Medio siglo. Se dice pronto. Justamente este mes de agosto se cumplen 50 años de un recuerdo guardado a fuego en mi memoria, de esos que vienen acompañados de una espinita clavada. Y digo espinita porque fue algo que me ilusionaba de una manera casi enfermiza y nunca mejor dicho jejejeje, pero que al final, por las vueltas caprichosas del destino, no pudo ser mmmm hasta hace muy poquito.
Todo empezó con un juguete. En aquellos lejanos años
70's, los niños estábamos acostumbrados a ver en las tiendas, kioscos o ferias,
las clásicas espadas de hoja recta: el florete del Zorro, espadas vikingas,
romanas, de mosqueteros o las de los caballeros de las cruzadas como las de
Ricardo Corazón de León. Todas ellas rectas con un mismo, o parecido patrón.
Pero las que vi aquella tarde estival del mes de agosto en la entrañable feria
de verano de mi barrio, en el paseo de San Juan de Barcelona, eran completamente
distintas: eran espadas curvas.
Me quedé ojiplático. Aquellos sables árabes "unas
cimitarras de plástico soplado y colores vivos" colgaban de una cuerda en
un humilde puesto ambulante junto a pistolas y escopetas lanza corchos.
Brillaban ante mis ojos como tesoros salidos de "Las mil y una
noches".
Yo paseaba maravillado junto a mi hermana y Eduardo, su
novio. Con los ojos como platos, les pedí que me compraran una. Mi hermana,
siempre cariñosa, aceptó, pero con un matiz logístico:
—Te la compraré, pero primero vamos a recorrer la feria y
subir a las atracciones —me dijo—. Al terminar, de camino a casa, pasamos por
el puesto. No quiero que vayas cargando con la espada peleando contra enemigos
imaginarios. Te conozco y eres capaz de darle una estocada a alguien sin
querer.
No me quedaba otra que aceptar. Ella tenía razón: una
espada en mi mano, aunque fuera de plástico, rodeado de una multitud, era un
peligro, alguien podía llevarse un espadazo por accidente. La tarde transcurrió
entre risas y atracciones. Mi hermana y Eduardo jugaron en las tómbolas y
ganaron un fantástico y misterioso juego de vasos de tubo translucidos con su
jarra a juego y motivos egipcios. Una joya nostálgica que hoy conserva un lugar
de honor en mi vitrina.
Fue una tarde maravillosa... o casi. Cuando emprendimos
el regreso, yo tiraba impaciente de la mano de mi hermana: —¡Vamos, que cerrará
el señor de las espadas!. Mi intuición infantil no falló. Al llegar, el puesto
había desaparecido. Ni rastro de las cimitarras. Una tristeza me invadió de
golpe, en un segundo se esfumaron las mil aventuras de moros y cristianos que
ya había imaginado librar en el parque o en los recreos.
Mi hermana, al ver mi carita desolada, se sintió
culpable:
—No te preocupes, mañana volveremos y te la compro. Será
lo primero que hagamos.
Sé que por ella habría cumplido su promesa. El problema
fue que a la mañana siguiente me desperté con la cara redonda como un pan de
payés y ardiendo en fiebre. Las paperas me dejaron K.O. durante días.
Desesperado, le supliqué que fuera ella sola. Y mi hermana, fiel como nadie,
caminaba cada tarde al salir del trabajo hasta el paseo de San Juan. Pero al
llegar a casa la respuesta era la misma: —Lo siento, hoy tampoco estaba el
señor de las espadas.
Así pasó la semana hasta el último día de feria. Con la
fe intacta o tal vez por el delirio febril, guardaba la esperanza de que el
vendedor apareciera en el último día. Casi me como hasta las uñas de los pies
por culpa de los nervios, esperando a mi hermana que llegara jajajajaja. Pero
cuando entró por la puerta con el rostro resignado, lo entendí todo. El señor
de las espadas se había marchado a otro barrio, a otra feria.
—A falta de pan, buenas son tortas —me dijo mi hermana
para consolarme.
No entendí ese refrán hasta muchos años después, pensé
que lo decía porque ella trabajaba de dependienta en una panadería. Pero acto
seguido sacó de su bolso un pequeño paracaidista de plástico. —No pude traerte
la espada, pero te traigo esto para que no te quedes con las manos vacías. Aquel
detalle me devolvió la sonrisa. Un pequeño paracaidista, con su paracaídas
incluido, que me dio muuuuucho juego durante un tiempo, hasta que un buen día
acabó irremediablemente colgado de la rama de un árbol, justamente en el paseo
de San Juan, donde habían instalado aquella feria, jejejeje.
Aquel no sería el último. Después vendrían muchos más, de
diferentes modelos y colores, convirtiendo a aquellos pequeños paracaidistas en
otros de esos juguetes sencillos que, sin saberlo entonces, acabarían formando
parte de mis juegos y recuerdos queridos de infancia.
Y como esta historia y juguete merece capítulo propio,
prometo que algún día hablaremos también de aquellos paracaidistas y de todos
los que fueron llegando después a mi colección. Pero esa… será otra historia.
Durante cincuenta años guardé esa pequeña espinita en el
corazón. Una punzada dulce que me recordaba la fragilidad de la infancia y el
amor incondicional de una hermana. Digo guardaba, en pasado, porque hace apenas
unos días la vida me sonrió: ¡por fin he conseguido hacerme con aquellas
míticas espadas curvas!
Hoy desclavo esa espinita y saco de "EL BAÚL DE
HAL" esta fabulosa cimitarra. No es solo un juguete recuperado, es un
abrazo a aquel niño febril que esperaba en la cama con paperas, y un tributo a
quien hizo lo imposible por regalarle una sonrisa. Y a vosotros, ¿qué espinita
os queda aún por desclavar?











.jpg)
.jpg)































