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sábado, 21 de febrero de 2026

PETA ZETAS, EXPLOSIONES DE NOSTALGIA

Si creciste en los años 80's, seguro recuerdas aquel sobre de brillantes colores espaciales que contenía pequeñas cápsulas de diversión. Al abrirlo y colocar los gránulos en la boca, podían hacer estallar tu paladar con un chisporroteo que parecía decir: "¡bienvenido al espacio!". Los Peta Zetas no eran simples caramelos; eran diminutas explosiones de felicidad que nos hacían sonreír y soñar.

Antes de que existieran los Peta Zetas, en 1956 un químico estadounidense, William A. Mitchell, creó los primeros caramelos explosivos en América, comercializados años más tarde como Pop Rocks. Estos pequeños dulces ya contenían burbujas de dióxido de carbono (CO₂) que, al disolverse en la boca, provocaban aquel chisporroteo tan especial que maravilló a niños y adultos por igual. Sin embargo, su historia en Estados Unidos tuvo altibajos. A pesar del éxito inicial, rumores urbanos sobre supuestas explosiones estomacales al combinarse con refrescos provocaron que la producción se detuviera temporalmente en 1983.

En España, la historia dio un giro. Inspirados por los Pop Rocks y por los antiguos cubitos de hielo del hotel Waldorf Astoria en Nueva York, cubitos traídos del Polo Norte que contenían burbujas atrapadas durante siglos y que estallaban al sumergirse en líquido, copas o cócteles, Ramón Escolà, ingeniero químico, y Antonio Asensio, empresario del Grupo Zeta, decidieron crear un caramelo que replicara esa sensación. Tras meses de pruebas, lograron encapsular burbujas de dióxido de carbono (CO₂) dentro de azúcar, pero con un proceso mejorado que aumentaba la seguridad, la efervescencia y la durabilidad del dulce. Así nació en 1979 Peta Zetas, el caramelo que revolucionaría la infancia de toda una generación.

El primer sobre de Peta Zetas mostraba un astronauta rodeado de estrellas. Esta imagen no fue un capricho de los diseñadores; se basó en lo que un niño dijo al probar el caramelo por primera vez: "¡Es como caramelo del espacio, como meteoritos que explotan en la boca!". Esa frase quedó inmortalizada en el diseño, y desde entonces el pequeño astronauta se convirtió en un símbolo de diversión y fantasía que acompañaría a millones de niños en sus recreos y meriendas.

Cada gránulo de Peta Zetas es un pequeño milagro científico. Durante su fabricación, los azúcares, sacarosa, lactosa y jarabe de glucosa, se calientan casi hasta 150 °C para formar un jarabe espeso. Luego se introduce dióxido de carbono (CO₂) a presión en un reactor, creando diminutas burbujas que quedan atrapadas en el caramelo. Al contacto con la saliva, estas burbujas estallan, liberando un chisporroteo y un crujido que despiertan todos los sentidos. Cada gránulo es un espectáculo efervescente, un pequeño estallido de alegría que hace cosquillas en la boca y en el oído.

Los Peta Zetas no solo conquistaron la infancia, también entraron en las cocinas más creativas del mundo. Chefs como Ferrán Adrià, Paco Roncero, Oriol Balaguer, Arzak y Heston Blumenthal han incorporado los caramelos en helados, chocolates, pralinés y postres innovadores, jugando con la sorpresa y la textura. Espolvoreados sobre helados, mezclados con crema pastelera, integrados en galletas o presentados como chupitos que estallan en la boca, los Peta Zetas aportan un toque de magia y diversión que transforma cualquier plato en un juego de sensaciones. La versatilidad de estos caramelos demuestra que lo divertido y lo sofisticado pueden coexistir; un gránulo puede ser al mismo tiempo un recuerdo de la infancia y un ingrediente de alta cocina. Esta creatividad ha llevado a que Peta Zetas reciba premios como el Sabor del Año 2013, en reconocimiento a su capacidad de sorprender en la gastronomía moderna.

Los Peta Zetas son mucho más que caramelos; son cápsulas de nostalgia que nos transportan a tardes de juegos, risas y travesuras de patio. Cada chisporroteo evoca emociones puras, momentos de felicidad que quedaron guardados en la memoria. Los colores brillantes, la textura crujiente y la sensación efervescente en la lengua hacen que cada estallido sea un viaje en el tiempo, un regreso a la infancia donde la sorpresa y la diversión eran parte de la rutina.

Los adultos que buscan revivir esos recuerdos encuentran en los Peta Zetas un dulce puente hacia su pasado. La marca ha sabido aprovechar esta nostalgia ofreciendo nuevos sabores, formatos masticables, combinaciones con chocolate, chicles o piruletas, manteniendo viva la chispa original mientras sorprende con innovaciones.

Tras su éxito en España, Peta Zetas comenzó a expandirse internacionalmente a principios de los 80's. La compañía Zeta Espacial estableció filiales en México y Estados Unidos, consolidando su presencia en más de 60 países. En Estados Unidos, los Peta Zetas se comercializan como Pop Rocks, mientras que en Latinoamérica mantienen su nombre original. La marca se ha diversificado también en productos como Fizz Wiz, Frizzy Pazzy y Magic Gum, llegando a millones de consumidores y estableciéndose como referencia mundial en caramelos efervescentes. Durante años se ganó la reputación de ser un caramelo divertido y seguro, a pesar de los rumores urbanos sobre su supuesta peligrosidad combinada con refrescos, que solo aumentaban su mística y la fascinación de los niños por experimentarlo.

Curiosamente, los beneficios iníciales de los Peta Zetas estaban ligados indirectamente al mundo editorial. La empresa de Antonio Asensio también lanzó la revista Interviú en 1976. Aquella primera portada mostraba a una modelo británica con una camiseta mojada y semitransparente, provocando sorpresa y admiración en el público. Aunque los productos eran totalmente distintos, el nombre "Zetas" quedó en el caramelo como un guiño discreto a la editorial, un detalle que conecta al caramelo con la historia cultural de la España de los 70's y 80's y que pocos recuerdan, pero que añade un toque entrañable a su historia.

Hay algo profundamente poético en un caramelo que explota. Cada burbuja liberada es un instante de sorpresa, un recordatorio de que la felicidad se encuentra en pequeñas explosiones: en la risa compartida, en la dulzura inesperada, en la memoria que vuelve a la infancia. Los Peta Zetas nos enseñan que la magia existe incluso en lo más cotidiano y que un gránulo de azúcar puede ser un pedacito de cielo en la boca.

Hoy, los Peta Zetas siguen siendo un símbolo de diversión, creatividad y nostalgia, un dulce que atraviesa generaciones y que nos recuerda que, de vez en cuando, todos necesitamos escuchar un pequeño "pum" en el corazón.







sábado, 31 de enero de 2026

LAS PASTILLAS DE LECHE DE BURRA, UN CARAMELO DE OTRA ÉPOCA

El ritual comenzaba en el kiosco del barrio o el que estaba cerca de la escuela, ese templo de chicles de todos los sabores y cromos de todas clases. El kiosquero, con sus bigotes que guardaban polvo de regaliz, era el sumo sacerdote. Tras el mostrador de formica, entre los tebeos de Mortadelo y montañas de baratijas, descansaba el gran bote de cristal. Dentro, amontonadas como estrellas lunares, brillaban las pastillas de leche de burra.

Pedirlas era un acto de fe. "Señor, ¿me da cinco?". Su mano, sabía y lenta, tomaba un pequeño cucurucho de papel marrón (de los mismos para las pipas o los garbanzos tostados) y lo llenaba con un clonc, clonc, clonc satisfactorio, como un carillón de campanitas. Las golosinas, frías y duras, reposaban ahora en aquel cáliz áspero y tibio.

Y entonces llegaba el primer contacto. La lengua recibía aquel disco pétreo. Al principio, nada: sólo la suave aspereza contra el paladar. Había que acunarla, dejar que el calor del cuerpo hiciera su magia. Y de pronto, como el deshielo de un glaciar en miniatura, comenzaba a soltar su esencia: un sabor tostado y antiguo, que no sabía a fresa, menta, naranja o limón ni a ningún invento moderno. Sabía a nube de establo, a hierba seca bajo el sol, a algo tan raro y misterioso como su nombre prometía: leche de burra. Nos preguntábamos, entre risas, quién habría sido el valiente que primero ordeñó a una burra y pensó: "Esto hay que confitarlo".

Eran la anti-golosina en la era del azúcar instantáneo. Te obligaban a detenerte, a sentarte en el bordillo de la acera, a mirar las nubes mientras aquel gusto a campo y ternura rústica se expandía en la boca. Se iban adelgazando, volviéndose translúcidas, hasta que dejaban pasar la luz entre lengua y paladar. Y entonces, el último acto: el crujido final, arenoso y dulce, antes de que desaparecieran, dejando sólo un poso de azúcar tostado y una sonrisa blanca, ligeramente polvorienta.

Así comenzaba casi siempre el encuentro con las pastillas de leche de burra en los kioscos españoles de los años 60's, 70's y buena parte de los 80's. Es fácil que al leer "leche de burra" la imaginación viaje a los años de Cleopatra y a baños legendarios, pero no hacía falta ir tan lejos: bastaba acercarse al kiosco del barrio. No eran el dulce más vistoso ni el más publicitado, pero estaban ahí, discretas, formando parte de un paisaje cotidiano que hoy parece increíblemente lejano.

Se vendían sueltas, junto a pipas, caramelos de menta y chicles de fresa, y bastaban unas pocas monedas para llevarse una, dos o las que el bolsillo permitiera. A veces el kiosquero las metía en pequeñas bolsitas transparentes; otras, en un sencillo envoltorio de papel, incluso de periódico, como se hacía con las castañas. Eran blancas, compactas, pensadas para durar, y se chupaban despacio, con respeto, como si el tiempo también se ralentizara al contacto con la lengua.

Aunque muchos las recuerdan como una simple golosina, su historia empieza mucho antes. A principios del siglo XX, comenzaron a venderse en España en farmacias y boticas, apoyadas en las propiedades medicinales y nutritivas de esta leche tan particular. Se recomendaban para aliviar los males de garganta y como alimento suave para los niños, y su forma lo delata: tamaño parecido al de una aspirina, textura ligeramente terrosa y un sabor discreto, cercano al de la nata o la dextrosa. No estaban pensadas para morderse, sino para disolverse lentamente. Con el paso del mostrador de la botica al kiosco, aquel remedio terminó transformándose en una de las golosinas más entrañables de varias generaciones.

En aquella época, la leche de burra conservaba un aura especial. Se asociaba a lo natural, a lo antiguo, incluso a lo casi milagroso, y eso daba a estas golosinas un prestigio silencioso. No hacía falta explicarlo: los niños sabían que no era un caramelo cualquiera. El kiosquero tampoco preguntaba demasiado; conocía el ritual y lo repetía cada día, sacándolas de cajas de cartón o recipientes sencillos, sin marcas llamativas ni envoltorios modernos. Eran productos humildes, casi anónimos, elaborados por pequeños fabricantes o distribuidores locales, en un tiempo en que muchas chucherías se movían fuera de los grandes circuitos industriales y no dejaban apenas rastro documental.

Conviene aclararlo, porque la confusión es habitual: las auténticas pastillas de leche de burra no eran de colores, no iban envueltas en celofán ni tenían sabores ácidos o afrutados. Solo se parecían a otros caramelos en la forma y el tamaño, pero nada más. Quizá por eso se recuerdan tan bien: porque exigían tiempo, paciencia y una forma distinta de disfrutar.

Durante los años 70's y principios de los 80's, seguían formando parte de la vida diaria, vendidas a granel en kioscos y puestos callejeros junto a pipas y altramuces. Para muchos niños de entonces, eran un pequeño lujo, lo máximo a lo que se podía aspirar con unas pocas monedas. Se compartían a veces (acto casi heroico) y otras se guardaban en el bolsillo "para luego", aunque acabaran llenas de pelusas.

La industria del dulce cambiaba, los hábitos también, y poco a poco fueron desplazadas por golosinas más blandas, más coloridas y más agresivas en sabor. La leche de burra, con una producción limitada (las burras solo dan leche en época de cría) y una elaboración poco rentable, fue quedando en segundo plano. No desaparecieron de golpe: simplemente dejaron de llegar a los kioscos, como tantas otras cosas, sin despedida ni anuncio. Para cuando llegaron los años 90's, en España ya eran un recuerdo.

Mientras tanto, en otros lugares la historia fue distinta. En Francia, especialmente en zonas rurales, la tradición de la leche de burra se mantuvo viva a través de asinerías que apostaron por productos artesanos, incluidos caramelos y pastillas, ya no como golosinas populares, sino como delicadezas casi de lujo. En algunos países de Latinoamérica, con una relación más directa entre el campo y el consumo local, también sobrevivieron dulces similares, ligados a ferias, mercados y elaboraciones familiares. Allí no se rompió del todo el hilo que en España se fue afinando hasta desaparecer.

El envoltorio de papel, ahora vacío y suave en el bolsillo del pantalón, era el trofeo. Al hablar de esas golosinas, no se habla solo de un dulce. Se habla de una forma de consumir, de una infancia más lenta, de kioscos que eran puntos de encuentro y no simples tiendas.

Aquel kiosco, convertido ahora en una tienda de phones, muestra cómo los tiempos cambian. Pero a veces, entre el bullicio y los pasos apresurados, cierro los ojos y dejo que el recuerdo se deslice sobre la lengua: un sabor blanco que se despliega despacio como cuando éramos niños. Es el recuerdo de aquellos días, guardado en los rincones del tiempo, en los bolsillos del alma, donde los kioscos siguen abiertos, los cucuruchos siguen llenos, y nosotros seguimos saboreando, por un instante eterno, aquella infancia que nunca se acaba.


sábado, 27 de septiembre de 2025

CUANDO EL CAMBIO TE LO DABAN EN MINI CARAMELOS DE EUCALIPTO

Había algo mágico en aquellos mini caramelos de eucalipto que se vendían a granel en los kioscos y colmados de los años 70's y 80's. Eran pequeños, translúcidos y con ese olor mentolado que parecía abrirte la nariz nada más acercarte el cucurucho de papel donde te los daban.

En mi barrio, el ritual era siempre el mismo. Entrabas en el colmado del señor Juan, aquel tendero de manos grandes y voz ronca, y pedías unos caramelos. Él levantaba la tapa del enorme tarro de cristal, metía la mano, cogía un puñado y los dejaba caer sobre el mostrador de madera como si estuviera jugando una partida de dados, jajajaja. El sonido seco de los caramelos al golpear aquella barra brillante y gastada se me quedó grabado para siempre. Luego los contaba, casi siempre con una sonrisa pícara, y te decía:

—Huy, sobran dos… mmmm, estos te los regalo yo para el camino —y te los envolvía en un cucurucho de papel de estraza. Menos los dos de más, que esos te los daba en mano.

Lo más divertido era cuando ibas a comprar un tarro de café, leche o cualquier otra cosa y el cambio era tan pequeño que, en lugar de devolverte la peseta, el señor Juan te decía:

—No tengo suelto, la vuelta va en caramelos, que van muy bien para los constipados… ¡o para tu padre, a ver si deja ya de fumar! —y soltaba una carcajada.

Aquella forma de dar el cambio en caramelos no era exclusiva del señor Juan, era una costumbre muy extendida en kioscos y tiendas de barrio. A los niños nos encantaba, claro: salías de la compra con el pan bajo el brazo y un premio inesperado en el bolsillo.

Los caramelos de eucalipto no solo estaban en el colmado. Eran omnipresentes. Siempre había algunos en el bolsillo del abrigo de mi padre, que se los llevaba al trabajo "para la garganta", aunque en realidad los usaba de excusa para no encender otro cigarrillo. Mi abuela también los tenía en el delantal, dispuestos a repartirlos entre los nietos como si fueran monedas de oro. Y nosotros, los niños, corríamos felices con la boca fresca y ese sabor intenso que nos hacía sentir mayores, mmmm… y hablando de delantales, os recomiendo este entrañable y cariñoso post: EL DELANTAL DE LA ABUELA. 

Con los años descubrí que aquellos caramelos no eran solo un capricho de la infancia, sino herederos de una tradición más antigua: el eucalipto había llegado a España a finales del siglo XIX, y pronto se usó para infusiones, ungüentos y, claro, caramelos que aliviaban la tos y despejaban la nariz. Lo que empezó como un remedio casero terminó convertido en un símbolo de ternura familiar y en la "moneda dulce y pequeña" de nuestra niñez.

Hoy, cada vez que mi paladar se cruza con un caramelo de eucalipto, no solo siento el frescor en la garganta: también me viene de golpe la imagen del señor Juan tirando los dados… perdón, quiero decir los caramelos sobre el mostrador, o de mi abuela sacando uno del bolsillo del delantal, o también de mi padre echándose una de aquellas mini delicias mentoladas para evitar coger otro Ducados. Pero, sobre todo, recuerdo a ese niño que fui, con los bolsillos llenos de eucalipto y la risa fácil.

Porque algunos recuerdos no se disuelven como el caramelo… se quedan para siempre.


sábado, 7 de junio de 2025

WILLY WONKA Y EL BILLETE DORADO DEL DULCE AYER

Hace unos meses, mi hija me hizo un regalo. Así, sin más. Un gesto sencillo, sin cumpleaños, sin Navidad, sin que mediara ningún motivo especial. Solo ella, con sus ojos chispeantes y esa sonrisa que sabe usar cuando quiere desarmarme, apareció frente a mí con una tableta de chocolate en la mano. Como si me estuviera entregando un trocito del universo.

Pero ojo, no era una tableta cualquiera. No, no, no. Aquello era casi una reliquia, una joya vestida de envoltorio oscuro con letras que evocaban otros tiempos. Una de esas que parecen sacadas directamente de la mágica y golosa fábrica de Willy Wonka. La miré detenidamente y supe al instante que no se trataba de un simple dulce. Era algo más.

El envoltorio de su interior brillaba con ese aire misterioso que solo tienen los objetos encantados. Al sostenerla entre mis manos, sin quererlo, volví a ser niño. Siete u ocho años, tal vez. Me vi ahí, en zapatillas, en alguna merienda de invierno, soñando con mundos imposibles. Porque eso es lo que tienen ciertos regalos: no solo te ofrecen lo que son, sino todo lo que te recuerdan.

Y claro, no pude evitarlo. Cerré los ojos, crucé los dedos y pedí un deseo. Un deseo que seguramente compartimos todos los que vimos de pequeños esa historia maravillosa de Roald Dahl, pasada al cine en 1971, donde nuestro pequeño protagonista encuentra su premio dentro de una tableta de chocolate, mmmm, ese eterno Peter Pan que llevo dentro, también esperaba el famoso billete dorado. Sería fantástico que me tocara, ¿no?. Ese billete dorado que prometía una aventura, una segunda oportunidad, una forma distinta y más dulce de ver el mundo y poder sentirme "HAL en la fábrica de chocolate", jejejejeje.

Y sí, como lo estáis leyendo… ¡me salió el billete dorado!

Bueeeeeno… quizás no exactamente el que te lleva de la mano de Willy Wonka a recorrer pasillos llenos de ríos de chocolate, prados comestibles y ardillas que seleccionan nueces con más criterio que muchos ejecutivos. Pero sí uno que me abrió la puerta a algo incluso más valioso: un momento irrepetible con mi hija, una cápsula del tiempo envuelta en papel brillante, una conexión pura entre el presente y la infancia.

Nos sentamos juntos, como si se tratara de un ritual. Rompimos el envoltorio con el debido respeto que se le tiene a la magia del momento. El crujido del papel fue casi litúrgico. Y ahí estaba: el chocolate, perfectamente dividido en cuadraditos, esperándonos, mmmm y qué bueno estaba.

Lo acompañamos con unas magdalenas que quedaban por casa. Y en ese gesto, aparentemente simple, me vino a la cabeza un viejo recuerdo literario: la famosa escena de Marcel Proust mojando una magdalena en su taza de té. Para él, ese acto tan cotidiano desataba una avalancha de recuerdos, de sensaciones, de lugares y personas que creía olvidados. Era la memoria involuntaria, la emoción que despierta un sabor, un aroma, un instante.

Y allí estaba yo, mordiendo chocolate con una magdalena en la mano, viendo a mi hija reír con migas en la comisura de los labios, y de pronto... el tiempo se volvió blando, como el bizcocho. Porque el chocolate no solo sabía a cacao. Sabía a tardes de merienda en casa con mis queridos padres, a las meriendas después del colegio, al papel de aluminio arrugado de los recreos. Sabía a historias contadas en voz baja, a dibujos animados con sonido metálico, a estufas encendidas en enero.

Cada bocado era una llave que abría puertas cerradas por años. Eso que a veces creemos perdido, pero que nunca se va del todo.

Mi hija, sin saberlo, me había regalado mucho más que chocolate. Me había regalado un billete dorado hacia los recuerdos de mi infancia. Un pase VIP no a una fábrica fantástica, sino al lugar más valioso: los recuerdos que nos construyen, los que hacen que el corazón lata más fuerte sin saber bien por qué.

Y sí, lo confieso: dentro del envoltorio había una preciosa réplica dorada de aquel billete premiado. No era oficial, claro. Pero relucía con tanta gracia que por un momento dudé si un Umpa-Lumpa no se había infiltrado en alguna confitería del barrio jejejeje. Aquella tarjetita dorada, con sus reflejos brillando bajo la lámpara, se ganó un lugar de honor en mi baúl, en "EL BAÚL DE HAL", ya que esta réplica de billete dorado fue símbolo de una merienda cualquiera que terminó siendo inolvidable.

A veces uno no necesita viajar a la fábrica de Willy Wonka. No hace falta atravesar ríos de chocolate ni enfrentarse a pruebas imposibles con Umpa-Lumpas cantando moralejas en rima. A veces, basta con una hija, una tableta de buen chocolate, unas magdalenas de Proust, o bien podrían serlas, y una pizca de imaginación para que el billete dorado aparezca justo donde más importa: en el corazón.

Porque ese día, aunque no me abrió las puertas de una fábrica mágica de golosinas, sí me abrió algo mucho más valioso: un momento lleno de verdad. Uno de esos instantes que no se compran ni se planifican. Que simplemente ocurren. Y cuando ocurren, sabes que acabas de vivir algo que recordarás siempre.

Y es que, a veces, el mejor premio no es una fortuna escondida ni un viaje a lo extraordinario. A veces, la vida, sin previo aviso, te sorprende con una tableta mágica y una sonrisa cómplice, envueltas en papel brillante. Y dentro, como un guiño final, una réplica de un billete dorado que no abre puertas de dulces fábricas misteriosas, pero sí de momentos que valen oro. Créeme, con eso ya has ganado.











sábado, 10 de mayo de 2025

LEVANTO MI VASO DE PISCO POR...

¡Habemus Papam!

Hace un par de días escuchábamos estas palabras en latín para presentarnos al nuevo Papa de Roma. Independientemente de cuáles sean mis creencias, mi mente viajó inmediatamente al Perú: pensé en Machu Picchu, en las gigantescas hortalizas que allí se cultivan, en las misteriosas piedras negras de Ica con sus imposibles grabados… y, por supuesto, en el aguardiente por excelencia, el pisco, ese licor de los Incas que condensa siglos de historia y tradición.

Y es que, curiosamente, Perú también está presente en esta elección papal. Desde la Plaza de San Pedro se escuchó el anuncio de que Robert Prevost, ahora León XIV, había sido elegido como el nuevo Papa de la Iglesia Católica. Nacido en Estados Unidos, el nuevo Sumo Pontífice mantiene un estrecho lazo con el Perú: se desempeñó como obispo de Chiclayo y fue nacionalizado peruano en agosto de 2015, por lo que cuenta con un DNI peruano vigente.

Así, entre las antiguas piedras de Roma y los vestigios sagrados de los Andes, este nuevo capítulo del Vaticano se entrelaza con el alma de un país que parece estar siempre presente, incluso en los lugares más inesperados.

Por eso levanto mi vaso de pisco y hago este brindis, y escribo este post jejejejeje dedicado a Robert Prevost y, sobre todo, a ese legendario licor peruano con el que brindo mmmm pero con una mención súper especial a esa botella que guardo en "EL BAÚL DE HAL". Una botella misteriosa que me trae muy buenos recuerdos de niñez y que a continuación relataré, junto con un poco de historia de su destilería.

 

LAS NEGRAS Y MISTERIOSAS BOTELLAS DE PISCO.

¿Recordáis aquellas misteriosas botellas de pisco que se pusieron tan de moda en los años 70's...? Eran negras como la noche, negras como el carbón, negras como las piedras peruanas de Ica. Solo el color ya resultaba curioso: un negro tan opaco que no dejaba ver el contenido de la botella. Pero no era el aguardiente de su interior ni el oscuro vidrio lo que más me atraía...

Me encantaba cuando íbamos a visitar a mi querida tía Encarna. Siempre me gustaba ir a su casa y curiosear las colecciones de mis primos, bastante mayores que yo, y todas las rarezas que me encontraba allí. Recuerdo una habitación llena de maquetas de aviones de guerra que montaba mi primo Pedro. Algunos estaban a medio montar o recién pintados sobre una mesa; otros, ya terminados, adornaban las estanterías… pero la mayoría colgaban del techo, atados con hilo de pescar. Aquello, para un niño de 9 o 10 años, era todo un espectáculo.

Y qué decir de los cómics de mi primo Juanito… Tenía unos de una Blancanieves muy ligera de cascos. A mí me encantaba ojearlos disimuladamente, sin que se dieran cuenta, claro. Jejejeje. Y los enanitos... ¡menudos golfos! A la mínima se bajaban los pantalones y ya os podéis imaginar la bacanal que se montaban. Pero bueno… dejémoslo aquí. Esa historia de la fogosa Blancanieves da para otro artículo. Y hablar del papa y de esa Blancanieves... mmmm, no, mejor lo dejamos para otro día. Que ya me estoy desviando por caminos que no pegan ni con pegamento.

Y aquí quería llegar... Otra de las cosas que siempre llamaba mi atención en casa de mi tia Encarna, era la decoración del mueble del comedor: una colección de botellas de licor de lo más curiosas. Había una con forma de pelota, otra de torero (con su inseparable compañera, la botella con forma de flamenca), algunas de futbolistas… y posiblemente más que ya ni recuerdo. Pero las que realmente me tenían hechizado eran aquellas botellas negras de pisco, el licor de los Incas. Botellas moldeadas con formas parecidas a las esculturas de la Isla de Pascua, los famosos moáis. Aunque mi favorita, la reina de la colección, era una que me recordaba a las cabezas reducidas de los shuar (más conocidos como jíbaros, nombre que les asignaron los españoles en tiempos de la conquista, aunque también se conocieron como los reductores de cabezas).

Vamos, que solo faltaba que, en cualquier momento, apareciera el querido Dr. Fernando Jiménez del Oso, de quien yo era gran fan, aunque luego por las noches no pudiera dormir tras ver sus programas de televisión, jajajaja. Para mí, aquellas botellas eran dignas de haber salido en sus míticos programas Más Allá o La Puerta del Misterio.

En definitiva, me gustaban tanto esas botellas y en especial la que os he mencionado que no paré hasta conseguirla. Pero no me conformaba con una vacía: yo la quería intacta, sin abrir, con su pisco setentero, su poderoso aguardiente y su tapon precintado y aún sellado. Me costó encontrarla, pero uno tiene paciencia y al final…

Pues eso: aquí os enseño esta fantástica botella vintage de pisco que hoy saco de mi baúl y fotografío para compartirla con todos vosotros. Y para terminar el post, os dejo un poquito de historia sobre esta destilería y sus curiosas botellas.

 

DESTILERÍA NOGUERAS COMAS.

La destilería Nogueras Comas, ubicada en Barcelona, España, fue una empresa destacada en la producción de brandy y otros licores entre las décadas de 50's y 70's. Aunque ya no está en funcionamiento, sus productos continúan siendo altamente apreciados por coleccionistas y entusiastas de los artículos vintage.

Lo que hizo única a Nogueras Comas no solo fue la calidad de sus licores, sino también el diseño artístico y cultural de sus botellas. La destilería sobresalió por crear envases distintivos de vidrio soplado y cerámica, con formas temáticas que reflejaban la cultura española y latinoamericana.

Algunos ejemplos de estos diseños incluyen: envases que representaban a damas andaluzas o gitanas empleados tanto para sus anises, como el famoso Anís Cristal Gitana, como para licores dulces como la crema de cacao, junto a botellas con forma de torero asociadas a su brandy o a un refrescante pippermínt, y otras con forma de cabeza inca (nuestra protagonista del post de hoy) utilizadas especialmente para su pisco, reflejan el carácter creativo y cultural del diseño de Nogueras Comas.

Además, la destilería también produjo ediciones limitadas y colaboraciones con el Club de Fútbol Barcelona (C.F. Barcelona), con botellas que hacían referencia a este equipo y otras relacionadas con el mundo del balompié. En algunos casos, incluso se diseñaron botellas con forma de pelota de fútbol imitando las setenteras Adidas Telstar en tamaño casi reglamentario jajajaja, eso sí, rellenas con buen licor.

Las botellas de Nogueras Comas siguen siendo objetos muy codiciados en el mercado de coleccionismo. Gracias a su singularidad y su valor histórico, estas piezas continúan siendo buscadas en plataformas de venta de artículos vintage. La graduación alcohólica de sus productos variaba entre el 30% y el 40%, y los materiales utilizados, como vidrio y cerámica, contribuyen a la exclusividad y el atractivo de estos envases.

En conclusión, Nogueras Comas fue una destilería emblemática cuya relevancia en la industria licorera de la época se refleja en sus innovadores y creativos diseños de botellas. Aunque la destilería ya no esté en funcionamiento, sus productos siguen siendo altamente valorados por los coleccionistas, consolidando su legado en el mundo de los licores y el arte del diseño.

 

¿EL PISCO ES PERUANO O CHILENO?

Como dato curioso, os contaré que existe un conflicto entre Perú y Chile sobre el pisco. El pisco, un aguardiente de uva cuyo nombre proviene del quechua "pisku" (ave), tiene su origen en el valle de Pisco en Perú, donde los Incas lo bautizaron así por la gran presencia de aves en la zona. Perú defiende que el pisco es una bebida con denominación de origen, ligada exclusivamente a regiones productoras peruanas como Lima, Ica, Arequipa, Moquegua y Tacna, y elaborado con variedades de uva como la "Quebranta". Según la legislación peruana, solo el licor producido en estas zonas puede llamarse pisco, del mismo modo que solo el espumoso producido en ciertas regiones españolas puede llamarse "cava".

Sin embargo, Chile sostiene que "pisco" es un término genérico que describe un tipo de aguardiente de uva, producido legalmente también en las regiones chilenas de Atacama y Coquimbo. Aunque Chile no niega que el pisco surgió primero en Perú, argumenta que por razones comerciales y de exportación, la bebida se desarrolló también en su territorio y que el nombre se volvió común. Además, gracias a su estrategia de marketing, el pisco chileno se hizo más conocido en el exterior.

Este enfrentamiento ha sido catalogado como uno de los conflictos más tensos entre Perú y Chile, incluso más que disputas históricas por territorios. Mientras que en Chile más del 80% de la población consume pisco, en Perú solo lo hace un 10%, a pesar de que defienden su origen con documentación histórica desde el siglo XVI.

El pisco peruano es considerado un destilado más puro y tradicional. Se elabora sin agregar agua, con una sola destilación directa del mosto de uva fermentado y no se guarda en barricas, lo que preserva su sabor original. Solo se produce en zonas específicas del Perú y está estrictamente regulado por su denominación de origen. Usa tanto uvas aromáticas como no aromáticas, como la famosa Quebranta.

En cambio, el pisco chileno tiene una elaboración más flexible: puede destilarse varias veces, se le puede añadir agua para ajustar el grado alcohólico, y sí se permite su guarda en madera. Aunque también usa uvas como la Moscatel, su normativa es distinta y el enfoque suele ser más industrial y comercial.

Ambos países lo defienden como propio, pero sus métodos de producción y filosofía detrás del licor son bastante distintos.

Con todo mi respeto, dudo mucho que el actual Papa León XIV haya utilizado pisco en sus misas, pero lo que tengo claro es que levanto mi botella y le deseo toda la suerte en su mandato, con la esperanza de que logre traer paz a este caótico mundo, que últimamente está más revolucionado que nunca. Y, si seguimos así, no sé a dónde llegaremos.

Salud para todos... ¡GLU, GLU, GLU! Que nunca falte una buena botella de pisco para acompañar esos grandes momentos especiales.








sábado, 30 de noviembre de 2024

UN DULCE RECUERDO DE LA ERA ESPACIAL (2ª PARTE CHICLES COSMOS)

Hablar del chicle Cosmos hoy es como excavar en los recuerdos de una época mágica, donde la infancia se vivía a través de pequeñas pero inolvidables experiencias. Para muchos, estos chicles fueron más que un simple dulce: se convirtieron en un símbolo de la fascinación por el espacio y los avances tecnológicos que definieron los años 60's y 70's.

Hace unas semanas, le dedicamos un post a la icónica segunda versión del chicle Cosmos, con su envoltorio plateado sobre un fondo negro estrellado "EL CHICLE COSMOS NEGRO: UN VIAJE RETROESPACIAL" Aquella presentación tan especial y espacial jejejeje acompañaba al inconfundible chicle negro de regaliz mmmm un sabor atrevido para su época. Sin embargo, en esta ocasión vamos a retroceder aún más en el tiempo, a los años 60's para hablar de las versiones primigenias de este mítico chicle.

Fabricados por la empresa Chicles Americanos S.A., con sede en Pinto, Madrid, los primeros chicles Cosmos se ofrecieron en tres sabores clásicos: fresa, menta y el inconfundible regaliz negro. Aunque sus envoltorios iníciales no tenían el espectacular diseño de la versión plateada y estrellada que surgió después, ya incluían lo que se convertiría en su mayor atractivo: los cromos coleccionables.

Estos cromos, impresos en papel parafinado, capturaban imágenes de aviones, cohetes, satélites y otras maravillas de la aeronáutica. En plena Era Espacial, cuando la exploración del cosmos despertaba fascinación global, estos dibujos reflejaban a la perfección el interés de la época por los avances tecnológicos.

Completar el álbum asociado a estos cromos no solo representaba un desafío emocionante, sino también una oportunidad para ganar premios atractivos. Al enviar el álbum completo a la sede de la compañía, los niños podían recibir recompensas sorprendentes para su tiempo: balones, patines, relojes, cámaras fotográficas e incluso tocadiscos, un premio especialmente codiciado por los jóvenes melómanos, quienes soñaban con disfrutar de sus discos favoritos o animar guateques caseros.

El intercambio de cromos entre amigos y familiares fomentaba la interacción social, dejando una huella imborrable en la infancia de una generación. Más allá de los premios, completar el álbum era motivo de orgullo, un logro que celebraba el esfuerzo y la dedicación invertidos.

En aquellos días de finales de los 60's, el mundo estaba inmerso en la Era Space Age Fashion. Los avances tecnológicos, el primer alunizaje en 1969 y la creciente popularidad de la ciencia ficción llenaron la imaginación colectiva de sueños galácticos. Los niños aspiraban a ser astronautas, y los adultos seguían con asombro cada nueva misión de la NASA.

El chicle Cosmos fue un reflejo perfecto de esta fascinación. Tanto los kioscos como las revistas y álbumes de cromos adoptaron temáticas espaciales, y los dibujos de aviones, cohetes, satélites y naves se convirtieron en una ventana al futuro. Para los niños de la época, comprar un chicle Cosmos no era solo una forma de disfrutar de un dulce, sino también de sentir que formaban parte de esa gran aventura universal.

El Cosmos, con su particular chicle negro de regaliz y su conexión directa con los sueños espaciales, se destacó en un mercado lleno de opciones más convencionales. Aunque otros sabores como la fresa y la menta fueron populares, fue el sabor de regaliz y su llamativo color lo que lo hizo único, dejándolo grabado en la memoria de quienes lo disfrutaron.

Además, su diseño evolucionó con el tiempo. La versión plateada y negra, que como ya os dije homenajeamos en un post previo, llevó esta experiencia a otro nivel. Su envoltorio estrellado parecía transportarte directamente al Cosmos, haciendo que cada chicle fuera una invitación a soñar con aventuras espaciales.

Aunque el chicle Cosmos dejó de fabricarse hace décadas, su recuerdo sigue vivo en la memoria colectiva. Para quienes lo vivieron, es un símbolo de una época más sencilla, donde pequeños objetos como un cromo o un álbum podían ser la fuente de grandes alegrías. Para las nuevas generaciones, representa un misterio envuelto en un envoltorio espacial, una ventana a un tiempo en que el espacio era el mayor sueño de la humanidad.

El Cosmos no fue solo un chicle: fue un reflejo de la fascinación por el universo, un homenaje al ingenio humano y una pieza fundamental de la cultura popular de su época. Aunque el tiempo ha pasado, su sabor tanto literal como simbólico sigue siendo inolvidable para quienes tuvieron la suerte de disfrutarlo.

Recuerda mmmm la grandeza de la era espacial pertenece a los soñadores. ¡No detengas tus sueños!












sábado, 12 de octubre de 2024

EL CHICLE COSMOS NEGRO: UN VIAJE RETROESPACIAL

Hablar del chicle Cosmos Negro, y en especial de su segunda versión (la que sacamos hoy del "Baúl de HAL"), es como embarcarse en una nave espacial retro, directa a las décadas pasadas. Una época en la que las golosinas no solo te llenaban de azúcar hasta las cejas, sino también de imaginación y, en este caso, ¡de negro! Este mítico chicle, fabricado por Chicles Americanos S.A. en Pinto, Madrid, dejó una marca indeleble en la infancia de muchos, no solo por su peculiar sabor, sino también por su estética espacial. No era solo un chicle, era un fenómeno. Pero, ¿qué lo hacía tan especial?

Primero, hablemos de su sabor. El Cosmos Negro no era un chicle para todos los públicos, ni mucho menos. Con su intenso gusto a regaliz, parecía más un reto para el paladar que una simple golosina. No era el típico chicle de fresa o menta que te daban tus abuelos para mantenerte callado. No, no. Este era de los que te obligaban a tener carácter. El verdadero ritual comenzaba cuando sacabas esa goma de mascar negra como el carbón, con la solemnidad de un Guerrero Jedi, y la mostrabas a tus amigos como si fueras el más valiente del grupo.

Y si alguna vez lo probaste, seguro que recuerdas lo rápido que te dejaba la lengua negra como si hubieras estado mascando una bota de Darth Vader. ¡Ah, qué tiempos! Tener la lengua negra era un distintivo de valientes, casi un pase VIP al club de los que no le temían a nada, mientras los demás se contentaban con sus opciones más seguras y… menos oscuras. Eso sí, ¡su textura! Te hacía dudar si estabas masticando chicle o intentando roer un trozo de neumático. Pero todo valía por el desafío.

El Cosmos Negro no solo sorprendía por su sabor atrevido, sino por su temática espacial, que lo hacía aún más irresistible. En pleno auge de la carrera espacial, cuando todo lo que viniera del espacio era automáticamente más cool, este chicle era el rey del kiosco. Su envoltorio, ¡madre mía! Era un espectáculo: negro como la noche, con un fondo estrellado que parecía sacado de un catálogo de viajes intergalácticos.

Y ahí estaba él, un astronauta (¡qué diría yo que era de raza negra y con un peinado con raya muy afro, todo un look que haría sonreír al mismísimo Lando Calrissian!), flotando en el negro del espacio, junto a una nave que bien podía haber sido la prima cercana de la Águila de la serie "Espacio: 1999". Abrir ese envoltorio era como recibir un billete de primera clase en una aventura espacial.

Pero como todo lo bueno, el Cosmos Negro tuvo un final misterioso. Un día, sin previo aviso, desapareció de los kioscos, dejando a todos con la lengua negra y el corazón partio. Nadie sabe con certeza por qué se dejó de fabricar; es uno de esos grandes misterios de la galaxia, al nivel de los agujeros negros o los calcetines que desaparecen en la lavadora. Quizás los gustos cambiaron, o tal vez la humanidad no estaba preparada para un chicle tan audaz. Quién sabe.

Hoy, si tienes suerte, ya que estos chicles están muy buscados, podrías encontrar alguna de estas reliquias en subastas de antigüedades online o en colecciones privadas. Pero ojo, masticar un chicle de más de 40 años suena como una broma de mal gusto. Yo, personalmente, paso. Aunque no niego que me gusta tenerlos en mi colección y que cada vez que agarro y miro uno de esos antiguos chicles de mi colección, cierro el puño y siento que la fuerza me acompaña y está conmigo, jejejeje.

En un mundo donde los chicles de hoy en día parecen competir más por limpiar los dientes que por endulzar la vida, es difícil imaginar que algo tan auténtico como el Cosmos Negro vuelva a los kioscos. Lo que queda es su leyenda, con esos sabores únicos de regaliz. También existieron en versiones de fresa o menta, con sus envoltorios espaciales, acompañados de cromos coleccionables de naves y cohetes que nos hacían soñar con conquistar el universo.

Estos cromos venían con los primeros chicles Cosmos, y, por cierto, ellos también merecen un post. Hablar de ellos y mostrároslos vale mucho la pena, ya que tenían diferencias con los de la segunda generación que os estoy mostrando ahora. Una de esas diferencias era el envoltorio, que tenía un diseño diferente, y, claro, los cromos, que los de la segunda generación no incluían. mmmm... pero eso lo dejamos para otro día... ¡Prometido!

Y así llegamos al final de esta pequeña odisea cósmica. Un simple chicle, una lengua negra y una sonrisa inolvidable. Este homenaje al Cosmos Negro de segunda generación nos recuerda que, a veces, las cosas más simples pueden dejar una huella eterna. Aunque, eso sí, ¡esperemos que no sea en los dientes! jajajajaja.







jueves, 1 de octubre de 2020

TRINARANJUS - TRICOLLONS, NUESTRO REFRESCO SIN GAS...

Siguiendo el hilo de la última publicación de "EL BAÚL DE HAL EN EL KIOSKO DE AKELA" y siendo esta la segunda parte de un post con trilogía mmmm tengo que decir que en aquel relato habían cosas que aunque parecieran increíbles, eran muy ciertas y otras no hay quien se las crea (como la del pobre Akela en el papel de crupier pistolero y fullero, mi socio es un trozo de pan, ya me vale, en menudos líos le meto al pobre jejejeje) aunque debo de decir que si logré sacar una sonrisa al lector, me doy por satisfecho.

Pues si amigos, como ya recordareis en mi última publicación, la intención era la de recuperar mi botella de TriNaranjus, la TriCollons en una justa revancha contra el fullero jugador de póker Billy - Kao - Akela y en esta ocasión el juego elegido fue el de los chinos y tengo que deciros que !BIIIIIEEEEENNN¡ recuperé mi botella, junto con algunas bolsas de pipas, chimos, chicles, ganchitos y algunos sidrales jejejeje.

Hoy os quiero enseñar la botella y una placa publicitaria que tengo en mi colección, dentro de "EL BAÚL DE HAL" del mítico envase TriNaranjus, más conocido por su sobrenombre el "TRICOLLONS" (la traducción viene a ser tricojones o bien tres cojones, como ya mencioné en el artículo pasado) mirando y analizando el envase, creo que sobran las palabras del porque le dieron ese sobrenombre.

Algunos ya conoceréis esta particular botella y otros será la primera vez que la veáis ya que tiene más años que Matusalén.

La primera vez que vi una de estas botellas y conocí su curiosa historia, fue en un autentico viaje que hice al pasado, al pueblo de "Salàs de Pallars" (pero esa historia la dejaremos para otro día, ya que ese autentico viaje a otro tiempo ya lejano y tiernamente recordado me da para otro y bien merecido post, un especial bien bonito y entrañable)

En ese viaje pude recopilar muchas historias interesantes, entre ellas la de "DANONE" la del mayordomo de "NETOL"  la de Anís "EL TIGRE" aquel anís que en su etiqueta mostraba al enorme felino devorando a un pobre mono ¡Ay, si Darwin levantara la cabeza! Esa etiqueta es una clara alusión a su mayor rival "Anís del mono" Todo un ejemplo del lenguaje subliminal, o no, que siempre ha utilizado la publicidad desde su nacimiento a finales del siglo XIX.

Sí amigos, curiosas historias que recopilé gracias a mis viajes al pasado, algunas ya las conté en mi vieja pagina de recuerdos en facebook "Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's" y otras seguro que las escribiré algún día en nuestro nuevo Blog para que no se pierdan en el olvido... La que quiero contaros hoy, es la del TriNaranjus, ahora llamado Trina y antiguamente conocido por el sobrenombre de TriCollons, debido a esa forma tan peculiar de la  botella.


Los que sois de mi generación, década arriba década abajo, recordaréis perfectamente el TriNaranjus, ¿verdad...?

Como en el caso de la Coca - Cola, Danone y de tantos otros productos que conocemos hoy día, TriNaranjus también nació en un laboratorio - farmacia y fue una de las primeras bebidas nacionales que aparecieron en los anuncios de Televisión Española, para competir con famosos refrescos estadounidenses que empezaban a introducirse por entonces en nuestro país.

El TriNaranjus es una de esas bebidas que ha ido evolucionando con el tiempo, hasta perder casi la base de su nombre, bebida española con origen valenciano (el inventor fue el farmacéutico Agustín Trigo Mezquita), el TriNaranjus ha evolucionado hasta el Trina de nuestros días, alternando desde la naranja a sabores tan exóticos como el "tropical".

En un tiempo cuando se puso de moda la bebida carbonatada (magnesia efervescente, soda, gaseosa...), apareció en el mercado español el primer refresco de frutas sin gas: TriNaranjus, una bebida a base de zumo de naranja, elaborado en Valencia y presentado en el año 1933. Desde entonces ha estado presente en todos los bares, restaurantes, tiendas de comestibles, supermercados e incluso en muchos de nuestros queridos y recordados kioscos, como bien podría ser el de mi gran amigo y hermano de coleccionismo Juan Pedro Akela del Blog de "El Kiosko de Akela".

La fórmula definitiva parte del extracto de tres variedades de naranjas: Salustiana, Cadenera y Valencia, que le dan ese toque tan particular a la bebida y el nombre de TriNaranjus procede de unir la primera parte del apellido del Dr.TRI-go con una modificación del nombre del principal ingrediente que lo formaba NARANJUS... No obstante, hay quien cree que el prefijo TRI pudiera proceder de esta triple variedad y del zumo de las TRES naranjas que parece ser que se precisaban para llenar una botella del refresco y que quedaban simbolizadas en el famoso envase, que desde 1934 hasta los años 50's se usó para presentar TriNaranjus.

La forma que adoptaba la botella era la de tres naranjas unidas en la base, por eso mucha gente piensa que de ahí salió el mítico nombre de TriNaranjus, aunque a primera vista pareciera otra cosa bastante diferente y esta fue la causa de que esta botella recibiera las bromas de los mas guasones, por su gran parecido con unos testículos, de ahí lo de "TRICOLLONS" y con ese mote se quedó.

La marca Trina fue adquirida por el que se llamaría Grupo Orangina Schweppes a mediados de los 80's y apareció en el año 1986, renovado su estilo y prescindiendo posteriormente del "Naranjus" (años 90's), expandiendo su área comercial con nuevos productos y sabores. Más de dos décadas después, en el año 2009 dicho grupo fue adquirido por Suntory Group, líder mundial japonés de productos de consumo, así que la marca valenciana pertenece ahora a este antiguo fabricante de bebidas japonés.

Esta botellita que os enseño de mi colección, es el envase original de cristal, desde el que se sirvió el TriNaranjus hasta bien entrados los años 50's. ¡CHIN, CHIN, A VUESTRA SALUD AMIGOS!







El creador de TriNaranjus fue el Dr. Agustín Trigo Mezquita (Valencia, 26 de septiembre de 1863 -19 de mayo de 1952), toda una personalidad de su época en Valencia, un farmacéutico de carrera muy involucrado en la Política y Sociedad, hasta el punto de ser elegido Alcalde de Valencia. Para más información sobre este tema, existe un libro biográfico en el que ocupa un lugar preeminente la historia del refresco TriNaranjus.


La evolución de la botella de TriNaranjus hasta el actual envase de Trina, muestra el recorrido desde el primer diseño con aspecto testicular a uno de los últimos envases más modernos.