Ya tenemos aquí la Semana Santa y con ella me llegan muchos entrañables recuerdos del ayer, de esos que aparecen sin avisar, como el olor a cocina antigua o el sonido lejano de un tambor en la calle. Recuerdos que no hacen ruido pero que se quedan, que tienen algo de ternura y de tiempo detenido, como si en esos días el mundo fuera un poco más lento y todo tuviera más sentido.
La Semana Santa siempre ha tenido ese aire especial, una
mezcla de recogimiento, tradiciones familiares y pequeñas costumbres que, si
uno se detiene a pensarlo, se han ido quedando poco a poco en el cajón de la
memoria. Algunas sobreviven, otras resisten como pueden, y otras ya solo viven
en fotografías ligeramente amarillentas o en conversaciones que empiezan con un
"¿te acuerdas cuando…?".
Antes, la Semana Santa no empezaba en las redes sociales
ni en calendarios digitales, empezaba en la cocina. Era un anuncio silencioso
pero infalible. El olor de aquel potaje de bacalao tan bueno que hacía tu madre
o la abuela, o de aquellas torrijas con un aroma que se colaba por cada rincón
de la casa, impregnando cortinas, pasillos y hasta la ropa tendida. No había versiones
modernas ni experimentos imposibles, solo pan duro, leche, huevo, azúcar y
canela, y ese ingrediente invisible que nunca falla: el cariño. Cada casa
defendía su receta como si fuera un secreto de estado, y en todas,
curiosamente, estaban convencidos de tener la mejor.
Mientras tanto, siempre había una voz que recordaba con
solemnidad aquello de "no se come carne, que es Viernes Santo",
aunque luego aparecieran en la mesa unas croquetas de vigilia que sabían
demasiado bien como para hacer muchas preguntas… jajajaja. Era parte del
encanto, de esa pequeña contradicción tan humana que también formaba parte de
la tradición.
Y luego estaban esos momentos que hoy parecen sacados de
otra época, como los niños rezando antes de dormir, a veces con sus muñecos alineados
a su lado como si formaran una pequeña congregación doméstica. Aquello no era
una escena preparada ni una imagen para compartir, era pura inocencia, una
especie de teatro íntimo donde cada muñeca tenía su papel. Había alguna
especialmente devota y otra que parecía estar allí por compromiso, pero todas
participaban. Y uno rezaba medio en serio, medio con sueño (como la niña de la
foto), confiando en que Dios entendería las prisas. Hoy, si ves a un niño
arrodillado en su cuarto, lo más probable es que esté buscando el cable del
móvil y no recitando un padrenuestro, y además de verdad… jejejeje.
La casa se llenaba también de otro tipo de rituales, como
el de encender la televisión y encontrarse, sin sorpresa pero con cierta
satisfacción, con las mismas películas de siempre. Ben-Hur, Los Diez
Mandamientos y alguna historia de romanos donde el sufrimiento era casi un
personaje más. Se veían cada año, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar,
pero daba igual, estábamos todos juntos, en familia, compartiendo momentos. Era
tradición, y las tradiciones no necesitan novedades para seguir teniendo valor.
Fuera, las calles parecían respirar de otra manera. Había
menos ruido, más pausa, una especie de respeto que no hacía falta explicar.
Incluso los niños bajaban la voz al pasar una procesión, como si entendieran
que ese momento pedía silencio. No era un silencio incómodo, sino uno lleno de
significado, de esos que hoy cuestan encontrar entre notificaciones de mensajes
y prisas.
La Semana Santa no necesitaba grandes planes. Bastaba con
salir a pasear sin rumbo, con ese clásico "vamos a dar una vuelta"
que terminaba siendo el mejor plan del día. Se caminaba sin objetivo, se
encontraba a gente conocida, se compartían conversaciones sencillas y se volvía
a casa con la sensación de haber hecho algo importante, aunque no se supiera
muy bien qué.
También estaba ese pequeño gran acontecimiento de estrenar ropa. No hacía falta nada extraordinario; bastaba con una camisa nueva o unos zapatos que crujían al andar. Había una mezcla de orgullo y cuidado, de querer lucir sin estropear, de sentir que ese detalle formaba parte de algo mayor. Y muchas veces, esa ropa nueva tenía un destino claro: ir bien guapos o guapas a bendecir las palmas o el laurel, esas ramas elaboradas y personalizadas con lazos brillantes o con golosas golosinas colgadas de ellas, que los niños lucían con tanto orgullo como el estreno mismo (como se ve en la foto de un servidor con el palmon, tomada en 1977; mmmm, aunque los caramelos colgados no llegaron a la foto, jejeje). Era una felicidad discreta, pero profundamente auténtica.
Con el tiempo, muchas de estas cosas han ido cambiando.
Ahora hay más opciones, más estímulos, más distracciones. Antes había menos,
pero quizá por eso se aprovechaban más. Donde antes había costumbre, ahora hay
improvisación; donde antes había pausa, ahora hay prisa. Y sin darnos cuenta,
entre mensaje y mensaje, se nos han ido escapando esos pequeños rituales que,
sin hacer ruido, construían recuerdos duraderos.
Sin embargo, no todo se ha perdido. Algunas tradiciones
siguen vivas y otras incluso regresan con fuerza, aunque a veces lo hagan
disfrazadas de modernidad. Tal vez no se trate de volver atrás ni de repetir
exactamente lo mismo, sino de recuperar la esencia de lo que hacía especiales
estos días: el tiempo compartido, la calma, el estar presente sin necesidad de
llenar cada minuto.
Porque al final, la Semana Santa no era solo lo que se
veía en las calles o en la televisión, sino todo aquello que ocurría en los
pequeños gestos, en las rutinas sencillas, en los momentos que parecían
insignificantes y que ahora, con la distancia, se revelan como los más valiosos.
Y quizá, si afinamos un poco la memoria y bajamos el ritmo, todavía estemos a
tiempo de rescatar algo de todo eso y devolverle a estos días ese sabor tan
especial que nunca debimos dejar escapar.
Bueno, amigos, solo me queda desearos una feliz Semana
Santa, y si cogéis unos días de descanso, recordad que aún estamos a tiempo… de
bajar el ritmo, de compartir una torrija en buena compañía y de dejar que estos
días tengan, aunque sea un poco, ese sabor de antes que tan bien nos sienta. Yo
también me tomaré unos días, porque a veces uno necesita parar, respirar y
dejar que los recuerdos hagan su trabajo. Nos vemos a la vuelta, con las pilas
cargadas y, quién sabe, quizá con algún viejo recuerdo nuevo que contar.

















