Hoy no es un domingo cualquiera: es el primer domingo de mayo, y eso significa que hoy es el Día de la Madre. Algunas personas pueden abrazarlas y decirles "gracias, mamá" en persona. Otras las recuerdan desde la distancia, desde la memoria o desde ese rincón del corazón donde siguen presentes para siempre.
Pero todos compartimos lo mismo: el deseo
sincero de agradecerles lo que hicieron, lo que hacen y lo que dejaron en
nosotros. Y por eso quiero felicitar a todas las madres, y muy especialmente a
la mía, con este pequeño y brillante recuerdo que tantos guardamos en la
memoria y que muchos volveremos a compartir hoy.
Había un tiempo en que mayo no llegaba solo
con flores. Llegaba con una cajita de terciopelo que los niños guardaban bajo
la almohada, con la respiración contenida y el corazón a punto de estallar.
Hablo de las medallas Finor, esas pequeñas obras de arte que durante los años
70's se convirtieron en el regalo más sagrado que un hijo podía ofrecer.
Eran los años del blanco y negro que
lentamente se teñía de color, de los escaparates empañados en invierno y de las
joyerías de barrio con campanilla en la puerta. Allí, sobre una bandeja de
terciopelo azul oscuro, reposaban las medallas Finor, medallas del día de la
madre.
Pero lo que realmente distinguía a estas
medallas era su filosofía, aquella frase que aparecía en los anuncios de las
revistas y en los propios estuches: "Dar mucho, pedir poco". Una
declaración de intenciones que resumía a la perfección lo que significaba ser
madre y lo que significaba agradecerlo. Los publicistas de entonces, aquellos
genios anónimos que trabajaban en blanco y negro, lo entendieron a la
perfección: no se trataba de vender una joya, sino de vender un sentimiento.
Y qué joyas. Fabricadas en oro de 18
quilates, las medallas Finor tenían ese brillo cálido que solo el tiempo bien
empleado sabe dar. El anverso solía mostrar la imagen de una madre con su hijo,
y con aquellas frases escritas, hoy poemas publicitarios más que recordados. El
reverso, más sobrio, solía llevar la inscripción "Milagro de amor" o
la ya citada "Dar mucho, pedir poco". Era como tener un poema colgado
del cuello.
Los niños de entonces, nosotros, las
comprábamos con monedas ahorradas durante semanas. Una peseta que sobraba del
pan, el dinero de la hucha del Niño Jesús que se desviaba para esta causa más
terrenal pero igual de divina, aquellos sobres de cromos que no llegamos a
comprar en el kiosco o las chucherías que no adquirimos en la feria. Entrar en
la joyería era como cruzar el umbral de un templo. El joyero nos miraba por
encima de las gafas, sonreía con esa paciencia infinita que solo se tiene con
los que están aprendiendo a ser agradecidos, y nos dejaba elegir.
Pero no siempre bastaba. En más de una ocasión
el dinero reunido durante semanas no alcanzaba ni siquiera para la caja de
terciopelo que guardaba la deseada medalla. Las monedas quedaban sobre el
mostrador, pequeñas, insuficientes, como si el esfuerzo no pudiera terminar de
completarse. Era entonces cuando el padre, con una sonrisa y una mirada breve
pero suficiente, entendía sin palabras lo que estaba ocurriendo. Sin
dramatismos ni explicaciones, intervenía de forma discreta, completando lo que
faltaba con la naturalidad de quien sabe que hay momentos que no deben
romperse. Gracias a esa aportación silenciosa, aquel pequeño ahorro infantil
dejaba de ser insuficiente y se transformaba, finalmente, en una joya de oro de
18 quilates.
Y aquí viene el detalle que muchos recuerdan
con especial ternura: las medallas se podían llevar de dos maneras. Las más
clásicas colgaban de una cadenita de oro, eslabón a eslabón, tan fina que
parecía un susurro. Pero las más entrañables eran las que venían con un broche
de lazo de querubín. Ese lazo que engalanaba la medalla como si la vistieran
para una ocasión especial. Las madres las prendían sobre el pecho, cerca del
corazón, y allí quedaban, discretas pero presentes, acompañándolas en las
compras del mercado, en las tardes de plancha, en las noches de fiebre infantil
y en los domingos de misa.
El anuncio de televisión, primero en blanco y
negro y después con esos colores pastel tan característicos de los 70's,
mostraba a una madre joven que abría la cajita y su sonrisa iluminaba la
pantalla del televisor del salón. Nosotros, los niños, mirábamos ese anuncio y
sabíamos que queríamos provocar esa misma sonrisa a nuestra madre. Y la
provocábamos.
Aquellos setenteros primeros domingos de mayo
por la mañana, antes de que el café estuviera listo, el niño aparecía en el
umbral de la habitación. Manos temblorosas. Pies descalzos sobre las baldosas
frías. La cajita blanca con letras doradas Finor. La madre tardaba un segundo
en abrir los ojos, otro en entender, y entonces ocurría el milagro: esa luz en
la mirada que ningún hijo olvida jamás.
"No fue solo traerlo a la vida",
decía otro de aquellos poemas publicitarios. "Por eso sus deditos han
descubierto oro en su pecho".
Y así, durante años, esas medallas Finor
acompañaron a madres y a hijos. Con el tiempo, la cadena o el lazo se fueron
gastando. El oro se volvió más suave, más cálido, más vivido. Cada arañazo era
una historia. Cada pequeño desperfecto, un abrazo.
Han pasado cincuenta años. Muchas de aquellas
madres ya no están o sus hijos tienen ahora canas y nietos propios. Pero las
medallas Finor siguen existiendo. Descansan en pequeños joyeros de madera con
incrustaciones de nácar, entre alianzas antiguas, pulseras y collares heredados
de otro tiempo.
Cuando hoy alguien ve una de estas medallas
ocurre algo extraño: parece que guardan el calor de la piel y el eco de una
generación entera. A veces, cuando la luz les da de cierta manera, todavía
parecen recién regaladas. El metal sigue pareciendo tibio. No es un objeto
viejo, es una conexión directa con la voz de una madre llamando desde la
ventana al caer la tarde. Es la prueba de que el amor de una madre es,
efectivamente, el único metal que nunca se oxida.
Aquellas pequeñas obras de arte de los años
70's siguen recordándonos que las joyas más valiosas no se tasan por sus
quilates, sino por las veces que fueron apretadas entre las manos durante un
deseo, un recuerdo o un simple "gracias, mamá".
¡Feliz Día de la Madre!











