COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's

miércoles, 28 de octubre de 2026

HOY LA TELEVISIÓN CUMPLE SETENTA AÑOS

Recuerdo cuando la televisión entró en casa: un Vanguard en blanco y negro, un niño y todo un mundo por descubrir. Hoy la televisión cumple setenta años, pero algunos seguimos teniendo siete delante de aquella pantalla.

Hay recuerdos que no se guardan en álbumes de fotos, sino en algún rincón secreto del corazón. Recuerdos que huelen a merienda de pan con chocolate, a brasero en invierno, a ropa tendida en el balcón y a aquellas tardes en las que el tiempo parecía caminar despacito, sin notificaciones, sin prisas y sin que nadie tuviera que mirar el móvil cada tres minutos para comprobar si el mundo seguía en su sitio. Yo fui un niño de los 70's. Y en aquellos años, cuando la infancia se medía en rodillas peladas, cromos repetidos y partidos de fútbol improvisados en la calle, sucedió algo extraordinario en mi casa: a mediados de aquella década entró un televisor Vanguard en blanco y negro.

No recuerdo que llegara con alfombra roja, banda de música ni autoridades municipales, pero en mi memoria infantil aquel acontecimiento tuvo más solemnidad que la llegada de un astronauta a la Luna. ¡Un televisor nuevo! ¡En casa! ¡Y además era Vanguard, que a mí me sonaba a una nave espacial capaz de captar señales de otros planetas! La televisión llevaba ya años en España, desde aquel 28 de octubre de 1956 en que comenzaron las emisiones regulares de Televisión Española, y ahora, al cumplirse setenta años de aquella aventura, uno comprende que no solo celebramos la historia de un aparato, sino también la de millones de hogares que aprendieron a reunirse alrededor de una pequeña pantalla.

Porque una cosa era haber oído hablar de la televisión y otra muy distinta tenerla en el salón, como si hubiéramos instalado una ventana mágica por la que se colaban artistas, futbolistas, presentadores, dibujos animados y noticias de un mundo que, hasta entonces, nos quedaba bastante lejos. Eso sí, nuestro Vanguard era en blanco y negro. El blanco y negro de verdad, no ese blanco y negro artístico que ahora se utiliza para hacer fotografías elegantes. Aquí el gris era el rey, el gris gobernaba y el gris decidía hasta de qué color imaginábamos la camisa del presentador. Pero ¿a quién le importaba? Nosotros veíamos la vida en tecnicolor porque la imaginación se encargaba del resto.

Antes de que apareciera el presentador de turno, reinaba ella: la inolvidable carta de ajuste. Aquella imagen geométrica, llena de círculos, rayas, escalas de grises y figuras que parecían diseñadas por un matemático con vocación de artista moderno. Y allí nos quedábamos, hipnotizados, contemplándola como quien espera una revelación divina.

—¿Ya empieza?

—Todavía no.

—¿Y ahora?

—¡Que te he dicho que todavía no!

La carta de ajuste servía para comprobar y regular la imagen y el sonido del televisor, pero para nosotros era mucho más: era el prólogo de la felicidad, la promesa de que aquella tarde podía suceder algo maravilloso. Aquella imagen, que hoy contemplamos con tanta nostalgia, nos conecta también con los primeros pasos de TVE en 1956. Lo que para quienes vivieron aquellos comienzos fue parte de una televisión que acababa de nacer, para los niños de los setenta era el anuncio de que la magia estaba a punto de comenzar en el salón de casa.

Los que ya peinamos canas "o hemos decidido llevarlas con dignidad" sabemos que aquella imagen no era un programa, sino el anuncio de que la televisión estaba a punto de empezar. Y quienes nacieron después, rodeados de pantallas que nunca descansan, quizá no entiendan que hubo un tiempo en el que hasta la espera formaba parte del espectáculo. A veces sonaba una musiquilla que parecía venir de una galaxia lejana. Otras, el televisor emitía aquel pitido que, de haberlo escuchado un perro, probablemente habría solicitado la baja por estrés. Y nosotros esperábamos.

Porque entonces la televisión no estaba disponible las veinticuatro horas. Tenía sus horarios, sus pausas y hasta su despedida. ¡La televisión se acababa! Y cuando terminaba la emisión, se apagaba el espectáculo y cada cual volvía a su vida, que tampoco estaba nada mal. Hoy tenemos miles de contenidos a un solo clic y, aun así, hay días en los que tardamos más en elegir qué ver que en ver algo. Nosotros, en cambio, teníamos dos cadenas: la Primera, que era la reina de la casa, y la Segunda, la UHF, que tenía un aire más misterioso y que, dependiendo de dónde vivieras y de cómo estuviera orientada la antena, podía convertirse en toda una aventura de sintonización.

La programación era limitada, sí, pero nuestra capacidad de ilusión habría dejado boquiabiertos a muchos fabricantes de pantallas de última generación. En los años 70's, la programación tenía nombres que se nos quedaron grabados a fuego en la memoria. Estaba Un, dos, tres... responda otra vez, con sus azafatas, sus preguntas, sus humoristas y aquella calabaza Ruperta que podía arruinarte la noche con una sonrisa. Estaba Félix Rodríguez de la Fuente, que conseguía que mirásemos a los animales con un respeto casi sagrado. Gracias a El hombre y la Tierra, muchos niños descubrimos que la naturaleza era una aventura fascinante y que el lobo no tenía por qué ser siempre el malo del cuento.

Y luego llegaron Heidi, con su abuelo y sus montañas, y Marco, aquel niño que nos enseñó que se podía llorar por alguien a quien nunca habíamos conocido. Porque sí, amigos: nosotros también llorábamos con los dibujos animados. Y sin necesidad de que una película llevara la etiqueta de "emocionalmente devastadora". Por la pantalla pasaban también Estudio 1, las series del Oeste, las películas de los sábados, los concursos y los programas musicales. Y, cuando tocaba fútbol, el salón se transformaba en una grada improvisada, con el padre ejerciendo de seleccionador nacional y el resto de la familia aprendiendo a celebrar goles sin romper el jarrón de la abuela.

La televisión era conversación al día siguiente en el colegio. Era el recreo hablando de lo que habíamos visto, el compañero que aseguraba haber visto algo que nadie más había visto y el otro que se inventaba el final porque se había quedado dormido en el sofá. Era también una forma de compartir un mismo mundo. Millones de personas mirando las mismas imágenes, riendo con los mismos chistes y esperando el mismo desenlace.

Y qué decir de la tecnología. Nuestro Vanguard no tenía Netflix, ni internet, ni aplicaciones, ni control por voz. Para cambiar de canal había que acercarse al aparato y girar el selector o pulsar el botón. ¡Ejercicio físico integrado en el entretenimiento! Si la imagen salía torcida, alguien tenía que tocar los mandos. Si aparecían interferencias, comenzaba una ceremonia familiar que podía incluir mover la antena, ajustar la sintonía y pronunciar frases de alto contenido científico:

—¡Ahora se ve bien!

—¡No, no te muevas, que se va!

—¡Ahí, ahí! ¡Quédate quieto!

Y allí se quedaba el pobre de turno, inmóvil junto al televisor, vigilando la imagen o ayudando a ajustar la antena interior que coronaba la TV, convertido en un repetidor humano de última generación. No existía el servicio técnico a domicilio para cada pequeño contratiempo. Existía el padre, el vecino entendido en electricidad o ese tío que, sin haber estudiado ingeniería, era capaz de reparar media casa con un destornillador y una seguridad pasmosa.

Y mientras tanto, el mundo empezaba a cambiar también delante de nuestros ojos. Durante los años 70's, la televisión en color fue ganando terreno en España, aunque su llegada a los hogares fue gradual. Nosotros, sin embargo, seguíamos disfrutando de nuestro Vanguard en blanco y negro, sin imaginar que algún día aquellas imágenes grises se convertirían en un recuerdo tan lleno de color. Y cuando la imagen se veía mal, no cambiábamos de pantalla. Aprendíamos a convivir con aquellas pequeñas imperfecciones. Quizá por eso le teníamos tanto cariño.

Hoy, 28 de octubre de 2026, se cumplen setenta años del comienzo de las emisiones regulares de Televisión Española. Setenta años desde aquellas primeras imágenes que abrieron una ventana nueva en los hogares españoles. Y pienso en aquel niño que fui y en el Vanguard que entró en casa a mediados de los 70's. Pienso en sus botones, en su pantalla de grises, en la luz que proyectaba sobre las caras de mi familia y en aquellas tardes que parecían no tener final.

No sé dónde habrá terminado aquel televisor. Tal vez en un desván, en un trastero o en algún lugar donde duermen los electrodomésticos que un día fueron imprescindibles. Pero, en mi memoria, sigue allí, ocupando su sitio en el salón, con la pantalla encendida y el mundo entero dentro. Y me doy cuenta de que no echo de menos solamente la televisión de entonces. Echo de menos la edad en la que todo parecía nuevo, en la que una película era un acontecimiento, un dibujo animado podía alegrarte el día y una carta de ajuste bastaba para despertar la impaciencia más hermosa del mundo.

Echo de menos a quienes se sentaban a nuestro lado y que, en muchos casos, ya no están. A quienes compartían el sofá, la merienda, las risas y los silencios. A quienes convertían una habitación cualquiera en el lugar más importante del universo. Porque el verdadero milagro nunca estuvo dentro del televisor. El milagro era que, durante un rato, todos estábamos juntos.

Y quizá por eso, cuando cierro los ojos, todavía escucho aquel sonido, veo aparecer las primeras imágenes y siento la misma emoción de aquel niño que descubrió que una caja de madera y cristal podía contener mundos enteros. Un niño de los 70's que no tenía televisión inteligente, pero que fue inmensamente feliz delante de su Vanguard en blanco y negro. Y que hoy, tantos años después, daría cualquier cosa por sentarse un ratito más en aquel salón, escuchar de nuevo a su familia y volver a ver la carta de ajuste. Aunque solo fuera un minuto. Aunque después apareciera el mensaje de fin de emisión. Porque algunas imágenes se apagan en la pantalla, pero se quedan encendidas para siempre en el corazón.


sábado, 24 de octubre de 2026

¡SE ACERCA HALLOWEEN A NUESTRO RINCÓN NOSTÁLGICO!

Hoy me apetecía compartir con vosotros una imagen de esas que te sacan una sonrisa y que, al mismo tiempo, tienen ese puntito entrañable y divertido que tanto nos gusta por aquí. Porque, aunque a veces nos pongamos nostálgicos recordando viejos tiempos, también hay espacio para las risas, las sorpresas y alguna que otra travesura monstruosa. ¡Y si viene acompañada de un fantasma tan simpático como este, mucho mejor!

Y es que ya tenemos aquí una de esas fechas que, año tras año, van ganando más protagonismo y que llenan el calendario de calabazas, disfraces, sustos, truco o trato, caramelos, historias misteriosas y un ambiente muy especial: ¡Halloween ya está a la vuelta de la esquina!

Así que he decidido ponerme manos a la obra. Estos días ando por aquí, moldeando ideas como si fuera un alfarero, dando forma a nuevos artículos y preparando algunas sorpresas que espero que os hagan disfrutar tanto como a mí me gusta prepararlas.

Para la próxima semana estoy torneando un jarrón… mmmm perdón que me meto mucho en el papel y ya la estoy liando jajajajaja quería decir que estoy preparando algún que otro post terroríficamente nostálgico, con recuerdos, curiosidades y ese toque divertido que nos permite viajar al pasado sin perder la sonrisa. Y, por supuesto, también estoy preparando algún especial relacionado con estas fiestas tan monstruosamente divertidas, de esos que espero que os sorprendan y os hagan recordar, disfrutar y, por qué no, soltar alguna que otra carcajada, también hay un par de aniversarios dignos de tratar mmmm pero hasta aquí puedo leer jejejeje

No quiero desvelaros demasiado todavía, que parte de la magia está precisamente en la sorpresa… ¡Pero os aseguro que ya hay alguna que otra idea rondando por mi cabeza!

Así que, si os gusta la nostalgia, los recuerdos de otras épocas y ese encanto especial que tienen las historias entrañables, estad muy atentos al blog durante la próxima semana, porque se avecinan nuevas publicaciones y alguna que otra misteriosa sorpresa que espero que os guste tanto como a mí me está gustando prepararla.

Mientras tanto, disfrutad de estos días, id preparando las calabazas, desempolvando los disfraces y afilando vuestros colmillos de vampiro, porque Halloween viene pisando fuerte… ¡y por aquí también vamos a celebrarlo a nuestra manera!

Y recordad: los mejores recuerdos nunca dan miedo… aunque alguno que otro todavía sea capaz de ponernos los pelos de punta o sacarnos una risa nerviosa.

martes, 13 de octubre de 2026

MARTES 13 CON ALQUILERES DE MIEDO: ¿QUIÉN LE TEME A UN POLTERGEIST CUANDO HAY TERRAZA?

Dicen los supersticiosos que en martes 13 no te cases ni te embarques. Lo que no aclara el refrán tradicional es qué demonios hacer si te vence el contrato de alquiler este mes. Porque hoy en día, encontrar un piso y ya no digamos una casa, con un precio razonable en la ciudad no es cuestión de suerte: es directamente un expediente X.

Hay algo maravillosamente nostálgico en recordar los años 70's y 80's. Aquella época en la que los mayores se preocupaban por cosas entrañables como la subida de la gasolina o si el coche consumiría demasiado en el viaje a la playa. En aquellos tiempos, las películas de terror nos asustaban con casas encantadas de fachadas imponentes, techos de madera y ventanales con personalidad. La mansión de Terror en Amityville, por ejemplo: un caserón estilo holandés con jardín, chimenea y un toque arquitectónico único. ¿El problema de la vivienda? Que crujían los suelos y las paredes susurraban "fueraaaa" a las tres de la madrugada.

Sinceramente, visto lo visto en los portales inmobiliarios actuales, ¿a quién le importa un espectro volando por el pasillo?

Echando la vista atrás con una sonrisa gamberra, la definición de "casa de pesadilla" ha cambiado drásticamente. En los 80's, el horror era un espíritu chocarrero moviendo las sillas del salón. Hoy, el verdadero pánico es abrir la app de alquileres y descubrir que un "estudio diáfano y acogedor" no es más que un antiguo cuarto trastero reconvertido, sin ventana, donde la ducha está prácticamente encima de la vitrocerámica y por el que te piden el sueldo entero y el riñón de un pariente cercano.

Por eso, en un día tan señalado como este martes 13, la verdadera ganga no es que la casa esté reformada; es que tenga metros cuadrados reales. Si la mansión de Amityville saliera hoy al mercado por un precio decente, la cola para la visita daría la vuelta a la manzana. Ni psicofonías, ni luces que se apagan solas, ni moscas en el cristal van a asustar a una generación que ha aprendido a convivir con caseros voraces y fianzas de tres meses. Es más, hasta le encontraríamos el lado positivo al asunto:

—Oye, ¿no te da miedo que el espíritu del antiguo dueño haga flotar los platos?

—¡Qué va! Si nos ahorramos el lavavajillas y encima nos entretiene el fin de semana.

Al final, reírnos de nuestra propia suerte es el mejor refugio que nos queda. Nos consuela recordar las películas con las que crecimos y darnos cuenta de que los verdaderos monstruos no llevan sábana ni flotan en el aire: llevan un contrato con cláusulas abusivas bajo el brazo. Así que, si hoy en tu martes 13 encuentras un piso o una casa con luz natural, balcón y un precio que no te obligue a alimentarte a base de arroz el resto de tu vida... no preguntes si la casa tiene historia. Firma rápido, saluda educadamente al fantasma del pasillo y dile que, si va a quedarse, le toca pagar la mitad de la comunidad y parte de la factura de la luz jajajaja.

lunes, 12 de octubre de 2026

RECUERDOS DE LA PILARICA

Fue precisamente en los vertiginosos y entrañables años 70's cuando, tras una visita inolvidable de la familia de Sariñena (Zaragoza), desembarcó en el salón de casa un objeto destinado a marcar una época: la capilla de la Virgen del Pilar plastificada y luminosa.

Las visitas familiares tenían su propia liturgia: abrazos, historias, meriendas interminables y esa generosidad de la buena, la que no necesita envoltorios elegantes. Y entre los regalos que trajeron consigo hubo uno que acabaría conquistando un lugar de honor en nuestro hogar: una capillita de la Virgen del Pilar, de plástico dorado y con bombillitas de colores. ¡La Pilarica en versión luminosa!

No era un mero adorno: era una obra cumbre del kitsch aragonés, una catedral en miniatura, un monumento al cariño familiar y a la fe popular, un prodigio de la ingeniería devocional. Aquella capilla ostentaba un dorado gótico tan deslumbrante que cegaba a los visitantes apenas cruzaban el recibidor. Elaborada en un plástico fino que imitaba al oro con un entusiasmo digno de admiración, venía equipada con dos puertecitas caladas que se abrían como el sagrario de las grandezas.

Al abrirlas, emergía radiante la Pilarica sobre su manto y su columna, flanqueada por una corte de pequeñas bombillitas incandescentes rojas, verdes y amarillas, con esa curiosa forma de llama o lágrima apuntada que recordaba a las luces de un abeto navideño perpetuo. Era como si la verbena de las fiestas patronales hubiera decidido instalarse en el salón, con permiso de la Virgen.

Conectar la capillita a la red eléctrica era todo un ritual. Nada de luces LED frías o de bajo consumo: aquello consumía vatios con ganas y generaba un calorcito reconfortante que desprendía un suave aroma a baquelita y plástico tibio. Cuando el interruptor hacía clic, la estancia quedaba envuelta en un fulgor de verbena sagrada. La luz roja iluminaba el encaje de plástico dorado, la verde proyectaba destellos esperanzadores sobre la vitrina y la amarillenta daba un tono místico a las fotos de primera comunión que reposaban cerca. Por unos instantes, el salón entero adquiría un aire celestial y verbenero. ¡Ni Las Vegas, oiga, con permiso de la Pilarica!

Eso sí, aquellas bombillitas tenían bastante personalidad. Un día brillaban como soles y al siguiente parpadeaban por su cuenta, quizá intentando transmitir algún mensaje divino. Y siempre había una que elegía el peor momento para fundirse: una visita importante, una celebración familiar o el mismísimo día del Pilar. Entonces entraba en acción el manitas de la casa, mi padre, armado con un destornillador, un trocito de cinta aislante y toda la paciencia del mundo. Algún que otro taco cariñoso dirigido al fabricante, unos retoques y ¡milagro! La capillita recuperaba su esplendor. Sanidad eléctrica aparte, aquello era pura devoción.

Pero lo verdaderamente hermoso no estaba en el plástico dorado ni en aquellas luces incandescentes, capaces de caldear el ambiente casi tanto como una estufa jajajajaja. Estaba en lo que representaba aquel regalo: la generosidad de los tíos y primos de Sariñena, el abrazo emocionado en la estación, las meriendas interminables con magras con tomate y la cercanía de quienes, aun viviendo lejos, encontraban la manera de hacerse presentes. Era el deseo de que la protección de la Virgen siempre nos acompañara, como un abrazo aragonés que había viajado hasta nuestra casa para quedarse.

Colocada con honores en la vitrina del salón, la capilla de la Virgen del Pilar veló nuestras noches de infancia. Desde allí fue testigo mudo de las cartas a los Reyes Magos, los guisos del domingo, las fotografías de primera comunión y las charlas familiares que parecían no tener fin. Vio crecer a los niños, cambiar los tiempos y pasar los años sin perder su sitio, iluminando con sus bombillitas de colores los pequeños grandes acontecimientos de nuestra vida.

Hoy, al volver la mirada atrás y evocar aquella figura dorada y reluciente, descubrimos que no ha perdido un ápice de su encanto. Aquella pequeña maravilla era también una máquina del tiempo: basta imaginar sus bombillitas encendidas para recuperar voces queridas, risas olvidadas y rostros que siguen viviendo en nuestra memoria. La nostalgia, ya se sabe, es una gamberra: empieza haciéndote sonreír por una antigualla y termina encogiéndote el corazón.

Quizá ahora tengamos luces LED, casas más modernas y tecnología capaz de iluminar hasta la luna. Pero ninguna bombilla inteligente podrá reproducir aquella luz imperfecta que llenaba el salón de familia, ternura y esperanza. Porque entonces la felicidad podía encenderse con un simple enchufe, y el cariño de los nuestros bastaba para iluminar cualquier rincón del hogar.

Porque la Pilarica no era solamente una capillita: era Aragón llamando a nuestra puerta, era el cariño convertido en regalo y era un pedacito de infancia que todavía nos alumbra por dentro.

¡Viva la Pilarica! Y que no se nos funda nunca la memoria.

¡FELIZ DÍA DEL PILAR!



sábado, 10 de octubre de 2026

LOOKMOVIE: EL PEQUEÑO CINE QUE CABÍA EN TUS MANOS

Hace unos días llego a mis manos este pequeño proyector, y me hizo recordar que ver una película no consistía en sentarse delante de una pantalla y elegir entre cientos de títulos. Había que preparar la función: buscar una pared blanca, apagar la luz, colocar el aparato y escoger aquella pequeña película que llevábamos tanto tiempo queriendo ver. Entonces ocurría algo casi mágico: una diminuta máquina de plástico conseguía transformar una habitación cualquiera en una auténtica sala de cine.

Se llamaba Lookmovie y era uno de esos juguetes que, vistos hoy, parecen sencillos hasta que recordamos lo extraordinarios que nos resultaban de pequeños. No necesitábamos grandes pantallas ni efectos especiales. Nos bastaban una luz, una pared y un poco de imaginación. Lo demás lo poníamos nosotros.

El Lookmovie era un pequeño proyector de microfilms de NBC que utilizaba unas diminutas películas llamadas lookfilm. Dentro de aquellas pequeñas cajitas cabían mundos enteros: deportes, reportajes, documentales y cómics. Había títulos relacionados con los Beatles, animales, deporte, aventuras espaciales y personajes tan queridos como Mortadelo y Filemón.

¡Toda una videoteca en miniatura! Hoy podemos guardar miles de películas en un teléfono, pero entonces tener unas pocas cajitas con imágenes era casi como poseer un tesoro. Y, seamos sinceros, seguramente perder una de ellas debajo del sofá podía provocar una tragedia familiar de proporciones cinematográficas.

Lo mejor era la ceremonia de ponerlo en marcha. Había que preparar el aparato, colocar el lookfilm, apuntar hacia la pared y apagar la luz. Después empezaban los ajustes: un poco más cerca, un poco más lejos, ahora se ve borroso, espera, ¡ahora sí! Y, por fin, aparecía la imagen. No era alta definición, precisamente; probablemente hoy algún teléfono móvil se negaría a reproducirla por dignidad profesional jejejeje. Pero entonces daba igual. Aquella imagen proyectada sobre la pared tenía algo especial. Durante unos minutos, la habitación dejaba de ser la habitación de siempre y se convertía en un cine privado, con un único espectador o con toda la familia reunida alrededor.

Y elegir la película era otro asunto. —Ponemos esta. —¡No, que esa ya la hemos visto! —Pues yo quiero la de los animales. —¡Yo quiero fútbol!. El catálogo era limitado, pero eso hacía que cada lookfilm tuviera su encanto. No podíamos cambiar de película con un clic ni saltar de una historia a otra sin parar. Había que escoger, y cuando por fin empezaba la proyección, la disfrutábamos. Esperar también formaba parte de la diversión. Hoy tenemos tantas cosas al alcance de la mano que a veces olvidamos la emoción de tener muy pocas y desearlas muchísimo.

Los lookfilm eran pequeños objetos que se podían tocar, guardar, coleccionar y, por supuesto, perder en el momento más inoportuno. No eran archivos invisibles dentro de una pantalla, sino pequeñas cajitas que guardaban historias. Quizá por eso, al encontrar uno tantos años después, no vemos solamente una película diminuta. Vemos también aquellas manos infantiles que lo sostenían, la habitación en penumbra, la pared iluminada y las voces de quienes compartían con nosotros aquella pequeña función. Porque los juguetes tienen esa maravillosa capacidad: se quedan quietos durante décadas y, cuando alguien vuelve a mirarlos, despiertan recuerdos que parecían dormidos.

El Lookmovie no tenía conexión a Internet, no necesitaba actualizaciones ni nos preguntaba si queríamos aceptar las cookies. Su misión era mucho más sencilla: encender una luz y proyectar imágenes. Y quizá ahí residía su encanto. Era una máquina pequeña, sin grandes pretensiones, que conseguía algo enorme: convertir una tarde cualquiera en una aventura. Bastaba con apagar la luz para que empezara la magia.

Hoy, conservar uno de estos proyectores con su caja, sus instrucciones y sus pequeñas películas es conservar un pedacito de nuestra historia cotidiana. No hace falta que fuera el juguete más caro ni el más sofisticado. Lo importante es lo que representaba: una época en la que la imaginación completaba todo aquello que la tecnología todavía no podía ofrecernos.

Al final, el Lookmovie era eso: un pequeño aparato capaz de fabricar momentos enormes. Cabía en las manos, pero podía llenar una pared de historias. Y aunque sus imágenes fueran diminutas y su luz modesta, tenía algo que ninguna pantalla moderna puede garantizar: la capacidad de emocionarnos muchos años después de haberlo apagado.

Porque hay juguetes que terminan olvidados en un cajón, y otros que, al volver a aparecer, nos devuelven por un instante a la infancia. El Lookmovie pertenece a estos últimos. Y quizá la mejor película que todavía puede proyectar no está dentro de ninguno de sus lookfilm, sino en nuestra memoria. Y la memoria, por suerte, todavía sabe proyectar películas que ningún catálogo puede ofrecer.