Hay lugares que no se visitan, se recuerdan. Lugares que se quedan a vivir en algún rincón de nuestra infancia y que, por mucho que pasen los años, siguen teniendo la extraña capacidad de devolvernos, aunque sea por unos instantes, a los niños que fuimos. El Tibidabo es uno de ellos. Y en el corazón de esa montaña mágica, entre engranajes, miradas enigmáticas y sonrisas mecánicas, se esconde un tesoro que merece un homenaje muy especial: sus autómatas.
Hoy 29 de octubre de 2026, el Parque de Atracciones Tibidabo cumple 125 años. Un siglo y cuarto contemplando Barcelona desde las alturas, desafiando al vértigo, arrancando carcajadas y guardando entre sus rincones los recuerdos de miles de familias. Porque el Tibidabo no es solamente un parque de atracciones. Es una postal viva de Barcelona, un pedacito de nuestra memoria colectiva, una montaña donde los abuelos vuelven a ser niños, los padres recuperan por un instante su infancia y los pequeños descubren que la magia no siempre necesita pantallas ni efectos especiales.
¿Quién no reconoce el Avión, suspendido sobre la ciudad desde 1928? ¿Quién no ha sentido ese cosquilleo al subir a la Talaia y contemplar Barcelona a sus pies? Son atracciones que forman parte de nuestra historia, pequeñas máquinas del tiempo que nos conectan con quienes fuimos.
Pero, si me preguntáis dónde reside para mí el alma más entrañable y misteriosa del parque, mi respuesta es clara: en el Museo de Autómatas.
El museo, instalado en un edificio modernista de 1909, conserva una extraordinaria colección de figuras y escenas mecánicas de finales del siglo XIX y del siglo XX. Algunas llegaron de distintos países europeos; otras fueron construidas por los propios trabajadores del parque, que durante décadas combinaron ingenio, paciencia y habilidad artesanal para dar vida a estos pequeños actores mecánicos. Tras ser restauradas, muchas de aquellas piezas encontraron en 1982 su hogar como colección museística.
Entre sus joyas destaca el Payaso Mandolinista, una figura fechada en 1880, anterior incluso al nacimiento del parque. ¡Pensadlo! Ese pequeño artista ya entretenía a alguien cuando nuestros bisabuelos eran niños. También están los Equilibristas, la Orquesta Prodigiosa, el Poeta se duerme y La Moños, inspirada en aquel personaje popular que recorrió las calles de la Barcelona de principios del siglo XX. Cada uno encierra una historia, una manera de entender el espectáculo y una época que se resiste a desaparecer.
Porque los autómatas tienen algo que los distingue de cualquier personaje digital: sus movimientos imperfectos. Un brazo que se levanta con cierta rigidez, una cabeza que gira lentamente, un gesto que parece adquirir voluntad propia. Sabemos que son mecanismos, pero durante unos segundos queremos creer que hay algo más. Son pequeños teatros en miniatura donde la función se repite una y otra vez, sin que sus protagonistas envejezcan jamás.
Y ahí reside su magia. Nosotros crecemos, cambiamos, cumplimos años y vemos cómo el mundo se transforma a una velocidad vertiginosa. Ellos permanecen detrás de sus cristales, esperando a que alguien pulse el botón para comenzar de nuevo. Puedes regresar décadas después, con barba, hijos o nietos, y encontrarlos prácticamente iguales. Entonces comprendes que no eres tú quien ha detenido el tiempo: son ellos quienes te permiten reencontrarte con él.
Se cuenta que Walt Disney se interesó por la colección durante una visita al Tibidabo en los años 50's y que quiso adquirir algunas de sus piezas, aunque la historia y sus detalles no están plenamente documentados. Me gusta pensar en aquel encuentro entre el creador de mundos animados y estos humildes artistas mecánicos. Al final, los autómatas se quedaron en Barcelona, como pequeños tesoros que no necesitaban viajar a ningún otro lugar para demostrar su valor.
El museo también guarda escenas más oscuras, como la del infierno, con las calderas de Pedro Botero, demonios, luces rojizas y sombras que a más de uno nos hicieron pasar algún que otro mal rato durante la infancia. En mi caso, mi hermano me decía que, si no me portaba bien, acabaría allí. ¡Y claro, viendo aquellos diablos y las almas condenadas, uno se lo pensaba dos veces! Jajajaja. Qué tiempos aquellos, cuando una vitrina misteriosa podía despertar más nuestra imaginación que cualquier película de terror.
Hoy, en plena era de los videojuegos y la inteligencia artificial, resulta emocionante ver cómo los niños siguen deteniéndose ante estas figuras. Buscan el botón, esperan y observan fascinados. Quizá porque la capacidad de maravillarnos no depende de la tecnología, sino de esa curiosidad que todos llevamos dentro. Los autómatas nos recuerdan que detrás de cada mecanismo hubo manos, imaginación y personas capaces de crear algo extraordinario con materiales sencillos.
Al cumplir 125 años, el Tibidabo merece que celebremos mucho más que sus atracciones. Merece que recordemos las familias, las risas, los sustos, las fotografías antiguas y aquellos días que parecían no terminar nunca. Y merece, sobre todo, que protejamos sus pequeños tesoros, porque conservarlos significa mantener viva una parte de nuestra historia.
Querido Tibidabo, gracias por convertir una montaña mágica en un lugar de sueños, por permitirnos volar en tu Avión, contemplar Barcelona desde la Talaia, montarnos en tus atracciones y regalarnos tantos recuerdos felices de nuestra infancia. Gracias por custodiar a esos autómatas que siguen representando su función mientras el mundo gira a su alrededor, como tu magnífico tiovivo, que vuelta tras vuelta nos devuelve a los días felices de nuestra niñez.
Quizá dentro de otros 125 años un niño vuelva a pulsar aquel botón y contemple al Payaso Mandolinista con los ojos muy abiertos. A su lado, su abuelo sonreirá al recordar que él también estuvo allí, muchos años atrás. Y durante unos instantes, pasado y futuro se encontrarán frente a la misma vitrina.
El niño verá un muñeco que se mueve. El abuelo verá toda una vida.
Y el Tibidabo seguirá haciendo lo que lleva haciendo desde 1901: unir generaciones a través de la magia.
Feliz 125.º aniversario, Tibidabo. Que nunca se apague esa pequeña luz que hace que tus viejos autómatas vuelvan a vivir. Porque mientras alguien se detenga ante ellos, pulse el botón y sonría, la magia seguirá en marcha.



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