Hay recuerdos
que no se desgastan con el tiempo; se quedan a vivir para siempre en el rincón
más cálido de nuestra memoria. Para los que tuvimos la inmensa fortuna de ser
niños en los años 70's y 80's, la infancia tiene un olor muy concreto: el de la
merienda de pan con chocolate, las rodillas peladas de jugar en la calle y la
luz parpadeante de aquel televisor que, primero en blanco y negro y luego a
todo color, gobernaba el salón de casa. Y en ese altar de la inocencia, había
una voz que lo cambiaba todo. Una voz que, con una simple pregunta, ponía a
latir al unísono el corazón de millones de niños: "¿CÓMO ESTÁN
USTEDES?".
Hace apenas
unos días, el calendario nos susurraba que ya han pasado 50 años desde que esa
voz se apagó en la tierra. Y aunque hoy sea sábado y la fecha exacta quedara
atrás en la semana, el amor de aquel niño no entiende de días ni de retrasos,
el recuerdo sigue latiendo con la misma fuerza. Medio siglo sin Alfonso Aragón
Bermúdez. Medio siglo sin Fofó.
El 22 de
junio de 1976, España entera se quedó un poco más huérfana. Yo era solo un
crío, pero recuerdo perfectamente el impacto, esa extraña e inédita sensación
de tristeza colectiva que inundó los hogares. Nuestro payaso preferido, el de
la larga camisola roja, el sombrerito rojo ladeado, la sonrisa inmensa y la
mirada limpia que parecía mirarte solo a ti a través del cristal de la
pantalla, se marchaba repentinamente a los 53 años. Una hepatitis fulminante
truncaba una recuperación que todos creíamos segura tras haber superado una
operación de un tumor cerebral.
Fue la
primera vez que muchos niños de mi generación descubrimos las lágrimas de los
adultos. El dolor fue tan real que su hermano Miliki confesó tiempo después que
su pelo se volvió blanco de golpe durante aquellos días de luto. Fofó se fue
pronto, demasiado pronto, pero la muerte es incapaz de borrar a quien enseñó a
reír a todo un país. Como bien dijo su hermano Gaby aquella noche rota:
"Fofó no ha muerto, quien ha fallecido es Alfonso Aragón Bermúdez".
Porque Fofó, el mito, se quedó a vivir en nosotros para siempre.
Pero la magia
de los Payasos de la Tele no surgió de la nada en los estudios de Prado del
Rey. Su historia es una epopeya que parece sacada de un cuento de hadas. Todo
comenzó a finales del siglo XIX, en Granada, cuando un joven seminarista
llamado Gabriel Aragón Gómez abandonó los hábitos tras quedar deslumbrado por
Virginia Foureaux, una bellísima amazona equilibrista de un circo suizo. Cuando
el joven le declaró su amor, ella le puso una condición inquebrantable:
"Solo me casaré con un gran payaso". Y él, por amor, cambió la sotana
por la nariz roja y se convirtió en "El Gran Pepino", fundando la
dinastía circense más importante de nuestra historia.
De esa
estirpe de quince hijos nació Emig (Emilio Aragón Foureaux), quien a su vez
daría vida a los tres hermanos que cambiaron nuestras vidas: Gaby, Fofó y
Miliki. Juntos formaron, en 1939, un trío infalible que, antes de conquistar
España, tuvo que conquistar el mundo.
Muchos no lo
saben, pero cuando llegaron a nuestras televisiones en 1973, ya eran estrellas
internacionales consagradas. En 1946 se habían marchado de una España gris para
un contrato de cuatro meses en Cuba, y terminaron quedándose veintisiete años
en América. Fueron pioneros absolutos: inauguraron la primera televisión de
habla hispana en La Habana, llenaron el emblemático Tropicana y terminaron
recorriendo Estados Unidos y actuando en inglés en el mítico Show de Ed
Sullivan.
Dominaban
cinco idiomas, tocaban más de once instrumentos musicales y compartieron
escenario y giras con leyendas de la talla de Buster Keaton, Cantinflas o Harpo
Marx, de quien años más tarde su sobrino Emilio (Milikito) tomaría prestada la
genial idea del cencerro y el personaje mudo.
Cuando por
fin regresaron a España en los estertores del franquismo, trajeron consigo una
bocanada de aire fresco, color y ternura que el país necesitaba
desesperadamente. Inventaron una forma nueva de hacer reír, despojándose del
maquillaje excesivo que a veces asustaba a los más pequeños para mostrarse
humanos, cercanos, casi como tíos adoptivos.
Para su
desembarco en TVE, el trio se consolidó definitivamente como un cuarteto
inolvidable gracias a la incorporación de Fofito (Alfonso Aragón Sac). Nacido
en Cuba, el hijo de Fofó aportó la energía de una nueva generación tocando el
saxofón y, tras la dolorosa partida de su padre, asumiría en gran parte la
responsabilidad de ser la voz cantante del grupo en discos posteriores como
"La Familia Unida".
¿Quién de mi
generación no se estremece al recordar la entrada al plató al ritmo de la
música de Laurel y Hardy? Nos regalaron un cancionero que hoy forma parte de
nuestro ADN emocional: el diálogo de Don Pepito y Don José, el ratón de
Susanita o ese Feliz en tu día que compuso Miliki en Cuba.
Y, por
supuesto, en ese altar de nuestra infancia es imposible olvidar las aventuras y
los sketches. Allí brillaba con luz propia el impagable Señor Chinarro
(Fernando Chinarro), el "sufridor" oficial de las gamberradas de los
payasos. Con su seriedad inquebrantable, su paciencia infinita y aquellos
tortazos que se pegaba por culpa de los equívocos ("ojos que no ven...
¡tortazo que te pegas!"), se convirtió en el cómplice perfecto para crear
un universo donde el absurdo era la mayor de las corduras.
Esa magia
alcanzaba su cénit cuando llegaba diciembre. Aquellos especiales navideños
(como el mítico "Cantar y reír") eran el acontecimiento del año. En
una época en la que la Navidad se sentía de otra manera, reunirnos toda la
familia en el salón para ver el gran circo de TVE, entre turrones y el olor a
hogar, era tocar el cielo con las manos.
Eran
programas más largos, mágicos, llenos de invitados, música y una calidez tan
inmensa que lograban que las frías tardes de vacaciones parecieran eternas y
felices. El grupo se dejaba la piel en esas fechas, incluso años después,
Fofito y Rody seguían cruzando el país de norte a sur en plena Nochebuena para
cumplir con las galas circenses y no dejar a ningún niño sin su ración de
ilusión navideña.
Luego la vida
siguió su curso, la carpa se desmontó a principios de los 80's, llegaron las
separaciones inevitables del grupo y los caminos individuales. Pero el milagro
ya se había obrado.
Años más
tarde, Miliki nos bautizó con el nombre más hermoso posible: "A mis niños
de 30 años" (que hoy ya sumamos unos cuantos más). Nos reunió de nuevo
alrededor de un disco sinfónico para demostrarnos que el tiempo puede envejecer
los cuerpos, pero nunca la risa limpia que ellos nos sembraron en el pecho.
Cincuenta
años después de perder a Fofó, miro atrás con una mezcla de nostalgia y
gratitud infinita. Fuimos niños dichosos porque ellos cuidaron de nuestra
infancia. Por eso, si hoy cerrara los ojos y volviera a escuchar desde el más
allá ese grito de "¿CÓMO ESTÁN USTEDES?", respondería con la misma
fuerza, con la voz rota de la nostalgia, pero con el corazón de aquel niño de
los setenta:
¡Fofó, Gaby,
Miliki, Fofito... os seguimos queriendo! ¡BIEEEEEEEN!




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