de referencia, un remanso de esperanza para los enfermos de tuberculosis que buscaban curarse entre las montañas y los aires limpios del Vallès.

Pero la historia de Torrebonica o Can Viver también tiene su cara más sombría. Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), el sanatorio se convirtió en escenario de violencia y desesperación. Dos sacerdotes fueron asesinados en sus dependencias, y muchos de los enfermos, incapaces de huir, quedaron atrapados en un conflicto que no comprendían.

Se cuenta que varios pacientes de tuberculosis pulmonar fueron trasladados indebidamente al psiquiátrico de Sant Boi de Llobregat, donde las condiciones eran aún más duras. Algunos murieron allí sin tratamiento adecuado, y sus nombres se perdieron en los registros de la época.

Desde entonces, las historias sobre fenómenos extraños en Can Viver se multiplicaron. Personal sanitario y visitantes afirmaban escuchar pasos en los pasillos vacíos, rezos que parecían salir de la capilla abandonada y voces lejanas llamando por su nombre a los vivos.

Hoy, Can Viver sigue en pie, aunque reformado y parcialmente en uso. Sin embargo, muchos aseguran que bajo su apariencia tranquila se esconde un eco persistente de sufrimiento. Los investigadores del misterio lo incluyen dentro del llamado "cuadrilátero oscuro de Tarrasa", junto al Hospital del Tórax, el Llac Petit y el Apeadero de Torrebonica.

Quizás sea por su historia, por las muertes que allí se produjeron o por las oraciones interrumpidas que jamás encontraron paz. Lo cierto es que, al caer la noche, cuando el sol, ese que fue remedio y esperanza, se oculta tras las colinas, el Sanatorio de Torrebonica Can Viver vuelve a convertirse en lo que siempre fue: un lugar donde la luz y la oscuridad libran su eterna batalla.









HOSPITAL DEL TÓRAX DE TARRASA: ENTRE LA ENFERMEDAD Y EL MISTERIO

El Hospital del Tórax de Tarrasa, inaugurado en 1952, fue gestionado por el Ministerio de Salud para atender a pacientes también con tuberculosis, cáncer de pulmón y fibrosis pulmonar. Su ubicación, en el frondoso bosque de La Pineda, proporcionaba aire puro y aislamiento de la ciudad, pero esa misma lejanía provocaba que los enfermos se sintieran solos, desamparados y deprimidos.

El hospital contaba con 1.500 habitaciones, donde se separaba cuidadosamente a los pacientes según su estatus social. Sin embargo, había un lugar que todos evitaban: la novena planta, la más alta del edificio. Desde allí, muchos pacientes desesperados optaban por arrojarse al vacío hacia el jardín interior, conocido como La Jungla, debido a los espeluznantes gritos que se escuchaban entre los árboles antes del impacto final.

Durante su funcionamiento, el Hospital del Tórax tuvo la tasa de suicidios más alta de cualquier institución médica en España, lo que convirtió al lugar en un escenario cargado de energía y tragedia. Además, se registraron fenómenos paranormales: psicofonías, presencias inexplicables y relatos de antiguos trabajadores sobre almas que no encontraron la paz. Estos sucesos han atraído a aficionados a lo paranormal y lo convirtieron en un plató recurrente para películas de terror como Los sin nombre, Sesión 9, El maquinista, Ouija y La monja.

Algunas historias sobre el hospital son verdaderamente escalofriantes. Por ejemplo, se sabe que un joven fue arrestado en posesión de un feto en frasco, supuestamente obtenido del quinto piso, alimentando los rumores sobre restos humanos abandonados en el edificio durante décadas.

Recuerdo de niño, haber visitado a un familiar ingresado en el hospital. Mientras los mayores estaban en la habitación de la paciente, mis primos y yo nos aventuramos sin permiso a jugar en un jardín, al que los pacientes y el personal llamaban La Jungla. Era un espacio aparentemente inocente, pero con el tiempo entendí por qué era temido: allí habían ocurrido la mayoría de los suicidios, y los gritos y la energía del lugar se sentían incluso en el aire.

De repente, mi tía apareció muy nerviosa, gritándonos: "¡Venid aquí! No podéis estar en el jardín." No comprendíamos por qué, pensábamos que era solo por seguridad, pero muchos años después comprendí que aquel lugar estaba impregnado de tragedia y muerte, y que los adultos temían nuestra inocente curiosidad.

Aunque el hospital fue cerrado como centro sanitario en 1997, su historia y las leyendas que lo rodean permanecen. Los jardines, especialmente La Jungla, y las plantas altas siguen siendo recordadas como un punto de encuentro para aficionados a lo paranormal. Hoy el edificio se utiliza para diversos fines, incluyendo residencia y plató de cine, pero el aura de tragedia y misterio nunca se ha disipado.

El Hospital del Tórax no es solo un edificio histórico; es un testimonio de la fragilidad humana, la desesperación y la persistencia de los secretos que la muerte y el abandono dejan tras de sí. Pasear por sus pasillos, aunque solo sea en recuerdo, es sentir la delgada línea entre la vida, la muerte y lo inexplicable.









LLAC PETIT O DE CAN BUGUNYÀ: EL PANTANO DEL BOSQUE ENCANTADO

El Llac Petit, también conocido como Lago de Can Bugunyà, es un pequeño pantano rodeado de un bosque frondoso y profundo, ubicado cerca de Tarrasa. A simple vista parece un lugar tranquilo, un remanso de naturaleza, pero quienes conocen su historia saben que esconde un lado oscuro y perturbador.

Durante décadas, el lago ha sido escenario de múltiples tragedias: ahogados, desapariciones y asesinatos han marcado sus aguas. Algunos de los cuerpos nunca fueron recuperados, y los rumores dicen que las corrientes subterráneas del pantano los arrastraron a lugares desconocidos. Otros restos aparecieron flotando semanas después, envueltos o con signos de violencia, alimentando la leyenda de que el lago está "maldito".

El pantano también ha sido escenario de rituales y prácticas esotéricas, especialmente invocaciones espirituales y sesiones de meditación para contactar con el más allá. Se dice que ciertos grupos elegían el lago y su bosque para realizar rituales que buscaban atraer energías sobrenaturales, provocando fenómenos inexplicables: luces que se mueven sobre el agua, sombras que desaparecen entre los árboles y voces susurrantes que parecen surgir desde las profundidades.

Algunas personas con más sensibilidad que han visitado el lago aseguran sentir una presencia intensa y opresiva, que provoca mareos, escalofríos y sensación de ser observados. Incluso los animales evitan acercarse al pantano durante la noche, reforzando su fama de lugar maldito.

Entre las tragedias registradas se encuentran algunos casos escalofriantes:

En 1925, Antoni Balbé, de 27 años, se ahogó en el lago; según la policía, el exceso de algas y el lodo hizo imposible su rescate.

Durante la década de los 80's, un hombre apareció muerto junto a una escopeta recortada; se sospechó suicidio, pero algunos afirmaron haber visto sombras extrañas esa noche.

En 1991, una joven de 16 años fue encontrada estrangulada en un camino cercano al lago, sin señales de quién la atacó.

En 1999, un niño de 10 años desapareció mientras jugaba, y su cuerpo apareció flotando días después, envuelto en el agua como si alguien lo hubiera colocado allí.

En 2006, un hombre adulto apareció maniatado y envuelto en una lona, con piedras atadas a los pies, flotando en la superficie, despertando terror entre los lugareños.

A pesar de las tragedias, el lago también guarda recuerdos más alegres, especialmente de quienes lo visitaron en la infancia. Recuerdo de niño que, como os mencioné anteriormente, no nos dejaban estar en el patio del Hospital del Tórax. Mi tío decidió dar un paseo por las cercanías del hospital para alejarnos del jardin y evitar que diéramos guerra. Así acabamos llegando al Llac Petit (lago pequeño).

Allí nos encontramos con un viejo carro abandonado. Mi tío, con un guiño travieso, nos decía que aquel era el carro de nuestro paisano Manolo Escobar, el mismo que le habían robado mientras dormía. Estaba tan destartalado porque le habían quitado toda la decoración que relucía, creyendo los ladrones que era de oro. Nos reíamos sin parar, atrapados entre la fascinación por el pantano y las historias que nos contaba nuestro tío, engañándonos de manera encantadora, mientras los árboles y la niebla del lago hacían que todo pareciera aún más mágico y misterioso.

Estas anécdotas, mezcladas con las tragedias y los fenómenos inexplicables, han convertido al Llac Petit en un lugar de gran magnetismo paranormal. Investigadores y aficionados al misterio acuden al pantano con equipos de grabación y sensores, buscando fenómenos que desafían la explicación científica: psicofonías, cambios de temperatura repentinos y apariciones que parecen materializarse entre la niebla del amanecer.

A pesar de su historia oscura, el lago sigue siendo un lugar de belleza inquietante. Su bosque frondoso y la calma superficial del agua ocultan la historia que corre por sus profundidades, y cada visita es un recordatorio de que la naturaleza puede ser a la vez hermosa, aterradora y sorprendentemente traviesa.

El Llac Petit no es solo un pantano: es un testimonio vivo de la tragedia, el misterio y lo inexplicable, un lugar donde la línea entre la vida, la muerte y el más allá parece desdibujarse entre el follaje, las aguas oscuras y los recuerdos de quienes lo han recorrido.

¿Quién diría que bajo este entorno han yacido tantos cadáveres? 




En fin… cuatro lugares siniestros plagados de misterio, cuatro lugares cercanos entre sí, cuatro construcciones que esconden entre sus muros historias terroríficas. Cuatro rincones por los que un servidor puede decir que ha pasado y caminado. Todos ellos con un denominador común: la muerte.

Y todo bajo la atenta mirada de un gigante que se alza sobre ellos, también cargado de leyendas: la montaña de La Mola. Pero por hoy, ya está bien... Solo me queda decir que no todas las fotos son de mi autoría. Algunas fueron recopiladas de Internet, especialmente las más antiguas, así que mi agradecimiento para sus respectivos autores, cuyos nombres desconozco.


La ruta en sí encierra una gran belleza y si os faltan emociones fuertes o andáis con ganas de misterio o de vivir alguna experiencia paranormal, hacedla de noche y ya me contaréis...

Aunque si hay algo a lo que de verdad temer, es a los vivos y no a los muertos.

¡Feliz Castaween, amigos!