COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's

domingo, 3 de mayo de 2026

DÍA DE LA MADRE CON FINOR

Hoy no es un domingo cualquiera: es el primer domingo de mayo, y eso significa que hoy es el Día de la Madre. Algunas personas pueden abrazarlas y decirles "gracias, mamá" en persona. Otras las recuerdan desde la distancia, desde la memoria o desde ese rincón del corazón donde siguen presentes para siempre.

Pero todos compartimos lo mismo: el deseo sincero de agradecerles lo que hicieron, lo que hacen y lo que dejaron en nosotros. Y por eso quiero felicitar a todas las madres, y muy especialmente a la mía, con este pequeño y brillante recuerdo que tantos guardamos en la memoria y que muchos volveremos a compartir hoy.

Había un tiempo en que mayo no llegaba solo con flores. Llegaba con una cajita de terciopelo que los niños guardaban bajo la almohada, con la respiración contenida y el corazón a punto de estallar. Hablo de las medallas Finor, esas pequeñas obras de arte que durante los años 70's se convirtieron en el regalo más sagrado que un hijo podía ofrecer.

Eran los años del blanco y negro que lentamente se teñía de color, de los escaparates empañados en invierno y de las joyerías de barrio con campanilla en la puerta. Allí, sobre una bandeja de terciopelo azul oscuro, reposaban las medallas Finor, medallas del día de la madre.

Pero lo que realmente distinguía a estas medallas era su filosofía, aquella frase que aparecía en los anuncios de las revistas y en los propios estuches: "Dar mucho, pedir poco". Una declaración de intenciones que resumía a la perfección lo que significaba ser madre y lo que significaba agradecerlo. Los publicistas de entonces, aquellos genios anónimos que trabajaban en blanco y negro, lo entendieron a la perfección: no se trataba de vender una joya, sino de vender un sentimiento.

Y qué joyas. Fabricadas en oro de 18 quilates, las medallas Finor tenían ese brillo cálido que solo el tiempo bien empleado sabe dar. El anverso solía mostrar la imagen de una madre con su hijo, y con aquellas frases escritas, hoy poemas publicitarios más que recordados. El reverso, más sobrio, solía llevar la inscripción "Milagro de amor" o la ya citada "Dar mucho, pedir poco". Era como tener un poema colgado del cuello.

Los niños de entonces, nosotros, las comprábamos con monedas ahorradas durante semanas. Una peseta que sobraba del pan, el dinero de la hucha del Niño Jesús que se desviaba para esta causa más terrenal pero igual de divina, aquellos sobres de cromos que no llegamos a comprar en el kiosco o las chucherías que no adquirimos en la feria. Entrar en la joyería era como cruzar el umbral de un templo. El joyero nos miraba por encima de las gafas, sonreía con esa paciencia infinita que solo se tiene con los que están aprendiendo a ser agradecidos, y nos dejaba elegir.

Pero no siempre bastaba. En más de una ocasión el dinero reunido durante semanas no alcanzaba ni siquiera para la caja de terciopelo que guardaba la deseada medalla. Las monedas quedaban sobre el mostrador, pequeñas, insuficientes, como si el esfuerzo no pudiera terminar de completarse. Era entonces cuando el padre, con una sonrisa y una mirada breve pero suficiente, entendía sin palabras lo que estaba ocurriendo. Sin dramatismos ni explicaciones, intervenía de forma discreta, completando lo que faltaba con la naturalidad de quien sabe que hay momentos que no deben romperse. Gracias a esa aportación silenciosa, aquel pequeño ahorro infantil dejaba de ser insuficiente y se transformaba, finalmente, en una joya de oro de 18 quilates.

Y aquí viene el detalle que muchos recuerdan con especial ternura: las medallas se podían llevar de dos maneras. Las más clásicas colgaban de una cadenita de oro, eslabón a eslabón, tan fina que parecía un susurro. Pero las más entrañables eran las que venían con un broche de lazo de querubín. Ese lazo que engalanaba la medalla como si la vistieran para una ocasión especial. Las madres las prendían sobre el pecho, cerca del corazón, y allí quedaban, discretas pero presentes, acompañándolas en las compras del mercado, en las tardes de plancha, en las noches de fiebre infantil y en los domingos de misa.

El anuncio de televisión, primero en blanco y negro y después con esos colores pastel tan característicos de los 70's, mostraba a una madre joven que abría la cajita y su sonrisa iluminaba la pantalla del televisor del salón. Nosotros, los niños, mirábamos ese anuncio y sabíamos que queríamos provocar esa misma sonrisa a nuestra madre. Y la provocábamos.

Aquellos setenteros primeros domingos de mayo por la mañana, antes de que el café estuviera listo, el niño aparecía en el umbral de la habitación. Manos temblorosas. Pies descalzos sobre las baldosas frías. La cajita blanca con letras doradas Finor. La madre tardaba un segundo en abrir los ojos, otro en entender, y entonces ocurría el milagro: esa luz en la mirada que ningún hijo olvida jamás.

"No fue solo traerlo a la vida", decía otro de aquellos poemas publicitarios. "Por eso sus deditos han descubierto oro en su pecho".

Y así, durante años, esas medallas Finor acompañaron a madres y a hijos. Con el tiempo, la cadena o el lazo se fueron gastando. El oro se volvió más suave, más cálido, más vivido. Cada arañazo era una historia. Cada pequeño desperfecto, un abrazo.

Han pasado cincuenta años. Muchas de aquellas madres ya no están o sus hijos tienen ahora canas y nietos propios. Pero las medallas Finor siguen existiendo. Descansan en pequeños joyeros de madera con incrustaciones de nácar, entre alianzas antiguas, pulseras y collares heredados de otro tiempo.

Cuando hoy alguien ve una de estas medallas ocurre algo extraño: parece que guardan el calor de la piel y el eco de una generación entera. A veces, cuando la luz les da de cierta manera, todavía parecen recién regaladas. El metal sigue pareciendo tibio. No es un objeto viejo, es una conexión directa con la voz de una madre llamando desde la ventana al caer la tarde. Es la prueba de que el amor de una madre es, efectivamente, el único metal que nunca se oxida.

Aquellas pequeñas obras de arte de los años 70's siguen recordándonos que las joyas más valiosas no se tasan por sus quilates, sino por las veces que fueron apretadas entre las manos durante un deseo, un recuerdo o un simple "gracias, mamá".

¡Feliz Día de la Madre!




viernes, 24 de abril de 2026

EL ROMANTICISMO ELECTRÓNICO DE LOS SINTETIZADORES EN LOS 80's

Recientemente se ha celebrado el Día de San Jordi (San Jorge). En Cataluña, donde vivo, este día tiene una magia especial. A diferencia de San Valentín, aquí el amor se respira en las calles: llenas de libros, de rosas y de gente paseando sin prisa, como si todo girara en torno a ese pequeño gesto de regalar. Todavía se nota el ambiente en las calles y el amor en el aire, coincidiendo además con el Día del Libro.

Cuenta la leyenda que San Jordi venció al dragón para salvar a la princesa, y de la sangre de la bestia nació una rosa. Quizá por eso, cada 23 de abril regalamos rosas como símbolo de amor, y libros como una forma de compartir historias, pensamientos y emociones.

Es un día sencillo, pero profundamente romántico: aquí el amor no solo se dice, también se lee, se pasea y se vive entre páginas y pétalos de rosas.

Por esta razón quiero dedicar una pequeña lista musical a este día que recientemente hemos vivido, con una selección muy acorde al puro sentimiento que es el amor. A continuación os dejo algunos de los temas más románticos y emocionalmente intensos, para dejarse llevar entre sintetizadores y sentimientos.

Porque antes de que las guitarras volvieran a dominar el pop, hubo una década en la que el amor sonaba a sintetizadores, cajas de ritmos y melodías elegantes. Los años 80's convirtieron la emoción en electrónica, y el resultado fue un catálogo de canciones donde la nostalgia, el deseo y la melancolía se mezclaban con sonidos futuristas.

Desde el ritmo hecho belleza de Depeche Mode hasta el romanticismo sofisticado de Spandau Ballet o la intensidad sentimental de Alphaville, el synth-pop y la new wave supieron capturar una forma distinta de amar: más introspectiva, a veces distante, pero profundamente evocadora.

También hay espacio para la épica emocional de Ultravox, o la calurosa frialdad robótica de Kraftwerk o el dramatismo elegante de Talk Talk. Canciones que no siempre hablan de amor feliz, pero sí de amor real: el que duele, el que se pierde y el que se recuerda.

Al final, más allá de las rosas y los libros, San Jordi también puede vivirse como una banda sonora compartida. Estas canciones no hablan todas de amor en sentido clásico, pero sí de algo igual de importante: emociones que se cruzan, recuerdos que se quedan y momentos que se escuchan mejor de a dos.

Porque los 80's no solo inventaron sonidos nuevos, también inventaron formas distintas de sentirlos. Y quizá por eso, entre sintetizadores, luces de neón y melodías frías o luminosas, todavía hoy siguen siendo un buen lugar al que volver cuando el amor o la vida necesita música. 


Visage – Fade to Grey

Depeche Mode – Just Can't Get Enough

Soft Cell – Tainted Love

Gary Numan – Cars

Eurythmics – Sweet Dreams (Are Made of This)

Yazoo – Only You

Pet Shop Boys - It's A Sin

OMD – Enola Gay

Bronski Beat – Smalltown Boy

The Human League – Don’t You Want Me

Ultravox – Vienna

Alphaville – Forever Young

Spandau Ballet – True

Talk Talk – Such A Shame

Kraftwerk - The Model

sábado, 18 de abril de 2026

ENTRE PITOS Y RECUERDOS

Existen pitos, silbatos... o como queráis llamarlos. Porque hay quien siempre les dijo pitos y quien jamás les llamó otra cosa que silbatos, y los dos tienen razón. De mil formas, colores llamativos y tamaños que van desde el ridículamente pequeño hasta el absurdamente grande. ¡Eeeeep! Tranquilos, tranquilos... que nos conocemos y sabemos perfectamente de qué estamos hablando.

Los hay de plástico brillante, que prometían durar para siempre y no sobrevivían al recreo. De metal frío, que en invierno se pegaba a los labios, de cálida madera o incluso de hueso de frutas, entre otros muchos. Con un montón de formas y colores diferentes. Y con sonidos que, en cuanto los escuchas, te devuelven a un patio de colegio con olor a bocadillo de nocilla y rodillas con mercromina jejejeje.

En este blog ya han ido apareciendo algunos de ellos (los tenéis en los enlaces que os dejo abajo), pero esto no ha hecho más que empezar. Porque, más allá de los modelos conocidos, también irán llegando otros mucho más curiosos: algunos con historia a sus espaldas, otros con un punto casi tétrico y otros que parecen escapados de un cajón que nadie abría desde 1980.

Por eso he decidido darles su propio rincón. Un espacio especial dentro de "El BAÚL DE HAL", donde estos pequeños artefactos puedan respirar y contar lo que guardan. Porque sí: guardan cosas. Más de lo que parece a primera vista.

Muchos de vosotros los soplasteis. En el patio del cole, en la feria del pueblo, en el descampado o parque del barrio donde te reunías con tus amigos. Algunos sonaban tan fuerte que desesperaban a madres, padres, hermanos, vecinos y maestros por igual (y eso, seamos honestos, era precisamente lo mejor jejejeje). Otros apenas emitían un quejido tímido, pero los queríamos igual.

Habrá quien reconozca al instante aquel silbato de plástico rojo que venía dentro de una bolsa de pipas. O aquel otro, con forma de helicóptero, que duró exactamente dos recreos antes de salir volando y desaparecer en algún lugar del universo. Y habrá también quien descubra modelos que nunca había visto y se pregunte cómo es posible que algo tan pequeño haya sobrevivido tanto tiempo.

Mi idea es reunirlos todos los que tengo en un álbum, en una cápsula del tiempo virtual. Un inventario de algunos pitos que abarca desde los años 60's hasta los 90's, cuando los juguetes cabían en el bolsillo y hacían más ruido del que nadie pedía.

En las imágenes de hoy podéis ver solo una parte de lo que guardo. Algunos ya tienen su propio post, otros aún esperan su momento. Y hay algunos que no aparecen en la foto esos llegarán acompañados de historias tan curiosas que no os dejarán indiferentes. Eso os lo prometo.

Porque, al final, más allá de ser simples pitos o silbatos, cada uno de estos pequeños objetos guarda un pedacito de algo que fue. Un instante en un patio. Una tarde de verano. Una risa que no recordamos de quién era, pero que todavía suena, suave y lejana, como un silbido que se pierde en el viento.















sábado, 11 de abril de 2026

LOS CUADERNOS RUBIO

 

¿Ya habéis entregado los deberes de Semana Santa? Venga, venga, no os hagáis los despistados. Estos días pasados, entre procesiones, torrijas y el olor a incienso flotando por las calles, algunos habéis tenido que sacar del cajón (o de debajo de la cama, donde lo escondisteis el Jueves Santo bajo esa premisa de "si no lo veo, no existe") el cuadernillo de deberes que os pusieron antes de las vacaciones... ¿Lo recuerdas? jajajaja. Porque sí, en aquellos tiempos gloriosos y crueles a partes iguales, las vacaciones nunca eran del todo vacaciones. Siempre había algo pendiente, siempre había un cuaderno sobre la mesa recordándote que el ocio era un préstamo que debías devolver con sudor, cálculo y caligrafía.

Si eran los de Semana Santa, los deberes solían ser de tamaño manejable, casi razonables. Para el verano ya nos reservaban la artillería pesada: los míticos cuadernos "Vacaciones Santillana", aquellos tochos con su característica y colorida portada que eran capaces de hundir la mochila y el ánimo de cualquier niño en pleno mes de julio. Eran libros con una densidad tal que podías usarlos para calzar una mesa o para defensa personal contra un hermano mayor. Pero para la Semana Santa, el arma de instrucción masiva, jejejeje, era otro: el Cuaderno Rubio.

Un dato curioso: no existe un consenso firme sobre todos los colores que usaron los cuadernos Rubio en el siglo XX. Mientras que la memoria popular recuerda principalmente el amarillo, las evidencias de cuadernos conservados en colecciones privadas muestran también tonos entre el azul y el turquesa verdoso, especialmente en los ejemplares más antiguos, como algunos de los que saqué hoy de "EL BAÚL DE HAL". La propia editorial nunca ha publicado un catálogo cronológico de sus cubiertas, por lo que, hoy por hoy, determinar la gama exacta sigue siendo una tarea pendiente para los historiadores de la cultura material española.

Unos cuadernos con recordados e icónicos dibujos de portada, como el de aquel niño con su jersey, o mejor dicho, chaleco de pico y corbata, que apenas han cambiado con los años y que parece que nos vigila desde el pasado con una pulcritud que a muchos nos costaba mantener. Dibujos en sus portadas que toda una generación lleva grabados en la memoria como un tatuaje involuntario del sistema educativo.

La historia de este mito comenzó en 1956, cuando un emprendedor llamado Ramón Rubio Silvestre fundó en Valencia la editorial que llevaría su apellido. Ramón nació en Tarragona en 1924, aunque siendo apenas un bebé su familia se trasladó a Geldo, un pequeño pueblo de Castellón donde creció con esa persistencia que solo tienen quienes saben adónde quieren llegar. Graduado como profesor mercantil, montó la Academia Rubio en la calle Martí de Valencia para impartir clases de cálculo y contabilidad. Allí, harto de repetir ejercicios en la pizarra y de que los alumnos se perdieran entre números, empezó a crear fichas numeradas para que trabajaran solos. Aquello fue el "Netflix" de la educación de posguerra: contenido a la carta para que nadie se quedara atrás, jajajaja.

Los comienzos no fueron fáciles. Fue en el verano de 1968 cuando la familia al completo se subió al coche para visitar colegios y papelerías. Y permitidme un inciso, porque aquel fue un año de una cosecha irrepetible: los Cuadernos Rubio llegaron tal y como los recordamos a colegios y papelerías, y también llegaron a las jugueterías los míticos Madelman y, de paso, mmmm, nací yo, jejejeje. Algo muy potente debía de haber en el aire de aquel 1968 para que viniéramos al mundo con tantas ganas de dar guerra. Mientras yo daba mis primeros pasos y los Madelman empezaban a ejecutar sus primeras misiones, que con los años se convertirían en aventuras viajando a la selva, el Aconcagua, el fondo del mar y el espacio (porque los Madelman lo podían todo), los Rubio recibían negativas de libreros que no veían futuro en aquel papel pautado. Una papelería llegó a decirles que aquellos cuadernos no se venderían nunca. Años después, esa misma papelería hizo un pedido. Los Rubio no lo aceptaron, jejejeje. Incluso sufrieron una estafa de película cuando un comercial desapareció con unas 200.000 pesetas de la época. Sin embargo, aquel estafador, al ofrecer los cuadernos por todo el país para dar el golpe, terminó creando una red de clientes inesperada que clamaba por más material. El propio Ramón reconocería años después que le habría dado las gracias de encontrárselo, pues aquel hombre realizó, sin saberlo y por las malas, su mejor estudio de mercado. Así, lo que costaba 1,50 pesetas en 1960 pasó a ser un pilar básico de la educación española.

Durante los 70's y la Transición, el método Rubio conquistó las aulas de la EGB. Los profesores encontraron en ellos algo práctico para reforzar la caligrafía y el cálculo mental, generando sus propias mitologías y traumas menores. Había niños que completaban las páginas con una caligrafía perfecta, vocales redondas como planetas y palotes rectos como soldados desfilando. Y había otros, entre los que probablemente nos contamos muchos, que rellenaban las líneas con una prisa sospechosa, apretando el lápiz hasta casi romper el papel, y luego, si tenías que borrar, mmmm, ¿quién no ha sufrido el drama de la goma Milán 430 que, en lugar de borrar, emborronaba el grafito hasta dejar una nube negra sobre el papel que parecía el mapa de una tormenta?, jajajaja.

La anécdota más universal de aquella época fue, sin duda, el cuaderno mojado o "el ataque del lamparón de aceite". En aquellos años los estuches no eran herméticos, ni los bocadillos venían envueltos en papel de aluminio ni en film transparente de alta tecnología. El Cuaderno Rubio y el bocata de Nocilla (o peor, el de atún con el aceite traspasando el papel de estraza o de periódico) convivían en la misma cartera de cuero, y no siempre salían bien parados del encuentro. Llegar a casa con las páginas de escritura onduladas y con una mancha marrón o traslúcida en la esquina que olía a desayuno era un clásico del género. La madre te miraba con esa ceja levantada que presagiaba el fin de tus días, tú ponías cara de no saber nada, y ella suspiraba mientras el mundo seguía girando entre borrones de goma y olor a tinta.

Con los 80's llegó la época dorada de la editorial, llegando a vender diez millones de ejemplares al año. Eran las tardes de llenar páginas en la mesa de la cocina, con el televisor encendido al fondo emitiendo El Monstruo de Sánchezstein, Un globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca, o en el caso de los más talluditos... los legendarios Chiripitifláuticos, y todos corriendo para poder ver aquellos programas de TV, con el olor a guiso de la cena flotando en el aire y la voz de nuestros padres diciendo aquello de "no te salgas de la raya que pareces un médico escribiendo". Si tenías el cuaderno limpio y sin tachones, eras la élite social del recreo. Hoy, la editorial sigue viva en Paterna, Valencia, de la mano de su hijo Enrique y su nieto Luis, resistiendo con la dignidad de lo que sabe que es útil y adaptándose a los nuevos tiempos con una ironía maravillosa.

Para los que fuimos niños entre los 60's y los 90's, un Cuaderno Rubio es mucho más que papel. Es el tacto del papel pautado bajo los dedos, el olor a goma de borrar (sobre todo, mmmm, la goma de nata) y la voz de la seño diciendo "mañana me traéis el número cinco terminado o no hay patio", uffffff. Es también aquella España que aprendió a escribir, vocal a vocal, renglón a renglón, peleando contra el redondeo de las "o" y la inclinación de las "l", por no mencionar aquellas operaciones y problemas matemáticos que tantos quebraderos de cabeza nos dieron, menos mal de aquellos lápices que llevaban las tablas pintadas, jejejeje. Es también la esperanza de acabar los deberes antes de que oscureciera, para ver la televisión o simplemente para ignorar que el lunes existía. Porque los niños que fuimos siempre creímos que si terminábamos a tiempo, el tiempo libre sería más libre. Y, mirándolo con perspectiva, entre manchas de tinta y recuerdos de una cosecha excelente, quizás teníamos toda la razón del mundo.





sábado, 28 de marzo de 2026

SEMANA SANTA PARA RECORDAR

Ya tenemos aquí la Semana Santa y con ella me llegan muchos entrañables recuerdos del ayer, de esos que aparecen sin avisar, como el olor a cocina antigua o el sonido lejano de un tambor en la calle. Recuerdos que no hacen ruido pero que se quedan, que tienen algo de ternura y de tiempo detenido, como si en esos días el mundo fuera un poco más lento y todo tuviera más sentido.

La Semana Santa siempre ha tenido ese aire especial, una mezcla de recogimiento, tradiciones familiares y pequeñas costumbres que, si uno se detiene a pensarlo, se han ido quedando poco a poco en el cajón de la memoria. Algunas sobreviven, otras resisten como pueden, y otras ya solo viven en fotografías ligeramente amarillentas o en conversaciones que empiezan con un "¿te acuerdas cuando…?".

Antes, la Semana Santa no empezaba en las redes sociales ni en calendarios digitales, empezaba en la cocina. Era un anuncio silencioso pero infalible. El olor de aquel potaje de bacalao tan bueno que hacía tu madre o la abuela, o de aquellas torrijas con un aroma que se colaba por cada rincón de la casa, impregnando cortinas, pasillos y hasta la ropa tendida. No había versiones modernas ni experimentos imposibles, solo pan duro, leche, huevo, azúcar y canela, y ese ingrediente invisible que nunca falla: el cariño. Cada casa defendía su receta como si fuera un secreto de estado, y en todas, curiosamente, estaban convencidos de tener la mejor.

Mientras tanto, siempre había una voz que recordaba con solemnidad aquello de "no se come carne, que es Viernes Santo", aunque luego aparecieran en la mesa unas croquetas de vigilia que sabían demasiado bien como para hacer muchas preguntas… jajajaja. Era parte del encanto, de esa pequeña contradicción tan humana que también formaba parte de la tradición.

Y luego estaban esos momentos que hoy parecen sacados de otra época, como los niños rezando antes de dormir, a veces con sus muñecos alineados a su lado como si formaran una pequeña congregación doméstica. Aquello no era una escena preparada ni una imagen para compartir, era pura inocencia, una especie de teatro íntimo donde cada muñeca tenía su papel. Había alguna especialmente devota y otra que parecía estar allí por compromiso, pero todas participaban. Y uno rezaba medio en serio, medio con sueño (como la niña de la foto), confiando en que Dios entendería las prisas. Hoy, si ves a un niño arrodillado en su cuarto, lo más probable es que esté buscando el cable del móvil y no recitando un padrenuestro, y además de verdad… jejejeje.

La casa se llenaba también de otro tipo de rituales, como el de encender la televisión y encontrarse, sin sorpresa pero con cierta satisfacción, con las mismas películas de siempre. Ben-Hur, Los Diez Mandamientos y alguna historia de romanos donde el sufrimiento era casi un personaje más. Se veían cada año, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar, pero daba igual, estábamos todos juntos, en familia, compartiendo momentos. Era tradición, y las tradiciones no necesitan novedades para seguir teniendo valor.

Fuera, las calles parecían respirar de otra manera. Había menos ruido, más pausa, una especie de respeto que no hacía falta explicar. Incluso los niños bajaban la voz al pasar una procesión, como si entendieran que ese momento pedía silencio. No era un silencio incómodo, sino uno lleno de significado, de esos que hoy cuestan encontrar entre notificaciones de mensajes y prisas.

La Semana Santa no necesitaba grandes planes. Bastaba con salir a pasear sin rumbo, con ese clásico "vamos a dar una vuelta" que terminaba siendo el mejor plan del día. Se caminaba sin objetivo, se encontraba a gente conocida, se compartían conversaciones sencillas y se volvía a casa con la sensación de haber hecho algo importante, aunque no se supiera muy bien qué.

También estaba ese pequeño gran acontecimiento de estrenar ropa. No hacía falta nada extraordinario; bastaba con una camisa nueva o unos zapatos que crujían al andar. Había una mezcla de orgullo y cuidado, de querer lucir sin estropear, de sentir que ese detalle formaba parte de algo mayor. Y muchas veces, esa ropa nueva tenía un destino claro: ir bien guapos o guapas a bendecir las palmas o el laurel, esas ramas elaboradas y personalizadas con lazos brillantes o con golosas golosinas colgadas de ellas, que los niños lucían con tanto orgullo como el estreno mismo (como se ve en la foto de un servidor con el palmon, tomada en 1977; mmmm, aunque los caramelos colgados no llegaron a la foto, jejeje). Era una felicidad discreta, pero profundamente auténtica.

Con el tiempo, muchas de estas cosas han ido cambiando. Ahora hay más opciones, más estímulos, más distracciones. Antes había menos, pero quizá por eso se aprovechaban más. Donde antes había costumbre, ahora hay improvisación; donde antes había pausa, ahora hay prisa. Y sin darnos cuenta, entre mensaje y mensaje, se nos han ido escapando esos pequeños rituales que, sin hacer ruido, construían recuerdos duraderos.

Sin embargo, no todo se ha perdido. Algunas tradiciones siguen vivas y otras incluso regresan con fuerza, aunque a veces lo hagan disfrazadas de modernidad. Tal vez no se trate de volver atrás ni de repetir exactamente lo mismo, sino de recuperar la esencia de lo que hacía especiales estos días: el tiempo compartido, la calma, el estar presente sin necesidad de llenar cada minuto.

Porque al final, la Semana Santa no era solo lo que se veía en las calles o en la televisión, sino todo aquello que ocurría en los pequeños gestos, en las rutinas sencillas, en los momentos que parecían insignificantes y que ahora, con la distancia, se revelan como los más valiosos. Y quizá, si afinamos un poco la memoria y bajamos el ritmo, todavía estemos a tiempo de rescatar algo de todo eso y devolverle a estos días ese sabor tan especial que nunca debimos dejar escapar.

Bueno, amigos, solo me queda desearos una feliz Semana Santa, y si cogéis unos días de descanso, recordad que aún estamos a tiempo… de bajar el ritmo, de compartir una torrija en buena compañía y de dejar que estos días tengan, aunque sea un poco, ese sabor de antes que tan bien nos sienta. Yo también me tomaré unos días, porque a veces uno necesita parar, respirar y dejar que los recuerdos hagan su trabajo. Nos vemos a la vuelta, con las pilas cargadas y, quién sabe, quizá con algún viejo recuerdo nuevo que contar.