COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's

sábado, 27 de junio de 2026

LOS PAYASOS DE LA TELE: 50 AÑOS SIN FOFÓ

Hay recuerdos que no se desgastan con el tiempo; se quedan a vivir para siempre en el rincón más cálido de nuestra memoria. Para los que tuvimos la inmensa fortuna de ser niños en los años 70's y 80's, la infancia tiene un olor muy concreto: el de la merienda de pan con chocolate, las rodillas peladas de jugar en la calle y la luz parpadeante de aquel televisor que, primero en blanco y negro y luego a todo color, gobernaba el salón de casa. Y en ese altar de la inocencia, había una voz que lo cambiaba todo. Una voz que, con una simple pregunta, ponía a latir al unísono el corazón de millones de niños: "¿CÓMO ESTÁN USTEDES?".

Hace apenas unos días, el calendario nos susurraba que ya han pasado 50 años desde que esa voz se apagó en la tierra. Y aunque hoy sea sábado y la fecha exacta quedara atrás en la semana, el amor de aquel niño no entiende de días ni de retrasos, el recuerdo sigue latiendo con la misma fuerza. Medio siglo sin Alfonso Aragón Bermúdez. Medio siglo sin Fofó.

El 22 de junio de 1976, España entera se quedó un poco más huérfana. Yo era solo un crío, pero recuerdo perfectamente el impacto, esa extraña e inédita sensación de tristeza colectiva que inundó los hogares. Nuestro payaso preferido, el de la larga camisola roja, el sombrerito rojo ladeado, la sonrisa inmensa y la mirada limpia que parecía mirarte solo a ti a través del cristal de la pantalla, se marchaba repentinamente a los 53 años. Una hepatitis fulminante truncaba una recuperación que todos creíamos segura tras haber superado una operación de un tumor cerebral.

Fue la primera vez que muchos niños de mi generación descubrimos las lágrimas de los adultos. El dolor fue tan real que su hermano Miliki confesó tiempo después que su pelo se volvió blanco de golpe durante aquellos días de luto. Fofó se fue pronto, demasiado pronto, pero la muerte es incapaz de borrar a quien enseñó a reír a todo un país. Como bien dijo su hermano Gaby aquella noche rota: "Fofó no ha muerto, quien ha fallecido es Alfonso Aragón Bermúdez". Porque Fofó, el mito, se quedó a vivir en nosotros para siempre.

Pero la magia de los Payasos de la Tele no surgió de la nada en los estudios de Prado del Rey. Su historia es una epopeya que parece sacada de un cuento de hadas. Todo comenzó a finales del siglo XIX, en Granada, cuando un joven seminarista llamado Gabriel Aragón Gómez abandonó los hábitos tras quedar deslumbrado por Virginia Foureaux, una bellísima amazona equilibrista de un circo suizo. Cuando el joven le declaró su amor, ella le puso una condición inquebrantable: "Solo me casaré con un gran payaso". Y él, por amor, cambió la sotana por la nariz roja y se convirtió en "El Gran Pepino", fundando la dinastía circense más importante de nuestra historia.

De esa estirpe de quince hijos nació Emig (Emilio Aragón Foureaux), quien a su vez daría vida a los tres hermanos que cambiaron nuestras vidas: Gaby, Fofó y Miliki. Juntos formaron, en 1939, un trío infalible que, antes de conquistar España, tuvo que conquistar el mundo.

Muchos no lo saben, pero cuando llegaron a nuestras televisiones en 1973, ya eran estrellas internacionales consagradas. En 1946 se habían marchado de una España gris para un contrato de cuatro meses en Cuba, y terminaron quedándose veintisiete años en América. Fueron pioneros absolutos: inauguraron la primera televisión de habla hispana en La Habana, llenaron el emblemático Tropicana y terminaron recorriendo Estados Unidos y actuando en inglés en el mítico Show de Ed Sullivan.

Dominaban cinco idiomas, tocaban más de once instrumentos musicales y compartieron escenario y giras con leyendas de la talla de Buster Keaton, Cantinflas o Harpo Marx, de quien años más tarde su sobrino Emilio (Milikito) tomaría prestada la genial idea del cencerro y el personaje mudo.

Cuando por fin regresaron a España en los estertores del franquismo, trajeron consigo una bocanada de aire fresco, color y ternura que el país necesitaba desesperadamente. Inventaron una forma nueva de hacer reír, despojándose del maquillaje excesivo que a veces asustaba a los más pequeños para mostrarse humanos, cercanos, casi como tíos adoptivos.

Para su desembarco en TVE, el trio se consolidó definitivamente como un cuarteto inolvidable gracias a la incorporación de Fofito (Alfonso Aragón Sac). Nacido en Cuba, el hijo de Fofó aportó la energía de una nueva generación tocando el saxofón y, tras la dolorosa partida de su padre, asumiría en gran parte la responsabilidad de ser la voz cantante del grupo en discos posteriores como "La Familia Unida".

¿Quién de mi generación no se estremece al recordar la entrada al plató al ritmo de la música de Laurel y Hardy? Nos regalaron un cancionero que hoy forma parte de nuestro ADN emocional: el diálogo de Don Pepito y Don José, el ratón de Susanita o ese Feliz en tu día que compuso Miliki en Cuba.

Y, por supuesto, en ese altar de nuestra infancia es imposible olvidar las aventuras y los sketches. Allí brillaba con luz propia el impagable Señor Chinarro (Fernando Chinarro), el "sufridor" oficial de las gamberradas de los payasos. Con su seriedad inquebrantable, su paciencia infinita y aquellos tortazos que se pegaba por culpa de los equívocos ("ojos que no ven... ¡tortazo que te pegas!"), se convirtió en el cómplice perfecto para crear un universo donde el absurdo era la mayor de las corduras.

Esa magia alcanzaba su cénit cuando llegaba diciembre. Aquellos especiales navideños (como el mítico "Cantar y reír") eran el acontecimiento del año. En una época en la que la Navidad se sentía de otra manera, reunirnos toda la familia en el salón para ver el gran circo de TVE, entre turrones y el olor a hogar, era tocar el cielo con las manos.

Eran programas más largos, mágicos, llenos de invitados, música y una calidez tan inmensa que lograban que las frías tardes de vacaciones parecieran eternas y felices. El grupo se dejaba la piel en esas fechas, incluso años después, Fofito y Rody seguían cruzando el país de norte a sur en plena Nochebuena para cumplir con las galas circenses y no dejar a ningún niño sin su ración de ilusión navideña.

Luego la vida siguió su curso, la carpa se desmontó a principios de los 80's, llegaron las separaciones inevitables del grupo y los caminos individuales. Pero el milagro ya se había obrado.

Años más tarde, Miliki nos bautizó con el nombre más hermoso posible: "A mis niños de 30 años" (que hoy ya sumamos unos cuantos más). Nos reunió de nuevo alrededor de un disco sinfónico para demostrarnos que el tiempo puede envejecer los cuerpos, pero nunca la risa limpia que ellos nos sembraron en el pecho.

Cincuenta años después de perder a Fofó, miro atrás con una mezcla de nostalgia y gratitud infinita. Fuimos niños dichosos porque ellos cuidaron de nuestra infancia. Por eso, si hoy cerrara los ojos y volviera a escuchar desde el más allá ese grito de "¿CÓMO ESTÁN USTEDES?", respondería con la misma fuerza, con la voz rota de la nostalgia, pero con el corazón de aquel niño de los setenta:

¡Fofó, Gaby, Miliki, Fofito... os seguimos queriendo! ¡BIEEEEEEEN!































Los payasos de la tele, Gaby, Miliki y Fofito, anuncian la muerte del payaso Fofó

sábado, 20 de junio de 2026

QUEEN – A KIND OF MAGIC: NUEVE CANCIONES, CUARENTA AÑOS DE MAGIA Y TODA UNA VIDA DE RECUERDOS.

Corría el año 1987 cuando se me presentó la oportunidad de viajar a Suiza con un contrato de trabajo y pasar allí una temporada. Con apenas 18 años, no me lo pensé dos veces: preparé la maleta y puse rumbo a un bonito pueblecito del cantón francófono. Mi intención era sencilla: ahorrar algo de dinero antes de ir a la mili y dejar de depender un poco de mis padres, que bastante habían hecho ya por mí y seguían haciendo. Así que decidí probar fortuna. Y allá me fui, con más ilusión que certezas.

No quiero extenderme demasiado, pero puedo decir que aquella experiencia fue, sin duda, una de las más enriquecedoras de mi juventud. Descubrí lugares, conocí gente y aprendí a valerme por mí mismo. Pero también hubo momentos de nostalgia. Era la primera vez que estaba tan lejos de casa y echaba mucho de menos a mi familia, a mis amigos y, cómo no, a alguna que otra chica especial que ocupaba mis pensamientos más de la cuenta.

En esos días en los que la añoranza apretaba, solía acercarme a La Placette, un gran centro comercial de la cercana localidad de Monthey. Allí encontraba un pequeño refugio entre escaparates, discos y recuerdos por construir. Recuerdo perfectamente cuál fue el primer disco que compré allí: A Kind of Magic, de Queen.

Puede parecer una tontería, pero aquel disco terminó convirtiéndose en mucho más que un puñado de canciones. Fue la banda sonora de una etapa única de mi vida. Sonaba en los días buenos, pero sobre todo en aquellos en los que la distancia pesaba un poco más. Y todavía hoy, cuando vuelve a sonar, me devuelve a aquel joven de 18 años que intentaba abrirse camino lejos de casa, con una mezcla de ilusión, incertidumbre y sueños por cumplir.

Por eso, los Minutos Musicales de hoy están dedicados a A Kind of Magic, uno de los discos de Queen que más significado tiene para mí. No solo por su enorme calidad musical, sino por la cantidad de recuerdos que guarda entre sus surcos.

Además, esta entrada tenía una cuenta pendiente. En el 2021 publiqué un pequeñito post sobre el viaje que realicé a Suiza 34 años después de aquella aventura juvenil. Compartí algunas fotografías y recordé cómo aquel regreso coincidió con el 30 aniversario de la muerte de Freddie Mercury. Ya entonces escribí que aquel viaje había sido uno de los más nostálgicos y emotivos de mí vida, porque cada rincón parecía despertar recuerdos que creía dormidos. También prometí que algún día os explicaría el motivo de tanta emoción. Hoy, por fin, puedo decir que esa promesa con este post queda cumplida.

(Post 30 AÑOS SIN FREDDIE MERCURY)

Y, por si fuera poco, este mes de junio nos ha regalado otro motivo para celebrar. El pasado 2 de junio de 2026, A Kind of Magic cumplió nada menos que 40 años. Cuatro décadas de magia desde que Queen publicara, en 1986, uno de los trabajos más emblemáticos, espectaculares y populares de toda su trayectoria. Aunque llegue con unos días de retraso, en nuestra sección de Minutos Musicales no quería dejar pasar una fecha tan especial.

También merece la pena recordar que este trabajo está estrechamente ligado a Highlander (Los Inmortales), una de mis películas favoritas de los años 80's. La épica de sus imágenes y la fuerza de la música de Queen forman una combinación difícil de olvidar. Temas como "One Vision", "A Kind of Magic", "Who Wants to Live Forever" o "Friends Will Be Friends" han sobrevivido al paso del tiempo y siguen sonando con la misma fuerza que entonces. Con este disco, Queen volvió a demostrar por qué era una de las bandas más grandes del planeta.

Y poco más que añadir. Hoy toca viajar cuarenta años atrás, desempolvar recuerdos y dejar que la música haga lo que mejor sabe hacer: devolvernos, aunque sea por unos minutos, a lugares y momentos que creíamos lejanos, pero que siguen viviendo intactos en algún rincón de nuestra memoria. 


HOY EN NUESTRA SECCIÓN DE “MINUTOS MUSICALES” QUEEN – A KIND OF MAGIC

One Vision


A Kind of Magic

One Year of Love 

Pain Is So Close to Pleasure 

Friends Will Be Friends 

Who Wants to Live Forever

Gimme the Prize (Kurgan’s Theme)

Don’t Lose Your Head

Princes of the Universe 

sábado, 13 de junio de 2026

LAS POSTALES 3D: PEQUEÑAS VENTANAS A UN MUNDO MÁGICO

Estos días es imposible encender la televisión o abrir los periódicos sin encontrarse con las imágenes de la visita del Papa León XIV a España. Lo hemos visto rodeado de multitudes en Madrid y, posteriormente, en Barcelona, enmarcando su viaje en dos acontecimientos históricos de inmensa carga espiritual y cultural: el Centenario de la muerte de Antoni Gaudí y la celebración del Milenario de la fundación del Monasterio de Montserrat. Ver al Pontífice bendiciendo la imponente Torre de Jesucristo en una Sagrada Familia que ya roza su culminación, o subiendo a la icónica montaña santa antes de continuar su viaje hacia las Islas Canarias, estremece. Sin embargo, hoy la forma en que el mundo congela esos hitos es idéntica: miles de brazos alzados sosteniendo pantallas de teléfonos móviles, capturando píxeles que probablemente se perderán en la inmensidad de la nube digital.

Ver esas escenas me empujó a hacer un viaje particular. Fui a rebuscar en mi propio "baúl de los recuerdos" y, de manera curiosa, pasado y presente parecieron darse la mano. Entre fotografías, recortes y pequeños objetos de otra época, volvieron a mis dedos unas postales casi mágicas, y entre ellas dos piezas muy especiales de mi colección: dos postales lenticulares en 3D, una dedicada a la Virgen de Montserrat y otra a la Sagrada Familia.

Al moverlas bajo la luz y ver cómo cobraba vida su relieve con esa gran profundidad, no pude evitar sonreír ante la ironía del tiempo. Esos mismos escenarios que hoy celebran efemérides tan formidables y se fotografían con tecnología de última generación, descansaban en mis manos impresos en el formato que fascinó a nuestra infancia en los años 70's. En aquella época, no hacían falta pantallas ni grandes despliegues digitales; el recuerdo de los lugares sagrados, monumentos y escenarios de la naturaleza se llevaba a casa en forma de una cartulina rugosa que parecía obrar un pequeño milagro tridimensional.

Pero para mí, estas dos piezas tienen un significado todavía más profundo. Crecí a escasa distancia de la Sagrada Familia. Durante mi infancia jugué incontables veces en el parque de enfrente, a la sombra de las torres del templo (ese sueño de piedra que Gaudí ideó y que hoy, cien años después de su partida, el mundo contempla al fin casi terminado), las cuales formaban parte de mi paisaje cotidiano. Al salir de casa estaban allí, dominando el horizonte como una presencia familiar que uno acaba dando por sentada, sin imaginar que algún día se convertirían en uno de los recuerdos más entrañables de toda una vida.

Montserrat también ocupa un lugar igualmente sagrado en mi memoria familiar. Que el monasterio cumpla ahora mil años de historia viva nos recuerda la cualidad eterna de un destino que siempre estuvo cargado de emoción; uno de esos rincones que conservan algo difícil de explicar con palabras. La montaña recortada contra el cielo, el santuario milenario, la imagen de la Moreneta y el silencio de sus senderos han acompañado muchos momentos importantes de nuestras vidas. Para nosotros, Montserrat siempre ha tenido algo de mágico, una espiritualidad que ha resistido el paso de los siglos y que hoy resuena con más fuerza que nunca.

Y es que, en aquellos años de nuestra niñez, bastaba inclinar un poquito esas postales para que ocurriera el prodigio. Un paisaje nevado ganaba fondo, unos ojos de niña parecían moverse o guiñarte un ojo, un ramo de flores se adelantaba hacia quien lo miraba. Las postales lenticulares (aquellas que llamábamos simplemente postales 3D) no eran meras fotografías. Eran pequeños teatros de papel y plástico que guardaban un secreto, despertando la imaginación y convirtiendo el correo en una ceremonia pequeña, casi íntima.

El truco se llamaba impresión lenticular: una fina lámina de plástico con diminutas lentes que, al cambiar el ángulo de visión, revelaban distintas perspectivas de una misma imagen. Para la época, aquello parecía sacado de un laboratorio de efectos especiales. En unos años en los que la ciencia ficción aún habitaba las páginas de las novelas y las televisiones en blanco y negro, aquellas cartulinas traían un pedazo de futuro a la palma de la mano.

Pero su encanto iba mucho más allá de la técnica; pertenecían a un mundo donde las cosas se contemplaban despacio. Llegaban dentro de sobres que se abrían con cuidado, se sostenían como un tesoro y se inclinaban una y otra vez, bajo la luz de la ventana o el flexo del salón, solo por el placer de ver cómo la magia se repetía. Los motivos eran tan variados como evocadores: paisajes alpinos con nieve perpetua, ramos de flores imposibles, cachorros de mirada tierna, vírgenes con niño y felicitaciones navideñas repletas de velas, campanas y ramas de abeto, entre otros muchos. Muchas estaban bañadas en colores intensos y un aire idealizado que hoy, al verlas, resulta inconfundiblemente setentero.

En Navidad alcanzaban su momento cumbre. Llegaban por correo para felicitar las fiestas y se ganaban un lugar de honor sobre el aparador, junto al belén o apoyadas en el espejo del recibidor. Durante semanas formaban parte de la decoración de la casa. Los niños las observaban fascinados, intentando adivinar dónde se escondía el truco, mientras los mayores admiraban aquella innovación que marcas como Top Stereo, producida por la japonesa Toppan Printing, llevaron a medio mundo. Se vendían en papelerías, kioscos y tiendas de recuerdos; eran económicas, llamativas y representaban un lujo pequeño, alcanzable, una manera especial de decir "te recuerdo" con un mensaje que se movía o que tenía una gran profundidad.

Contemplar hoy una de esas postales produce una emoción difícil de explicar. Quizá porque aún conservan su capacidad de asombrar, o porque en ellas se adivina una época en la que la novedad tecnológica podía ser todavía inocente y hermosa. O tal vez, simplemente, porque cada postal encierra una historia: unas vacaciones lejanas, una felicitación escrita con esmero, la letra de unos padres que ya no están, un recuerdo de infancia que se inclina entre los dedos.

Sirvan estas líneas como un tierno rescate de esa geografía sentimental. Las postales 3D son mucho más que piezas de coleccionismo: son fragmentos de memoria impresos en cartón y plástico, pequeñas cápsulas del tiempo que conservan intacta la ilusión de una generación. Al moverlas entre las manos, la imagen sigue transformándose igual que hace cincuenta años. Y de pronto, mientras la profundidad aparece ante nuestros ojos, en el gran centenario de un genio y en el milenario de un monasterio en una montaña sagrada, junto a la presencia de la Virgen negra de Montserrat, la humilde belleza de una cartulina se une en un mismo pensamiento: la certeza de que la verdadera magia sigue viva en aquello que el tiempo no desea borrar. 








sábado, 6 de junio de 2026

DONALD F. DUNCAN Y LA REVOLUCIÓN DEL YO-YO

Hoy, 6 de junio, se celebra el Día Mundial del Yo-Yo, un juguete conocido en todo el mundo por su técnica particular y su forma característica de juego, disfrutado tanto por niños como por adultos.

Me habría gustado enseñaros toda mi colección de yo-yos, especialmente algunos modelos clásicos de Fanta. Son piezas que tienen para mí un valor muy especial, no solo por lo que representan dentro del mundo del juguete, sino también por la nostalgia que despiertan y por lo que significaron en una época en la que este tipo de promociones tenían un encanto único.

Sin embargo, por falta de tiempo, y ya que hoy también se celebra el cumpleaños del Sr. Duncan (otro de los grandes protagonistas de esta historia), vamos a centrarnos un poco más en su papel en la popularización del yo-yo tal y como lo conocemos hoy en día. Y también mencionaré y enseñaré algunos de sus modelos más emblemáticos, que forman parte de la evolución tan curiosa y divertida de este juguete.

En cualquier caso, si hay algo que quiero destacar, es que mis favoritos dentro de la colección son los yo-yos promocionales de Fanta. Sus colores y su estética tan reconocible los convierten en piezas especialmente significativas para mí, ligadas tanto a mi infancia como a mi afición por este mundo.

De hecho, todavía conservo algunos de ellos guardados con mucho cuidado en “EL BAÚL DE HAL”, un rincón muy especial donde guardo estas pequeñas piezas de historia del juguete, junto a otros yo-yos de marcas clásicas como "Russell" y otras que también forman parte de mi colección.

En próximos posts os iré enseñando poco a poco todo ese material relacionado con los yo-yos y con otros objetos que, aunque no sean estrictamente yo-yos, están directamente vinculados a este fascinante mundo del juguete y su historia mmmm fijo que queda pendiente para futuras entradas.

Este juguete fue muy popularizado por Donald F. Duncan, quien eligió la fecha de su nacimiento (6 de junio de 1892) para conmemorar esta efeméride. Se cree que el término "yo-yo" tiene origen filipino; en tagalo significa "viene-viene", en referencia al movimiento de ida y vuelta que realiza el juguete a lo largo de la cuerda.

El yo-yo existe desde hace miles de años (hay referencias históricas y piezas antiguas en Grecia y otras culturas desde alrededor del 500 a. C., aunque no está del todo claro si funcionaban exactamente como los modernos).

El verdadero pionero en Estados Unidos fue Pedro Flores, un inmigrante filipino que trabajaba como botones en un hotel de Santa Mónica, California, en la década de 1920. En sus ratos libres, Pedro tallaba bloques de madera y jugaba con ellos, dando forma a un juguete compuesto por dos discos de madera (o de otros materiales) unidos por el centro con un eje.

Este iba sujeto a un cordón que se enrollaba y se ataba al otro extremo al dedo índice o corazón de la mano, permitiendo hacerlo subir y bajar. Los huéspedes se quedaban embobados mirándolo, fascinados por aquellos movimientos y por las auténticas virguerías que hacía con aquellos juguetes. Pedro se dio cuenta del negocio y fundó la Flores Yo-Yo Company.

Pero su verdadera aportación a la humanidad (y no es broma) fue el sistema de cuerda con lazo (lo que después se conocería como slip-string o cuerda en bucle): antes de Pedro, la cuerda se ataba firmemente con un nudo fijo al eje de madera. El yo-yo bajaba y subía inmediatamente.

La genialidad de Pedro fue que, en lugar de un nudo, hizo un lazo suelto alrededor del eje. Esto reducía el roce y permitía que el yo-yo se quedara girando abajo sin subir de inmediato. Acababa de nacer el "sleeping" (el yo-yo "dormido" o "dormilón"), la base de absolutamente todos los trucos modernos, como pasear al perro o la vuelta al mundo.

Aquí entra nuestro protagonista: Donald F. Duncan, un hombre de negocios de pies a cabeza. De hecho, antes de los yo-yos, el tipo ya se había hecho de oro inventando y comercializando con éxito el parquímetro y las franquicias de helados Good Humor.

En 1929, Duncan vio el yo-yo de Flores en acción y olió el dinero. Le compró la empresa y los derechos a Flores por una suma estimada de unos cientos de miles de dólares de la época (la cifra exacta varía según las fuentes; se suele citar alrededor de 250.000 $), una auténtica fortuna en plena Gran Depresión.

¿Y qué hizo Duncan para que un trozo de madera circular se convirtiera en una obsesión nacional? Marketing agresivo y campañas muy inteligentes. Duncan se alió con el magnate de los medios William Randolph Hearst.

Idearon una campaña en la que, en algunos concursos locales de yo-yo donde se regalaban bicicletas y juguetes, los niños debían conseguir suscripciones nuevas para el periódico de Hearst para poder participar o mejorar su posición en el concurso. El resultado fue un enorme impulso tanto para el periódico como para las ventas de yo-yos.

Duncan contrató a decenas de jóvenes filipinos (incluyendo al propio Pedro Flores durante un tiempo) y los mandó por todo el país. Llegaban a las plazas de los pueblos mostrando trucos imposibles. Los niños, al verlos, querían el juguete inmediatamente.

La nostalgia de los años 60's llevó a Duncan a su época dorada. En 1962, Duncan lanzó una campaña masiva en televisión con el eslogan "If it isn't a Duncan, it isn't a yo-yo", que se traduce como "Si no es un Duncan, no es un yo-yo".

Ese año se vendieron decenas de millones de yo-yos en EE. UU., en un mercado infantil gigantesco. La frase de "más yo-yos que niños" es una expresión publicitaria, no un dato literal verificable. De hecho, el 6 de junio se celebra el Día Mundial del Yo-Yo precisamente en honor al cumpleaños de Donald F. Duncan, como reconocimiento a su papel en la popularización global del juguete.

Pero aquí llegó el giro trágico: Duncan había registrado la palabra "yo-yo" como marca comercial en 1932. Durante años tuvo un control casi total del término en el mercado estadounidense.

En 1965, la empresa rival Royal Tops los demandó. El juez federal dictaminó que la palabra "yo-yo" se había vuelto tan común en el lenguaje popular que ya era un término genérico (lo que hoy se llama vulgarización de marca, como pasó con Aspirina o Celofán). Duncan perdió los derechos exclusivos del nombre "yo-yo".

Entre los gastos legales y la presión del mercado, la compañía entró en una fuerte crisis en esa época y la estructura original de Duncan desapareció como empresa independiente.

El nombre e historia de Duncan no murieron ahí. Los activos y la marca fueron adquiridos por Flambeau Plastics, una compañía que ya fabricaba modelos de plástico para Duncan. Ellos mantuvieron viva la marca y la orientaron hacia yo-yos clásicos de plástico como el Duncan Imperial o el Duncan Butterfly, introducido como un diseño más moderno pensado para facilitar trucos avanzados gracias a su forma más abierta y estable en la cuerda.

Como datos curiosos: si lees en algún sitio que el yo-yo se usaba como arma de caza en Filipinas en el siglo XVI, es falso. Fue una historia de marketing creada por el equipo de Duncan en los años 30's para darle un aire exótico y llamativo al juguete.

En 1974, el presidente Richard Nixon participó en un evento donde se le enseñó a usar un yo-yo. Existen imágenes famosas de él practicando de forma bastante torpe. Uno de aquellos yo-yos relacionados con ese evento llegó a subastarse años después por una muy elevada cifra económica.

En 1985, un yo-yo de Duncan viajó al espacio a bordo del transbordador Discovery. En microgravedad, el comportamiento cambia completamente: no se puede mantener el "sleep" como en la Tierra, ya que el yo-yo no permanece en tensión de la misma forma y flota en la cuerda.

Y ya para terminar, os enseño estos modelos clásicos de Duncan pertenecientes a mi colección y que saqué de "EL BAÚL DE HAL".

Los bonitos, brillantes y coloridos Duncan Imperial, el ágil y acrobático Duncan Butterfly, de refinadas líneas aerodinámicas, el enigmático Duncan Midnight Special, tan oscuro y negro como las profundidades del espacio sideral, y el fluorescente y majestuoso Duncan Glow, que resplandece en la oscuridad como si fuera radiactivo.

¡Feliz Día Mundial del Yo-Yo!










domingo, 31 de mayo de 2026

EXÁMENES, DEBERES… Y DRAGON BALL

¿Quién necesita pasar tardes enteras encerrado en su cuarto, dejándose la vista intentando memorizar las capitales de Europa o peleándose con las tablas de multiplicar a última hora?

Seamos honestos: cuando llegan los exámenes finales y junio aprieta, los métodos de estudio de toda la vida se quedan un poco… cortos.

Por suerte, existía una estrategia mucho más sencilla, legendaria y sospechosamente infalible. Una técnica que, si creciste en los 90's, probablemente recuerdas mejor que cualquier tema de ciencias naturales jajajajaja.

El plan perfecto no estaba en los libros… estaba en otra parte.

Padre: — Dime, hijo… ¿Cómo piensas aprobar el curso si no te veo abrir un solo libro y te pasas el día pegado al televisor?

Hijo: — Muy fácil, papá… ¡Shenron, aparece y concédeme mi deseo! 

Admítelo: si creciste en los 90's, esa frase te acaba de desbloquear un recuerdo automático.

De repente estás otra vez en casa, tirando la mochila al suelo al llegar del cole, encendiendo la televisión de tubo a toda velocidad y llegando justo a tiempo para la intro de "Luz, fuego, destrucción". Era casi un ritual sagrado.

Tardes en las que el mundo se detenía media hora exacta. Media hora en la que no existían los deberes, ni los dictados, ni los exámenes del día siguiente… solo tú y la televisión.

Y ahí estaba: Dragon Ball.

Curiosamente, sabías perfectamente cómo lanzar un Kame Hame Ha, entendías lo que significaba convertirse en Superguerrero y te sabías de memoria las batallas contra Célula o el monstruo Bú… pero las matemáticas seguían siendo otro universo mucho más complicado.

Porque cruzar el Camino de la Serpiente parecía más fácil que un examen sorpresa. Entrenar bajo una gravedad cien veces superior sonaba más razonable que un control de lengua sin avisar. Y buscar las Bolas de Dragón con el radar de Bulma era, sinceramente, más sencillo que estudiar todo el temario la noche antes de un examen final en junio jejejeje.