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sábado, 6 de junio de 2026

DONALD F. DUNCAN Y LA REVOLUCIÓN DEL YO-YO

Hoy, 6 de junio, se celebra el Día Mundial del Yo-Yo, un juguete conocido en todo el mundo por su técnica particular y su forma característica de juego, disfrutado tanto por niños como por adultos.

Me habría gustado enseñaros toda mi colección de yo-yos, especialmente algunos modelos clásicos de Fanta. Son piezas que tienen para mí un valor muy especial, no solo por lo que representan dentro del mundo del juguete, sino también por la nostalgia que despiertan y por lo que significaron en una época en la que este tipo de promociones tenían un encanto único.

Sin embargo, por falta de tiempo, y ya que hoy también se celebra el cumpleaños del Sr. Duncan (otro de los grandes protagonistas de esta historia), vamos a centrarnos un poco más en su papel en la popularización del yo-yo tal y como lo conocemos hoy en día. Y también mencionaré y enseñaré algunos de sus modelos más emblemáticos, que forman parte de la evolución tan curiosa y divertida de este juguete.

En cualquier caso, si hay algo que quiero destacar, es que mis favoritos dentro de la colección son los yo-yos promocionales de Fanta. Sus colores y su estética tan reconocible los convierten en piezas especialmente significativas para mí, ligadas tanto a mi infancia como a mi afición por este mundo.

De hecho, todavía conservo algunos de ellos guardados con mucho cuidado en “EL BAÚL DE HAL”, un rincón muy especial donde guardo estas pequeñas piezas de historia del juguete, junto a otros yo-yos de marcas clásicas como "Russell" y otras que también forman parte de mi colección.

En próximos posts os iré enseñando poco a poco todo ese material relacionado con los yo-yos y con otros objetos que, aunque no sean estrictamente yo-yos, están directamente vinculados a este fascinante mundo del juguete y su historia mmmm fijo que queda pendiente para futuras entradas.

Este juguete fue muy popularizado por Donald F. Duncan, quien eligió la fecha de su nacimiento (6 de junio de 1892) para conmemorar esta efeméride. Se cree que el término "yo-yo" tiene origen filipino; en tagalo significa "viene-viene", en referencia al movimiento de ida y vuelta que realiza el juguete a lo largo de la cuerda.

El yo-yo existe desde hace miles de años (hay referencias históricas y piezas antiguas en Grecia y otras culturas desde alrededor del 500 a. C., aunque no está del todo claro si funcionaban exactamente como los modernos).

El verdadero pionero en Estados Unidos fue Pedro Flores, un inmigrante filipino que trabajaba como botones en un hotel de Santa Mónica, California, en la década de 1920. En sus ratos libres, Pedro tallaba bloques de madera y jugaba con ellos, dando forma a un juguete compuesto por dos discos de madera (o de otros materiales) unidos por el centro con un eje.

Este iba sujeto a un cordón que se enrollaba y se ataba al otro extremo al dedo índice o corazón de la mano, permitiendo hacerlo subir y bajar. Los huéspedes se quedaban embobados mirándolo, fascinados por aquellos movimientos y por las auténticas virguerías que hacía con aquellos juguetes. Pedro se dio cuenta del negocio y fundó la Flores Yo-Yo Company.

Pero su verdadera aportación a la humanidad (y no es broma) fue el sistema de cuerda con lazo (lo que después se conocería como slip-string o cuerda en bucle): antes de Pedro, la cuerda se ataba firmemente con un nudo fijo al eje de madera. El yo-yo bajaba y subía inmediatamente.

La genialidad de Pedro fue que, en lugar de un nudo, hizo un lazo suelto alrededor del eje. Esto reducía el roce y permitía que el yo-yo se quedara girando abajo sin subir de inmediato. Acababa de nacer el "sleeping" (el yo-yo "dormido" o "dormilón"), la base de absolutamente todos los trucos modernos, como pasear al perro o la vuelta al mundo.

Aquí entra nuestro protagonista: Donald F. Duncan, un hombre de negocios de pies a cabeza. De hecho, antes de los yo-yos, el tipo ya se había hecho de oro inventando y comercializando con éxito el parquímetro y las franquicias de helados Good Humor.

En 1929, Duncan vio el yo-yo de Flores en acción y olió el dinero. Le compró la empresa y los derechos a Flores por una suma estimada de unos cientos de miles de dólares de la época (la cifra exacta varía según las fuentes; se suele citar alrededor de 250.000 $), una auténtica fortuna en plena Gran Depresión.

¿Y qué hizo Duncan para que un trozo de madera circular se convirtiera en una obsesión nacional? Marketing agresivo y campañas muy inteligentes. Duncan se alió con el magnate de los medios William Randolph Hearst.

Idearon una campaña en la que, en algunos concursos locales de yo-yo donde se regalaban bicicletas y juguetes, los niños debían conseguir suscripciones nuevas para el periódico de Hearst para poder participar o mejorar su posición en el concurso. El resultado fue un enorme impulso tanto para el periódico como para las ventas de yo-yos.

Duncan contrató a decenas de jóvenes filipinos (incluyendo al propio Pedro Flores durante un tiempo) y los mandó por todo el país. Llegaban a las plazas de los pueblos mostrando trucos imposibles. Los niños, al verlos, querían el juguete inmediatamente.

La nostalgia de los años 60's llevó a Duncan a su época dorada. En 1962, Duncan lanzó una campaña masiva en televisión con el eslogan "If it isn't a Duncan, it isn't a yo-yo", que se traduce como "Si no es un Duncan, no es un yo-yo".

Ese año se vendieron decenas de millones de yo-yos en EE. UU., en un mercado infantil gigantesco. La frase de "más yo-yos que niños" es una expresión publicitaria, no un dato literal verificable. De hecho, el 6 de junio se celebra el Día Mundial del Yo-Yo precisamente en honor al cumpleaños de Donald F. Duncan, como reconocimiento a su papel en la popularización global del juguete.

Pero aquí llegó el giro trágico: Duncan había registrado la palabra "yo-yo" como marca comercial en 1932. Durante años tuvo un control casi total del término en el mercado estadounidense.

En 1965, la empresa rival Royal Tops los demandó. El juez federal dictaminó que la palabra "yo-yo" se había vuelto tan común en el lenguaje popular que ya era un término genérico (lo que hoy se llama vulgarización de marca, como pasó con Aspirina o Celofán). Duncan perdió los derechos exclusivos del nombre "yo-yo".

Entre los gastos legales y la presión del mercado, la compañía entró en una fuerte crisis en esa época y la estructura original de Duncan desapareció como empresa independiente.

El nombre e historia de Duncan no murieron ahí. Los activos y la marca fueron adquiridos por Flambeau Plastics, una compañía que ya fabricaba modelos de plástico para Duncan. Ellos mantuvieron viva la marca y la orientaron hacia yo-yos clásicos de plástico como el Duncan Imperial o el Duncan Butterfly, introducido como un diseño más moderno pensado para facilitar trucos avanzados gracias a su forma más abierta y estable en la cuerda.

Como datos curiosos: si lees en algún sitio que el yo-yo se usaba como arma de caza en Filipinas en el siglo XVI, es falso. Fue una historia de marketing creada por el equipo de Duncan en los años 30's para darle un aire exótico y llamativo al juguete.

En 1974, el presidente Richard Nixon participó en un evento donde se le enseñó a usar un yo-yo. Existen imágenes famosas de él practicando de forma bastante torpe. Uno de aquellos yo-yos relacionados con ese evento llegó a subastarse años después por una muy elevada cifra económica.

En 1985, un yo-yo de Duncan viajó al espacio a bordo del transbordador Discovery. En microgravedad, el comportamiento cambia completamente: no se puede mantener el "sleep" como en la Tierra, ya que el yo-yo no permanece en tensión de la misma forma y flota en la cuerda.

Y ya para terminar, os enseño estos modelos clásicos de Duncan pertenecientes a mi colección y que saqué de "EL BAÚL DE HAL".

Los bonitos, brillantes y coloridos Duncan Imperial, el ágil y acrobático Duncan Butterfly, de refinadas líneas aerodinámicas, el enigmático Duncan Midnight Special, tan oscuro y negro como las profundidades del espacio sideral, y el fluorescente y majestuoso Duncan Glow, que resplandece en la oscuridad como si fuera radiactivo.

¡Feliz Día Mundial del Yo-Yo!










sábado, 23 de mayo de 2026

GERONI, EL GIGANTE QUE CANTABA COPLAS

♫♪♫♫♪…Yo iba de peregrina y me cogiste de la mano, me preguntaste el nombre y me subiste a caballo. Fuimos contando las flores que salen nuevas en mayo, y me di cuenta enseguida de que estabas enamorado. Cántame, me dijiste, cántame, cántame por el camino, y, agarrada a tu cintura, te canté a la sombra de los pinos. ¡Y ¡oléeeeee!... ♪♫♪♫♪

Jajajaja, tranquilos, no se me fue la pinza. Todo tiene una explicación: para empezar este post, me he venido arriba y he acabado arrancando casi por bulerías. Lo primero, enseñaros estas figuras tan simpáticas y setenteras-ochenteras de kiosco, similares a las de indios y vaqueros, pero en versión muy a lo María del Monte. Y luego, qué mejor mes que este de mayo para este post, que me trae tantos recuerdos de un buen compañero de colegio… Si leéis el artículo, entenderéis el porqué.

Lo conocí en cuarto de primaria, o puede que fuera en quinto. Con el tiempo, las fechas exactas, las tablas de multiplicar, los exámenes, los ríos de España y las capitales de provincia se van difuminando en la memoria hasta borrarse del todo, pero Geroni no. Geroni es imborrable. Cuando entraba en clase era como si cambiara la escala del mobiliario: los pupitres se encogían, la pizarra perdía autoridad y el maestro, sin comerlo ni beberlo, pasaba a ser el segundo más alto de la clase, después de Geroni.

Y claro… era imposible no fijarse en él.

Gerónimo, aunque nadie le llamaba así. Para todos era simplemente Geroni.

Nos sacaba dos cuerpos de ancho y, por lo menos, dos palmos de altura a cualquiera. Tenía unas manos enormes, unos hombros de armario ropero y una voz que no pegaba absolutamente nada con aquel cuerpo de gigante. Porque Geroni hablaba como si estuviera presentando una gala de copla en Canal Sur. Una voz potente, fina, teatral… muy a lo Rocío Jurado. Y sus maneras… mmmm, bueno… digamos que discretas no eran precisamente.

Geroni era un poquito afeminado o, más que afeminado, era una folclórica atrapada dentro de un titán.

Y qué arte tenía el condenao.

Mientras los demás hablábamos de fútbol, bicicletas o videojuegos, él te soltaba:

— Niño, eso no tiene sentimiento ninguno…

Y acto seguido se arrancaba cantando una copla de Lola Flores, imitaba a Concha Piquer o se emocionaba hablando de Manolo Caracol, que era su favorito. También adoraba a Carmen Sevilla e Imperio Argentina. Se sabía canciones enteras, coplas antiquísimas, y las cantaba en el patio como si estuviera actuando en un teatro lleno.

Y claro… los niños son crueles.

Muchos se metían con él por sus gestos, por cómo hablaba o por las cosas que le gustaban. Y lo más curioso era que, aunque Geroni parecía capaz de arrancar una portería del suelo solo con un soplido, nunca se defendía. Bajaba la cabeza. Callaba. A veces hasta lloraba.

Y daba pena y, al mismo tiempo, rabia verlo así.

Porque en el fondo era más bueno que el pan.

Así que, poco a poco, algunos empezamos a juntarnos con él. A protegerlo. Y aquello era ridículo y entrañable al mismo tiempo: cuatro renacuajos intentando defender a un gigante de casi dos metros. Parecía que un grupo de ratones escoltara a un elefante.

Pero Geroni nos apreciaba de verdad. Se notaba muchísimo.

Cuando cogía confianza y se animaba a jugar con nosotros, era un espectáculo… y también un deporte de riesgo. Porque no controlaba su fuerza. Ni un poco.

Jugando a fútbol, una carga suya te mandaba directamente a la otra punta del patio. Y jugando a tocar y parar, un simple palmetazo suyo podía desmontarte media espalda. Si se emocionaba demasiado porque se lo estaba pasando bien, aquello ya era supervivencia pura.

—¡Geroni, más flojooooo!

—¡Ay, perdón, niño, que no mido!

Y cinco segundos después… ¡PUM! Otro viaje.

Pero qué bien nos lo pasábamos.

A veces, cuando ordeno "EL BAÚL DE HAL" y encuentro algunas de estas figuras que enseño, o escucho alguna copla antigua por la radio o en la tele, todavía me acuerdo inevitablemente de él. Me quedo mirando al vacío durante unos minutos y me pregunto qué habrá sido de su vida, dónde andará ese torbellino de dos metros.

Me gusta pensar, con una gran sonrisa en la cara, que el mundo exterior no logró apagarlo ni cambiarlo. Me lo imagino viviendo en una gran ciudad, subido a un escenario importante iluminado por focos de mil colores, vistiendo las lentejuelas más brillantes de la tienda, cantándole al amor y al desamor con esa voz maravillosa que merecía ser escuchada por todo el mundo. Me gusta pensar que acabó siendo exactamente quien le dio la santa gana ser, sin esconderse de nadie, sin pedir perdón y sin pedir permiso a los intolerantes.

Porque Geroni tenía algo precioso que a la mayoría de la gente se nos olvida en el camino gris hacia la madurez: era un tipo auténtico. No fingía otra personalidad para caer bien. No intentaba parecer un tipo duro para que los demás lo respetaran. No quería encajar en la sociedad a base de codazos. Él solo quería cantar sus coplas en algún tranquilo rincón, regalar un poco de su arte a quien quisiera escucharlo y que lo dejaran ser feliz a su manera.

Ojalá la vida, después de aquellos inviernos largos de mocos, frío y patio de colegio de cemento, le haya tratado con el mismo amor limpio y la misma generosidad con la que él nos miraba a nosotros. Brindo por ti, mi querido amigo gigante del folclore español. Allá donde estés ahora mismo, que nunca te falte aquel auténtico sentimiento que tenías cuando te conocí. 


sábado, 7 de febrero de 2026

BAILA CON EL HULA HOOP, EL ARO CON SIGLOS DE HISTORIA

Aunque para muchos niños españoles el Hula Hoop llegó de la mano de Enrique y Ana y de su música, especialmente tras el éxito de "Baila con el Hula Hoop" en 1979, la historia del aro giratorio es muchísimo más antigua. Ya en civilizaciones como el Antiguo Egipto o la Grecia clásica se utilizaban aros de madera, metal o fibras vegetales tanto para jugar como para hacer ejercicio. Era un entretenimiento sencillo, casi universal, basado en algo muy humano: el placer del movimiento y el reto de la coordinación.

Siglos después, en la Europa medieval y moderna, los aros siguieron formando parte de los juegos populares. Incluso algunos médicos del siglo XIV recomendaban su uso para mantenerse activo, aunque otros lo consideraban excesivo. El nombre "Hula" llegaría mucho más tarde, cuando marineros europeos observaron en Hawái danzas tradicionales cuyos movimientos de cadera les recordaban a los del aro.

El gran salto moderno ocurrió en 1958, cuando la empresa estadounidense Wham-O lanzó el Hula Hoop de plástico tal como hoy lo conocemos. Fue un fenómeno inmediato: millones de unidades vendidas en pocos meses y una auténtica fiebre internacional. Desde entonces el aro ha vivido ciclos de popularidad: juguete infantil, accesorio deportivo, elemento artístico en danza y circo… siempre regresando, siempre girando.

En España tuvo además su momento mágico particular cuando la música infantil lo adoptó como símbolo de diversión, inocencia y movimiento. Entre finales de los 70's y principios de los 80's las importaciones y la producción nacional de aros se dispararon, impulsadas en gran parte por el fenómeno cultural que rodeó a Enrique y Ana. La televisión también amplificó la moda: programas infantiles de TVE como La Cometa Blanca o El Gran Circo de TVE lo incorporaron en concursos, sketches y anuncios. No había patio de colegio sin niños intentando "el giro perfecto", y algunas asociaciones escolares organizaban competiciones y coreografías colectivas. Incluso surgió merchandising específico: aros de colores variados o texturas, algunos hoy convertidos en pequeñas piezas vintage de coleccionista.

Aprender a hacerlo girar era casi un rito iniciático. Primero llegaba la frustración: el aro cayendo al suelo cada dos segundos. Luego la perseverancia, volver a intentarlo una y otra vez. Y finalmente la gloria: ese instante mágico en que el aro parecía obedecerte. Entonces venían las florituras, girarlo en el cuello, bajarlo a las rodillas, competir con amigos, inventar coreografías imposibles. Sin saberlo, muchos estábamos haciendo ejercicio, coordinando el cuerpo, aprendiendo constancia… pero lo llamábamos simplemente jugar.

Como todas las modas infantiles, el boom pasó. Llegaron otros juguetes, otras músicas, otras preocupaciones. Sin embargo, el Hula Hoop nunca desapareció del todo: reapareció en los 90's, se reinventó como ejercicio fitness, como danza, como arte circense.

Y, seamos sinceros, no todos fuimos virtuosos del aro. Yo, por ejemplo, nunca pasé de dos o tres vueltas antes de que cayera al suelo con ese "plof" casi burlón. Y lo cierto es que, al menos en mi recuerdo, eran sobre todo las niñas quienes realmente lo dominaban: había en su manera de moverse una naturalidad admirable, una coordinación elegante que convertía el giro en algo casi artístico. Nosotros, los niños, solíamos ser bastante menos hábiles con el ritmo y la cintura; lo intentábamos con entusiasmo, sí, pero rara vez con la misma soltura. Más que frustración, lo recuerdo con respeto y cierta fascinación, como quien observa una habilidad que sabe apreciar aunque no la posea.

Porque, al final, el Hula Hoop nunca fue solo un juguete. Fue un pequeño maestro disfrazado de diversión: nos enseñó perseverancia, coordinación, sentido del humor ante el fracaso y, sobre todo, el valor de compartir momentos sencillos. Y aunque muchos nunca pasáramos de unas pocas vueltas, esos recuerdos siguen girando con nosotros, tercos y luminosos, como aquel aro rebelde que un día quiso enseñarnos a disfrutar simplemente del hecho de intentarlo.

Recuerda… Baila con el Hula Hoop. Si te quieres divertir, ven conmigo y ya verás. Tengo un juego para ti, yo sé que te gustará. Pronto tú lo aprenderás si te mueves como yo, dando vueltas sin parar. Bailarás el Hula Hoop, te lo quiero presentar. Es un aro de color, tiene un nombre singular y se llama Hula Hoop. ¡Y qué bien lo pasarás con el aro de color! Mucho te divertirás si lo bailas como yo. Para, pa, pa, pa, pa, pa… ♪♫♪♫♪ 










Imágenes obtenidas de Internet, los créditos pertenecen a sus respectivos autores.

sábado, 24 de enero de 2026

RANITAS DE HOJALATA

En aquellas décadas de los 60's, 70's y 80's, la alegría no se buscaba: se encontraba. Vivía en las cosas pequeñas, en los tesoros diminutos que cabían en una mano y brillaban sin pretensiones. Entre todos ellos, había uno que parecía latir con vida propia: la rana de hojalata.

Hecha de metal fino y sueños grandes, con un mecanismo sencillo, casi ingenuo. Bastaba presionar la lengüeta de fleje para que brotara su voz metálica, un croar artificial que rompía el silencio y sembraba sonrisas. También la llamaban chicharra, porque al insistir sobre la lámina del reverso estallaba ese ritmo obstinado clic… clac… clic… clac…, capaz de desesperar a los adultos y de convocar la risa inmediata de los niños.

Recuerdo la famosa y clásica travesura de la rana clic-clac que ya era casi una leyenda en el aula. Bastaba con que el profesor o profesora diera la espalda para escribir en la pizarra y, en ese justo momento, desde algún rincón indescifrable, sonara el inconfundible clic… clac… clic… clac…, como si el juguete tuviera vida propia. La clase entera contenía la risa mientras el docente se giraba de golpe, cejas levantadas, y lanzaba la pregunta ritual:

—¿Quién ha sido?

Silencio absoluto, cómplice, ninguna mirada acusadora. Nadie confesaba. Nadie sabía nada. Y así, día tras día, la rana continuaba sonando, convirtiéndose en parte del folclore del colegio: un pequeño acto de rebeldía compartida, un secreto colectivo que unía a toda la clase sin necesidad de palabras. Y aunque jamás se descubrió al culpable, aquel clic… clac… quedó grabado en la memoria como uno de esos sonidos que hacen que la infancia tenga su propia música.

No importaba su color. Las hubo plateadas, doradas, con publicidad y, con el tiempo, verdes, intentando parecerse a una rana de verdad. Incluso salieron unos llaveros como los de la última foto, que también guardo en "EL BAÚL DE HAL", que tenían en la panza su palanquita para apretar y que croaran; esos llaveros ya eran ranitas de lujo, jejejeje. Pero continuemos hablando de nuestras clásicas ranitas de hojalata, aquellas que compartían el mismo brillo humilde, ligero, casi frágil: un resplandor nacido más de la ilusión que del metal que las sostenía.

Permitidme una pequeña confesión. Una de estas ranitas de hojalata fue de mis primeros juguetes, casi una simple baratija, con la que entré, sin saberlo, en el mundo del coleccionismo vintage: un objeto humilde, sin valor aparente, pero capaz de encender la chispa. Con ella comenzó también mi colección de "EL BAÚL DE HAL", ese lugar donde no solo se guardan objetos, sino recuerdos, historias y pequeños fragmentos de infancia que se resisten a desaparecer y se comparten en nuestro Blog.

Vivían en los bolsillos del pantalón corto, rozando nuestra canica preferida, al lado de un cromo repetido o de una bonita piedra sin nombre que encontraste en la playa y a la que se le había confiado la suerte mmmm o puede que en vez de una piedra fuera la pata de un conejo, que también daba suerte.

Salían al recreo, a la plaza, a la puerta del colegio, y allí competían en sonidos y carcajadas, componiendo una música improvisada que no necesitaba reglas ni explicaciones. No había pantallas ni pilas, ni versiones que actualizar. Solo escuchar, esperar el momento justo… y apretar.

Vistas hoy con ojos adultos, aquellas ranas eran mucho más que un simple juguete. Eran símbolos de una infancia menos programada, donde el ingenio suplía a la tecnología y el juego nacía de lo cotidiano. Su sonido no solo hacía ruido: marcaba recuerdos. Sonaba a recreo, a pupitres de madera, a tardes largas, a risas reprimidas y a la certeza de que el mundo era un lugar sencillo y lleno de posibilidades.

Por eso, cuando una de esas ranas reaparece en un cajón olvidado, en un mercadillo o sobre una estantería cubierta de polvo, no regresa sola. Trae consigo una infancia entera. El olor del kiosco, la voz lejana del feriante que también las vendía, la luz dorada de las tardes interminables, la risa de los amigos que el tiempo fue llevando por otros caminos.

Y entonces algo muy adentro vuelve a sonar, un clic… clac… suave, persistente, un sonido que parece emerger desde la memoria misma y recorrer los rincones del tiempo hasta colarse en el presente, recordándonos con ternura que no era la rana la que hacía ruido, sino nosotros mismos, corriendo por los patios, escondiéndonos entre risas, aprendiendo a compartir, a crear secretos, a jugar sin reglas más que las que nacían de nuestra propia imaginación, y a recordar cada instante con la intensidad simple y luminosa de quienes saben que la felicidad cabe en un bolsillo y puede caber también en un sonido que vuelve a latir décadas después, clic… clac…, como un eco que nos recuerda quiénes fuimos y, de algún modo, quiénes seguimos siendo.







sábado, 10 de enero de 2026

FUERTE COMANSI: UN PORTAL ENTRE GENERACIONES

Las mágicas fiestas navideñas ya han quedado atrás y, tras unos días de silencio por culpa de un señor gripazo que me dejó completamente fuera de juego, también aproveché para tomarme unos días más de descanso. Días tranquilos, de parar, vivir las fiestas, ordenar ideas y preparar algunas cosillas que pronto iréis viendo. Entre todo eso, apareció un regalo que me trajeron sus majestades los Reyes Magos de Oriente y que, sin esperarlo, me llevó de golpe muchos años atrás.

Hay juguetes que no eran solo juguetes. Eran portales. Puertas abiertas a mundos enteros que cabían en el suelo del comedor, en una habitación compartida o en la mesa grande de casa de los abuelos. Hoy quiero rescatar uno de esos grandes clásicos que, a quienes crecimos en determinadas generaciones, nos despierta recuerdos muy, muy agradables y entrañables… o al menos eso espero. Hablo del Fuerte Comansi, mi regalo de Reyes.

Nada más verlo, algo hizo clic. De repente ya no estaba en el presente. Volví a aquellas tardes eternas jugando en el suelo del salón, a las batallas interminables, al Séptimo de Caballería, a los vaqueros y los indios, a la imaginación desbordada y a las historias que nacían sin guion ni reglas. La infancia tiene eso: se esconde durante años y reaparece cuando menos lo esperas.

No recuerdo exactamente de dónde salió aquel viejo fuerte. No sé si perteneció a mis hermanos, si me lo regalaron en algún momento o si, como tantos otros juguetes de mi infancia, llegó a casa gracias a la señora Cinta, mi vecina. En mi caso bien pudo venir de los hijos o incluso nietos de la señora Cinta, que fue una auténtica proveedora de juguetes con historia. Ella fue, sin saberlo, una pieza clave de muchos de nuestros recuerdos. Cuando hacía limpieza, aparecían juguetes que habían sido de sus hijos y más tarde de sus nietos, y que acababan encontrando una segunda o tercera vida en mis manos.

Gracias a ella heredé muchos juguetes que hoy son auténticas reliquias. El Fuerte Comansi creo que fue uno de ellos. No llegó en una caja nueva, pero venía cargado de historias, y eso lo hacía aún más especial.

Era un fuerte sólido, de madera, con ese olor tan característico que mezclaba serrín, polvo y aventuras. Pasaba horas y horas jugando con él. Organizaba mi Séptimo de Caballería, colocaba a los vaqueros estratégicamente y, enfrente, los indios. ¿Apaches? ¿Sioux? A saber… daba igual. En aquel universo no importaban los nombres, solo la imaginación y las batallas que se montaban una tras otra.

En 2011 escribí sobre él para nuestra vieja página de Facebook, en plena oleada de reediciones míticas (Geyperman, la Señorita Pepis, Madelman o el propio Fuerte Comansi). Parecía que la industria juguetera había decidido mirar atrás y guiñarnos un ojo a los que ya peinábamos alguna cana. Hoy, en 2026, está claro que aquella nostalgia no era una moda pasajera: era una necesidad.

Recuerdo perfectamente cómo podía pasar una tarde entera sin darme cuenta del tiempo. El suelo del salón se convertía en el Lejano Oeste: murallas que defender, ataques sorpresa, huidas a caballo y rescates imposibles. Todo ocurría en silencio muchas veces, concentrado, como si realmente de aquello dependiera el destino del fuerte.

Y claro, muchas de esas batallas no se entienden sin mi primo Esteban. Cuando venía a visitarnos desde Zaragoza, el ritual era siempre el mismo. Llegaba a casa, nos saludábamos rápido y, casi sin dar tiempo a nada más, soltaba:

—¿Dónde está ese pedazo de fuerte?

Y ya estaba todo dicho. El fuerte colocado en algún rincón de casa que no estuviera muy transitado y comenzaba la guerra. Él solía coger los indios y yo me quedaba con los vaqueros. Así, sin discutirlo. Batallas largas, intensas, a veces caóticas, pero siempre divertidas. Recuerdo incluso que, cuando sabía que iba a venir, sacaba el fuerte antes y lo dejaba preparado, como quien organiza tropas antes de una gran ofensiva.

No hacían falta más jugadores. Éramos suficientes. Dos imaginaciones, un fuerte y una tarde por delante. Nada más.

Esteban Sanz Alcázar. Golfo, se te echa de menos. En la próxima batalla que nos toque librar algún día en otro bonito lugar, te dejaré ser de los vaqueros. Porque con los años he aprendido que, de vez en cuando, no está nada mal hacer un poco el indio en la vida jajajaja.

Te mando un abrazo, primo, allí donde estés.

El Fuerte Comansi nació en los años 60's y se convirtió en uno de los grandes iconos del juguete español. Durante los años 70's fue, sin duda, uno de los productos estrella de la marca, acompañado de su mítico eslogan: "Juguete completo, juguete Comansi". Y lo era. No necesitaba nada más para crear un mundo entero.

Hubo muchos fuertes del Oeste, de madera o de plástico, grandes y pequeños. Pero el Fuerte Comansi fue, sin duda, el más emblemático. Y no era casualidad. Un muy buen amigo mío, el mismo que me regaló el cartucho pequeño de indios y vaqueros de Comansi (Juan Pedro Akela de El Kiosko de Akela), comentó una vez que gran parte de su éxito venía de aquellas películas del Oeste que veíamos cuando éramos pequeños. Y tenía razón.

Décadas después llegaron reediciones, materiales mejorados y figuras más detalladas, pero la esencia seguía siendo la misma: ofrecer un escenario donde todo era posible. Un juguete que no te decía cómo jugar, sino que te invitaba a inventarlo todo.

Gran parte de la magia de aquellos juegos tenía mucho que ver con las películas del Oeste que veíamos de pequeños. Aquellos sábados por la tarde, las sesiones dobles, los clásicos que hoy apenas se ven en televisión. Sin saberlo, esas imágenes se colaban en nuestros juegos.

En mi cabeza, muchas de aquellas batallas tenían algo del Spaghetti Western de Sergio Leone, de sus silencios tensos, de los duelos eternos y de esas melodías inconfundibles de Ennio Morricone que parecían sonar incluso cuando el salón estaba en silencio. Estaban ahí, flotando, marcando el ritmo de cada historia inventada, como si los paisajes de mi querida Almería, la tierra que me vio nacer y donde se rodaron tantas películas de este género, envolvieran aquel pequeño fuerte de madera.

El Séptimo de Caballería del general Custer defendía el fuerte como podía, siempre al límite, siempre rodeado. Todo ocurría en miniatura, sobre una alfombra, pero la épica era real.

Hoy, en 2026, el Fuerte Comansi ya no es solo un juguete ni un simple recuerdo personal. Es un portal entre generaciones, un punto de encuentro invisible entre padres, hijos y abuelos. Los que un día jugamos con él en el suelo del salón ahora lo miramos con otros ojos, conscientes de que en esas piezas de madera viajan historias, imaginación y tiempo compartido. Es la prueba de que los juguetes también pueden ser herencia emocional, capaces de unir a distintas generaciones alrededor de un mismo recuerdo.

Y así, el Fuerte Comansi sigue siendo más que un juguete: es un portal al pasado, un recuerdo vivo y una lección de imaginación que nunca se olvida, es un ¡Juguete completo, juguete Comansi!

















sábado, 6 de diciembre de 2025

MIRANDO MI INFANCIA A TRAVÉS DE LOS GEMELOS FUJI-YAMA

Hay objetos que uno no recuerda por lo que eran, sino por lo que significaron. No eran caros, ni sofisticados, ni exclusivos. Pero tenían la misteriosa capacidad de convertir un día cualquiera en una aventura irrepetible. Ese es el caso de mis queridos gemelos Fuji-Yama, fabricados por la archiconocida Mecánica Ibense, unos prismáticos de plástico ligero, colores brillantes y lentes que ampliaban más la ilusión que la realidad. Hoy, recién rescatados de "EL BAÚL DE HAL", vuelven a mis manos como si hubieran estado esperando este momento para contar su historia.

Porque este es uno de esos muchos juguetes que marcaron mi infancia en la Barcelona de los años 70's. Los gemelos, mis gemelos, mis ojos extra, mis aliados secretos desde la azotea del edificio, allí donde el mundo parecía detenido solo para mí.

No tenía jardín, ni campo, ni gallinas que vigilar. Tenía algo muchísimo mejor: el terrado de mi casa, cerca de la Sagrada Familia y la Diagonal. Ese espacio, tan cotidiano para los adultos, era para mí un reino elevado. Las cuerdas de tender parecían telarañas de superhéroe, las chimeneas se convertían en torres y las antenas de televisión, en palos mayores de barcos invisibles.

Subía a toda velocidad, como si el cielo fuera a cerrarse antes de que yo llegara. Y cuando empujaba la puerta metálica y sentía la corriente de aire tibio o fresco en la cara, sabía que la ciudad me estaba esperando. Barcelona entera, con su ruido, estaba allí, ante mí. Y yo, armado con mis Fuji-Yama rojos, era el vigía oficial.

Los primeros gemelos fueron rojos. Un rojo vivo, poderoso, como el de los héroes de tebeo. Aún recuerdo el día que los vi en el kiosco: estaban en su caja, inclinados, como posando para mí. La caja tenía ilustraciones tan vibrantes que parecían hechas con témperas recién aplicadas. El público contemplaba a toreros en plena faena y forofos del fútbol seguían a sus admirados futbolistas; unos y otros llevaban sus gemelos Fuji-Yama para no perder detalle de la corrida o del partido. Colores saturados, tipografías que gritaban ¡entretenimiento y diversión! Era publicidad ingenua, sí, pero llena de una energía gráfica que aún hoy me resulta magnética.

Estas ilustraciones obedecían a un manual básico del impacto inmediato: colores planos y saturados, contornos gruesos, personajes con rasgos rotundos y expresivos, narices redondeadas, sonrisas abiertas, mofletes subrayados. Todo estaba pensado para leerse a distancia, en un kiosco entre cromos y chicles: debía captar la vista en un segundo y prometer diversión en uno más. No era arte para el museo; era diseño publicitario de proximidad, simple y efectivo.

Observando las dos versiones, la del campo de fútbol y la de la plaza de toros, se nota la misma fórmula aplicada a distintos titulares populares. El fútbol vende movimiento: colores vibrantes, público en graderíos y una sensación de espacio amplio. La plaza de toros ofrece un dramatismo más contenido: curvas, arena, el torito y el torero al fondo; la paleta sigue siendo alegre, pero la composición es más escena puntual, perfecta para que un niño imagine un encuentro épico entre héroe y bestia. ¿Quién dibujaba esto? Probablemente no un autor famoso de cómic, sino un ilustrador comercial que dominaba la estética de kiosco, alguien que reproducía rápido, con pocos trazos, pensando en la imprenta offset. Su trabajo era anónimo, sí, pero tenía personalidad propia: una mezcla de ingenuidad gráfica y astucia publicitaria.

Cuando por fin tuve los gemelos rojos colgados del cuello, supe que había ascendido en la escala cósmica de los niños. Tener aquellos gemelos fue como recibir el carnet de explorador oficial. No necesitaban ampliar mucho: era suficiente con que estuvieran allí, esperándome, listos para transformar lo cotidiano en extraordinario.

Con mis gemelos rojos observaba todo: la Sagrada Familia en construcción, y con menos torres de las que tiene ahora; la Diagonal con sus coches que parecían hormigas metálicas; las azoteas vecinas con sus misterios inaccesibles. Yo buscaba, y encontraba, historias en cada rincón. Un gato dormido en una terraza podía ser un guardián silencioso. Una cortina que se movía era una señal secreta. Un avión cruzando el cielo era un mensaje cifrado.

Había tardes en las que el sol caía despacio y la ciudad brillaba como un escenario, y yo me quedaba allí arriba sin moverme, mirando a través de mis gemelos, sintiendo que el mundo era inmenso... y a la vez mío.

Claro que aquellos no fueron mis únicos gemelos. Como buen niño de los 70's, descubrí que los Fuji-Yama eran baratos, omnipresentes y coloridos. Y como en el kiosco o en las ferias siempre había novedades, mi colección empezó casi sin querer. Llegaron los verdes, los azules, los blancos y los amarillos. Los tuve todos. Pero, digámoslo sin rodeos: los rojos eran los reyes. Mis primeros, mis favoritos, mis gemelos oficiales.

Los años pasaron, como pasan siempre, silenciosos y sin pedir permiso. Y mis gemelos quedaron olvidados en el fondo de un cajón, luego en una caja, luego en un rincón del tiempo. Pero hace unos días decidí que era hora de abrir "EL BAÚL DE HAL" ese lugar donde guardo mis tesoros antiguos, mis recuerdos, mis universos personales y mis colecciones más nostálgicas.

Y allí estaban.

Los rojos, los verdes, los azules, los blancos, los amarillos.

Todos esperándome como si no hubiera pasado el tiempo.

Al sostenerlos, sentí un golpe de nostalgia tan intenso como dulce. Era como estrechar la mano de mi yo de ocho años. Como asomarme, una vez más, a aquel terrado donde el mundo parecía más grande de lo que es ahora... o quizá era yo quien lo miraba con más hambre.

Hoy os enseño esta pequeña y colorida colección no solo porque me gusta, sino porque forma parte de lo que fui. De lo que sigo siendo. Mirar a través de estos gemelos era un juego. Pero también era una forma de aprender a mirar la vida con curiosidad, con ternura, con ese asombro que solo los niños tienen y que a veces olvidamos.

Quizá por eso los guardé.

Quizá por eso vuelvo a ellos.

Porque, de alguna manera, cada uno de estos gemelos sigue señalando al mismo lugar: hacia arriba, sí, pero también hacia atrás. Hacia aquel niño que corría escaleras arriba creyendo que el terrado era un reino secreto. Hacia una Barcelona que ya no existe del todo. Hacia una forma de mirar que el tiempo, sin querer, nos va robando.

Y mientras sostengo estos Fuji-Yama en mis manos adultas, hay un segundo, solo un segundo, en el que vuelvo a ver la ciudad como entonces: enorme, misteriosa, llena de promesas. Un segundo en el que ese niño vuelve a asomarse conmigo al borde del terrado y me recuerda, en silencio, que la aventura nunca estuvo en lo que veía... sino en cómo lo miraba.