COPIAR O CORTAR
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COPIAR O CORTAR
Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: RECUERDOS EN BLANCO Y NEGRO
Hubo una época, no hace tanto, aunque ahora parezca de otro
planeta, en la que no existía Internet, ni Facebook, ni Instagram, ni Netflix,
ni TikTok, etc. Ni siquiera los memes que tenemos hoy día. La diversión venía
doblada y grapada, impresa en papel barato, con los bordes un poco
amarillentos.
El paraíso de los lectores de entonces no era una gran
librería con aire acondicionado, sino un modesto local con luz tenue y un
cartel que decía: "CAMBIO DE NOVELAS Y TEBEOS". Allí, en esas cuevas
milagrosas de tesoros en papel, la economía funcionaba con la lógica del
trueque.
Llegabas con tus lecturas gastadas: las que ya te sabías de
memoria, las que habían pasado por manos, bolsillos y meriendas. El dueño, un
sabio entre montañas de revistas, te miraba y preguntaba:
—A ver, muchacho, ¿cuántos traes?
—Tres TBOs y una Hazañas Bélicas, señor.
—Vale, te los cambio por dos Pulgarcito y un Capitán Trueno.
Si quieres un especial del gato Pumby o el último de Joyas Literarias
Juveniles, te toca poner cinco pesetas más (en la mayoría de los casos se
cobraba un pequeño suplemento económico, según los cómics que llevabas).
Aquel personaje no era un simple comerciante. Era una
especie de bibliotecario del pueblo, un confesor de lectores, árbitro de
disputas sobre si El Guerrero del Antifaz podía vencer al Capitán Trueno, y
guardián del orden moral, porque algunos tebeos "no eran para niños",
según su criterio misterioso.
Conocía a todos: la señora Carmen, que se llevaba novelas
rosas de Corín Tellado por docenas; el chaval del tercero, que solo quería
cosas de vaqueros; y ese otro, que pedía fiados ejemplares Mortadelo y Filemón
pero nunca los devolvía. Un delincuente literario, vaya.
El local olía a tinta vieja, a polvo y a aventura. Las
estanterías se doblaban bajo el peso de las colecciones: Roberto Alcázar y
Pedrín, Zipi y Zape, El Jabato, Esther y su mundo… Era como entrar en una cueva
del tesoro. Pero en lugar de oro había páginas, y en lugar de piratas, lectores
ávidos con los codos llenos de tinta.
El sistema del trueque funcionaba con una precisión que ni
el Banco de España. Tú entregabas tus cómics y, según el estado en que
estuvieran (sin páginas rotas, sin dibujos coloreados con lápiz, sin mordeduras
de perro), te daban puntos o crédito para llevarte otros. Era el paraíso del
reciclaje literario, mucho antes de que existiera la palabra
"sostenible".
Eso sí, había normas sagradas: no se aceptaban tebeos con
recortes (¡ni hablar de las secciones de pasatiempos hechas!). Si habías
dibujado bigotes a las heroínas de Esther, adiós al cambio. Y las novelas de
vaqueros con las tapas arrancadas solo servían para el WC y no precisamente
para leerlas, jejejeje.
Para los niños, entrar allí era como entrar en una dimensión
paralela. Las monedas tintineaban en el bolsillo, el corazón latía con fuerza,
y uno soñaba con conseguir ese número de Mortadelo donde se disfrazaba de
bombero, o esa entrega de El Capitán Trueno que faltaba para completar la saga.
Cada trueque era una aventura; cada historia, una puerta abierta a la
imaginación lectora.
Cuando salías con tu botín bajo el brazo, corrías a casa, te
tirabas en el suelo y te perdías durante horas. Sin pantallas, sin prisas. Solo
tú, el papel y la imaginación haciendo ruido dentro de tu cabeza.
Con el tiempo llegó el final de una era: llegaba el futuro…
primero los videoclubs, luego los ordenadores, después Internet y, finalmente,
el streaming. Los locales de "Cambio de novelas y TBOs" fueron
cerrando uno a uno, hasta quedar convertidos en leyendas de barrio.
El último que muchos recuerdan tenía la persiana medio
bajada, un cartel quemado por el sol y el eco de risas y conversaciones que ya
solo existen en la memoria. Hoy, cuando uno pasa frente a un portal como los de
las fotos, con su letrero desteñido, recuerda que allí hubo un local de cambios
de tebeos, puede sentir una punzada de ternura. Como si el espíritu de aquellas
tardes siguiera allí, esperando que alguien toque la puerta y diga:
—Buenas… ¿todavía cambian tebeos?
Y quién sabe… tal vez, si escuchas bien, detrás de la
persiana se oiga un murmullo de páginas pasando y una voz que responde:
—Claro que sí, chaval. Pero acuérdate de no traerlos
pintarrajeados. Jajajaja.
Estos recuerdos los conservo así: en blanco y negro, como
una fotografía vieja que se ha quedado a vivir en la memoria. Recuerdo aquellas
metálicas persianas, las letras torcidas de algunos carteles, otros desteñidos
por el paso del tiempo, el olor del papel usado y las risas al fondo del local.
Todo parece un sueño borroso, pero al evocarlo, el corazón
aún late con la emoción de aquel primer cambio de tebeos.
Porque tal vez la vida moderna venga en alta definición,
pero la infancia, la de verdad, sigue proyectándose en blanco y negro, con el
sonido de páginas al pasar, olor a tinta gastada y una gran sonrisa que se
dibuja en mi rostro al recordar, mientras escribo este post.
Recuerdo cuando creé por primera vez un grupo nostálgico de
recuerdos en Facebook. Fue un 16 de mayo de 2010… ¡Ufffff! 15 años ya. Cómo
pasa el tiempo. Al principio era solo eso: un grupo. Luego lo convertí en
página, y siempre mantuvo el mismo nombre. El mismo que hoy lleva nuestro blog.
Aunque, siendo sincero, dudé bastante, antes de decidir cómo llamarlo. Tenía
varios nombres en mente, pero especialmente dos.
Uno de ellos es el que ya conocéis: "Yo también lo
tuve!" No necesita muchas explicaciones, ¿verdad? El nombre lo dice todo…
jejejeje. El otro… mmmm, ese lo descarté. Porque claro, dices
"recuerdos" y dices "baúl" y ya es algo tan visto, tan
habitual… No quería caer en lo de siempre. Y si no, que se lo pregunten a
Karina jejejeje.
Ahora bien… cuando me mudé a Blogger, ahí sí estuve tentado
de cambiar el nombre. Estuve a punto de llamarlo "El baúl azul de la
abuela", o algo por el estilo. En honor a ella, y también a un baúl muy
especial. Quería darle a ese viejo baúl la importancia que se merecía. Pero al
final, decidí reservar esa esencia para la sección principal del blog: "EL
BAÚL DE HAL", y hacer un pequeño guiño en la foto de presentación. Sí, esa
donde también salgo yo con un gran baúl.
Mmmm… nunca conté del todo por qué esa conexión tan especial
con un baúl. Y no precisamente por ser "el baúl de los recuerdos",
aunque también lo es. El baúl del que os hablaré es mucho más antiguo. Incluso
anterior a aquella pegadiza canción de Karina y su baúl de los recuerdos. Y
aunque su historia la cuento dentro de la sección de recuerdos en blanco y
negro… esta vez haremos una excepción. Porque sería imperdonable no mostrarlo
con su color original: ese azul que nunca se olvida, aunque este es un recuerdo
que tengo como si fuera en blanco y negro, como las fotos que también guardaba.
Pero bueno… mejor seguid leyendo este artículo (o post, como
prefiráis llamarlo). Lo entenderéis todo mejor. Porque hay recuerdos que no se
explican, solo se sienten a medida que vas leyendo, y este, sin duda, es uno de
ellos.
En el corazón de la vieja casa del pueblo, escondido entre
las sombras del cuarto oscuro (le llamábamos así porque era el único de la casa
que no tenía ventanas), descansaba el baúl azul de la abuela. Un mueble grande,
desgastado por los años, pero firme como los recuerdos que guardaba la madre
(así llamábamos todos con cariño a mi abuela), como también explico en este
otro entrañable artículo que os recomiendo: "EL DELANTAL DE LA ABUELA"
Aquel baúl azul lo había llevado consigo la madre desde el
día de su boda. Y aunque la casa había cambiado, el baúl seguía en el mismo
lugar: entre las dos camas individuales, pegado a la pared, como un guardián
silencioso de su historia en el viejo cuarto oscuro.
Nadie sabía exactamente qué había dentro, pero todos en la
familia respetaban su misterio. A veces, los nietos más curiosos se quedaban
mirándolo, imaginando tesoros escondidos. Pero solo la madre tenía la llave, y
solo ella decidía cuándo abrirlo.
Yo era uno de esos nietos que se quedaba mirando el baúl
azul en el cuarto oscuro, preguntándome qué secretos escondía entre sus vetas
gastadas y su cerradura oxidada. Me fascinaba pensar en lo que podía haber allí
dentro: mapas antiguos, cartas secretas, monedas de otro tiempo, cualquier cosa
relacionada con un tesoro.
Una tarde lluviosa de verano, cuando el aire olía a tierra
mojada y las gotas repiqueteaban en el tejado, la madre me llamó a mí, su nieto
más pequeño, el último que se meó en su falda, como muchas veces solía decir
ella, cuando le echaban en cara —por culpa de pequeños celos de otros
familiares— que me tenía muy mimado (y que también leeréis en el enlace que os
pasé anteriormente) jejejeje.
—Ven, mi vida —me dijo con una sonrisa suave, sacando la
llave que siempre llevaba colgada del cuello—. Hoy quiero mostrarte algo.
Y entonces introdujo la llave, le dio media vuelta y, con
delicadeza, abrió el baúl. Un aroma a lavanda, a madera vieja y a tiempo
detenido flotó en el aire. No era un simple mueble: era una cápsula del alma,
un rincón donde el pasado no se había ido del todo.
Cartas amarillentas atadas con cintas, fotos descoloridas de
jóvenes que ya no estaban, el reloj de bolsillo del abuelo, un pequeño joyero de
madera con un collar de perlas, puede que algún anillo y pendientes... También
el baúl alojaba alguna cartilla bancaria donde tenia los ahorros de toda una
vida, las escrituras de la casa dobladas con cuidado, un billete de barco de
cuando mi abuelo estuvo trabajando en la Argentina, o aquella corcha de
ganchillo hecha a mano, algo de ropa que guardaba con cariño especial, entre
otras muchas cosas...
Hasta un botón de nácar que se desprendió del vestido de su
madre el día de su entierro, o las gafas rotas de la bisabuela Carmen... Ella
murió antes de que yo naciera, a la longeva edad de 109 años. Todos mis
hermanos, bastante más mayores que yo, la conocieron. Yo, por desgracia, no
tuve ese privilegio: aún no había nacido.
—¿Por qué guarda esto, madre? —le pregunté una vez,
sosteniendo unas monedas extranjeras que estaban dentro del baúl y que ya no
valían para nada.
Ella me miró con cariño, con aquellos ojos brillantes que
tenía y que parecían saberlo todo.
—Porque el tiempo ya se lleva muchas cosas. Por eso guardo
lo que fue y lo que sigue siendo importante para mí, hijo. No importa los años
que pasen. Son cosas que me hicieron feliz, que me recuerdan quién soy. No las
tiro... aunque duelan, aunque ya no sirvan.
Cada objeto tenía su historia, y cada historia, su emoción.
Algunas las contaba con una sonrisa melancólica; otras, con un suspiro que
parecía venir desde muy lejos, desde lo más profundo de su corazón. Me hablaba
de su infancia en tiempos duros, de los bailes en el pueblo cuando era joven,
de los partos sin médico en casa y sin hospitales, del pan amasado con sus
propias manos, del triste silencio de la guerra, de la partida de los hijos y,
más tarde, del bullicio de los nietos corriendo por la casa. Ahí estaba yo, el
último nieto que se meó en su falda, jejejejeje.
El baúl olía a memoria. A veces, cuando la casa dormía y
todo era quietud, me acercaba en silencio y apoyaba la oreja contra la tapa,
como si los objetos susurraran. No sé si era mi imaginación o el eco de las
historias que ella me había contado, pero creía oírlos: los pasos del abuelo
bajando del barco llegado de la Argentina, la risa joven de ella al estrenar su
vestido de boda, el tic-tac del reloj de bolsillo del abuelo, el crujir de la
madera al cerrar la tapa una y otra vez, como un latido.
Esa noche, mientras el cuarto oscuro se llenaba de sombras,
entendí que el verdadero tesoro no eran las joyas ni los papeles, sino las
historias que vivían dentro de aquel baúl azul. Y supe que, cuando llegara el
momento, yo también tendría cosas valiosas que guardar en un baúl. No por su
valor material, sino porque estaban hechas de amor, de despedidas, de días que
no volverán pero que no deben olvidarse.
Con el tiempo, aprendí que todos tenemos nuestro propio baúl
azul. Puede que no tenga cerradura ni madera vieja; puede que, en estos días
que corren, sea real o bien virtual. Pero lo que tengo muy claro es que todos
lo llevamos dentro. Está hecho de olores que nos devuelven a la infancia, de
frases que alguien nos dijo una sola vez y se nos quedaron tatuadas, de fotos
borrosas en blanco y negro que solo nosotros entendemos, de voces que ya no
suenan fuera pero que siguen susurrando por dentro.
La madre se fue en un mes de agosto, pero de hace ya 35
años. A veces me sorprendo pensando cómo sería mi vida si pudiera llamarla
ahora, si pudiera sentarme a su lado en otra tarde de lluvia de verano, si
pudiera escuchar otra de sus entrañables historias. Solo una más. Pero la vida
no concede esas repeticiones. Por eso escribo esto: para que el recuerdo no se apague.
Porque, al final, el baúl azul no era solo un lugar para
guardar tesoros. Era un refugio para todo aquello que el mundo olvida, pero el
corazón no.
Y yo, el niño que una vez fui, sigue añadiendo pedacitos de
recuerdos a el baúl, a "EL BAÚL DE HAL", y los comparto con vosotros
para que no se pierdan en el olvido, para que sigan viviendo en la memoria y
provoquen una sonrisa, una lágrima o un suspiro. Todo eso es posible gracias a
la lección de vida que me dio aquel día mi abuela, la madre Dolores: lo que se
ama, o lo que te hizo feliz, se guarda y jamás se olvida. Y si puedes compartir
esa felicidad, hazlo, como ella hizo aquella tarde de lluvia conmigo.
Algunos recuerdos no merecen olvidarse, y este que recuerdo
y comparto hoy con vosotros es uno de ellos.
Crónicas de un Pueblo fue una serie de televisión emitida entre 1971 y 1974 en Televisión Española (TVE). Durante su emisión, fue tan popular como el sonido del televisor en una tarde de verano, ofreciendo una representación cercana y entrañable de la vida rural. Muchos de nosotros, desde el abuelo hasta el nieto, encontrábamos en ella un reflejo de nuestra propia vida, incluso los más pequeños que, a falta de tablets o móviles, se pegaban a la tele como si fuera la última novedad tecnológica.
La serie es recordada por su tono amable y optimista, y por su habilidad para capturar la esencia de la vida en una comunidad pequeña, donde el mayor escándalo era que el cura llegara tarde a misa porque la bicicleta se le había pinchado. Su legado perdura como un reflejo de una época y una forma de vida en una España que ha cambiado más que la receta de la paella.
Contaba con un elenco variado de actores que daban vida a personajes del pueblo: el alcalde, el cura, el cabo de la Guardia Civil y el maestro, también estaban el alguacil, el pregonero, el cartero, que siempre tenía una carta que no llegaba, el conductor del autobús que era más lento que un caracol con pereza, la boticaria que siempre tenía remedios para todo, y los niños de la escuela, que soñaban con ser futbolistas o toreros, cada uno con sus historias y personalidad únicas.
Crónicas de un Pueblo presentaba historias sencillas y cotidianas, girando en torno a los habitantes de un pueblo que perfectamente podría haber sido el tuyo o el mío en aquellos días de infancia. ¡Hasta que mis padres decidieron llevarme a vivir a Barcelona! Una ciudad tan grande que, al principio, me sentía perdido como un grano de arena en la playa. Con el tiempo me acostumbré a la gran ciudad, pero mi pueblo y todos aquellos recuerdos mantienen un lugar privilegiado en mi corazón.
La serie abordaba temas como la amistad, la familia, el trabajo, y esos pequeños conflictos locales que siempre acababan en risas. Por eso este artículo lleva este título, porque en aquellos años, yo, y mucha gente, nos sentimos identificados con esas tiernas historias rurales. Historias de "abuelo Cebolleta", como las que voy a contar, pero estas no serán ficticias, estas serán completamente reales, que bien podrían servir como guiones para algunos de aquellos episodios de la recordada serie.
Bueno, allá vamos, pero antes, permíteme un pequeño inciso… Este artículo lo rescato de mi vieja página de Facebook, "Yo también lo tuve!", un nombre que seguro te saca una sonrisa nostálgica. Lo escribí una calurosa noche vacacional de verano de 2018, cuando cientos de recuerdos me invadieron mientras intentaba dormir en la vieja casa familiar del pueblo. La fuente de las imagenes es de Piedra Yllora. Revista Cultural de Cantoria.
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Aquí dejo algunos de esos recuerdos, recuerdos, de crónicas de un pueblo, de mi pueblo.
Las tres de la mañana y aun sin poder dormir… Así empiezo mi primer día de vacaciones. Hace muchísimo calor aquí en mi pueblo, Cantoría (Almería), pero siempre es un placer estar aquí, pasar unos días junto a la familia, pasear por las calles que me vieron corretear de niño y recordar todos aquellos momentos felices de mi infancia. Muchos recuerdos e historias me vienen a la cabeza, carismáticos personajes que conocí en mi niñez y que esta noche se escapan del cajón de los recuerdos para darme la bienvenida en esta calurosa noche de principios de agosto.
Voy a poner la radio a ver si me entra el sueño ♪ ♫ ♩♬. Recuerdo mi niñez, nunca la olvidaré. Recuerdo mi niñez, mi ayer feliz. Recuerdo mi niñez, ya no regresará. Buenos amigos, que no volverán. Una vieja calle, allí nací. Recuerdo mi casa, yo jugaba en el jardín. ♫ ♩♬ ♪ Pero, ¿qué está pasando aquí? Parece una conspiración de los hados contra mí, jajajaja. Pongo la radio y suena este clásico de Santabárbara, muy acorde con los recuerdos que revolotean esta noche en mi cabeza. Está claro que hoy dormiré poco, pero qué más da. Estoy de vacaciones, y esto parece una señal. Algo en mi cabeza me dice: ¿Por qué no escribes algunos de esos recuerdos, algunas de esas historias de tu bonito pueblo y sus habitantes, en aquellos años en que tú eras niño?
Así comenzó mi primera noche de vacaciones. A pesar de estar cansado después de un viaje de 8 o 9 horas en coche y todas las emociones del día, debería dormir como un angelito, pero no, antes tenía que escribir este artículo de abuelo cebolleta o al menos empezarlo. Seguro que a lo largo de estos días añadiré más recuerdos. Por cierto, si lees este artículo y le pones la cancioncilla que te comenté al principio, estoy seguro de que también te transportará a tu niñez… Te dejo aquí el video de Santabárbara - Recuerdo mi niñez.
¡QUÉ VOYYYYYY! Así gritaba Carmen, Carmen la coja, como solíamos llamarla... ¡QUÉ VOYYYYYY! Bajaba desde su casa en un pequeño cerro lleno de cuevas que en su día fueron habitadas por humildes familias y que hoy las utilizan para el ganado. ¡QUÉ VOYYYYYY! Gritaba, y todos los niños de mi calle dejaban lo que estaban haciendo para esconderse apresuradamente dentro de sus casas, unos debajo de la cama, otros debajo del delantal de la abuela o de la madre, y otros, más atrevidos, mirando por la ventana. Todos escondidos, y la verdad, no sé por qué temían a esa mujer; era muy buena persona, muy buena familia. Es verdad que Carmen tenía una voz poderosa y, a la hora de hablar, lo mismo te echaba un piropo, pero con aquella voz tan escandalosa, con todo respeto, muy de camionero y con un leve tartamudeo, parecía que te estaba regañando. Tremenda era Carmen. Estos días me enteré de que había fallecido. D.E.P.
Carmen, guardo muy buenos recuerdos de ti y de tu familia. ¡QUÉ VOYYYYYY! Todos los niños gritaban que venía la coja y se escondían en sus casas por miedo a que Carmen se los llevara a las cuevas, jajajaja. Espera... Hay un niño que no se esconde; es más, si está dentro de casa, sale a recibirla. Parece que ese pequeño no teme a Carmen. Ella va bajando poco a poco por la calle, no puede correr mucho debido a su cojera, que, según me explicó su hija Juana, fue por culpa de una piel de plátano.
Carmen llegaba delante de aquel niño descarado que no se escondía, y le decía con su carismática y gritona voz: "Tú, tú, tú, no me tienes miedo". Y el pequeño movía la cabeza de derecha a izquierda mientras la miraba a los ojos. Era un duelo de miradas bajo el sol, jajajaja. Hasta que al final Carmen le decía al pequeño: "Pues por no tener miedo de mí, ten una peseta para que te compres un polo". Desde aquel día, cada vez que escuchaba a Carmen, salía pitando de donde estuviera, no por curiosidad, sino pensando en el polo que me compraría con la peseta que siempre me daba Carmen por no tenerle miedo y no esconderme de ella, jajajaja. Buenos recuerdos de esa familia tengo, hasta sus hijos, al ver que Carmen me daba aquella pesetilla, pues ellos no querían ser menos y en más de una ocasión me invitaron a un FLAGGOLOSINA de la tienda de la Sra. Titaña.
Mateo era el marido de Carmen, otro de esos personajes que jamás se me olvidarán y que me saca una sonrisa cada vez que me acuerdo de él y de sus peripecias. Mateo era un hombre dicharachero y bromista. Yo lo recuerdo siempre contento y cantando, al igual que su mujer. Cuando bajaba calle abajo se hacía notar con sus alegres cantos a lo Juanito Valderrama o alguna copla del momento, y eso hubiera estado muy bien, pero… ¡Ay, Mateo, Mateo! A las cinco o las seis de la madrugada no le hacía gracia a la gente, jajajaja.
Mateo, con alguna de tus bromas te la jugaste… ¿A quién se le ocurre decirles a los gitanos del pueblo de al lado que hacían allí parados? Con la feria de ganado, caballos y mulas que había en Cantoría, los revolucionaste a todos y el pueblo se llenó de ellos con ganas de comprar y vender ganado y monturas en aquella feria que dijiste. ¡Ay, Mateo, Mateo! Si te pillan los gitanos aquel día, te canean bien. Movilizaste a un barrio gitano entero, y después al llegar se encontraron que todo fue una broma, que no existía feria alguna. Supongo que no imaginabas que aquello podría llegar tan lejos y tuviste que estar escondido unos días porque más de un gitano quería darte las gracias.
Y lo de llenar los cubos de papel de periódico para hacer bulto y encima meterle unos puñados de alcaparras (tápena) parecía que llevabas los cubos llenos de alcaparras, en un año que apenas se encontraban y mira que estaban muy buscadas por lo bien que se pagaban en el mercado, y tú paseando con aquellos engañosos cubos llenos de papel y con muy pocas alcaparras que encontraste en tu jornada, pero lo suficientes para disimular el relleno de papel y la gente abría los ojos como platos… ¡PERO MATEO! ¿DE DÓNDE HAS SACADO ESOS CUBOS LLENOS DE TAPENA? Y Mateo, sonriendo, les contestaba "Allí, en el Cerro Castillo". Aquel cerro se llenó de incautos que cayeron en la broma de Mateo, jajajaja. No hace falta decir que no encontraron alcaparras, ni tampoco a Mateo, que volvió a desaparecer durante unos días jejejejeje, Aquel año no fue nada bueno para esa delicia culinaria, pero sí para las bromas de Mateo.
En la foto Carmen la coja y Mateo Borgoñoz con la mayoría de sus hijos después de encontrarse con Juan el Chambi (el heladero).
En la segunda foto, Mateo Borgoñoz con su hijo mayor. Entre los muchos oficios que desempeñó, estuvo el de pregonero, alguacil, enterrador, afilador, etc. Esta foto es de la etapa en que ejercía de afilador a principios de los años 60's.
Y hablando de bromas, una de las costumbres que tengo al llegar a mi pueblo es hacer una parada en otra casa antes de llegar al destino... la última morada de algunos de mis seres más queridos, donde descansan mis padres, mi hermana y mis abuelas, sí... En el cementerio hago ese alto para decirles que ya hemos llegado y para presentarles nuestros respetos. En ese cementerio hay una escultura de un ángel que seguro es centenaria.
Recuerdo una historia que me contaba mi padre sobre una broma que solían hacer él y su hermano de jóvenes, una broma que a algunos bien les podría haber costado un disgusto. Imagina a dos golfillos encaramados a la escultura del ángel, cuya espalda daba al camino del pueblo, un camino transitado, aunque pasar por el cementerio de noche no es agradable. Si encima pasas solo y escuchas "Ssssss, Ssssss... Eeeeeeeh tú, ¡AQUÍ TE ESPEROOOOOO!" Mi padre me contaba esa gamberrada y los dos acabábamos llorando de risa.
La gente ponía pies en polvorosa al escuchar aquellas tétricas voces que ponían mi tío y mi padre, y cubrían la distancia entre el cementerio y el pueblo corriendo a supervelocidad, jajajaja.
Aquí en la foto está el ángel en escayola que sirvió como molde para esculpir posteriormente el del panteón de la familia de los Píos en Albox, una obra funeraria monumental en mármol.
Y hablando de miedo, como os comenté, ya di a entender que no fui un niño miedoso, pero siempre podría haber una excepción, como con Andrés el de la guitarra, un pobre hombre que solía pedir por las casas, una limosna o un pedazo de pan. Era un caso parecido al de Carmen la coja, pero Andrés no gritaba eso de "QUE VOYYYYYY!" De eso se encargaba cualquier niño del barrio cuando lo divisaba, con su guitarra a la espalda y su gran sombrero mexicano. Ufffffffff. ¡ANDRÉS, QUE VIENE ANDREEEEEESSS! Todos a correr y a escondernos.
A ese sí que no le plantaba cara. Con aquel pedazo de sombrero que apenas dejaba verle la cara, ¿quién me dice que no podría llevar un saco, un saco en el que podría caber un niño como yo? Uffffff, a correr tocaba. Todos los niños nos escondíamos, yo incluido, esperando que Andrés se marchara de nuestra calle.
Aquí un par de fotos de Andrés, el de la guitarra, mendigo que solía pasar por el pueblo siempre con una vieja guitarra, aunque no sabía tocarla. Cuando se paraba delante de la puerta de alguna casa para pedir comida, si veía niños, se iba sin coger nada de lo que le ofrecieran.
Los domingos, después de misa, todos mis amigos y yo teníamos la costumbre de visitar a María la Melilla, o mejor dicho, su kiosco sobre ruedas. Era una mujer chiquitita, no llegaría al metro y medio. Tiraba de un carro de color verde lechuga lleno de golosinas de todos los colores, una gozada para cualquier niño y una alegría para cualquier dentista, jajajaja.
La Melilla tenía caramelos, anises, chicles, pipas, garbanzos torrados, cigarrillos sueltos y puede que algún que otro juguetito de kiosco y las almendras garrapiñadas, mmmm qué buenas.
En la foto, María la Melilla con su carro de chuches después de desmontar su puesto en la puerta del Cine - Teatro tras una sesión de cine. Aunque yo, el carro que recuerdo fue el de mediados de los 70's, un carro más alto, tipo mesa, con un par de ruedas más grandes y, como mencioné anteriormente, de color verde lechuga muy chillón.
Por aquellas calles de mi pueblo, en los días calurosos de verano, podías encontrar a Juan el del Chambi, con su carrito de helados; esos sí, que eran helados, buenos, caseros, nada que ver con los de hoy en día, y los granizados de limón, artesanos y naturales. Ooooooh, Caprice des Dieux, qué buenos estaban.
En la foto, Juan el del Chambi: Él fue durante décadas el heladero artesano más famoso de la comarca por la calidad de sus helados y por la limpieza con que desarrollaba su trabajo. Fue uno de esos hombres laboriosos que pasaron por la vida sin un día de descanso, buscando la forma de ganarse la vida peseta a peseta. Fue una persona muy educada, trabajaba en invierno en la farmacia del pueblo, la de don Antonio López, y en verano era chambilero (heladero).
En verano tenía una heladería en su casa, y además vendía con un carro por las calles. Fabricaba un producto buenísimo que hoy no tendría nada que envidiar a los célebres helados italianos. Salía cuando todo el mundo estaba echando la siesta, pregonando a voces para avisar a la gente. Hay helado, helado rico, limón y mantecado helado. Chupa, chupa Perico, y verás qué rico.
¡HAY HELADOOOoOOOoOOOo!
Recuerdo que estuve un tiempo viviendo con mi abuela en el pueblo, mientras mis padres buscaban una mejor vida en Barcelona. Hasta que se situaron bien para empezar de nuevo, me quedé con mi abuela Dolores un tiempo, y una de las muchas anécdotas que recuerdo con mucho cariño fue: "¡Madreeeeee, madreeeeeee!"
Fuera estaba Juan el Pipa, el pescadero, con su furgoneta vendiendo pescado. (Madre, así llamábamos a mi abuela). "Quiero pescadito para comer" y mi abuela me decía que no, que la comida ya estaba preparada. Y yo, cabezón, insistía en que quería pescado para comer. Al fin, mi abuela, ya aburrida de mi insistencia, me dio un par de reales para que me quedara tranquilo, seguro que pensó que con esa miseria no compraría nada. Pero estaba equivocada.
Me encaminé hacia la furgoneta de Juan el Pipa, llena de pescado, me colé entre las piernas de las mujeres que estaban allí y le grité: "¡PIPAAAAA! - ¡EEEEEH! Yo quiero dos reales de pescaditoooo." Todos se quedaron en silencio durante unos segundos y luego se echaron a reír. Aquello les hizo gracia a todos, especialmente a Juan el Pipa, que ni corto ni perezoso cogió una bolsa y me la llenó de pescado. Gracias a aquellos dos reales y al buen hacer del Pipa, estuvimos comiendo pescado una semana, jajajaja.
La cara que puso mi abuela, echándose las manos a la cabeza. "¡Niñooooo, pero qué traes en esa bolsa!" "¡Madre, los dos reales de pescado!" Esta simpática anécdota es una de las que durante muchos años me recordó mi querida abuela, la madre Dolores. Esos dos reales dieron mucho, muchísimo de sí, jejejejeje.
Bueno, pensaba que estas historias de abuelo cebolleta no se harían tan extensas; será mejor parar aquí. Y mira que aún quedaron unas cuantas en el tintero, como la del loro que los niños solíamos visitar y le preguntábamos a cuánto estaba el kilo de patatas, o cuando el mismo loro se enfadaba y mandaba a Baltasar, su dueño, a tomar por piiiiiiiiiii porque no le ponía comida jajajaja.
O la historia del mudo que ayudaba en la iglesia como monaguillo y al final lo tuvieron que echar porque se bebía todo el vino de la misa, dejando al cura sin el preciado líquido.
Muchas otras historias quedan, pero ya serán para otro año, para otro verano. Espero que estas os hayan gustado y que también os saquen alguna sonrisa, como me ocurrió a mí mientras recordaba y escribía este artículo sobre mi niñez, sobre las cronicas de un pueblo, las de mi pueblo.
Hace ya
tiempo, me pasaron un artículo que me transportó al pasado, fue algo tan tierno
y entrañable y me sentí tan identificado, que pensé esto tengo que plasmarlo en
un post para nuestro blog y aquí está. Seguro que también muchos os sentiréis
identificados al igual que yo, pero antes de empezar quiero adelantar que este
post va dedicado a mis queridas abuelas "La abuelita Aurora y a la madre
Dolores" y muy especialmente a esta última, a mi abuela paterna con la que
viví mis primeros años de vida y de infancia, allí en el pueblo (Cantoría - Almería), y
también va dedicado a todas las abuelas del mundo mundial que se lo merezcan,
las mías sin duda alguna se lo merecían.
¿Por dónde
empezar con esta historia de abuelo cebolleta...? mmmm tengo algunas anécdotas
que me vienen que ni pintadas para este post, mis abuelas eran muy clásicas,
las típicas abuelas de pueblo, muy parecidas a la abuela del anuncio de
"Fabada Litoral" pero aún más tiernas y muy buenas cocineras, por
cierto, naaaaada de fabada en lata jajajaja.
Corrían los
años 70's, tiempos de emigración y mis padres, muy a su pesar, tuvieron que
subir a aquel tren que les llevaría a Barcelona junto a sus
esperanzas de una mejor vida que la que llevaban en el pueblo, una mejor
vida para ellos y para dársela a sus hijos. En aquel primer viaje marcharon
solos, pero cuando estuvieron bien situados volvieron al pueblo y se llevaron a
mis tres hermanos que eran mayores que yo, en mi caso mmmm pensaron que lo
mejor sería esperar un poco más hasta que tuviera edad para empezar la escuela,
y así fue, me quedé en el pueblo con mi abuela paterna, a la que todos
llamábamos "Madre Dolores" o simplemente "Madre".
Muchas veces
se me escapa una sonrisa como me está sucediendo ahora mientras escribo,
pensando en lo tremendo que yo era, las trastadas, las travesuras y la pobre
abuela siempre detrás de mí, tapándolas, cubriéndome en todo para que no me
castigaran, tiernos recuerdos de aquel tiempo que pasé junto a ella en el
pueblo, cuando se enfadaba conmigo, me decía te daré en el culo con la zapatilla,
pero aquella amenaza más que miedo me hacía reír. La abuela en vez de darme en
el culo con la parte dura de la zapatilla (con la suela) ella empleaba la parte
de arriba, la parte blanda de tela acolchada y esponjosa jajajaja qué mujer más
tierna, se me eriza la piel y se me ponen los pelillos de punta ante esos
cariñosos recuerdos de mi niñez con la "Madre".
Pues sí, más
de una vez me sacó los colores con algo que cariñosamente solía decir, que yo
fui el último que se meó en su falda o en su delantal, ella se refería con
aquel comentario, que yo fui el último que crió y que cuidó.
Fueron muchos
los que me dijeron que siempre que hablaba de mí se le llenaba la boca diciendo
cosas buenas de su nieto pequeño, algunos de aquellos comentarios en el círculo
familiar, se aceptaban bien y otros no tanto, ya que tenía muuuchos nietos,
biznietos y algún tataranieto y siempre surgía algunos celillos por parte de
alguna tía o de algún primo, etc. Y ante aquellas malas caras, la mujer siempre
respondía, y que puedo hacer, él es el nieto más pequeño, el último que se meó en
mi delantal... Ayyy!!! Aquellos delantales de la abuela, creo que ahora me
entenderéis el porqué de este post.
Recuerdo, que
ella solía pasar largas temporadas en mi casa, en casa de mis padres (en
Barcelona) sobre todo en los meses fríos de invierno. A principios de mes siempre me decía
"niño, ¿mañana me acompañarás al Banco para cobrar la pensión?" Y mi
respuesta, como siempre era afirmativa, yo sabía que cualquiera podía
acompañarla, alguno de mis hermanos mayores o mis padres, pero a ella le
gustaba que fuera yo, y yo como siempre encantado...
Imaginaos la
escena mmmm mediados de los 80's, un Heavy de 1,85 m con una pelandrera por
debajo de los hombros, vestido con cruzada de cuero, pantalón vaquero de
pitillo, camperas de cowboy y con barba de tres días (si en la actualidad me cruzase conmigo
mismo ufffff al verme con esa pinta, fijo que me cambio de acera sí o sí
jajajaja), y a su lado una pequeñita
abuelita de 1,50m andando orgullosa y sonriente junto a él agarrada de su brazo, una escena
muy poco habitual, y ya no os digo nada cuando entrabamos al Banco, si el de la
ventanilla era nuevo, siempre le preguntaba a la abuela "queeee Sra. Dolores, viene usted muy bien acompañada hoy" mientras el tipo de la ventanilla me miraba
de soslayo, desconfiado y receloso y yo a él le miraba como perdonándole la vida jajajajaja un auténtico duelo de miradas, hasta que mi abuela le contestaba "¡pues
claro, es mi nieto pequeño!".
Al salir del
Banco siempre me daba un billete de 100 ptas y me decía "esto para que te
compres un paquetillo de tabaco" (en aquellos años, no teníamos el
conocimiento ni la información que tenemos ahora de lo malo que es el tabaco).
Tremendas, cariñosas y entrañables situaciones, por no mencionar cuando la
madre (abuela) se ponía en plan casamentera hablándoles a las amigas que traía a
casa, ella ya les entraba diciéndoles que yo era muy buen chico y un buen
partido. 101% que la abuela me sacaba los colores jajajajaja.
Uno de mis
juegos preferidos con ella, era el de soltarle el delantal disimuladamente, un
abrazo un manotazo en el culo o si la pillaba despistada de espaldas, cualquier
situación era buena para soltarle la lazada del nudo del delantal, ya al rato
cuando se percataba de que lo llevaba sujeto solamente con el lazo del cuello y
que el de la cintura estaba suelto, ella hacía ver que se enfadaba, este
niñoooo ya me soltó la lanzada del mandil (así lo llamaba ella) Estoy muy
enfadada, eso lo decía en voz alta mientras me miraba y se le dibujaba una
cariñosa sonrisa de oreja a oreja, siempre siguiéndome el juego
uffffffffff Se me empañan las gafas
cuando recuerdo esas cosas y eso que no uso gafas... Por ese y otros motivos,
aquellos delantales son tan entrañables para mí y me traen tantos recuerdos y
estoy seguro de que serán recuerdos compartidos con muchos de vosotros,
¿verdad?
Es increíble
lo que puede evocar un simple delantal y el cariño que puede transmitir a
muchos de nosotros. Puede que pienses que tan solo se trata de una prenda de
cocina aburrida o incluso ridícula, que muy pocos están dispuestos a utilizar
hoy día; sin embargo, el delantal solía ser más importante de lo que te podrías
imaginar.
Dudo mucho
que nuestros hijos sepan lo que es un delantal multiusos. Antiguamente, era una
prenda indispensable para el ama de casa de cualquier familia. El uso principal
del típico delantal de abuela era el de proteger la prenda que vestían en ese
momento, debido a que solo se tenía unos cuantos vestidos y era menos doloroso
y mucho más fácil lavar los humildes delantales que los vestidos, pero además
de eso, también se utilizaban para otras muchas cosas.
Eran
increíblemente útiles en la cocina, se utilizaban como manoplas para coger los
recipientes aún calientes del horno o de los fogones, sin tener que estar con un paño de cocina
siempre a mano. Eran perfectos para secar las lágrimas de los más pequeños de
la casa y en algunas ocasiones, incluso eran utilizados para limpiar alguna que
otra oreja sucia o cuando alguien llegaba inesperadamente, era sorprendente la
rapidez con que el viejo delantal podía sacar el polvo de los muebles.
Desde el
gallinero, el delantal se utilizaba para llevar los huevos hasta la cocina.
Cuando venía alguien de visita, el infravalorado trozo de tela se convertía en
el lugar perfecto para que se escondiesen los niños más tímidos, y cuando hacía
frío, nuestras abuelas los utilizaban para resguardarse las manos, también
recuerdo a mi abuela delante de la chimenea agitando aquel viejo delantal que
oficiaba de fuelle improvisado y de ese modo avivando el fuego mientras me
contaba alguna misteriosa historia de aquellas que tanto me gustaban.
Aquellas
viejas prendas de cocina limpiaron y secaron muchas frentes llenas de sudor
después de pasar todo el día junto a los fogones. Las ramitas con las que se
encendían las chimeneas o estufas de leña también eran transportadas en
aquellas prendas tan útiles. Desde el huerto llevaron todo tipo de verduras y
frutas hasta la cocina. Cuando la mesa estaba preparada, nuestras abuelas
salían a la puerta y agitaban el delantal para que los hombres dejasen de
trabajar en el campo y supieran que la comida estaba lista.
Actualmente,
por el contrario, la nieta o nieto coloca la torta en el mismo lugar, pero mas
bien suele ser para que se descongele y emplea manoplas o guantes de silicona.
Pasarán largos años antes de que alguien invente un objeto que pueda reemplazar
aquel viejo delantal que tantas funciones cumplía.
Aunque quizás
ya no hay abuelas que tengan que proteger el vestido, dado que hoy hay muchos,
y tenemos lavadoras que lavan todo tipo de prendas, lavadoras, algunas de ellas incluso son inteligentes, para que laven mejor la ropa y al mismo tiempo que ahorren con programas ECO.
Los mangos de
las sartenes o las asas de las cazuelas ya no queman, las caritas de los niños las lavamos con toallitas
húmedas, de esas que dejan la piel suave, el fuego lo avivamos con un botón o una llave mmmm está todo más
automatizado y el polvo lo quitamos con bayetas ecológicas que lo repelen, o eso dicen.
En recuerdo
de mi abuela, hoy tengo colgado en mi cocina un "DELANTAL" que me
recuerda a aquella persona tan querida y entrañable para mí y que tantas cosas
fue capaz de hacer con aquel viejo delantal multiusos jejejejeje.
Algunas de
las imágenes fueron recopiladas y extraídas de internet, desconozco su
procedencia. Los créditos a quien correspondan. Gracias.