COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: abril 2026

viernes, 24 de abril de 2026

EL ROMANTICISMO ELECTRÓNICO DE LOS SINTETIZADORES EN LOS 80's

Recientemente se ha celebrado el Día de San Jordi (San Jorge). En Cataluña, donde vivo, este día tiene una magia especial. A diferencia de San Valentín, aquí el amor se respira en las calles: llenas de libros, de rosas y de gente paseando sin prisa, como si todo girara en torno a ese pequeño gesto de regalar. Todavía se nota el ambiente en las calles y el amor en el aire, coincidiendo además con el Día del Libro.

Cuenta la leyenda que San Jordi venció al dragón para salvar a la princesa, y de la sangre de la bestia nació una rosa. Quizá por eso, cada 23 de abril regalamos rosas como símbolo de amor, y libros como una forma de compartir historias, pensamientos y emociones.

Es un día sencillo, pero profundamente romántico: aquí el amor no solo se dice, también se lee, se pasea y se vive entre páginas y pétalos de rosas.

Por esta razón quiero dedicar una pequeña lista musical a este día que recientemente hemos vivido, con una selección muy acorde al puro sentimiento que es el amor. A continuación os dejo algunos de los temas más románticos y emocionalmente intensos, para dejarse llevar entre sintetizadores y sentimientos.

Porque antes de que las guitarras volvieran a dominar el pop, hubo una década en la que el amor sonaba a sintetizadores, cajas de ritmos y melodías elegantes. Los años 80's convirtieron la emoción en electrónica, y el resultado fue un catálogo de canciones donde la nostalgia, el deseo y la melancolía se mezclaban con sonidos futuristas.

Desde el ritmo hecho belleza de Depeche Mode hasta el romanticismo sofisticado de Spandau Ballet o la intensidad sentimental de Alphaville, el synth-pop y la new wave supieron capturar una forma distinta de amar: más introspectiva, a veces distante, pero profundamente evocadora.

También hay espacio para la épica emocional de Ultravox, o la calurosa frialdad robótica de Kraftwerk o el dramatismo elegante de Talk Talk. Canciones que no siempre hablan de amor feliz, pero sí de amor real: el que duele, el que se pierde y el que se recuerda.

Al final, más allá de las rosas y los libros, San Jordi también puede vivirse como una banda sonora compartida. Estas canciones no hablan todas de amor en sentido clásico, pero sí de algo igual de importante: emociones que se cruzan, recuerdos que se quedan y momentos que se escuchan mejor de a dos.

Porque los 80's no solo inventaron sonidos nuevos, también inventaron formas distintas de sentirlos. Y quizá por eso, entre sintetizadores, luces de neón y melodías frías o luminosas, todavía hoy siguen siendo un buen lugar al que volver cuando el amor o la vida necesita música. 


Visage – Fade to Grey

Depeche Mode – Just Can't Get Enough

Soft Cell – Tainted Love

Gary Numan – Cars

Eurythmics – Sweet Dreams (Are Made of This)

Yazoo – Only You

Pet Shop Boys - It's A Sin

OMD – Enola Gay

Bronski Beat – Smalltown Boy

The Human League – Don’t You Want Me

Ultravox – Vienna

Alphaville – Forever Young

Spandau Ballet – True

Talk Talk – Such A Shame

Kraftwerk - The Model

sábado, 18 de abril de 2026

ENTRE PITOS Y RECUERDOS

Existen pitos, silbatos... o como queráis llamarlos. Porque hay quien siempre les dijo pitos y quien jamás les llamó otra cosa que silbatos, y los dos tienen razón. De mil formas, colores llamativos y tamaños que van desde el ridículamente pequeño hasta el absurdamente grande. ¡Eeeeep! Tranquilos, tranquilos... que nos conocemos y sabemos perfectamente de qué estamos hablando.

Los hay de plástico brillante, que prometían durar para siempre y no sobrevivían al recreo. De metal frío, que en invierno se pegaba a los labios, de cálida madera o incluso de hueso de frutas, entre otros muchos. Con un montón de formas y colores diferentes. Y con sonidos que, en cuanto los escuchas, te devuelven a un patio de colegio con olor a bocadillo de nocilla y rodillas con mercromina jejejeje.

En este blog ya han ido apareciendo algunos de ellos (los tenéis en los enlaces que os dejo abajo), pero esto no ha hecho más que empezar. Porque, más allá de los modelos conocidos, también irán llegando otros mucho más curiosos: algunos con historia a sus espaldas, otros con un punto casi tétrico y otros que parecen escapados de un cajón que nadie abría desde 1980.

Por eso he decidido darles su propio rincón. Un espacio especial dentro de "El BAÚL DE HAL", donde estos pequeños artefactos puedan respirar y contar lo que guardan. Porque sí: guardan cosas. Más de lo que parece a primera vista.

Muchos de vosotros los soplasteis. En el patio del cole, en la feria del pueblo, en el descampado o parque del barrio donde te reunías con tus amigos. Algunos sonaban tan fuerte que desesperaban a madres, padres, hermanos, vecinos y maestros por igual (y eso, seamos honestos, era precisamente lo mejor jejejeje). Otros apenas emitían un quejido tímido, pero los queríamos igual.

Habrá quien reconozca al instante aquel silbato de plástico rojo que venía dentro de una bolsa de pipas. O aquel otro, con forma de helicóptero, que duró exactamente dos recreos antes de salir volando y desaparecer en algún lugar del universo. Y habrá también quien descubra modelos que nunca había visto y se pregunte cómo es posible que algo tan pequeño haya sobrevivido tanto tiempo.

Mi idea es reunirlos todos los que tengo en un álbum, en una cápsula del tiempo virtual. Un inventario de algunos pitos que abarca desde los años 60's hasta los 90's, cuando los juguetes cabían en el bolsillo y hacían más ruido del que nadie pedía.

En las imágenes de hoy podéis ver solo una parte de lo que guardo. Algunos ya tienen su propio post, otros aún esperan su momento. Y hay algunos que no aparecen en la foto esos llegarán acompañados de historias tan curiosas que no os dejarán indiferentes. Eso os lo prometo.

Porque, al final, más allá de ser simples pitos o silbatos, cada uno de estos pequeños objetos guarda un pedacito de algo que fue. Un instante en un patio. Una tarde de verano. Una risa que no recordamos de quién era, pero que todavía suena, suave y lejana, como un silbido que se pierde en el viento.















sábado, 11 de abril de 2026

LOS CUADERNOS RUBIO

 

¿Ya habéis entregado los deberes de Semana Santa? Venga, venga, no os hagáis los despistados. Estos días pasados, entre procesiones, torrijas y el olor a incienso flotando por las calles, algunos habéis tenido que sacar del cajón (o de debajo de la cama, donde lo escondisteis el Jueves Santo bajo esa premisa de "si no lo veo, no existe") el cuadernillo de deberes que os pusieron antes de las vacaciones... ¿Lo recuerdas? jajajaja. Porque sí, en aquellos tiempos gloriosos y crueles a partes iguales, las vacaciones nunca eran del todo vacaciones. Siempre había algo pendiente, siempre había un cuaderno sobre la mesa recordándote que el ocio era un préstamo que debías devolver con sudor, cálculo y caligrafía.

Si eran los de Semana Santa, los deberes solían ser de tamaño manejable, casi razonables. Para el verano ya nos reservaban la artillería pesada: los míticos cuadernos "Vacaciones Santillana", aquellos tochos con su característica y colorida portada que eran capaces de hundir la mochila y el ánimo de cualquier niño en pleno mes de julio. Eran libros con una densidad tal que podías usarlos para calzar una mesa o para defensa personal contra un hermano mayor. Pero para la Semana Santa, el arma de instrucción masiva, jejejeje, era otro: el Cuaderno Rubio.

Un dato curioso: no existe un consenso firme sobre todos los colores que usaron los cuadernos Rubio en el siglo XX. Mientras que la memoria popular recuerda principalmente el amarillo, las evidencias de cuadernos conservados en colecciones privadas muestran también tonos entre el azul y el turquesa verdoso, especialmente en los ejemplares más antiguos, como algunos de los que saqué hoy de "EL BAÚL DE HAL". La propia editorial nunca ha publicado un catálogo cronológico de sus cubiertas, por lo que, hoy por hoy, determinar la gama exacta sigue siendo una tarea pendiente para los historiadores de la cultura material española.

Unos cuadernos con recordados e icónicos dibujos de portada, como el de aquel niño con su jersey, o mejor dicho, chaleco de pico y corbata, que apenas han cambiado con los años y que parece que nos vigila desde el pasado con una pulcritud que a muchos nos costaba mantener. Dibujos en sus portadas que toda una generación lleva grabados en la memoria como un tatuaje involuntario del sistema educativo.

La historia de este mito comenzó en 1956, cuando un emprendedor llamado Ramón Rubio Silvestre fundó en Valencia la editorial que llevaría su apellido. Ramón nació en Tarragona en 1924, aunque siendo apenas un bebé su familia se trasladó a Geldo, un pequeño pueblo de Castellón donde creció con esa persistencia que solo tienen quienes saben adónde quieren llegar. Graduado como profesor mercantil, montó la Academia Rubio en la calle Martí de Valencia para impartir clases de cálculo y contabilidad. Allí, harto de repetir ejercicios en la pizarra y de que los alumnos se perdieran entre números, empezó a crear fichas numeradas para que trabajaran solos. Aquello fue el "Netflix" de la educación de posguerra: contenido a la carta para que nadie se quedara atrás, jajajaja.

Los comienzos no fueron fáciles. Fue en el verano de 1968 cuando la familia al completo se subió al coche para visitar colegios y papelerías. Y permitidme un inciso, porque aquel fue un año de una cosecha irrepetible: los Cuadernos Rubio llegaron tal y como los recordamos a colegios y papelerías, y también llegaron a las jugueterías los míticos Madelman y, de paso, mmmm, nací yo, jejejeje. Algo muy potente debía de haber en el aire de aquel 1968 para que viniéramos al mundo con tantas ganas de dar guerra. Mientras yo daba mis primeros pasos y los Madelman empezaban a ejecutar sus primeras misiones, que con los años se convertirían en aventuras viajando a la selva, el Aconcagua, el fondo del mar y el espacio (porque los Madelman lo podían todo), los Rubio recibían negativas de libreros que no veían futuro en aquel papel pautado. Una papelería llegó a decirles que aquellos cuadernos no se venderían nunca. Años después, esa misma papelería hizo un pedido. Los Rubio no lo aceptaron, jejejeje. Incluso sufrieron una estafa de película cuando un comercial desapareció con unas 200.000 pesetas de la época. Sin embargo, aquel estafador, al ofrecer los cuadernos por todo el país para dar el golpe, terminó creando una red de clientes inesperada que clamaba por más material. El propio Ramón reconocería años después que le habría dado las gracias de encontrárselo, pues aquel hombre realizó, sin saberlo y por las malas, su mejor estudio de mercado. Así, lo que costaba 1,50 pesetas en 1960 pasó a ser un pilar básico de la educación española.

Durante los 70's y la Transición, el método Rubio conquistó las aulas de la EGB. Los profesores encontraron en ellos algo práctico para reforzar la caligrafía y el cálculo mental, generando sus propias mitologías y traumas menores. Había niños que completaban las páginas con una caligrafía perfecta, vocales redondas como planetas y palotes rectos como soldados desfilando. Y había otros, entre los que probablemente nos contamos muchos, que rellenaban las líneas con una prisa sospechosa, apretando el lápiz hasta casi romper el papel, y luego, si tenías que borrar, mmmm, ¿quién no ha sufrido el drama de la goma Milán 430 que, en lugar de borrar, emborronaba el grafito hasta dejar una nube negra sobre el papel que parecía el mapa de una tormenta?, jajajaja.

La anécdota más universal de aquella época fue, sin duda, el cuaderno mojado o "el ataque del lamparón de aceite". En aquellos años los estuches no eran herméticos, ni los bocadillos venían envueltos en papel de aluminio ni en film transparente de alta tecnología. El Cuaderno Rubio y el bocata de Nocilla (o peor, el de atún con el aceite traspasando el papel de estraza o de periódico) convivían en la misma cartera de cuero, y no siempre salían bien parados del encuentro. Llegar a casa con las páginas de escritura onduladas y con una mancha marrón o traslúcida en la esquina que olía a desayuno era un clásico del género. La madre te miraba con esa ceja levantada que presagiaba el fin de tus días, tú ponías cara de no saber nada, y ella suspiraba mientras el mundo seguía girando entre borrones de goma y olor a tinta.

Con los 80's llegó la época dorada de la editorial, llegando a vender diez millones de ejemplares al año. Eran las tardes de llenar páginas en la mesa de la cocina, con el televisor encendido al fondo emitiendo El Monstruo de Sánchezstein, Un globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca, o en el caso de los más talluditos... los legendarios Chiripitifláuticos, y todos corriendo para poder ver aquellos programas de TV, con el olor a guiso de la cena flotando en el aire y la voz de nuestros padres diciendo aquello de "no te salgas de la raya que pareces un médico escribiendo". Si tenías el cuaderno limpio y sin tachones, eras la élite social del recreo. Hoy, la editorial sigue viva en Paterna, Valencia, de la mano de su hijo Enrique y su nieto Luis, resistiendo con la dignidad de lo que sabe que es útil y adaptándose a los nuevos tiempos con una ironía maravillosa.

Para los que fuimos niños entre los 60's y los 90's, un Cuaderno Rubio es mucho más que papel. Es el tacto del papel pautado bajo los dedos, el olor a goma de borrar (sobre todo, mmmm, la goma de nata) y la voz de la seño diciendo "mañana me traéis el número cinco terminado o no hay patio", uffffff. Es también aquella España que aprendió a escribir, vocal a vocal, renglón a renglón, peleando contra el redondeo de las "o" y la inclinación de las "l", por no mencionar aquellas operaciones y problemas matemáticos que tantos quebraderos de cabeza nos dieron, menos mal de aquellos lápices que llevaban las tablas pintadas, jejejeje. Es también la esperanza de acabar los deberes antes de que oscureciera, para ver la televisión o simplemente para ignorar que el lunes existía. Porque los niños que fuimos siempre creímos que si terminábamos a tiempo, el tiempo libre sería más libre. Y, mirándolo con perspectiva, entre manchas de tinta y recuerdos de una cosecha excelente, quizás teníamos toda la razón del mundo.