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sábado, 16 de mayo de 2026

LAS 20 REGLAS DEL FÚTBOL CALLEJERO

Vistas desde hoy, algunas de estas reglas pueden parecer injustas, poco éticas o incluso absurdas. Pero pertenecen a otra época… a esos años de infancia en los que no había móviles ni demasiadas preocupaciones, solo un balón, una calle y las ganas de jugar hasta que se hiciera de noche.

LAS 20 REGLAS DEL FÚTBOL CALLEJERO

1.- El gordito siempre es el portero.
2.- El partido acaba cuando todos están cansados.
3.- Aunque el partido vaya 20-0, se decide por "el que meta gana".
4.- No hay árbitro.
5.- Solo se pita falta si es muy muy clara o alguien sale llorando.
6.- No existe el fuera de juego.
7.- Cuidado: si el dueño del balón se enfada, se nos acaba el partido.
8.- Los dos mejores no pueden estar en el mismo equipo y son los que eligen quién juega en él.
9.- Si eres el último en ser elegido es una gran humillación.
10.- En las faltas directas, la barrera siempre estará bastante cerca del balón.
11.- Se detiene el partido cuando pasa una persona mayor o una madre con carrito de bebé.
12.- Los jugadores del barrio vecino siempre serán nuestros enemigos.
13.- Los que son unos patatas jugando se quedan de suplentes o, como mucho, de defensas.
14.- Si llegan los mayores para jugar, hay que abandonar la pista o el campo, pero no sin antes protestar.
15.- Siempre hay un vecino que no te deja jugar y además te amenaza con quitarte la pelota.
16.- Si se apuesta algo, hay que ponerse muy serio... Es como jugar una final.
17.- Las porterías son dos piedras, dos carteras o dos chaquetas de chándal, pero siempre habrá un equipo que tenga la portería más pequeña.
18.- Cuando un equipo mete gol pasando el balón por encima del portero, todos los del equipo contrario gritan "ALTAAAAA" (suele dar resultado para que el gol no valga).
19.- Si hay penalti, quitan al gordo y ponen al más bueno.
20.- Y por supuesto, la ley de la botella: el que la tira va a por ella.

sábado, 15 de noviembre de 2025

CHURRO, MEDIA MANGA, MANGOTERO...

El juego "Churro, media manga, mangotero..." no era solo un entretenimiento más de la calle: era casi un conjuro compartido, un ritual heredado que viajaba de voz en voz como si perteneciera a todos y a nadie. No hacía falta preparar nada: bastaba un trozo de acera, un muro cualquiera y un puñado de niños con la energía desbordada de los días de juego infinitos. En aquella mezcla de saltos, equilibrio, resistencia y adivinanza había algo inexplicable, algo que convertía cada partida en un pequeño acontecimiento que se grababa sin querer en la memoria. Y quizá por eso, más que las imágenes, lo que vuelve con los años son las palabras: frases que suenan como viejas melodías.

A veces los recuerdos de la infancia no regresan nítidos ni ordenados, sino como una voz que resuena desde algún patio olvidado. Basta pronunciar aquello de "Churro, media manga, mangotero, adivina qué tengo en el puchero de mi abuelo" para que todo despierte (el polvo dorado de la calle, la torpeza deliciosa de las risas, el eco de las zapatillas pisoteando el suelo y ese segundo suspendido justo antes del salto, mitad vértigo, mitad superación).

El juego empezaba siempre igual: dos equipos, una pared que hacía de frontera y un grupo que se transformaba en una barrera humana. El primer niño se plantaba firme, de espaldas a la pared, con los dedos entrelazados; el segundo se encorvaba hasta apoyar la frente en el primer niño, al que llamábamos "la madre" (el único que permanecía erguido para sostener la estructura). Detrás, el resto se alineaba, encorvados también, metiendo la cabeza entre las piernas del compañero anterior y apretando fuerte las piernas para resistir el alud que estaba por venir. Para quienes hacían de base, el momento era una mezcla de orgullo y miedo: sabías que tus amigos iban a caer sobre ti sin piedad y solo podías esperar y confiar en que tus rodillas aguantaran el impacto.

Al otro equipo le tocaba el salto. Corrían uno a uno y se lanzaban con todo el cuerpo, en culazos secos, en saltos acompañados de risas nerviosas. Cuando lograban acomodarse sin desmontar la fila, estallaban las carcajadas; cuando no, el caos era inevitable (gritos, reproches juguetones y ese barullo que solo tenían los juegos de antes).

Cuando todos los saltadores completaban su misión, llegaba el momento más esperado. La madre pronunciaba la frase ritual con una solemnidad que a veces parecía teatro:

"Churro, media manga, mangotero, adivina qué tengo en el puchero de mi abuelo".

En algunos barrios la cantinela cambiaba ligeramente (se colaba algún verso nuevo, se perdía otro, se inventaba un final inesperado), pero había algo casi sagrado que solía mantenerse intacto: la palabra "churro", ese primer golpe rítmico que abría la puerta al juego, a la adivinanza y a la risa.

Mientras tanto, como ya mencioné, uno de los niños que habían saltado (o el que hacía de madre) señalaba con disimulo: la mano sobre la otra mano si era "churro", sobre el codo si era "media manga", sobre el hombro si tocaba "mangotero". Uno de los niños que hacía de burro debía adivinar aquella pista silenciosa. Acertara o fallara, daba igual: lo que importaba era la risa contenida, el suspense diminuto, la rima absurda viajando de generación en generación sin perder nunca su encanto.

Aunque el juego solía estar dominado por los chicos, algunas niñas se unían también a la fiesta del recreo o de la salida del colegio, y la visión era siempre la misma: un torbellino de voces y cuerpos, reglas inventadas sobre la marcha, carreras, empujones y esa sensación de riesgo inocente que solo se siente cuando uno es niño.

Era un juego simple, pero poseía una magia secreta. No necesitaba más que amigos, un suelo firme y la risa lista para estallar. Por eso, aunque muchas de aquellas tardes se hayan desvanecido con los años, la frase (tu frase) sigue viva como un hilo que te lleva de regreso: al patio, al sol tibio de entonces, a la voz de tu abuelo, a las horas en las que el tiempo parecía no tener prisa.

Y aunque hoy estos juegos casi hayan desaparecido de las calles, sustituidos por otros mundos más silenciosos, aún sobreviven como símbolos de una época en la que jugar era inventar, improvisar y compartir. Un recuerdo vivo que sigue latiendo en quienes un día saltaron, sostuvieron, adivinaron y rieron en aquella liturgia de barrio.


sábado, 5 de abril de 2025

ESTAS SEGURO... ¿TÚ CREES QUE ERA TAN ABURRIDA?

¿Nuestra época aburrida...? En aquellos años éramos los reyes de la diversión analógica, los maestros de convertir cualquier rincón en un parque temático improvisado. Antes de que los móviles dictaran el ritmo de la vida y los pulgares se volvieran atletas de scroll infinito, nosotros vivíamos aventuras de verdad, de las que no necesitaban batería ni señal para funcionar.

Bastaba una tarde libre, unos cuantos amigos y algo de imaginación. Éramos expertos en transformar una botella vacía en una ruleta del destino. Nuestro "Tinder" era el juego de la botella, con su tensión creciente, sus corazones latiendo a mil y esa mezcla de vergüenza y emoción cuando apuntaba a la chica (o el chico) que te gustaba. No había pantalla que nos protegiera: si tocaba beso, tocaba. En carne y hueso, con mejillas rojas y sonrisas nerviosas. Esos momentos no venían con filtro, pero se quedaban grabados para siempre.

El juego de la botella era nuestra app de citas, pero con adrenalina real. ¿Que hoy tienes Tinder? Nosotros teníamos el suspense de ver esa botella de refresco girando lentamente hasta señalar a ella o a él. ¡Y vaya si hubo primeros besos torpes pero inolvidables en esos juegos! Más de uno descubrió el amor (o al menos el revoloteo en el estómago) entre risas nerviosas y miradas furtivas. Nada de mensajitos tímidos: aquí el contacto era real, con sus mariposas en el estómago incluidas. Cada giro era un pequeño terremoto emocional, un momento de gloria o tragedia adolescente. Y, aunque a veces solo fuera un roce rápido, esas historias se contaban durante días y quedaban marcadas en la memoria durante años.

Y si de juegos hablamos, nuestro catálogo haría palidecer a cualquier consola de última generación. "Verdad o Reto" era nuestro reality sin censura, donde los secretos salían a la luz y los desafíos más ridículos se convertían en leyendas del barrio. "Manitas Calientes" no necesitaba gráficos ni efectos: bastaba un buen reflejo y la resistencia al dolor. Esa palmada bien dada dolía más que perder una partida online, pero también era motivo de carcajadas.

¿Fortnite? Nosotros jugábamos a "Policías y Ladrones", el battle royale original. El barrio entero era nuestro mapa, las calles eran trincheras, y los escondites, verdaderos búnkeres secretos. Corríamos tanto que no necesitábamos gimnasio ni smartwatch para contar pasos. Y luego estaba el "Escondite Nocturno", la versión más intensa de todas. De noche, con la emoción de esconderte sin hacer ruido, y si encima compartías escondite con la chica o el chico que te gustaba… la adrenalina se mezclaba con las mariposas que revoloteaban en tu estómago.

Y es que cada tarde podía convertirse en una historia digna de película. ¿Quién no participó en los calurosos días de verano en aquellas guerras de globos de agua que terminaban con todos empapados y riendo sin parar? ¿O en esas carreras de bici donde las rampas eran tablones rescatados de alguna obra y los saltos… bueno, no siempre salían bien, pero vaya que lo intentábamos? Lo nuestro era ensayo y error, con rodillas peladas como medalla de honor.

Los concursos de chistes eran otra joya. No importaba si eran buenos, malos o directamente absurdos: ganaba el que hiciera reír más, aunque fuera de lo malo que era el chiste. Y, por supuesto, las acampadas en el jardín. Con linternas, historias de miedo y esa sensación de que, aunque estuvieras a tres metros de tu casa, estabas en mitad de una aventura épica. Terminábamos durmiendo todos juntos, o intentándolo, porque después de cada historia de terror alguien se asustaba y ya no había quien pegara ojo.

Y si no se podía acampar fuera, entonces se armaba el campamento dentro de casa: sillas, muebles y mantas cubriéndolo todo se convertían en una tienda de campaña improvisada en tu cuarto, donde tú y tus primos pasaban la noche entre risas, cotilleos, juegos y linternas encendidas bajo las mantas. Aquello no tenía nada que envidiarle a un camping real. Era mágico.

Hoy todo es más rápido, más brillante, más digital. Pero también más solitario y más frío. Muchos tienen miles de seguidores, pero pocos amigos con los que compartir una tarde sin mirar el reloj. Hoy en día, la conexión a Wi-Fi se os cae y ya no sabéis qué hacer; algunos lloran y otros, con los nervios a flor de piel, son capaces de pegar pellizcos a los cristales hasta que vuelve la señal. Y ni te cuento cuando os quedáis sin batería: os ponéis en modo zombi buscando enchufes por todas partes. ¡Jajajaja! Eso sí que no nos pasaba a nosotros: nuestras tardes se basaban en la conexión humana, no en la señal de un router.

Nosotros no teníamos redes sociales, pero sí una red de amigos de verdad. De los que llamaban a tu puerta, no a tu pantalla, para preguntar si podías salir a jugar.

Así que no, aburrida nuestra época no era, y nosotros éramos creativos, valientes, espontáneos. Y, aunque los tiempos cambien, algo está claro: no hace falta tecnología para crear recuerdos inolvidables. Solo ganas, imaginación y un buen grupo de amigos. Eso sí que era vivir.

¿Y si todavía piensas que vivir sin móviles era aburrido? Es porque no sabes lo que es pasarlo bien de verdad.

sábado, 7 de diciembre de 2024

LA RAYUELA: RECUERDOS QUE SALTAN DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN

Aunque la rayuela solía ser vista como un juego más común entre las niñas, algunos niños también nos animábamos a jugarla sin pensarlo demasiado. ¿Por qué no? Era un juego que, más allá de las etiquetas, ofrecía diversión, y requería habilidades como la precisión y la agilidad, cualidades que no tenían por qué ser exclusivas de un género. Al final, lo importante era disfrutar del momento y de la emoción del juego.

Como veis, yo siempre he sido un poco rebelde y me gustan las cosas fuera de lo común. Aunque ya no soy un niño, en mi interior sigue viviendo un "Peter Pan", y en una de las imágenes de este post lo demuestro jajajajaja saltando y jugando a la rayuela. Es un juego simple, pero lleno de significado y alegría.

Este clásico juego infantil tiene una historia fascinante. La rayuela es conocida por muchos nombres según el lugar donde se practique: tejo, calderón, pita, tranco, guiso, infernáculo, charranca... Se dice que hay hasta 43 nombres diferentes dependiendo de la región. Es uno de los juegos más populares del mundo y, aunque es sencillo en apariencia, tiene una carga simbólica que lo hace muy especial.

El origen exacto de la rayuela es incierto, pero hay teorías que la conectan con juegos lineales de civilizaciones antiguas como las egeas, griegas y romanas. Una de las versiones más poéticas sugiere que un monje español inventó este juego como una representación de la vida, con sus dificultades, decisiones y finalmente la muerte. De hecho, el objetivo de alcanzar la casilla del "Cielo" (última casilla) refuerza esta interpretación espiritual.

Otra hipótesis fascinante está relacionada con La Divina Comedia de Dante Alighieri. Se cree que la rayuela simboliza el viaje del alma desde la Tierra hacia el Paraíso, atravesando diferentes mundos y evitando caer en el Infierno. En esta versión, el jugador es como una ficha que representa su alma, mientras que la piedra o tejo simboliza su carga. Saltar de casilla en casilla a la pata coja refleja la dificultad del viaje y la necesidad de equilibrio.

Lo que hace tan especial a la rayuela es su simplicidad. Solo se necesita una tiza y una piedra pequeña, llamada tejo en muchos lugares, para empezar a jugar mmmm y sobretodo ganas de pasárselo bien. El diagrama se dibuja en una superficie lisa: adoquines, asfalto o una parcela de tierra. Existen muchas variantes del diseño, pero todas comparten la esencia del juego. Las reglas también son sencillas y permiten que cualquiera pueda participar.

Preparación: El primer paso es dibujar el diagrama de la rayuela, numerando los casilleros. Tradicionalmente, se incluye una casilla final llamada "Cielo".

Comienzo: El jugador lanza su tejo (la piedra) al casillero número 1, procurando que caiga dentro del cuadrado sin tocar las rayas. Si falla, pierde el turno.

Recorrido: Avanza saltando a la pata coja de casillero en casillero, evitando las rayas y el casillero donde está el tejo. En los casilleros dobles, puede apoyar ambos pies (uno en cada cuadro). Al llegar al "Cielo", descansa y da la vuelta para regresar por el mismo camino.

Recogida del tejo: Al volver al casillero 1, el jugador recoge el tejo agachándose sin apoyar el otro pie. Luego lanza el tejo al siguiente casillero y repite el proceso.

Faltas: Si un jugador pisa una línea, pierde el equilibrio o lanza el tejo fuera del casillero correspondiente, pierde su turno. El primer jugador en completar todo el recorrido gana.

A lo largo de los siglos, la rayuela se ha adaptado a diferentes culturas y contextos. Algunas versiones incluyen casillas adicionales con nombres como "Infierno" o "Pozo", que representan peligros simbólicos en el camino hacia el Cielo. En otras, se usan canciones o rimas mientras se juega, agregando un elemento de ritmo y creatividad.

Como ya veis más allá del juego, su trazado y mecánica evocan el viaje de la vida. Cada casilla representa un paso, un reto o una elección, y el Cielo es el objetivo final: el éxito, la plenitud o la trascendencia. Esta interpretación ha contribuido a su popularidad y a su permanencia en la memoria colectiva.

Volviendo a mi historia personal, jugar a la rayuela me trae una sensación de nostalgia y alegría. Tiza en mano, una piedra pequeña para tirar y una imaginación desbordante: no hacía falta más. Saltar de casillero en casillero era un reto emocionante que exigía equilibrio y precisión. Recuerdo perfectamente el momento de agacharme para recoger el tejo sin apoyar el otro pie; era un ejercicio de concentración y destreza. Y cuando finalmente llegabas al "Cielo", no podías evitar sentir una pequeña victoria personal.

Como bien dice la teoría, tal vez el simbolismo de este juego explica por qué ha perdurado tanto tiempo. Cada salto, cada casilla, cada error nos recuerda el camino que recorremos en la vida. Pero también está el lado lúdico: el simple placer de jugar, de competir con amigos o incluso de jugar en solitario, dejando que nuestra imaginación vuele.

¿Y tú?

¿Jugaste a la rayuela en tu infancia? ¿Has enseñado este juego a tus pequeños alguna vez? Es una tradición hermosa que merece seguir viva, no solo por su sencillez, sino también por el legado que transmite.

Por mi parte, cada vez que me encuentro con una tiza y una superficie libre, siento la tentación de dibujar una rayuela y volver a saltar, aunque sea por unos minutos. Y sí, debo confesarlo, mmmm yo llegué al Cielo, jajajaja.









sábado, 2 de marzo de 2024

ODA A LOS PARQUES Y PLAZAS CON COLUMPIOS DEL YA PASADO SIGLO XX

De vez en cuando me gusta recuperar alguno de aquellos viejos artículos que preparé hace ya unos años para el viejo "Yo también lo tuve!", de facebook. Y hoy es uno de esos días, mmmm ¡vamos allá!

Paseando por mi antiguo barrio llegué al "Paseo de San Juan de Barcelona" (para aquellos que no lo conozcan, es una gran avenida con varios parques y plazoletas, donde yo solía ir a jugar siendo niño, uffffff que de recuerdos y como ha cambiado ese paseo y esas plazoletas), me senté un rato contemplando a mi hija mientras jugaba en aquel mini parque rodeado por una valla, diseñada para el control de niños escurridizos y para evitar la entrada de animales.

Hoy en día, los niños deben conformarse con parques ciertamente sosos. Ahora tienen columpios de última generación con pavimento acolchado, materiales nobles y auténticas pistas de entrenamiento para futuros guerreros Jedi de las galaxias jajajajaja nada que ver con los ya desaparecidos columpios de mi infancia, como los que teníamos en el Paseo de San Juan, o en cualquier parque o plazoleta de la época.

Mirando hacia atrás, pensé. - La verdad es que no sé cómo los de mi generación pudimos sobrevivir. Los columpios eran de metal y con esquinas afiladas. Jugábamos a ver quién era el más valiente y nos rompimos más de un hueso y algún que otro diente. Nos abrimos la cabeza jugando a guerra de piedras, y no pasaba nada. Era cosa de críos, y los heridos se curaban con Mercromina, tiritas o puede que con algunos puntos. Nadie a quien culpar, solo a nosotros mismos. Si te resbalabas o tropezabas, acababas en el suelo, y aprendías que si te caías, te hacías daño, así que procurabas no volver a caerte.

Los de mi generación no necesitábamos terapias psicomotrices, ya que estábamos todo el santo día en la calle. Lamíamos el hierro, mil veces pintado con pintura de plomo. Los charcos eran habituales bajo los columpios y toboganes, algunos con soldaduras rotas y hierros oxidados. Llegábamos a casa con las rodillas o codos completamente pelados. Aquellos parques eran lugares de culto a la Mercromina y al Linimento de Sloan (más conocido por el tío del bigote).

Hoy todo ha cambiado, ya no existe la pista de patinaje. Me dio pena ver ese estanque donde hacíamos navegar nuestros barcos y submarinos, ahora descuidado y lleno de plantas y matojos. ¿Dónde está el banco de los amores...? Aquel donde grabábamos el nombre de las chicas que nos gustaban. Aún recuerdo algunos nombres: Eva, Carlota, Patricia, Marta, Mercedes, nuestros primeros amores. ¿Qué habrá sido de aquellos columpios de hierro? Los que utilizábamos para las competiciones de saltos. ¿Y dónde están aquellos castillos laberínticos de tubos de colores? O ¿qué fue de los altos y empinados toboganes? Sin olvidarnos de las barras y anillas de gimnasia mmmm por no mencionar él sube y baja, aquel que si te descuidabas, te pegabas un buen culazo y estabas tres días sin poder sentarte jajajajaja.

¿Dónde han metido la bola tipo nave espacial con barra de bombero dentro? Aquella donde nos colgábamos y deslizábamos jugando a tocar y parar, etc. Es el progreso, dicen, y seguro que esta generación actual atesorara recuerdos y poderes educativos insondables. Pero yo recuerdo los míos porque eran míos, y aunque peligrosos, no los cambio por nada…

Artículo dedicado a todos mis amigos de la infancia con los que pasé grandes momentos en aquellos parques minados con trampas mortales, más conocidas por el nombre de columpios jajajajaja.