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viernes, 24 de abril de 2026

EL ROMANTICISMO ELECTRÓNICO DE LOS SINTETIZADORES EN LOS 80's

Recientemente se ha celebrado el Día de San Jordi (San Jorge). En Cataluña, donde vivo, este día tiene una magia especial. A diferencia de San Valentín, aquí el amor se respira en las calles: llenas de libros, de rosas y de gente paseando sin prisa, como si todo girara en torno a ese pequeño gesto de regalar. Todavía se nota el ambiente en las calles y el amor en el aire, coincidiendo además con el Día del Libro.

Cuenta la leyenda que San Jordi venció al dragón para salvar a la princesa, y de la sangre de la bestia nació una rosa. Quizá por eso, cada 23 de abril regalamos rosas como símbolo de amor, y libros como una forma de compartir historias, pensamientos y emociones.

Es un día sencillo, pero profundamente romántico: aquí el amor no solo se dice, también se lee, se pasea y se vive entre páginas y pétalos de rosas.

Por esta razón quiero dedicar una pequeña lista musical a este día que recientemente hemos vivido, con una selección muy acorde al puro sentimiento que es el amor. A continuación os dejo algunos de los temas más románticos y emocionalmente intensos, para dejarse llevar entre sintetizadores y sentimientos.

Porque antes de que las guitarras volvieran a dominar el pop, hubo una década en la que el amor sonaba a sintetizadores, cajas de ritmos y melodías elegantes. Los años 80's convirtieron la emoción en electrónica, y el resultado fue un catálogo de canciones donde la nostalgia, el deseo y la melancolía se mezclaban con sonidos futuristas.

Desde el ritmo hecho belleza de Depeche Mode hasta el romanticismo sofisticado de Spandau Ballet o la intensidad sentimental de Alphaville, el synth-pop y la new wave supieron capturar una forma distinta de amar: más introspectiva, a veces distante, pero profundamente evocadora.

También hay espacio para la épica emocional de Ultravox, o la calurosa frialdad robótica de Kraftwerk o el dramatismo elegante de Talk Talk. Canciones que no siempre hablan de amor feliz, pero sí de amor real: el que duele, el que se pierde y el que se recuerda.

Al final, más allá de las rosas y los libros, San Jordi también puede vivirse como una banda sonora compartida. Estas canciones no hablan todas de amor en sentido clásico, pero sí de algo igual de importante: emociones que se cruzan, recuerdos que se quedan y momentos que se escuchan mejor de a dos.

Porque los 80's no solo inventaron sonidos nuevos, también inventaron formas distintas de sentirlos. Y quizá por eso, entre sintetizadores, luces de neón y melodías frías o luminosas, todavía hoy siguen siendo un buen lugar al que volver cuando el amor o la vida necesita música. 


Visage – Fade to Grey

Depeche Mode – Just Can't Get Enough

Soft Cell – Tainted Love

Gary Numan – Cars

Eurythmics – Sweet Dreams (Are Made of This)

Yazoo – Only You

Pet Shop Boys - It's A Sin

OMD – Enola Gay

Bronski Beat – Smalltown Boy

The Human League – Don’t You Want Me

Ultravox – Vienna

Alphaville – Forever Young

Spandau Ballet – True

Talk Talk – Such A Shame

Kraftwerk - The Model

sábado, 18 de abril de 2026

ENTRE PITOS Y RECUERDOS

Existen pitos, silbatos... o como queráis llamarlos. Porque hay quien siempre les dijo pitos y quien jamás les llamó otra cosa que silbatos, y los dos tienen razón.

Los hubo de mil formas, de todos los colores imaginables y de tamaños que iban desde el ridículamente pequeño hasta el absurdamente grande.

¡Eeeeep! Tranquilos, tranquilos... que nos conocemos y sabemos perfectamente de qué pitos estamos hablando jajajajaja.

Los había de plástico brillante, de ese que prometía durar para siempre y, sin embargo, apenas sobrevivía un par de recreos. De metal frío, que en invierno casi se pegaba a los labios. De cálida madera, de barro, de caña, de hueso de frutas e incluso fabricados con materiales tan curiosos que hoy cuesta creer que alguien pudiera sacar música de ellos.

Cada uno tenía una forma distinta y un sonido propio. Algunos emitían un pitido agudo capaz de atravesar media calle. Otros imitaban el canto de un pájaro, el silbido del viento o el rugido de un tren de juguete. Y bastaba escuchar uno de aquellos sonidos para viajar, sin quererlo, a un patio de colegio con olor a bocadillo de Nocilla, manos manchadas de regaliz, rodillas teñidas de mercromina y el timbre anunciando un recreo que siempre se hacía demasiado corto.

En este blog ya han ido apareciendo algunos de ellos (los encontraréis en los enlaces que os dejo más abajo), pero esto no ha hecho más que empezar. Porque, más allá de los modelos más conocidos, también irán llegando otros mucho más curiosos: algunos con décadas de historia a sus espaldas, otros con un punto casi tétrico y otros que parecen rescatados del fondo de un cajón que nadie abría desde 1980.

Muchos de vosotros los soplasteis alguna vez. En el patio del colegio, en el parque del barrio, en un descampado convertido en nuestro reino o durante aquellas interminables tardes de verano en las que cualquier cosa servía para inventar una aventura. Algunos sonaban tan fuerte que desesperaban por igual a madres, padres, hermanos, vecinos y maestros... y, seamos sinceros, precisamente por eso nos encantaban. Otros apenas lograban arrancar un tímido silbido, pero también tenían su encanto.

Habrá quien reconozca al instante aquel silbato de plástico rojo que aparecía como premio sorpresa dentro de una bolsa de pipas. O aquel otro con forma de helicóptero que giraba mientras silbaba y que, irremediablemente, terminaba desapareciendo para siempre en algún cajón de casa. Y habrá quien descubra modelos que jamás había visto y se pregunte cómo es posible que un objeto tan pequeño haya conseguido sobrevivir durante tantas décadas.

Porque los pitos no solo estaban en nuestras manos. También estaban en los lugares donde crecimos.

Esperaban colgados en aquellos kioscos de barrio donde uno entraba con unas pocas pesetas bien apretadas en el puño y salía sintiéndose el niño más afortunado del mundo. Compartían expositor con sobres sorpresa, chicles Cheiw, regalices, cromos, canicas y juguetes de plástico que parecían imprescindibles hasta el día siguiente. Bastaba verlos girando en aquellas tiras de cartón o colgados de un alambre para empezar a pensar cuál elegir.

Y, cómo no, estaban las ferias. ¿Qué sería de una feria sin el sonido de cientos de silbatos mezclándose con la música de los autos de choque, el bullicio de la tómbola y el olor a algodón de azúcar? Allí era imposible resistirse. Siempre había un puesto donde vendían algún pito diferente al del año anterior. Algunos costaban unas pocas pesetillas, otros parecían auténticos tesoros para un niño. Salías de la feria orgulloso de tu nueva adquisición y, antes incluso de llegar a casa, ya habías conseguido sacar de quicio a todo el que caminaba contigo.

Mi idea es reunir aquí todos los que forman parte de mi colección, junto con las nuevas incorporaciones que vayan llegando, y enseñaros todos los que tengo, principalmente, desde los 60's hasta los 90's, cuando los juguetes cabían en un bolsillo, costaban unas pocas monedas y eran capaces de llenar una tarde entera de risas sin necesidad de pantallas, baterías ni instrucciones.

En las imágenes de hoy podéis ver solo una pequeña parte de todo lo que guardo. Algunos ya tienen su propio artículo, otros aún esperan pacientemente su turno. Y hay unos cuantos que ni siquiera aparecen en la fotografía. Esos llegarán acompañados de historias tan curiosas, tan sorprendentes y, en ocasiones, tan desconocidas, que estoy seguro de que no os dejarán indiferentes.

Porque, al final, un pito nunca fue solo un pito. Era la ilusión de estrenar un juguete al salir del kiosco. Era el premio de una tarde de feria. Era el ruido insoportable que hacía sonreír a quien lo soplaba y desesperaba a todos los demás. Era una excusa para jugar, correr, inventar historias y volver a casa cuando empezaban a encenderse las farolas.

Hoy muchos de aquellos kioscos ya no existen. Las ferias siguen llegando cada verano, pero ya no suenan igual. Los escaparates cambiaron, los juguetes también, y aquellos pequeños silbatos de plástico fueron desapareciendo poco a poco, casi sin que nos diéramos cuenta.

Quizá por eso me gusta coleccionarlos. Porque cada uno conserva algo que el tiempo no ha conseguido borrar. Un recreo. Una verbena. Una tarde cualquiera de agosto. El tintineo de unas monedas en el bolsillo corto del pantalón. La mano de nuestros padres comprándonos un capricho: "Pero solo uno". La emoción del camino de vuelta, soplando sin parar mientras alguien repetía, entre resignado y divertido: "¡Como no dejes de pitar, te lo voy a quitar!".

Y, aunque hayan pasado cuarenta o cincuenta años, basta escuchar de nuevo uno de aquellos silbidos para que, durante un instante, todo vuelva a estar en su sitio. El kiosco siga abierto. La feria aún tenga las luces encendidas. Nosotros volvamos a ser niños.

Y que el viento, por un segundo, vuelva a traer hasta nuestros oídos aquel pequeño sonido que creíamos perdido para siempre.





sábado, 11 de abril de 2026

LOS CUADERNOS RUBIO

 

¿Ya habéis entregado los deberes de Semana Santa? Venga, venga, no os hagáis los despistados. Estos días pasados, entre procesiones, torrijas y el olor a incienso flotando por las calles, algunos habéis tenido que sacar del cajón (o de debajo de la cama, donde lo escondisteis el Jueves Santo bajo esa premisa de "si no lo veo, no existe") el cuadernillo de deberes que os pusieron antes de las vacaciones... ¿Lo recuerdas? jajajaja. Porque sí, en aquellos tiempos gloriosos y crueles a partes iguales, las vacaciones nunca eran del todo vacaciones. Siempre había algo pendiente, siempre había un cuaderno sobre la mesa recordándote que el ocio era un préstamo que debías devolver con sudor, cálculo y caligrafía.

Si eran los de Semana Santa, los deberes solían ser de tamaño manejable, casi razonables. Para el verano ya nos reservaban la artillería pesada: los míticos cuadernos "Vacaciones Santillana", aquellos tochos con su característica y colorida portada que eran capaces de hundir la mochila y el ánimo de cualquier niño en pleno mes de julio. Eran libros con una densidad tal que podías usarlos para calzar una mesa o para defensa personal contra un hermano mayor. Pero para la Semana Santa, el arma de instrucción masiva, jejejeje, era otro: el Cuaderno Rubio.

Un dato curioso: no existe un consenso firme sobre todos los colores que usaron los cuadernos Rubio en el siglo XX. Mientras que la memoria popular recuerda principalmente el amarillo, las evidencias de cuadernos conservados en colecciones privadas muestran también tonos entre el azul y el turquesa verdoso, especialmente en los ejemplares más antiguos, como algunos de los que saqué hoy de "EL BAÚL DE HAL". La propia editorial nunca ha publicado un catálogo cronológico de sus cubiertas, por lo que, hoy por hoy, determinar la gama exacta sigue siendo una tarea pendiente para los historiadores de la cultura material española.

Unos cuadernos con recordados e icónicos dibujos de portada, como el de aquel niño con su jersey, o mejor dicho, chaleco de pico y corbata, que apenas han cambiado con los años y que parece que nos vigila desde el pasado con una pulcritud que a muchos nos costaba mantener. Dibujos en sus portadas que toda una generación lleva grabados en la memoria como un tatuaje involuntario del sistema educativo.

La historia de este mito comenzó en 1956, cuando un emprendedor llamado Ramón Rubio Silvestre fundó en Valencia la editorial que llevaría su apellido. Ramón nació en Tarragona en 1924, aunque siendo apenas un bebé su familia se trasladó a Geldo, un pequeño pueblo de Castellón donde creció con esa persistencia que solo tienen quienes saben adónde quieren llegar. Graduado como profesor mercantil, montó la Academia Rubio en la calle Martí de Valencia para impartir clases de cálculo y contabilidad. Allí, harto de repetir ejercicios en la pizarra y de que los alumnos se perdieran entre números, empezó a crear fichas numeradas para que trabajaran solos. Aquello fue el "Netflix" de la educación de posguerra: contenido a la carta para que nadie se quedara atrás, jajajaja.

Los comienzos no fueron fáciles. Fue en el verano de 1968 cuando la familia al completo se subió al coche para visitar colegios y papelerías. Y permitidme un inciso, porque aquel fue un año de una cosecha irrepetible: los Cuadernos Rubio llegaron tal y como los recordamos a colegios y papelerías, y también llegaron a las jugueterías los míticos Madelman y, de paso, mmmm, nací yo, jejejeje. Algo muy potente debía de haber en el aire de aquel 1968 para que viniéramos al mundo con tantas ganas de dar guerra. Mientras yo daba mis primeros pasos y los Madelman empezaban a ejecutar sus primeras misiones, que con los años se convertirían en aventuras viajando a la selva, el Aconcagua, el fondo del mar y el espacio (porque los Madelman lo podían todo), los Rubio recibían negativas de libreros que no veían futuro en aquel papel pautado. Una papelería llegó a decirles que aquellos cuadernos no se venderían nunca. Años después, esa misma papelería hizo un pedido. Los Rubio no lo aceptaron, jejejeje. Incluso sufrieron una estafa de película cuando un comercial desapareció con unas 200.000 pesetas de la época. Sin embargo, aquel estafador, al ofrecer los cuadernos por todo el país para dar el golpe, terminó creando una red de clientes inesperada que clamaba por más material. El propio Ramón reconocería años después que le habría dado las gracias de encontrárselo, pues aquel hombre realizó, sin saberlo y por las malas, su mejor estudio de mercado. Así, lo que costaba 1,50 pesetas en 1960 pasó a ser un pilar básico de la educación española.

Durante los 70's y la Transición, el método Rubio conquistó las aulas de la EGB. Los profesores encontraron en ellos algo práctico para reforzar la caligrafía y el cálculo mental, generando sus propias mitologías y traumas menores. Había niños que completaban las páginas con una caligrafía perfecta, vocales redondas como planetas y palotes rectos como soldados desfilando. Y había otros, entre los que probablemente nos contamos muchos, que rellenaban las líneas con una prisa sospechosa, apretando el lápiz hasta casi romper el papel, y luego, si tenías que borrar, mmmm, ¿quién no ha sufrido el drama de la goma Milán 430 que, en lugar de borrar, emborronaba el grafito hasta dejar una nube negra sobre el papel que parecía el mapa de una tormenta?, jajajaja.

La anécdota más universal de aquella época fue, sin duda, el cuaderno mojado o "el ataque del lamparón de aceite". En aquellos años los estuches no eran herméticos, ni los bocadillos venían envueltos en papel de aluminio ni en film transparente de alta tecnología. El Cuaderno Rubio y el bocata de Nocilla (o peor, el de atún con el aceite traspasando el papel de estraza o de periódico) convivían en la misma cartera de cuero, y no siempre salían bien parados del encuentro. Llegar a casa con las páginas de escritura onduladas y con una mancha marrón o traslúcida en la esquina que olía a desayuno era un clásico del género. La madre te miraba con esa ceja levantada que presagiaba el fin de tus días, tú ponías cara de no saber nada, y ella suspiraba mientras el mundo seguía girando entre borrones de goma y olor a tinta.

Con los 80's llegó la época dorada de la editorial, llegando a vender diez millones de ejemplares al año. Eran las tardes de llenar páginas en la mesa de la cocina, con el televisor encendido al fondo emitiendo El Monstruo de Sánchezstein, Un globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca, o en el caso de los más talluditos... los legendarios Chiripitifláuticos, y todos corriendo para poder ver aquellos programas de TV, con el olor a guiso de la cena flotando en el aire y la voz de nuestros padres diciendo aquello de "no te salgas de la raya que pareces un médico escribiendo". Si tenías el cuaderno limpio y sin tachones, eras la élite social del recreo. Hoy, la editorial sigue viva en Paterna, Valencia, de la mano de su hijo Enrique y su nieto Luis, resistiendo con la dignidad de lo que sabe que es útil y adaptándose a los nuevos tiempos con una ironía maravillosa.

Para los que fuimos niños entre los 60's y los 90's, un Cuaderno Rubio es mucho más que papel. Es el tacto del papel pautado bajo los dedos, el olor a goma de borrar (sobre todo, mmmm, la goma de nata) y la voz de la seño diciendo "mañana me traéis el número cinco terminado o no hay patio", uffffff. Es también aquella España que aprendió a escribir, vocal a vocal, renglón a renglón, peleando contra el redondeo de las "o" y la inclinación de las "l", por no mencionar aquellas operaciones y problemas matemáticos que tantos quebraderos de cabeza nos dieron, menos mal de aquellos lápices que llevaban las tablas pintadas, jejejeje. Es también la esperanza de acabar los deberes antes de que oscureciera, para ver la televisión o simplemente para ignorar que el lunes existía. Porque los niños que fuimos siempre creímos que si terminábamos a tiempo, el tiempo libre sería más libre. Y, mirándolo con perspectiva, entre manchas de tinta y recuerdos de una cosecha excelente, quizás teníamos toda la razón del mundo.