Hace unos
días llego a mis manos este pequeño proyector, y me hizo recordar que ver una
película no consistía en sentarse delante de una pantalla y elegir entre
cientos de títulos. Había que preparar la función: buscar una pared blanca,
apagar la luz, colocar el aparato y escoger aquella pequeña película que
llevábamos tanto tiempo queriendo ver. Entonces ocurría algo casi mágico: una
diminuta máquina de plástico conseguía transformar una habitación cualquiera en
una auténtica sala de cine.
Se llamaba
Lookmovie y era uno de esos juguetes que, vistos hoy, parecen sencillos hasta
que recordamos lo extraordinarios que nos resultaban de pequeños. No
necesitábamos grandes pantallas ni efectos especiales. Nos bastaban una luz,
una pared y un poco de imaginación. Lo demás lo poníamos nosotros.
El Lookmovie
era un pequeño proyector de microfilms de NBC que utilizaba unas diminutas
películas llamadas lookfilm. Dentro de aquellas pequeñas cajitas cabían mundos
enteros: deportes, reportajes, documentales y cómics. Había títulos
relacionados con los Beatles, animales, deporte, aventuras espaciales y
personajes tan queridos como Mortadelo y Filemón.
¡Toda una
videoteca en miniatura! Hoy podemos guardar miles de películas en un teléfono,
pero entonces tener unas pocas cajitas con imágenes era casi como poseer un
tesoro. Y, seamos sinceros, seguramente perder una de ellas debajo del sofá
podía provocar una tragedia familiar de proporciones cinematográficas.
Lo mejor era
la ceremonia de ponerlo en marcha. Había que preparar el aparato, colocar el
lookfilm, apuntar hacia la pared y apagar la luz. Después empezaban los
ajustes: un poco más cerca, un poco más lejos, ahora se ve borroso, espera,
¡ahora sí! Y, por fin, aparecía la imagen. No era alta definición,
precisamente; probablemente hoy algún teléfono móvil se negaría a reproducirla
por dignidad profesional jejejeje. Pero entonces daba igual. Aquella imagen
proyectada sobre la pared tenía algo especial. Durante unos minutos, la
habitación dejaba de ser la habitación de siempre y se convertía en un cine
privado, con un único espectador o con toda la familia reunida alrededor.
Y elegir la
película era otro asunto. —Ponemos esta. —¡No, que esa ya la hemos visto! —Pues
yo quiero la de los animales. —¡Yo quiero fútbol!. El catálogo era limitado,
pero eso hacía que cada lookfilm tuviera su encanto. No podíamos cambiar de
película con un clic ni saltar de una historia a otra sin parar. Había que
escoger, y cuando por fin empezaba la proyección, la disfrutábamos. Esperar
también formaba parte de la diversión. Hoy tenemos tantas cosas al alcance de
la mano que a veces olvidamos la emoción de tener muy pocas y desearlas
muchísimo.
Los lookfilm
eran pequeños objetos que se podían tocar, guardar, coleccionar y, por
supuesto, perder en el momento más inoportuno. No eran archivos invisibles
dentro de una pantalla, sino pequeñas cajitas que guardaban historias. Quizá
por eso, al encontrar uno tantos años después, no vemos solamente una película
diminuta. Vemos también aquellas manos infantiles que lo sostenían, la
habitación en penumbra, la pared iluminada y las voces de quienes compartían
con nosotros aquella pequeña función. Porque los juguetes tienen esa
maravillosa capacidad: se quedan quietos durante décadas y, cuando alguien
vuelve a mirarlos, despiertan recuerdos que parecían dormidos.
El Lookmovie
no tenía conexión a Internet, no necesitaba actualizaciones ni nos preguntaba
si queríamos aceptar las cookies. Su misión era mucho más sencilla: encender
una luz y proyectar imágenes. Y quizá ahí residía su encanto. Era una máquina
pequeña, sin grandes pretensiones, que conseguía algo enorme: convertir una
tarde cualquiera en una aventura. Bastaba con apagar la luz para que empezara
la magia.
Hoy,
conservar uno de estos proyectores con su caja, sus instrucciones y sus
pequeñas películas es conservar un pedacito de nuestra historia cotidiana. No
hace falta que fuera el juguete más caro ni el más sofisticado. Lo importante
es lo que representaba: una época en la que la imaginación completaba todo aquello
que la tecnología todavía no podía ofrecernos.
Al final, el
Lookmovie era eso: un pequeño aparato capaz de fabricar momentos enormes. Cabía
en las manos, pero podía llenar una pared de historias. Y aunque sus imágenes
fueran diminutas y su luz modesta, tenía algo que ninguna pantalla moderna
puede garantizar: la capacidad de emocionarnos muchos años después de haberlo
apagado.
Porque hay juguetes que terminan olvidados en un cajón, y otros que, al volver a aparecer, nos devuelven por un instante a la infancia. El Lookmovie pertenece a estos últimos. Y quizá la mejor película que todavía puede proyectar no está dentro de ninguno de sus lookfilm, sino en nuestra memoria. Y la memoria, por suerte, todavía sabe proyectar películas que ningún catálogo puede ofrecer.












































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