Fue precisamente en los vertiginosos y entrañables años 70's cuando, tras una visita inolvidable de la familia de Sariñena (Zaragoza), desembarcó en el salón de casa un objeto destinado a marcar una época: la capilla de la Virgen del Pilar plastificada y luminosa.
Las visitas familiares tenían su propia liturgia: abrazos, historias, meriendas interminables y esa generosidad de la buena, la que no necesita envoltorios elegantes. Y entre los regalos que trajeron consigo hubo uno que acabaría conquistando un lugar de honor en nuestro hogar: una capillita de la Virgen del Pilar, de plástico dorado y con bombillitas de colores. ¡La Pilarica en versión luminosa!
No era un mero adorno: era una obra cumbre del kitsch aragonés, una catedral en miniatura, un monumento al cariño familiar y a la fe popular, un prodigio de la ingeniería devocional. Aquella capilla ostentaba un dorado gótico tan deslumbrante que cegaba a los visitantes apenas cruzaban el recibidor. Elaborada en un plástico fino que imitaba al oro con un entusiasmo digno de admiración, venía equipada con dos puertecitas caladas que se abrían como el sagrario de las grandezas.
Al abrirlas, emergía radiante la Pilarica sobre su manto y su columna, flanqueada por una corte de pequeñas bombillitas incandescentes rojas, verdes y amarillas, con esa curiosa forma de llama o lágrima apuntada que recordaba a las luces de un abeto navideño perpetuo. Era como si la verbena de las fiestas patronales hubiera decidido instalarse en el salón, con permiso de la Virgen.
Conectar la capillita a la red eléctrica era todo un ritual. Nada de luces LED frías o de bajo consumo: aquello consumía vatios con ganas y generaba un calorcito reconfortante que desprendía un suave aroma a baquelita y plástico tibio. Cuando el interruptor hacía clic, la estancia quedaba envuelta en un fulgor de verbena sagrada. La luz roja iluminaba el encaje de plástico dorado, la verde proyectaba destellos esperanzadores sobre la vitrina y la amarillenta daba un tono místico a las fotos de primera comunión que reposaban cerca. Por unos instantes, el salón entero adquiría un aire celestial y verbenero. ¡Ni Las Vegas, oiga, con permiso de la Pilarica!
Eso sí, aquellas bombillitas tenían bastante personalidad. Un día brillaban como soles y al siguiente parpadeaban por su cuenta, quizá intentando transmitir algún mensaje divino. Y siempre había una que elegía el peor momento para fundirse: una visita importante, una celebración familiar o el mismísimo día del Pilar. Entonces entraba en acción el manitas de la casa, mi padre, armado con un destornillador, un trocito de cinta aislante y toda la paciencia del mundo. Algún que otro taco cariñoso dirigido al fabricante, unos retoques y ¡milagro! La capillita recuperaba su esplendor. Sanidad eléctrica aparte, aquello era pura devoción.
Pero lo verdaderamente hermoso no estaba en el plástico dorado ni en aquellas luces incandescentes, capaces de caldear el ambiente casi tanto como una estufa jajajajaja. Estaba en lo que representaba aquel regalo: la generosidad de los tíos y primos de Sariñena, el abrazo emocionado en la estación, las meriendas interminables con magras con tomate y la cercanía de quienes, aun viviendo lejos, encontraban la manera de hacerse presentes. Era el deseo de que la protección de la Virgen siempre nos acompañara, como un abrazo aragonés que había viajado hasta nuestra casa para quedarse.
Colocada con honores en la vitrina del salón, la capilla de la Virgen del Pilar veló nuestras noches de infancia. Desde allí fue testigo mudo de las cartas a los Reyes Magos, los guisos del domingo, las fotografías de primera comunión y las charlas familiares que parecían no tener fin. Vio crecer a los niños, cambiar los tiempos y pasar los años sin perder su sitio, iluminando con sus bombillitas de colores los pequeños grandes acontecimientos de nuestra vida.
Hoy, al volver la mirada atrás y evocar aquella figura dorada y reluciente, descubrimos que no ha perdido un ápice de su encanto. Aquella pequeña maravilla era también una máquina del tiempo: basta imaginar sus bombillitas encendidas para recuperar voces queridas, risas olvidadas y rostros que siguen viviendo en nuestra memoria. La nostalgia, ya se sabe, es una gamberra: empieza haciéndote sonreír por una antigualla y termina encogiéndote el corazón.
Quizá ahora tengamos luces LED, casas más modernas y tecnología capaz de iluminar hasta la luna. Pero ninguna bombilla inteligente podrá reproducir aquella luz imperfecta que llenaba el salón de familia, ternura y esperanza. Porque entonces la felicidad podía encenderse con un simple enchufe, y el cariño de los nuestros bastaba para iluminar cualquier rincón del hogar.
Porque la Pilarica no era solamente una capillita: era Aragón llamando a nuestra puerta, era el cariño convertido en regalo y era un pedacito de infancia que todavía nos alumbra por dentro.
¡Viva la Pilarica! Y que no se nos funda nunca la memoria.
¡FELIZ DÍA DEL PILAR!







































