COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: RANITAS DE HOJALATA

sábado, 24 de enero de 2026

RANITAS DE HOJALATA

En aquellas décadas de los 60's, 70's y 80's, la alegría no se buscaba: se encontraba. Vivía en las cosas pequeñas, en los tesoros diminutos que cabían en una mano y brillaban sin pretensiones. Entre todos ellos, había uno que parecía latir con vida propia: la rana de hojalata.

Hecha de metal fino y sueños grandes, con un mecanismo sencillo, casi ingenuo. Bastaba presionar la lengüeta de fleje para que brotara su voz metálica, un croar artificial que rompía el silencio y sembraba sonrisas. También la llamaban chicharra, porque al insistir sobre la lámina del reverso estallaba ese ritmo obstinado clic… clac… clic… clac…, capaz de desesperar a los adultos y de convocar la risa inmediata de los niños.

Recuerdo la famosa y clásica travesura de la rana clic-clac que ya era casi una leyenda en el aula. Bastaba con que el profesor o profesora diera la espalda para escribir en la pizarra y, en ese justo momento, desde algún rincón indescifrable, sonara el inconfundible clic… clac… clic… clac…, como si el juguete tuviera vida propia. La clase entera contenía la risa mientras el docente se giraba de golpe, cejas levantadas, y lanzaba la pregunta ritual:

—¿Quién ha sido?

Silencio absoluto, cómplice, ninguna mirada acusadora. Nadie confesaba. Nadie sabía nada. Y así, día tras día, la rana continuaba sonando, convirtiéndose en parte del folclore del colegio: un pequeño acto de rebeldía compartida, un secreto colectivo que unía a toda la clase sin necesidad de palabras. Y aunque jamás se descubrió al culpable, aquel clic… clac… quedó grabado en la memoria como uno de esos sonidos que hacen que la infancia tenga su propia música.

No importaba su color. Las hubo plateadas, doradas, con publicidad y, con el tiempo, verdes, intentando parecerse a una rana de verdad. Incluso salieron unos llaveros como los de la última foto, que también guardo en "EL BAÚL DE HAL", que tenían en la panza su palanquita para apretar y que croaran; esos llaveros ya eran ranitas de lujo, jejejeje. Pero continuemos hablando de nuestras clásicas ranitas de hojalata, aquellas que compartían el mismo brillo humilde, ligero, casi frágil: un resplandor nacido más de la ilusión que del metal que las sostenía.

Permitidme una pequeña confesión. Una de estas ranitas de hojalata fue de mis primeros juguetes, casi una simple baratija, con la que entré, sin saberlo, en el mundo del coleccionismo vintage: un objeto humilde, sin valor aparente, pero capaz de encender la chispa. Con ella comenzó también mi colección de "EL BAÚL DE HAL", ese lugar donde no solo se guardan objetos, sino recuerdos, historias y pequeños fragmentos de infancia que se resisten a desaparecer y se comparten en nuestro Blog.

Vivían en los bolsillos del pantalón corto, rozando nuestra canica preferida, al lado de un cromo repetido o de una bonita piedra sin nombre que encontraste en la playa y a la que se le había confiado la suerte mmmm o puede que en vez de una piedra fuera la pata de un conejo, que también daba suerte.

Salían al recreo, a la plaza, a la puerta del colegio, y allí competían en sonidos y carcajadas, componiendo una música improvisada que no necesitaba reglas ni explicaciones. No había pantallas ni pilas, ni versiones que actualizar. Solo escuchar, esperar el momento justo… y apretar.

Vistas hoy con ojos adultos, aquellas ranas eran mucho más que un simple juguete. Eran símbolos de una infancia menos programada, donde el ingenio suplía a la tecnología y el juego nacía de lo cotidiano. Su sonido no solo hacía ruido: marcaba recuerdos. Sonaba a recreo, a pupitres de madera, a tardes largas, a risas reprimidas y a la certeza de que el mundo era un lugar sencillo y lleno de posibilidades.

Por eso, cuando una de esas ranas reaparece en un cajón olvidado, en un mercadillo o sobre una estantería cubierta de polvo, no regresa sola. Trae consigo una infancia entera. El olor del kiosco, la voz lejana del feriante que también las vendía, la luz dorada de las tardes interminables, la risa de los amigos que el tiempo fue llevando por otros caminos.

Y entonces algo muy adentro vuelve a sonar, un clic… clac… suave, persistente, un sonido que parece emerger desde la memoria misma y recorrer los rincones del tiempo hasta colarse en el presente, recordándonos con ternura que no era la rana la que hacía ruido, sino nosotros mismos, corriendo por los patios, escondiéndonos entre risas, aprendiendo a compartir, a crear secretos, a jugar sin reglas más que las que nacían de nuestra propia imaginación, y a recordar cada instante con la intensidad simple y luminosa de quienes saben que la felicidad cabe en un bolsillo y puede caber también en un sonido que vuelve a latir décadas después, clic… clac…, como un eco que nos recuerda quiénes fuimos y, de algún modo, quiénes seguimos siendo.







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