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sábado, 7 de marzo de 2026

EL FLEJE YO-YO: RECUERDOS ENROLLADOS EN ESPIRAL

Hay recuerdos que no se guardan en cajas ni en álbumes, sino en la punta de los dedos. Recuerdos que huelen a barrio, a polvo de obra, a tardes sin prisa y a risas que rebotaban entre fachadas desconchadas. Uno de esos recuerdos, para muchos de nosotros, tiene forma de espiral juguetona: el fleje yo-yo. Aquel invento humilde, casi accidental, que convertía un simple trozo de fleje de plástico en un juguete capaz de hacernos sentir dueños del mundo durante unos segundos.

Corrían los últimos años de los 70's, cuando los niños aún éramos exploradores de callejón, arqueólogos de casas abandonadas y cazadores de tesoros improvisados. No necesitábamos mucho: un balón desinflado, una caja de cartón, un palo que podía ser espada, caballo o nave espacial. Pero hubo un tiempo, breve y glorioso, en que todos soñábamos con conseguir un pedazo de fleje de plástico. No uno cualquiera, no: uno largo, flexible, de esos que venían de embalajes de fábrica o de obras donde los albañiles nos miraban con media sonrisa mientras preguntábamos, con la inocencia más descarada del mundo: "¿Tiene un trocito de fleje que le sobre?".

Y cuando lo conseguíamos… ay, cuando lo conseguíamos. Aquello era como encontrar oro. Oro de plástico, sí, pero oro al fin y al cabo. Lo enrollábamos con la solemnidad de un ritual antiguo, como si estuviéramos fabricando un artefacto mágico. Dos o tres metros era la medida perfecta, la que garantizaba un yo-yo poderoso, de esos que salían disparados como un resorte y volvían a la mano con un latigazo elegante.

Atábamos la espiral con hilos, cordeles o lo que hubiera a mano, y entonces venía la parte científica del asunto: el cazo con agua hirviendo. No sabíamos nada de física, pero intuíamos que el calor tenía algo de hechizo. Metíamos el rollo de fleje en el agua burbujeante, lo dejábamos cinco minutos mientras el vapor nos empañaba la cara, y luego, como si fuéramos alquimistas, lo pasábamos al congelador. Quince minutos de frío absoluto para que la espiral quedara fijada, como si el plástico aprendiera de memoria la forma que queríamos darle.

Cuando cortábamos los hilos y el fleje se desplegaba con ese sonido seco y vibrante tan característico, era como liberar un pequeño dragón domesticado. Y entonces, sí: ya teníamos nuestro fleje yo-yo. Un juguete sencillo, casi primitivo, pero capaz de arrancar carcajadas y desafíos entre amigos: "A ver quién lo lanza más lejos", "A ver quién lo recoge más rápido", "A ver quién no se engancha los dedos".

El éxito fue tal que, como suele ocurrir con las cosas buenas, alguien decidió convertirlo en negocio. Y así, aquel invento de barrio, nacido entre almacenes, talleres y obras, acabó en los kioscos. Los veíamos colgados junto a los chicles de canela, los soldaditos de plástico y las bolsas sorpresa. Pero aunque los comprados eran bonitos, brillantes y perfectos, los nuestros tenían alma. Tenían historia. Tenían el orgullo de lo hecho con las propias manos.

Hace unos días, movido por esa nostalgia que a veces nos visita sin avisar, fabriqué algunos más. Pero esta vez, en lugar de cazo y congelador, decidí probar un método más moderno, casi futurista comparado con aquellos tiempos: el microondas. Enrollé el fleje, lo até bien fuerte y lo metí en un tazón lleno de agua. Tres minutos de calor radiante, un minuto en agua fría, y listo. Más rápido, más práctico, igual de mágico. El fleje salió perfecto, obediente, dispuesto a convertirse en ese juguete que parecía dormido en algún rincón de la memoria.

Para darle el toque final, calenté un clavo grande y perforé la punta interior del fleje, como hacíamos antes, para pasar un cordel y poder anillarlo al dedo. Ese gesto, tan simple, me devolvió de golpe a la infancia. A los veranos interminables. A los amigos que ya no están. A las casas abandonadas donde buscábamos tesoros imposibles. A los kioscos que olían a tinta y a ilusión. A las calles donde aprendimos que la imaginación era el mejor juguete de todos.

Y entonces lo solté. El fleje salió disparado, vibrando como un latido de plástico vivo, y volvió a mi mano con la misma energía de hace casi 50 años. Por un instante, fui otra vez aquel niño que corría por el barrio con los bolsillos llenos de nada y el corazón lleno de todo. Y entendí algo que quizá ya sabía, pero había olvidado: que hay recuerdos que no se guardan, se despiertan. Que hay juegos que no envejecen, solo duermen. Que hay alegrías que no necesitan pilas, pantallas ni instrucciones. Porque al final, lo que de verdad nos acompaña no es el fleje en sí, sino lo que desata: la risa que vuelve, la infancia que asoma, la magia sencilla de un tiempo en que todo era posible. Y mientras el yo-yo de plástico regresaba a mi mano, sentí que también regresaba algo más: esa parte de mí que nunca se fue del todo, que sigue ahí, esperando cualquier excusa para salir a jugar.











FLEJE YO-YO DE KIOSCO



sábado, 8 de noviembre de 2025

LAS ESPADAS DE AGAVE

Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha sabido mirar a la naturaleza con ojos curiosos y agradecidos. De sus manos y de lo que la tierra le ofrecía nacieron los primeros objetos artesanales: sencillos, pero llenos de ingenio y alma. Con piedras, ramas, barro o fibras, el hombre no solo creó herramientas para vivir, sino también juguetes, instrumentos y formas de entretenimiento que reflejaban su deseo innato de imaginar, de soñar y de dar vida a lo que lo rodeaba. En cada pieza hecha a mano late un pedacito de esa historia antigua: la unión eterna entre la creatividad humana y la generosidad de la naturaleza.

Esa unión sigue viva en los rincones de mi memoria, donde la naturaleza era maestra y aliada, y el juego nacía de lo que el campo ofrecía sin pedir nada a cambio. Mi recuerdo de hoy toma forma viéndome bajo el sol seco almeriense, con una rama de agave en la mano: la madera del desierto. Esa planta, por llamarla de algún modo, tiene un valor sentimental profundo para los almerienses, que la consideramos un símbolo de la provincia.

En tierras como Níjar, Sorbas, Los Vélez, Tabernas, Cabo de Gata o mi pueblo, Cantoría, por nombrar algunos lugares… la pita, zabilas o zabilones (como la llamamos allí) fue durante mucho tiempo una riqueza discreta pero esencial. De sus hojas nacía una fibra blanca, fuerte y flexible, con la que se hacían cuerdas, redes, alpargatas y hasta tapices. Era un trabajo duro y paciente: cortar, raspar, lavar, secar al sol y peinar la fibra hasta que quedaba como un hilo de oro mate. Aquello daba sustento a muchas familias y llenaba los patios de olor a campo y a trabajo bien hecho.

Pero para nosotros, los niños del pueblo, el agave tenía otra vida. De aquella planta que los mayores veían como recurso, nosotros veíamos aventuras. Los largos troncos secos, llamados quiotes y sus ramas eran nuestro tesoro: huecos, resistentes y ligeros, se prestaban para cualquier invento. Bastaba encontrarlos medio tirados y secos en el borde del camino, y ya se encendía la imaginación.

Recuerdo la emoción de dar con la rama perfecta: si era larga, se convertía en espada; si corta, en puñal. Las bifurcaciones del extremo parecían hechas a propósito para servir de empuñadura. Bastaba con quitarles las semillas, recortar los sobrantes y, con un par de cortes mal hechos pero orgullosos, teníamos una espada lista para la batalla.

El taller podía ser cualquier rincón del pueblo: la puerta de la iglesia, el muro junto al camino de tierra, la sombra de un almendro, el Peñón del Fraile o la era del tío Colorín. Nos sentábamos en corro, navajita en mano, lanzando bromas, contando chistes y retando al de al lado a ver quién afilaba mejor la punta o conseguía la empuñadura más cómoda. A veces alguien traía una cuerda vieja y la enrollábamos en la parte superior para que hiciera de mango; otras, lijábamos con una piedra hasta que el tacto quedaba más suave. El ruido era sencillo: risas, chasquidos de madera y el leve crujir del quiote al doblarse.

Y no solo hacíamos espadas. Con el quiote también salían caballitos de pita, que montábamos galopando por la era, trompetas que sonaban a todo pulmón (o al menos eso creíamos), bastones de pastor o varas mágicas para dirigir ejércitos imaginarios. A falta de juguetes comprados, la tierra nos daba los mejores: gratis, resistentes y con alma.

Las espadas, sin embargo, eran nuestras favoritas. No eran simples palos; tenían su propio código. Se medían, se prestaban con honor y se cuidaban como si tuvieran nombre, al estilo del Cid y su Tizona. Con ellas fingíamos ser caballeros defendiendo el cortijo, marineros atacados por piratas o aldeanos que luchaban contra dragones invisibles.

Algunas batallas acababan en tregua; otras, en persecuciones por las callejuelas, entre las blancas casas, con alguna madre llamando desde el umbral para que volviéramos al caer la tarde. Regresábamos a casa con las manos llenas de polvo y el pelo oliendo a campo, felices como solo lo son los niños que han pasado el día construyendo su propio mundo.

Más allá del juego, esas ramas nos unían al entorno. Aprendimos a respetar lo que el campo ofrecía y a aprovecharlo todo. Nada se tiraba si podía servir, y nuestras espadas de pita eran la versión infantil de esa sabiduría antigua, de esa creatividad práctica capaz de convertir lo común en extraordinario.

Con los años, las cosas cambiaron: llegaron otros materiales, menos tiempo libre y calles llenas de coches. Pero cada vez que vuelvo a mi pueblo, por Cantoría, y veo esas zabilas florecidas y su largo tronco quiote, mi memoria me lleva de nuevo a aquellas tardes de sol, corriendo por los cerros pelados o el río seco. Pienso en esas manos pequeñas que aprendieron a transformar una rama en una espada, en caballitos, en trompetas, en sueños.

Si hoy alguien me preguntara por qué nos marcaron tanto aquellas espadas, diría que no fue por su filo, siempre romo, sino por lo que nos ayudaban a crear: historias, códigos, amistades. Y por el hecho simple y poderoso de que, para jugar, solo necesitábamos una rama de agave, un poco de ingenio, imaginación y el pueblo entero como escenario.

Ya para cerrar este recuerdo, os dejo unas imágenes de un par de espadas de agave que hice hace algún tiempo, durante unas vacaciones en mi pueblo. No pude resistirme: junto a la carretera encontré un tronco caído de pita y, sin pensarlo mucho, paré el coche para recoger un par de buenas ramas. Al tallarlas, me sentí otra vez aquel niño que jugaba en la era, convencido de que una simple rama podía ser el arma más poderosa del mundo. 






sábado, 14 de junio de 2025

SILBATO DE HUESO DE ALBARICOQUE: EL ARTE OLVIDADO DEL GÜITO

Hubo un tiempo en que un simple hueso de albaricoque, o como lo llamábamos muchos, un "güito" bastaba para tener entretenido a cualquier niño durante unas horas o incluso días, dependiendo de las ganas que le ponía a la fabricación de su juguete, mmmm… lo malo llegaba cuando estaba terminado… uffff, pitidos ensordecedores. Jajajajaja.

No necesitábamos juguetes caros. Solo un bordillo o una pared rugosa, saliva y mucha paciencia. Así comenzaba el ritual de convertir ese pequeño hueso en un pito que chillaba como un condenado.

Me enseñó mi padre, aunque seguro que después se arrepintió, jejejeje. Raspábamos el hueso contra un bordillo, una pared áspera o el canto de un peldaño. Lo mojábamos con saliva y dale que dale, frotando hasta lograr perforarlo por desgaste. El objetivo era simple: hacer un agujero y, una vez hecho, con alguna punta o clavo, sacar la almendra del interior. Tenía que quedar completamente vacío. El proceso era casi un arte.

Sí, nos dejábamos los dedos y las uñas rascando. Me pelaba las yemas de tanto insistir. Pero ahí estaba la magia: en ese esfuerzo, en esa espera, en ese silbido que rompía el aire y te hacía sentir que habías creado un juguete con tus propias manos. El sonido que salía al soplar ese pito era una victoria en aquellas largas tardes de verano, llenas de polvo y risas.

Ahora, con una Dremel o una pequeña radial, basta un instante para hacer el agujero. Pero es que antes no era solo construir un silbato: era un desafío, una lección de paciencia y una ceremonia compartida entre amigotes.

En cada barrio, en cada calle, alguien sabía hacerlo. Recuerdo que, en el comedor del colegio, cuando nos daban albaricoques de postre, nos íbamos directos a la pared rugosa del patio a rascar los huesos, y con la punta del compás limpiábamos la semilla del interior. Era una tradición oral, sencilla y universal, que pasaba de generación en generación.

El güito, además de nombre simpático, venía con variantes o gustos en el orificio. Algunos hacían el agujero en un lateral, otros en la panza del hueso. Algunos lo rascaban en seco, otros lo mojaban primero. Pero todos coincidíamos en lo mismo: nos mantenía entretenidos durante horas. Y el pitido que salía de aquello… ¡era glorioso!

Por cierto, por si te preguntaste el porqué del nombre de güito: la palabra "güito" es una forma popular y afectuosa de referirse al hueso del albaricoque. Proviene de una deformación fonética de "huesito", muy común en zonas rurales, donde "hueso" pasa a decirse "güeso", y "huesito" se transforma en "güito". Este fenómeno también ocurre con otras palabras, como "huevo", que en muchas hablas populares se convierte en "güevo".

Hacer pitos o silbatos con güitos era una costumbre extendida en muchas zonas rurales, donde se aprovechaban materiales naturales y cotidianos para crear juegos e instrumentos simples. Esta práctica formaba parte de una imaginación ingeniosa que sustituía a los juguetes industriales.

Estos pequeños instrumentos son símbolos de creatividad, sostenibilidad y conexión con la naturaleza, y forman parte de una tradición que ha perdurado en diversas culturas a lo largo del tiempo.

Hoy, que todo es inmediato y digital, cuesta imaginar lo que era pasarse media tarde raspando un hueso solo para hacer un silbato. Pero quienes lo vivimos sabemos que no se trataba solo del pito. Era la compañía, la calle, la imaginación, el tiempo sin prisa. Era infancia en estado puro.

Algunos padres nostálgicos han recuperado esa tradición para sus hijos, porque esos pequeños gestos siguen teniendo mucho valor. Porque un güito puede seguir silbando, si se lo permitimos.

Así que, si alguna vez hiciste un pito con el hueso de un albaricoque, este post es para ti. Para los que sabían rascarlo con paciencia, soplar con fuerza y sonreír con orgullo. Para quienes aún llevan en la memoria el eco agudo de un silbato hecho con saliva, paciencia… y mucha infancia.










sábado, 5 de agosto de 2023

LOS CARRITOS DE COJINETES O RODAMIENTOS

No eran de alta tecnología, no eran bonitos, no eran silenciosos, no eran fiables, pero el carro de cojinetes o rodamientos fue sin duda uno de los juguetes de fabricación casera más popular de muchas décadas del pasado, carritos que nos fabricábamos nosotros mismos y después los enseñábamos, nos montábamos y los conducíamos llenos de orgullo hasta llegar a una bajada donde nos lanzábamos, ahí era donde se ponía a prueba una buena fabricación, en el momento en el que estabas bajando a toda pastilla cuesta abajo es cuando descubrías los errores que habías cometido en su construcción, como consecuencia algunas peladuras en rodillas, manos o codos y puede que algún moratón o chichón, pero no nos rendíamos y subsanábamos aquellos errores de fabricación para estar listos en futuras carreras.

Hoy día estos carros siguen existiendo como parte de fiestas y exhibiciones. Según mi información, este tipo de carritos se fabrican desde por lo menos los años 40's hasta bien entrados los 80's del pasado siglo, que es cuando yo los conocí y que también alguno me fabriqué. Era raro el niño o niños que no se construían alguno de estos. El carro de cojinetes se convertía en uno de los entretenimientos que más gustaba de la chiquillería de la época.

La diversión comenzaba por ir a pedir los materiales a las carpinterías y talleres mecánicos, una vez teníamos todo el material comenzaba la construcción, la inventiva y la imaginación de cada pequeño manitas que colaboraba salía a relucir y aquellos trozos de madera y clavos que nos daban en las carpinterías o los rodamientos y cojinetes que desechaban los talleres mecánicos y que acababan en nuestras manos, se convertían en meteóricos y veloces sonoros carritos.

Hay quien los sigue construyendo para exhibiciones o para competir con ellos en fiestas populares y batir récord de velocidades. Sin ir más lejos mmmm podría poner como ejemplo la fiesta mayor de la localidad donde resido, una de las tradiciones de estos próximos días festivos de mediados de agosto es la bajada de andróminas, los niños y no tan niños se lanzan calle abajo con sus carritos de fabricación propia, ya los hay de todo tipo, diferentes materiales, más ligeros, con ruedas más veloces, tuneados, pero también se pueden ver algunos de aquellos clásicos carritos fabricados con tablas y con tres o cuatro cojinetes, carritos que días antes de la competición, se construyen o simplemente les hacen una buena puesta a punto a los que ya guardan de años anteriores.

También están los carritos con un aire más moderno y que no dejan de tener ese estilo retro, esos que sin duda alguna no pierden la esencia de los viejos carritos, como el azul que os enseño en las primeras fotos (mmmm aunque estoy montado en uno de ellos, no me atrevería a competir en una de esas carreras, no estoy tan loco, solo es una foto de postureo jajajajaja) este carrito tan vacilón de rodamientos que os enseño es de mis sobrinos, Ferran, Ricard y Tomás. Es un pedazo de bólido que me recuerda mucho a aquellos "Pony Kart" que tanto nos gustaban a los críos de los 70's y 80's.

Este bólido de mis sobrinos, aun teniendo ese aire retro-moderno y aunque parezca que en cualquier momento sus motores empezaran a rugir más que el león de la Metro Goldwyn Mayer, guarda toda la esencia que os mencioné anteriormente y no deja de ser un carrito de cojinetes con algunos cambios más aerodinámicos y modernistas, pero el estridente y ensordecedor ruido del acero de los cojinetes rodando por el asfalto y echando chispas, es el mismo, eso no ha cambiado nada, os lo aseguro.

Algunas de las imágenes fueron recopiladas y extraídas de internet. Los créditos a quien correspondan. Gracias.  

















sábado, 18 de febrero de 2023

LA ESCALERA DE JACOB

Ha llovido mucho desde que tomé estas fotos allá por el 2015, para mi vieja página de Facebook "Yo también lo tuve!". Recuerdo que fue un sábado, desperté a mi hija pequeña diciéndole que iba a fabricar un juguete casero y que si quería ayudarme... Pedazo de brinco que pegó de la cama y me dijo siiiiiiiiii. Qué rápido pasa el tiempo, ahora mi peque ya está hecha toda una mujer.

A medida que lo iba fabricando (con la colaboración excepcional de mi hija) también íbamos tomando fotos para publicarlas, por si queríamos utilizarlas como futuros tutoriales o por si algún amigo se decidía a fabricar alguno de estos artilugios para los peques de la casa.

Si eres uno de esos pocos que no conoce este juguete mmmm te diría que la escalera de Jacob es un juguete tradicional que recibe su nombre del personaje bíblico Jacob, un juguete sencillo y tradicional que no necesita pilas para entretener a niños o a mayores.

Su nombre, "ESCALERA DE JACOB", se debe al parecido imaginario que tienen las tablillas al caer en una y otra dirección, parecido al sueño que el patriarca bíblico Jacob tuvo, el sueño de una escalera que apoyándose sobre la tierra, tocaba con su extremo los cielos y por ella subían y bajaban continuamente los ángeles (para más info sobre este sueño: Génesis 28:12). Quién sabe si el supertemazo "Stairway To Heaven" de los Led Zeppelin, vio la luz gracias a este juguete y al bueno de Jacob jajajajaja.

La denominada escalera de Jacob o escalera mágica es uno de los juguetes ópticos más conocidos, antiguos y populares que se pueden recordar. De acuerdo con algunas fuentes, este objeto artesanal puede provenir de China, aunque otras fuentes aseguran que Arabia fue responsable, incluso hay quien señala al Japón del sol naciente.

Pero también existe otra teoría que también podría ser la verdadera aunque no está confirmada, mmmm se dice que un juguete de similares características fue encontrado en la tumba del faraón Tutankamon, el rey niño... Si esto fuera cierto, cabría deducir que esté hipnotizante y a la vez relajante juguete, puede que ya fuera conocido en Egipto antes del año 1352 a.C. y que fueron los egipcios los inventores de este curioso sistema de enlace entre tablillas mmmm sea lo que sea, todo indica que se trata de una pieza ancestral, preservada hasta nuestros tiempos, hasta nuestros días.

¿Cómo hacer una escalera de Jacob? Seguro que muchos habéis visto este clásico juguete de madera en muchas ferias de artesanía. No es muy difícil de fabricar y aquí os dejo unas imágenes para orientaros.

Una escalera de Jacob se hace generalmente con 6 tablillas de madera, con medidas que pueden variar de acuerdo al gusto de cada uno, incluso las puedes pintar, estas tablillas están entrelazadas con cintas de tela clavadas (como se puede apreciar en las fotos de mis escaleras), permitiendo a cada tabla actuar como si tuviera una bisagra unida a cualquiera de sus dos extremos, este tipo de unión se denomina bisagra de doble acción, el mismo mecanismo se utilizó en la década de los 70's, con el cubo de Rubik, pero con uniones de plástico corriendo diagonalmente al otro lado de los cubos, con la diferencia de que los cubos pueden depender de cualquiera de los dos lados adyacentes.

Una vez construido, la forma de jugar con este juguete es agarrando por el lateral la pieza de uno de los extremos y haciéndola bascular girando nuestra muñeca... Sorprendentemente, observarás que una de las tablas parece desprenderse y caer hacia el otro extremo, hacia delante o hacia atrás, depende del giro que le demos con nuestra mano, no parando de caer las tablillas una tras otra sin fin alguno y en cascada, merced al curioso entramado de cintas que las unen, haciendo un característico sonido "¡clack-clack!". La caída en realidad es solamente un efecto óptico, el bloque de madera realmente no cae mmmm ¿o sí...? It's Magic, jejejeje.