Había un
momento del año en el que el colegio olía distinto. No era el de la plastilina
ni el de los bocadillos del recreo. Era un olor más serio, casi adulto: arcilla
húmeda, manos sucias y una misión importante. Se acercaba el Día del Padre
(como el de hoy), y en las aulas de la EGB se activaba la fábrica nacional de
ceniceros. Porque sí, no había discusión posible: a tu padre se le regalaba un
cenicero, fumara o no. Eso daba exactamente igual. Era como un ritual sagrado
que marcaba el calendario escolar, y todo el mundo lo aceptaba con la
solemnidad de una ceremonia medieval. Algunos niños miraban a la profe como si
ella fuera una alquimista, capaz de transformar barro en tesoro.
La escena
era siempre parecida. La profe repartía trozos de barro como si fueran lingotes
valiosísimos. Tú lo mirabas con respeto, como quien contempla un diamante en
bruto. Aquello no era plastilina; aquello era material serio. Había que
aplastarlo, golpearlo, darle forma hasta conseguir una especie de galleta
gruesa, irregular, orgullosamente imperfecta. Nada de diseños minimalistas ni
cosas modernas. No: aquello tenía que tener borde levantado, aunque quedara
torcido. Tenía que parecer un cenicero; aunque, siendo honestos, muchos
parecían más bien una empanada prehistórica. Se respiraba una mezcla de
concentración y ansiedad; algunos niños masticaban nerviosamente lápices, otros
miraban de reojo a la profe esperando aprobación silenciosa. Algunos soplaban
con fuerza sobre el barro para secarlo antes de tiempo, mientras otros medían
con regla imaginaria, y siempre había un pequeño grupo que lo dejaba todo a la
intuición, con resultados desastrosos y maravillosos a la vez.
Y entonces
llegaba el momento clave: el ritual, el instante que separaba un simple trozo
de barro de una obra de arte paternal: la mano. "Venga, todos, la mano
aquí en medio", decía la profe con tono firme pero amable, como si guiara
a un ejército de pequeños escultores. Y tú, con una mezcla de orgullo y miedo, plantabas
tu mano sobre la arcilla y apretabas con decisión. No había medias tintas;
había que dejar huella, literalmente. Al retirar la mano, aparecía allí tu
palma, tus dedos, tus líneas, convertidos en algo eterno (o al menos hasta que
se cayera de la mesilla del salón). Era una cosa preciosa y un poco salvaje. A
veces los dedos salían desproporcionados, otras parecían patas de pulpo; pero
daba igual: eso era tuyo. Cada imperfección se sentía como un detalle único,
una firma que solo tú podías dejar.
Después
venía el acabado artístico. Ese momento en el que cogías un palillo y, con toda
la concentración del mundo, escribías: "Felicidades papa". Sin tilde.
Nunca con tilde. Y con letras que parecían estar borrachas: grandes, pequeñas,
torcidas, apretadas, juntas o separadas según el día. Una maravilla. Algunos
añadían detalles: un corazón medio chuchurrío, una estrella rara o incluso un
"te quiero" que ocupaba medio cenicero y parecía una declaración de
guerra más que de amor. Y si los nervios se apoderaban de tu escritura, no
pasaba nada: siempre estaba allí tu profesora para echarte una mano con la
buena letra, suavizando los trazos, enseñándote cómo colocar las letras,
corrigiendo sin quitar el orgullo del niño que lo hacía. Algunos niños se
lanzaban a experimentos extra: texturas, rayas, pequeñas hendiduras en la
arcilla, mientras otros, más discretos, se limitaban a cumplir la tarea sin
florituras. Cada pieza terminaba reflejando no solo tu mano, sino tu carácter,
tu paciencia y tus pequeñas obsesiones de aquel momento.
Luego
venía la espera. Días en los que el cenicero desaparecía para
"secarse", y tú pensabas que estaba en una especie de fábrica secreta
donde pasaba por hornos invisibles y manos mágicas que lo transformaban.
Algunos compañeros contaban historias fantásticas de cómo la arcilla cobraba
vida mientras se endurecía; otros simplemente se preguntaban si llegaría
intacto. Y cuando volvía, aquello ya era otra cosa: duro, serio, casi
profesional. Podías sentir el cambio solo con el tacto; lo que antes era blando
y maleable se había convertido en un pedazo de mundo real que sobreviviría al
tiempo y a los golpes del descuido.
El gran
día, lo envolvías como podías (normalmente fatal), usando papel de seda
arrugado y cintas que nunca se quedaban quietas, y se lo dabas a tu padre con
una mezcla de vergüenza y orgullo imposible de disimular. Lo recibía como si
fuera el mismísimo Santo Grial. Lo giraba, lo examinaba, admiraba cada línea de
tu mano marcada, cada imperfección convertida en arte, y decía algo como:
"Esto lo ha hecho mi hijo". En ese momento daba igual todo: que el
cenicero estuviera torcido, que no apoyara bien, que tuviera grietas o que él
ni siquiera fumara.
Porque
aquello no era un cenicero. Era tu mano detenida en el tiempo. Era barro convertido
en cariño. Era un pedazo de infancia que acababa, inevitablemente, en la
mesilla del salón o en el mueble bar, junto a las copas "de las
visitas". Era un objeto que guardaba secretos: los días de risas, las
conversaciones robadas en clase, la sensación de orgullo silencioso que solo un
niño puede sentir al crear algo que durará. Y pensándolo ahora, si estas
manualidades de los ceniceros se hicieran hoy en día en los colegios, no
llegaba ni al secado: reunión urgente, padres escandalizados, inspección educativa
en la puerta y el pobre profesor o profesora camino de galeras antes de que
sonara el timbre, jajajaja.
Lo mejor
de todo es que, décadas después, muchos siguen ahí: un poco desgastados, con
alguna esquina saltada, algún color que se ha ido con el tiempo si estaban
pintados, pero resistiendo. Como si supieran que no eran un objeto cualquiera.
Que no eran un simple recuerdo de escuela. Sino uno de los regalos más
honestos, torpes y bonitos que hemos hecho nunca. Y cada vez que los ves,
vuelves a ser ese niño que palpaba barro con miedo y alegría, que soñaba con
impresionar a su padre y que aprendía que incluso las cosas imperfectas pueden
ser perfectas cuando están hechas con cariño.
Porque, al
final, esos ceniceros de barro no eran sobre fumar, ni sobre decoración, ni
siquiera sobre manualidades. Eran sobre tiempo detenido, sobre manos, sobre
amor pequeño y grande al mismo tiempo. Sobre infancia que no vuelve, pero que
deja huellas imborrables. Y cada uno que sobrevive a los años es un
recordatorio silencioso de que, a veces, lo más valioso no es lo que se ve,
sino lo que se siente: lo que permanece en la memoria, en la piel y en los
corazones, incluso cuando los objetos empiezan a romperse.
Estoy seguro, papá, de que recordarás aquel día en que te traje aquel cenicero, hecho por mí, con la huella de mi pequeña mano… Aunque no estés, tu amor permanece en cada gesto y en cada recuerdo. Te echamos de menos siempre, papá. Feliz Día del Padre.



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