Hay recuerdos que no se guardan en cajas ni en álbumes, sino en la punta de los dedos. Recuerdos que huelen a barrio, a polvo de obra, a tardes sin prisa y a risas que rebotaban entre fachadas desconchadas. Uno de esos recuerdos, para muchos de nosotros, tiene forma de espiral juguetona: el fleje yo-yo. Aquel invento humilde, casi accidental, que convertía un simple trozo de fleje de plástico en un juguete capaz de hacernos sentir dueños del mundo durante unos segundos.
Corrían los
últimos años de los 70's, cuando los niños aún éramos exploradores de callejón,
arqueólogos de casas abandonadas y cazadores de tesoros improvisados. No
necesitábamos mucho: un balón desinflado, una caja de cartón, un palo que podía
ser espada, caballo o nave espacial. Pero hubo un tiempo, breve y glorioso, en
que todos soñábamos con conseguir un pedazo de fleje de plástico. No uno
cualquiera, no: uno largo, flexible, de esos que venían de embalajes de fábrica
o de obras donde los albañiles nos miraban con media sonrisa mientras
preguntábamos, con la inocencia más descarada del mundo: "¿Tiene un
trocito de fleje que le sobre?".
Y cuando lo
conseguíamos… ay, cuando lo conseguíamos. Aquello era como encontrar oro. Oro
de plástico, sí, pero oro al fin y al cabo. Lo enrollábamos con la solemnidad
de un ritual antiguo, como si estuviéramos fabricando un artefacto mágico. Dos
o tres metros era la medida perfecta, la que garantizaba un yo-yo poderoso, de
esos que salían disparados como un resorte y volvían a la mano con un latigazo
elegante.
Atábamos la
espiral con hilos, cordeles o lo que hubiera a mano, y entonces venía la parte
científica del asunto: el cazo con agua hirviendo. No sabíamos nada de física,
pero intuíamos que el calor tenía algo de hechizo. Metíamos el rollo de fleje
en el agua burbujeante, lo dejábamos cinco minutos mientras el vapor nos
empañaba la cara, y luego, como si fuéramos alquimistas, lo pasábamos al
congelador. Quince minutos de frío absoluto para que la espiral quedara fijada,
como si el plástico aprendiera de memoria la forma que queríamos darle.
Cuando
cortábamos los hilos y el fleje se desplegaba con ese sonido seco y vibrante
tan característico, era como liberar un pequeño dragón domesticado. Y entonces,
sí: ya teníamos nuestro fleje yo-yo. Un juguete sencillo, casi primitivo, pero
capaz de arrancar carcajadas y desafíos entre amigos: "A ver quién lo
lanza más lejos", "A ver quién lo recoge más rápido", "A
ver quién no se engancha los dedos".
El éxito fue
tal que, como suele ocurrir con las cosas buenas, alguien decidió convertirlo
en negocio. Y así, aquel invento de barrio, nacido entre almacenes, talleres y
obras, acabó en los kioscos. Los veíamos colgados junto a los chicles de
canela, los soldaditos de plástico y las bolsas sorpresa. Pero aunque los
comprados eran bonitos, brillantes y perfectos, los nuestros tenían alma.
Tenían historia. Tenían el orgullo de lo hecho con las propias manos.
Hace unos
días, movido por esa nostalgia que a veces nos visita sin avisar, fabriqué
algunos más. Pero esta vez, en lugar de cazo y congelador, decidí probar un
método más moderno, casi futurista comparado con aquellos tiempos: el
microondas. Enrollé el fleje, lo até bien fuerte y lo metí en un tazón lleno de
agua. Tres minutos de calor radiante, un minuto en agua fría, y listo. Más
rápido, más práctico, igual de mágico. El fleje salió perfecto, obediente,
dispuesto a convertirse en ese juguete que parecía dormido en algún rincón de
la memoria.
Para darle el
toque final, calenté un clavo grande y perforé la punta interior del fleje,
como hacíamos antes, para pasar un cordel y poder anillarlo al dedo. Ese gesto,
tan simple, me devolvió de golpe a la infancia. A los veranos interminables. A
los amigos que ya no están. A las casas abandonadas donde buscábamos tesoros
imposibles. A los kioscos que olían a tinta y a ilusión. A las calles donde
aprendimos que la imaginación era el mejor juguete de todos.
Y entonces lo
solté. El fleje salió disparado, vibrando como un latido de plástico vivo, y
volvió a mi mano con la misma energía de hace casi 50 años. Por un instante,
fui otra vez aquel niño que corría por el barrio con los bolsillos llenos de
nada y el corazón lleno de todo. Y entendí algo que quizá ya sabía, pero había
olvidado: que hay recuerdos que no se guardan, se despiertan. Que hay juegos
que no envejecen, solo duermen. Que hay alegrías que no necesitan pilas,
pantallas ni instrucciones. Porque al final, lo que de verdad nos acompaña no
es el fleje en sí, sino lo que desata: la risa que vuelve, la infancia que
asoma, la magia sencilla de un tiempo en que todo era posible. Y mientras el
yo-yo de plástico regresaba a mi mano, sentí que también regresaba algo más:
esa parte de mí que nunca se fue del todo, que sigue ahí, esperando cualquier
excusa para salir a jugar.










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