Las mágicas fiestas navideñas ya han quedado atrás y, tras unos días de silencio por culpa de un señor gripazo que me dejó completamente fuera de juego, también aproveché para tomarme unos días más de descanso. Días tranquilos, de parar, vivir las fiestas, ordenar ideas y preparar algunas cosillas que pronto iréis viendo. Entre todo eso, apareció un regalo que me trajeron sus majestades los Reyes Magos de Oriente y que, sin esperarlo, me llevó de golpe muchos años atrás.
Hay juguetes
que no eran solo juguetes. Eran portales. Puertas abiertas a mundos enteros que
cabían en el suelo del comedor, en una habitación compartida o en la mesa
grande de casa de los abuelos. Hoy quiero rescatar uno de esos grandes clásicos
que, a quienes crecimos en determinadas generaciones, nos despierta recuerdos
muy, muy agradables y entrañables… o al menos eso espero. Hablo del Fuerte Comansi,
mi regalo de Reyes.
Nada más
verlo, algo hizo clic. De repente ya no estaba en el presente. Volví a aquellas
tardes eternas jugando en el suelo del salón, a las batallas interminables, al
Séptimo de Caballería, a los vaqueros y los indios, a la imaginación desbordada
y a las historias que nacían sin guion ni reglas. La infancia tiene eso: se
esconde durante años y reaparece cuando menos lo esperas.
No recuerdo
exactamente de dónde salió aquel viejo fuerte. No sé si perteneció a mis
hermanos, si me lo regalaron en algún momento o si, como tantos otros juguetes
de mi infancia, llegó a casa gracias a la señora Cinta, mi vecina. En mi caso
bien pudo venir de los hijos o incluso nietos de la señora Cinta, que fue una
auténtica proveedora de juguetes con historia. Ella fue, sin saberlo, una pieza
clave de muchos de nuestros recuerdos. Cuando hacía limpieza, aparecían
juguetes que habían sido de sus hijos y más tarde de sus nietos, y que acababan
encontrando una segunda o tercera vida en mis manos.
Gracias a ella
heredé muchos juguetes que hoy son auténticas reliquias. El Fuerte Comansi creo
que fue uno de ellos. No llegó en una caja nueva, pero venía cargado de
historias, y eso lo hacía aún más especial.
Era un
fuerte sólido, de madera, con ese olor tan característico que mezclaba serrín,
polvo y aventuras. Pasaba horas y horas jugando con él. Organizaba mi Séptimo
de Caballería, colocaba a los vaqueros estratégicamente y, enfrente, los
indios. ¿Apaches? ¿Sioux? A saber… daba igual. En aquel universo no importaban
los nombres, solo la imaginación y las batallas que se montaban una tras otra.
En 2011
escribí sobre él para nuestra vieja página de Facebook, en plena oleada de
reediciones míticas (Geyperman, la Señorita Pepis, Madelman o el propio Fuerte
Comansi). Parecía que la industria juguetera había decidido mirar atrás y
guiñarnos un ojo a los que ya peinábamos alguna cana. Hoy, en 2026, está claro
que aquella nostalgia no era una moda pasajera: era una necesidad.
Recuerdo
perfectamente cómo podía pasar una tarde entera sin darme cuenta del tiempo. El
suelo del salón se convertía en el Lejano Oeste: murallas que defender, ataques
sorpresa, huidas a caballo y rescates imposibles. Todo ocurría en silencio
muchas veces, concentrado, como si realmente de aquello dependiera el destino
del fuerte.
Y claro,
muchas de esas batallas no se entienden sin mi primo Esteban. Cuando venía a
visitarnos desde Zaragoza, el ritual era siempre el mismo. Llegaba a casa, nos
saludábamos rápido y, casi sin dar tiempo a nada más, soltaba:
—¿Dónde está
ese pedazo de fuerte?
Y ya estaba
todo dicho. El fuerte colocado en algún rincón de casa que no estuviera muy
transitado y comenzaba la guerra. Él solía coger los indios y yo me quedaba con
los vaqueros. Así, sin discutirlo. Batallas largas, intensas, a veces caóticas,
pero siempre divertidas. Recuerdo incluso que, cuando sabía que iba a venir,
sacaba el fuerte antes y lo dejaba preparado, como quien organiza tropas antes
de una gran ofensiva.
No hacían
falta más jugadores. Éramos suficientes. Dos imaginaciones, un fuerte y una
tarde por delante. Nada más.
Esteban Sanz
Alcázar. Golfo, se te echa de menos. En la próxima batalla que nos toque librar
algún día en otro bonito lugar, te dejaré ser de los vaqueros. Porque con los
años he aprendido que, de vez en cuando, no está nada mal hacer un poco el
indio en la vida jajajaja.
Te mando un
abrazo, primo, allí donde estés.
El Fuerte
Comansi nació en los años 60's y se convirtió en uno de los grandes iconos del
juguete español. Durante los años 70's fue, sin duda, uno de los productos
estrella de la marca, acompañado de su mítico eslogan: "Juguete completo,
juguete Comansi". Y lo era. No necesitaba nada más para crear un mundo
entero.
Hubo muchos
fuertes del Oeste, de madera o de plástico, grandes y pequeños. Pero el Fuerte
Comansi fue, sin duda, el más emblemático. Y no era casualidad. Un muy buen
amigo mío, el mismo que me regaló el cartucho pequeño de indios y vaqueros de
Comansi (Juan Pedro Akela de El Kiosko de Akela), comentó una vez que gran parte
de su éxito venía de aquellas películas del Oeste que veíamos cuando éramos
pequeños. Y tenía razón.
Décadas
después llegaron reediciones, materiales mejorados y figuras más detalladas,
pero la esencia seguía siendo la misma: ofrecer un escenario donde todo era
posible. Un juguete que no te decía cómo jugar, sino que te invitaba a
inventarlo todo.
Gran parte
de la magia de aquellos juegos tenía mucho que ver con las películas del Oeste
que veíamos de pequeños. Aquellos sábados por la tarde, las sesiones dobles,
los clásicos que hoy apenas se ven en televisión. Sin saberlo, esas imágenes se
colaban en nuestros juegos.
En mi
cabeza, muchas de aquellas batallas tenían algo del Spaghetti Western de Sergio
Leone, de sus silencios tensos, de los duelos eternos y de esas melodías
inconfundibles de Ennio Morricone que parecían sonar incluso cuando el salón
estaba en silencio. Estaban ahí, flotando, marcando el ritmo de cada historia
inventada, como si los paisajes de mi querida Almería, la tierra que me vio nacer
y donde se rodaron tantas películas de este género, envolvieran aquel pequeño
fuerte de madera.
El Séptimo
de Caballería del general Custer defendía el fuerte como podía, siempre al
límite, siempre rodeado. Todo ocurría en miniatura, sobre una alfombra, pero la
épica era real.
Hoy, en
2026, el Fuerte Comansi ya no es solo un juguete ni un simple recuerdo
personal. Es un portal entre generaciones, un punto de encuentro invisible
entre padres, hijos y abuelos. Los que un día jugamos con él en el suelo del salón
ahora lo miramos con otros ojos, conscientes de que en esas piezas de madera
viajan historias, imaginación y tiempo compartido. Es la prueba de que los
juguetes también pueden ser herencia emocional, capaces de unir a distintas
generaciones alrededor de un mismo recuerdo.
Y así, el
Fuerte Comansi sigue siendo más que un juguete: es un portal al pasado, un
recuerdo vivo y una lección de imaginación que nunca se olvida, es un ¡Juguete
completo, juguete Comansi!


.jpg)




.jpg)




.jpg)
.jpg)



No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡GRACIAS POR TU COMENTARIO!
Tu comentario ha sido enviado con éxito, pero está pendiente de moderación. En breve lo revisaré y lo publicaré en el Blog. Saludotes. HAL