El ritual comenzaba en el kiosco del barrio o el que estaba cerca de la escuela, ese templo de chicles de todos los sabores y cromos de todas clases. El kiosquero, con sus bigotes que guardaban polvo de regaliz, era el sumo sacerdote. Tras el mostrador de formica, entre los tebeos de Mortadelo y montañas de baratijas, descansaba el gran bote de cristal. Dentro, amontonadas como estrellas lunares, brillaban las pastillas de leche de burra.
Pedirlas era un acto de fe. "Señor, ¿me da cinco?". Su mano, sabía y lenta, tomaba un pequeño cucurucho de papel marrón (de los mismos para las pipas o los garbanzos tostados) y lo llenaba con un clonc, clonc, clonc satisfactorio, como un carillón de campanitas. Las golosinas, frías y duras, reposaban ahora en aquel cáliz áspero y tibio.
Y entonces llegaba el primer contacto. La lengua recibía aquel disco pétreo. Al principio, nada: sólo la suave aspereza contra el paladar. Había que acunarla, dejar que el calor del cuerpo hiciera su magia. Y de pronto, como el deshielo de un glaciar en miniatura, comenzaba a soltar su esencia: un sabor tostado y antiguo, que no sabía a fresa, menta, naranja o limón ni a ningún invento moderno. Sabía a nube de establo, a hierba seca bajo el sol, a algo tan raro y misterioso como su nombre prometía: leche de burra. Nos preguntábamos, entre risas, quién habría sido el valiente que primero ordeñó a una burra y pensó: "Esto hay que confitarlo".
Eran la anti-golosina en la era del azúcar instantáneo. Te obligaban a detenerte, a sentarte en el bordillo de la acera, a mirar las nubes mientras aquel gusto a campo y ternura rústica se expandía en la boca. Se iban adelgazando, volviéndose translúcidas, hasta que dejaban pasar la luz entre lengua y paladar. Y entonces, el último acto: el crujido final, arenoso y dulce, antes de que desaparecieran, dejando sólo un poso de azúcar tostado y una sonrisa blanca, ligeramente polvorienta.
Así comenzaba casi siempre el encuentro con las pastillas de leche de burra en los kioscos españoles de los años 60's, 70's y buena parte de los 80's. Es fácil que al leer "leche de burra" la imaginación viaje a los años de Cleopatra y a baños legendarios, pero no hacía falta ir tan lejos: bastaba acercarse al kiosco del barrio. No eran el dulce más vistoso ni el más publicitado, pero estaban ahí, discretas, formando parte de un paisaje cotidiano que hoy parece increíblemente lejano.
Se vendían sueltas, junto a pipas, caramelos de menta y chicles de fresa, y bastaban unas pocas monedas para llevarse una, dos o las que el bolsillo permitiera. A veces el kiosquero las metía en pequeñas bolsitas transparentes; otras, en un sencillo envoltorio de papel, incluso de periódico, como se hacía con las castañas. Eran blancas, compactas, pensadas para durar, y se chupaban despacio, con respeto, como si el tiempo también se ralentizara al contacto con la lengua.
Aunque muchos las recuerdan como una simple golosina, su historia empieza mucho antes. A principios del siglo XX, comenzaron a venderse en España en farmacias y boticas, apoyadas en las propiedades medicinales y nutritivas de esta leche tan particular. Se recomendaban para aliviar los males de garganta y como alimento suave para los niños, y su forma lo delata: tamaño parecido al de una aspirina, textura ligeramente terrosa y un sabor discreto, cercano al de la nata o la dextrosa. No estaban pensadas para morderse, sino para disolverse lentamente. Con el paso del mostrador de la botica al kiosco, aquel remedio terminó transformándose en una de las golosinas más entrañables de varias generaciones.
En aquella época, la leche de burra conservaba un aura especial. Se asociaba a lo natural, a lo antiguo, incluso a lo casi milagroso, y eso daba a estas golosinas un prestigio silencioso. No hacía falta explicarlo: los niños sabían que no era un caramelo cualquiera. El kiosquero tampoco preguntaba demasiado; conocía el ritual y lo repetía cada día, sacándolas de cajas de cartón o recipientes sencillos, sin marcas llamativas ni envoltorios modernos. Eran productos humildes, casi anónimos, elaborados por pequeños fabricantes o distribuidores locales, en un tiempo en que muchas chucherías se movían fuera de los grandes circuitos industriales y no dejaban apenas rastro documental.
Conviene aclararlo, porque la confusión es habitual: las auténticas pastillas de leche de burra no eran de colores, no iban envueltas en celofán ni tenían sabores ácidos o afrutados. Solo se parecían a otros caramelos en la forma y el tamaño, pero nada más. Quizá por eso se recuerdan tan bien: porque exigían tiempo, paciencia y una forma distinta de disfrutar.
Durante los años 70's y principios de los 80's, seguían formando parte de la vida diaria, vendidas a granel en kioscos y puestos callejeros junto a pipas y altramuces. Para muchos niños de entonces, eran un pequeño lujo, lo máximo a lo que se podía aspirar con unas pocas monedas. Se compartían a veces (acto casi heroico) y otras se guardaban en el bolsillo "para luego", aunque acabaran llenas de pelusas.
La industria del dulce cambiaba, los hábitos también, y poco a poco fueron desplazadas por golosinas más blandas, más coloridas y más agresivas en sabor. La leche de burra, con una producción limitada (las burras solo dan leche en época de cría) y una elaboración poco rentable, fue quedando en segundo plano. No desaparecieron de golpe: simplemente dejaron de llegar a los kioscos, como tantas otras cosas, sin despedida ni anuncio. Para cuando llegaron los años 90's, en España ya eran un recuerdo.
Mientras tanto, en otros lugares la historia fue distinta. En Francia, especialmente en zonas rurales, la tradición de la leche de burra se mantuvo viva a través de asinerías que apostaron por productos artesanos, incluidos caramelos y pastillas, ya no como golosinas populares, sino como delicadezas casi de lujo. En algunos países de Latinoamérica, con una relación más directa entre el campo y el consumo local, también sobrevivieron dulces similares, ligados a ferias, mercados y elaboraciones familiares. Allí no se rompió del todo el hilo que en España se fue afinando hasta desaparecer.
El envoltorio de papel, ahora vacío y suave en el bolsillo del pantalón, era el trofeo. Al hablar de esas golosinas, no se habla solo de un dulce. Se habla de una forma de consumir, de una infancia más lenta, de kioscos que eran puntos de encuentro y no simples tiendas.
Aquel kiosco, convertido ahora en una tienda de phones, muestra cómo los tiempos cambian. Pero a veces, entre el bullicio y los pasos apresurados, cierro los ojos y dejo que el recuerdo se deslice sobre la lengua: un sabor blanco que se despliega despacio como cuando éramos niños. Es el recuerdo de aquellos días, guardado en los rincones del tiempo, en los bolsillos del alma, donde los kioscos siguen abiertos, los cucuruchos siguen llenos, y nosotros seguimos saboreando, por un instante eterno, aquella infancia que nunca se acaba.


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