COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: LAS MEDALLAS FINOR Y EL AMOR DE MADRE

domingo, 3 de mayo de 2026

LAS MEDALLAS FINOR Y EL AMOR DE MADRE

Hoy no es un domingo cualquiera: es el primer domingo de mayo, y eso significa que hoy es el Día de la Madre. Algunas personas pueden abrazarlas y decirles "gracias, mamá" en persona. Otras las recuerdan desde la distancia, desde la memoria o desde ese rincón del corazón donde siguen presentes para siempre.

Pero todos compartimos lo mismo: el deseo sincero de agradecerles lo que hicieron, lo que hacen y lo que dejaron en nosotros. Y por eso quiero felicitar a todas las madres, y muy especialmente a la mía, con este pequeño y brillante recuerdo que tantos guardamos en la memoria y que muchos volveremos a compartir hoy.

Había un tiempo en que mayo no llegaba solo con flores. Llegaba con una cajita de terciopelo que los niños guardaban bajo la almohada, con la respiración contenida y el corazón a punto de estallar. Hablo de las medallas Finor, esas pequeñas obras de arte que durante los años 70's se convirtieron en el regalo más sagrado que un hijo podía ofrecer.

Eran los años del blanco y negro que lentamente se teñía de color, de los escaparates empañados en invierno y de las joyerías de barrio con campanilla en la puerta. Allí, sobre una bandeja de terciopelo azul oscuro, reposaban las medallas Finor, medallas del día de la madre.

Pero lo que realmente distinguía a estas medallas era su filosofía, aquella frase que aparecía en los anuncios de las revistas y en los propios estuches: "Dar mucho, pedir poco". Una declaración de intenciones que resumía a la perfección lo que significaba ser madre y lo que significaba agradecerlo. Los publicistas de entonces, aquellos genios anónimos que trabajaban en blanco y negro, lo entendieron a la perfección: no se trataba de vender una joya, sino de vender un sentimiento.

Y qué joyas. Fabricadas en oro de 18 quilates, las medallas Finor tenían ese brillo cálido que solo el tiempo bien empleado sabe dar. El anverso solía mostrar la imagen de una madre con su hijo, y con aquellas frases escritas, hoy poemas publicitarios más que recordados. El reverso, más sobrio, solía llevar la inscripción "Milagro de amor" o la ya citada "Dar mucho, pedir poco". Era como tener un poema colgado del cuello.

Los niños de entonces, nosotros, las comprábamos con monedas ahorradas durante semanas. Una peseta que sobraba del pan, el dinero de la hucha del Niño Jesús que se desviaba para esta causa más terrenal pero igual de divina, aquellos sobres de cromos que no llegamos a comprar en el kiosco o las chucherías que no adquirimos en la feria. Entrar en la joyería era como cruzar el umbral de un templo. El joyero nos miraba por encima de las gafas, sonreía con esa paciencia infinita que solo se tiene con los que están aprendiendo a ser agradecidos, y nos dejaba elegir.

Pero no siempre bastaba. En más de una ocasión el dinero reunido durante semanas no alcanzaba ni siquiera para la caja de terciopelo que guardaba la deseada medalla. Las monedas quedaban sobre el mostrador, pequeñas, insuficientes, como si el esfuerzo no pudiera terminar de completarse. Era entonces cuando el padre, con una sonrisa y una mirada breve pero suficiente, entendía sin palabras lo que estaba ocurriendo. Sin dramatismos ni explicaciones, intervenía de forma discreta, completando lo que faltaba con la naturalidad de quien sabe que hay momentos que no deben romperse. Gracias a esa aportación silenciosa, aquel pequeño ahorro infantil dejaba de ser insuficiente y se transformaba, finalmente, en una joya de oro de 18 quilates.

Y aquí viene el detalle que muchos recuerdan con especial ternura: las medallas se podían llevar de dos maneras. Las más clásicas colgaban de una cadenita de oro, eslabón a eslabón, tan fina que parecía un susurro. Pero las más entrañables eran las que venían con un broche de lazo de querubín. Ese lazo que engalanaba la medalla como si la vistieran para una ocasión especial. Las madres las prendían sobre el pecho, cerca del corazón, y allí quedaban, discretas pero presentes, acompañándolas en las compras del mercado, en las tardes de plancha, en las noches de fiebre infantil y en los domingos de misa.

El anuncio de televisión, primero en blanco y negro y después con esos colores pastel tan característicos de los 70's, mostraba a una madre joven que abría la cajita y su sonrisa iluminaba la pantalla del televisor del salón. Nosotros, los niños, mirábamos ese anuncio y sabíamos que queríamos provocar esa misma sonrisa a nuestra madre. Y la provocábamos.

Aquellos setenteros primeros domingos de mayo por la mañana, antes de que el café estuviera listo, el niño aparecía en el umbral de la habitación. Manos temblorosas. Pies descalzos sobre las baldosas frías. La cajita blanca con letras doradas Finor. La madre tardaba un segundo en abrir los ojos, otro en entender, y entonces ocurría el milagro: esa luz en la mirada que ningún hijo olvida jamás.

"No fue solo traerlo a la vida", decía otro de aquellos poemas publicitarios. "Por eso sus deditos han descubierto oro en su pecho".

Y así, durante años, esas medallas Finor acompañaron a madres y a hijos. Con el tiempo, la cadena o el lazo se fueron gastando. El oro se volvió más suave, más cálido, más vivido. Cada arañazo era una historia. Cada pequeño desperfecto, un abrazo.

Han pasado cincuenta años. Muchas de aquellas madres ya no están o sus hijos tienen ahora canas y nietos propios. Pero las medallas Finor siguen existiendo. Descansan en pequeños joyeros de madera con incrustaciones de nácar, entre alianzas antiguas, pulseras y collares heredados de otro tiempo.

Cuando hoy alguien ve una de estas medallas ocurre algo extraño: parece que guardan el calor de la piel y el eco de una generación entera. A veces, cuando la luz les da de cierta manera, todavía parecen recién regaladas. El metal sigue pareciendo tibio. No es un objeto viejo, es una conexión directa con la voz de una madre llamando desde la ventana al caer la tarde. Es la prueba de que el amor de una madre es, efectivamente, el único metal que nunca se oxida.

Aquellas pequeñas obras de arte de los años 70's siguen recordándonos que las joyas más valiosas no se tasan por sus quilates, sino por las veces que fueron apretadas entre las manos durante un deseo, un recuerdo o un simple "gracias, mamá".

¡Feliz Día de la Madre!




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