La llave abrelatas era un poema metálico sin pretensiones: un pequeño tesoro de hierro doblado que venía pegado al lateral de las latas de conserva, como si fuera un amuleto secreto que solo las madres sabían activar. Nada que ver con los abre-fácil de ahora, que tiras de una anilla y, en dos segundos, ya tienes el atún dispuesto a declarar su guerra aromática por toda la cocina. No. Antes había que tener la llave. Y con un poco de maña, y a veces bastante paciencia, convertir aquella lata en una especie de obra de ingeniería doméstica.
La llave de un mundo de sabor que se abría con un sonido concreto, como el de una caracola marina, como si la propia lata estuviera contando un secreto. Donde el metal tenía voz. Las latas llevaban aquella lengüeta que había que encajar en una estrecha ranura de la llave y empezar a girar. Clac, clac, clac... Y mientras lo hacías, la chapa se enrollaba sobre sí misma, soltando un olor a sal y a antaño que se mezclaba con el aceite brillante que salpicaba la encimera de la cocina. La lata se abría lentamente, revelando su tesoro: sardinas en aceite, anchoas del Cantábrico, mejillones en escabeche... y también recuerdos.
Aunque, bien pensado, el verdadero premio no era la lata. Era el bocadillo que preparaban nuestras madres para el recreo. Aquellos bocatas tenían algo que los de ahora, envueltos en papel de aluminio y perfectamente empaquetados, quizá no puedan tener nunca. Eran bocadillos con historia. Pan, sardinas, atún, anchoas, caballa... y aquel aceite que siempre encontraba el camino más corto hacia nuestros dedos, nuestra cartera o el bolsillo del pantalón.
Porque nuestras madres tenían dos opciones para envolver semejante obra de arte: papel de estraza, sí, aquel papel marroncito, humilde y resistente; o, cuando no había otra cosa a mano, papel de periódico. Y ahí sí que alcanzábamos la excelencia. Abríamos el envoltorio durante el recreo y aparecía aquel bocata con el periódico pegado, dejando sus correspondientes lamparones circulares de aceite. El titular de la noticia podía hablar de ministros, fútbol, cosechas o de cualquier desgracia nacional, pero a nosotros nos importaba bastante poco. Teníamos sardinas. Y qué olor.
Aquel olor que hoy nos parecería capaz de desalojar un colegio entero, entonces era simplemente el olor del recreo. Un compañero sacaba su bocata y, de repente, media clase sabía que allí había atún. Otro aparecía con anchoas y parecía que acababa de atracar una lonja entera. Y quizá aquel clac, clac, clac metálico era también el preludio de una merienda, de una excursión o de una cena improvisada, mientras nuestra madre, con paciencia de orfebre, desenrollaba aquella tira de hojalata como si fuera una cinta plateada.
Y aquellas pequeñas llaves abrelatas, siempre relucientes, siempre humildes, siempre destinadas a desaparecer misteriosamente después de cumplir su misión. Algunas acababan en un cajón de la cocina, otras se convertían, quién sabe cómo, en juguetes improvisados. Eran pequeñas cosas sin importancia que, sin saberlo, íbamos guardando dentro de la memoria. Hoy las latas se abren solo con un clac. Limpio, rápido, práctico.
Pero a veces uno echa de menos aquel clac, clac, clac de la pequeña llave girando sobre la hojalata. Porque quizá no echamos de menos la llave. Echamos de menos a la madre que preparaba el bocadillo, el papel de estraza o periódico, las manchas de aceite, el patio del colegio, el recreo y aquella edad en la que una lata de sardinas podía contener, además de sardinas, todo un pedacito de felicidad.
Pero, ¿de dónde había salido aquella pequeña llave? ¿Quién decidió que una lata debía abrirse así, con una lengüeta, una ranura y aquella paciencia casi artesanal? Para entender cómo llegó hasta nuestros cajones de cocina hay que retroceder mucho más de lo que parece. Mucho antes de nuestros bocadillos del recreo, aquellas latas ya acompañaban a soldados, marineros y exploradores.
Todo arrancó con Napoleón, que ofreció una recompensa de 12.000 francos a quien encontrara una solución para conservar mejor los alimentos durante sus campañas militares. En 1809, el francés Nicolás Appert dio con la clave: conservar la comida calentándola en tarros de cristal sellados con corcho, alambre y cera. Un año después, en 1810, el británico Peter Durand tomó esa idea y patentó la lata de hojalata tal como la conocemos.
Pero fabricar la lata fue una cosa, y abrirla, otra completamente distinta. Las primeras latas se hacían con hierro tan grueso que una lata vacía podía pesar hasta 3 kilos. Las instrucciones de la época eran, literalmente, abrirlas a golpe de escoplo y martillo. Los soldados británicos, que ya llevaban latas en sus macutos desde 1812, recurrían a métodos todavía más expeditivos: bayonetazos, navajazos e incluso disparos de fusil. El explorador William Parry se llevó en 1824 latas al Ártico con una inscripción que no dejaba lugar a dudas: "Ábrase con escoplo y martillo".
El asunto de las latas incluso terminó en la prensa y en la historia con mayúsculas. En 1852, The Times denunció que un contratista llamado Stefan Goldner había suministrado a la Marina Real Británica carne en conserva podrida. Ese mismo proveedor había abastecido también a la expedición de Sir John Franklin, desaparecida en el Ártico en 1845. Décadas después, al exhumar los cuerpos de aquellos hombres en los años 80's, los científicos descubrieron que habían sufrido intoxicación por plomo, procedente de la soldadura usada para sellar las latas, un envenenamiento que pudo minar su juicio y su resistencia en un entorno ya de por sí extremo.
La solución de fondo llegó en 1866, cuando el neoyorquino J. Osterhoudt patentó la llave giratoria, nuestra protagonista de hoy: una lengüeta metálica en la lata, una ranura en la llave, y a girar, enrollando la tapa como una cinta de regalo. El sistema triunfó porque cada lata llevaba ya su propio abrelatas incorporado, sin necesidad de herramientas externas.
España tiene un capítulo propio y poco conocido en esta historia. En 1906, el gallego José Valle Armesto, nacido en Vilaseca (Lugo), patentó en Gijón "El Explorador Español": el primer abrelatas multiusos de bolsillo del mundo. Con solo tres piezas metálicas servía para abrir latas, perforar envases, destapar botellas de tapón de corona y hacer de destornillador. Su publicidad lo llamaba "el amigo inseparable del excursionista". El invento tuvo tanto éxito que fue copiado en todo el mundo, el abrelatas P-38 del ejército de Estados Unidos es prácticamente una copia del modelo español, y se sigue fabricando hoy exactamente igual, más de un siglo después, pero de este abrelatas para casa y para aventureros ya hablaremos otro día.
No todos los diseños intermedios fueron un acierto. En 1858, Ezra Warner patentó un abrelatas con forma de hoz tan peligroso que no se vendía para uso doméstico: era el propio dependiente de la tienda quien tenía que abrir la lata antes de entregársela al cliente, para evitar accidentes.
El sistema de la llave empezó a desaparecer en los años 70’s y 80’s, sustituido por las tapas de "abre fácil". Ese invento, el de la anilla que hoy usamos sin pensar, se lo debemos al ingeniero mecánico estadounidense Ernie Fraze, que lo desarrolló en 1959 después de tener que abrir una lata con el parachoques de su coche por haber olvidado la llave en casa.
Qué ironía que el olvido de una llave terminara por jubilarlas a todas. Porque desde aquel día, el mundo ganó en rapidez lo que perdió en ceremonia. La anilla no pide paciencia, no huele a hierro ni a antaño, no deja lamparones de aceite ni exige la maña de una madre curtida en mil bocadillos. Se abre y ya está. Un clac seco, sin alma, sin historia que contar.
Pero si uno cierra los ojos todavía puede oírla: aquella llave diminuta, brillante, casi ceremonial, girando despacio sobre la hojalata. Clac, clac, clac. El sonido de una época que no volverá, guardado para siempre, como las propias llaves, en algún cajón de la memoria.







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