COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: ENTRE PITOS Y RECUERDOS

sábado, 18 de abril de 2026

ENTRE PITOS Y RECUERDOS

Existen pitos, silbatos... o como queráis llamarlos. Porque hay quien siempre les dijo pitos y quien jamás les llamó otra cosa que silbatos, y los dos tienen razón.

Los hubo de mil formas, de todos los colores imaginables y de tamaños que iban desde el ridículamente pequeño hasta el absurdamente grande.

¡Eeeeep! Tranquilos, tranquilos... que nos conocemos y sabemos perfectamente de qué pitos estamos hablando jajajajaja.

Los había de plástico brillante, de ese que prometía durar para siempre y, sin embargo, apenas sobrevivía un par de recreos. De metal frío, que en invierno casi se pegaba a los labios. De cálida madera, de barro, de caña, de hueso de frutas e incluso fabricados con materiales tan curiosos que hoy cuesta creer que alguien pudiera sacar música de ellos.

Cada uno tenía una forma distinta y un sonido propio. Algunos emitían un pitido agudo capaz de atravesar media calle. Otros imitaban el canto de un pájaro, el silbido del viento o el rugido de un tren de juguete. Y bastaba escuchar uno de aquellos sonidos para viajar, sin quererlo, a un patio de colegio con olor a bocadillo de Nocilla, manos manchadas de regaliz, rodillas teñidas de mercromina y el timbre anunciando un recreo que siempre se hacía demasiado corto.

En este blog ya han ido apareciendo algunos de ellos (los encontraréis en los enlaces que os dejo más abajo), pero esto no ha hecho más que empezar. Porque, más allá de los modelos más conocidos, también irán llegando otros mucho más curiosos: algunos con décadas de historia a sus espaldas, otros con un punto casi tétrico y otros que parecen rescatados del fondo de un cajón que nadie abría desde 1980.

Muchos de vosotros los soplasteis alguna vez. En el patio del colegio, en el parque del barrio, en un descampado convertido en nuestro reino o durante aquellas interminables tardes de verano en las que cualquier cosa servía para inventar una aventura. Algunos sonaban tan fuerte que desesperaban por igual a madres, padres, hermanos, vecinos y maestros... y, seamos sinceros, precisamente por eso nos encantaban. Otros apenas lograban arrancar un tímido silbido, pero también tenían su encanto.

Habrá quien reconozca al instante aquel silbato de plástico rojo que aparecía como premio sorpresa dentro de una bolsa de pipas. O aquel otro con forma de helicóptero que giraba mientras silbaba y que, irremediablemente, terminaba desapareciendo para siempre en algún cajón de casa. Y habrá quien descubra modelos que jamás había visto y se pregunte cómo es posible que un objeto tan pequeño haya conseguido sobrevivir durante tantas décadas.

Porque los pitos no solo estaban en nuestras manos. También estaban en los lugares donde crecimos.

Esperaban colgados en aquellos kioscos de barrio donde uno entraba con unas pocas pesetas bien apretadas en el puño y salía sintiéndose el niño más afortunado del mundo. Compartían expositor con sobres sorpresa, chicles Cheiw, regalices, cromos, canicas y juguetes de plástico que parecían imprescindibles hasta el día siguiente. Bastaba verlos girando en aquellas tiras de cartón o colgados de un alambre para empezar a pensar cuál elegir.

Y, cómo no, estaban las ferias. ¿Qué sería de una feria sin el sonido de cientos de silbatos mezclándose con la música de los autos de choque, el bullicio de la tómbola y el olor a algodón de azúcar? Allí era imposible resistirse. Siempre había un puesto donde vendían algún pito diferente al del año anterior. Algunos costaban unas pocas pesetillas, otros parecían auténticos tesoros para un niño. Salías de la feria orgulloso de tu nueva adquisición y, antes incluso de llegar a casa, ya habías conseguido sacar de quicio a todo el que caminaba contigo.

Mi idea es reunir aquí todos los que forman parte de mi colección, junto con las nuevas incorporaciones que vayan llegando, y enseñaros todos los que tengo, principalmente, desde los 60's hasta los 90's, cuando los juguetes cabían en un bolsillo, costaban unas pocas monedas y eran capaces de llenar una tarde entera de risas sin necesidad de pantallas, baterías ni instrucciones.

En las imágenes de hoy podéis ver solo una pequeña parte de todo lo que guardo. Algunos ya tienen su propio artículo, otros aún esperan pacientemente su turno. Y hay unos cuantos que ni siquiera aparecen en la fotografía. Esos llegarán acompañados de historias tan curiosas, tan sorprendentes y, en ocasiones, tan desconocidas, que estoy seguro de que no os dejarán indiferentes.

Porque, al final, un pito nunca fue solo un pito. Era la ilusión de estrenar un juguete al salir del kiosco. Era el premio de una tarde de feria. Era el ruido insoportable que hacía sonreír a quien lo soplaba y desesperaba a todos los demás. Era una excusa para jugar, correr, inventar historias y volver a casa cuando empezaban a encenderse las farolas.

Hoy muchos de aquellos kioscos ya no existen. Las ferias siguen llegando cada verano, pero ya no suenan igual. Los escaparates cambiaron, los juguetes también, y aquellos pequeños silbatos de plástico fueron desapareciendo poco a poco, casi sin que nos diéramos cuenta.

Quizá por eso me gusta coleccionarlos. Porque cada uno conserva algo que el tiempo no ha conseguido borrar. Un recreo. Una verbena. Una tarde cualquiera de agosto. El tintineo de unas monedas en el bolsillo corto del pantalón. La mano de nuestros padres comprándonos un capricho: "Pero solo uno". La emoción del camino de vuelta, soplando sin parar mientras alguien repetía, entre resignado y divertido: "¡Como no dejes de pitar, te lo voy a quitar!".

Y, aunque hayan pasado cuarenta o cincuenta años, basta escuchar de nuevo uno de aquellos silbidos para que, durante un instante, todo vuelva a estar en su sitio. El kiosco siga abierto. La feria aún tenga las luces encendidas. Nosotros volvamos a ser niños.

Y que el viento, por un segundo, vuelva a traer hasta nuestros oídos aquel pequeño sonido que creíamos perdido para siempre.





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