♫♪♫♫♪…Yo iba de
peregrina y me cogiste de la mano, me preguntaste el nombre y me subiste a
caballo. Fuimos contando las flores que salen nuevas en mayo, y me di cuenta
enseguida de que estabas enamorado. Cántame, me dijiste, cántame, cántame por
el camino, y, agarrada a tu cintura, te canté a la sombra de los pinos. ¡Y
¡oléeeeee!... ♪♫♪♫♪
Jajajaja,
tranquilos, no se me fue la pinza. Todo tiene una explicación: para empezar
este post, me he venido arriba y he acabado arrancando casi por bulerías. Lo
primero, enseñaros estas figuras tan simpáticas y setenteras-ochenteras de
kiosco, similares a las de indios y vaqueros, pero en versión muy a lo María
del Monte. Y luego, qué mejor mes que este de mayo para este post, que me trae
tantos recuerdos de un buen compañero de colegio… Si leéis el artículo,
entenderéis el porqué.
Lo conocí en
cuarto de primaria, o puede que fuera en quinto. Con el tiempo, las fechas
exactas, las tablas de multiplicar, los exámenes, los ríos de España y las
capitales de provincia se van difuminando en la memoria hasta borrarse del
todo, pero Geroni no. Geroni es imborrable. Cuando entraba en clase era como si
cambiara la escala del mobiliario: los pupitres se encogían, la pizarra perdía
autoridad y el maestro, sin comerlo ni beberlo, pasaba a ser el segundo más
alto de la clase, después de Geroni.
Y claro… era
imposible no fijarse en él.
Gerónimo,
aunque nadie le llamaba así. Para todos era simplemente Geroni.
Nos sacaba dos
cuerpos de ancho y, por lo menos, dos palmos de altura a cualquiera. Tenía unas
manos enormes, unos hombros de armario ropero y una voz que no pegaba
absolutamente nada con aquel cuerpo de gigante. Porque Geroni hablaba como si
estuviera presentando una gala de copla en Canal Sur. Una voz potente, fina,
teatral… muy a lo Rocío Jurado. Y sus maneras… mmmm, bueno… digamos que
discretas no eran precisamente.
Geroni era un
poquito afeminado o, más que afeminado, era una folclórica atrapada dentro de
un titán.
Y qué arte
tenía el condenao.
Mientras los
demás hablábamos de fútbol, bicicletas o videojuegos, él te soltaba:
— Niño, eso no
tiene sentimiento ninguno…
Y acto seguido
se arrancaba cantando una copla de Lola Flores, imitaba a Concha Piquer o se
emocionaba hablando de Manolo Caracol, que era su favorito. También adoraba a
Carmen Sevilla e Imperio Argentina. Se sabía canciones enteras, coplas
antiquísimas, y las cantaba en el patio como si estuviera actuando en un teatro
lleno.
Y claro… los
niños son crueles.
Muchos se
metían con él por sus gestos, por cómo hablaba o por las cosas que le gustaban.
Y lo más curioso era que, aunque Geroni parecía capaz de arrancar una portería
del suelo solo con un soplido, nunca se defendía. Bajaba la cabeza. Callaba. A
veces hasta lloraba.
Y daba pena y,
al mismo tiempo, rabia verlo así.
Porque en el
fondo era más bueno que el pan.
Así que, poco a
poco, algunos empezamos a juntarnos con él. A protegerlo. Y aquello era
ridículo y entrañable al mismo tiempo: cuatro renacuajos intentando defender a
un gigante de casi dos metros. Parecía que un grupo de ratones escoltara a un
elefante.
Pero Geroni nos
apreciaba de verdad. Se notaba muchísimo.
Cuando cogía
confianza y se animaba a jugar con nosotros, era un espectáculo… y también un
deporte de riesgo. Porque no controlaba su fuerza. Ni un poco.
Jugando a
fútbol, una carga suya te mandaba directamente a la otra punta del patio. Y
jugando a tocar y parar, un simple palmetazo suyo podía desmontarte media
espalda. Si se emocionaba demasiado porque se lo estaba pasando bien, aquello
ya era supervivencia pura.
—¡Geroni, más
flojooooo!
—¡Ay, perdón,
niño, que no mido!
Y cinco
segundos después… ¡PUM! Otro viaje.
Pero qué bien
nos lo pasábamos.
A veces, cuando
ordeno "EL BAÚL DE HAL" y encuentro algunas de estas figuras que
enseño, o escucho alguna copla antigua por la radio o en la tele, todavía me
acuerdo inevitablemente de él. Me quedo mirando al vacío durante unos minutos y
me pregunto qué habrá sido de su vida, dónde andará ese torbellino de dos
metros.
Me gusta
pensar, con una gran sonrisa en la cara, que el mundo exterior no logró
apagarlo ni cambiarlo. Me lo imagino viviendo en una gran ciudad, subido a un
escenario importante iluminado por focos de mil colores, vistiendo las
lentejuelas más brillantes de la tienda, cantándole al amor y al desamor con esa
voz maravillosa que merecía ser escuchada por todo el mundo. Me gusta pensar
que acabó siendo exactamente quien le dio la santa gana ser, sin esconderse de
nadie, sin pedir perdón y sin pedir permiso a los intolerantes.
Porque Geroni
tenía algo precioso que a la mayoría de la gente se nos olvida en el camino
gris hacia la madurez: era un tipo auténtico. No fingía otra personalidad para
caer bien. No intentaba parecer un tipo duro para que los demás lo respetaran.
No quería encajar en la sociedad a base de codazos. Él solo quería cantar sus
coplas en algún tranquilo rincón, regalar un poco de su arte a quien quisiera
escucharlo y que lo dejaran ser feliz a su manera.
Ojalá la vida, después de aquellos inviernos largos de mocos, frío y patio de colegio de cemento, le haya tratado con el mismo amor limpio y la misma generosidad con la que él nos miraba a nosotros. Brindo por ti, mi querido amigo gigante del folclore español. Allá donde estés ahora mismo, que nunca te falte aquel auténtico sentimiento que tenías cuando te conocí.


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