COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: septiembre 2026

sábado, 5 de septiembre de 2026

QUE ME QUEMO!! UNA PELIGROSA BROMA PARA NIÑOS.

¿Te acuerdas de aquellos tiempos de la EGB, cuando nuestra mayor preocupación era no escuchar nuestro nombre de boca del profesor, ni para bien ni para mal? Ya empiezan las clases y, con ellas, me llegan recuerdos… y no precisamente de estudiar. De mochilas cargadas, cuadernos, bocadillos a la hora del recreo, tizas que chirriaban en la pizarra y, sobre todo, de ese miedo inconfesable a escuchar nuestro nombre seguido de aquellas palabras que podían cambiarte la mañana: ¡AL ENCERADO! Qué tiempos aquellos… cuando los problemas más serios se resolvían en la pizarra y el recreo era, sin duda, nuestra asignatura favorita.

Si creciste en los 70's o 80's, seguro que recuerdas ciertos objetos que eran pura leyenda en el patio. Pero hoy no vamos a hablar de los tirachinas ni de las cerbatanas hechas con bolis BIC, mmmm aunque algún día también llegarán a salir en nuestro nostálgico blog. En esta ocasión vamos a desenterrar un objeto que, honestamente, hoy en día estaría totalmente prohibido, pero que para nosotros era la cima del ingenio y una de las reinas de las bromas: el sobre "¡Que Me Quemo!"

¿Qué demonios era eso? Para los que no tuvieron la suerte (o la desgracia) de toparse con uno, la cosa era sencilla pero perversa. Era un pequeño sobre, a menudo de color naranja chillón, que por fuera parecía divertido e inofensivo. Pero lo que llevaba dentro... ¡uuuuuuf!

He recuperado una de estas reliquias. Si te fijas en las imágenes, verás que las instrucciones eran para echarse a temblar: "Moje con agua uno de los trocitos de secante, envuélvalo bien en una hojita de aluminio y colóquelo dentro de uno de los sobres. Rápidamente alcanzará gran temperatura".

¡Aluminio y agua! Y un cóctel químico de primer orden en manos de unos "científicos" de 10 o 12 años. ¡Y el objetivo era de locos! Te sugerían ponerlo en la silla, dentro de un guante, ¡o incluso dárselo a alguien en un apretón de manos! "Un sin fin de bromas", decían. Hoy lo llamamos "quemadura de primer grado garantizada".

Pero, ¿cómo funcionaba? Se basaba en una reacción exotérmica entre el aluminio y un compuesto químico en el papel secante. Al activarlo humedeciéndolo un poco, el calor era casi instantáneo y... bueno, digamos que cumplía su promesa al pie de la letra mmmm quemaba.

Ahora, agárrate, que te voy a contar una historia totalmente vivida en primera persona, de esas que pasaban de generación en generación en los pasillos de mi cole.

Era 1980 o puede que 81. El maestro, Don Llacuna, era famoso por su estricta disciplina y por un vicio que, en fin, era de lo más normal entonces: fumaba en clase. Un día, a los "listillos" de 6º, encabezados por mi amigo Campos, se les ocurrió la broma definitiva. Campos había conseguido, Dios sabe dónde, uno de esos sobres "¡Que Me Quemo!".

El plan era arriesgado. Campos, con más nervios que otra cosa, se deslizó sigilosamente en el momento en que Don Llacuna salió de clase para vaciar su cenicero lleno de colillas de cigarrillos de la marca Sombra, y Campos activó uno de aquellos sobrecitos y su contenido humedeciendo el papel secante con su propia saliva dejándolo en la silla de Don Llacuna.

Cuando el maestro entró en clase con el cigarrillo en mano y el cenicero limpio en la otra y tras darle dos caladas al cigarrillo, se sentó con su solemne peso, exhaló una nube de humo que quedó suspendida sobre la mesa, y clavó la mirada en la clase antes de hablar.... ¡BOOM!

Bueno, no hubo explosión, pero el efecto fue inmediato. Don Llacuna, con su cara habitual de "esto es serio", se quedó rígido como una estatua. Sus ojos se abrieron como platos. Un pequeño hilo de humo (y esta vez creo que no era de tabaco, jejejeje) pareció salir de su silla. Se levantó de un salto, palmeándose el culo y gritando, para estupefacción de toda la clase

— ¡Mecagüenmivida, que me quemo de verdad, qué está pasando aquí!

Toda la clase contuvo la respiración. Campos estaba pálido, más por el miedo a la bronca de Don Llacuna que por el remordimiento. Don Llacuna, con el orgullo herido y el culo colorado, buscó al culpable:

— ¿Quién ha puesto esto aquí? —preguntó, mientras el humo se disipaba y el resto de la clase, incapaz de aguantarse más, estalló en carcajadas incontenibles.

Al final, no hubo expediente ni expulsión, no encontraron al culpable, eso sí, Don Llacuna no volvió a sentarse en su silla sin antes revisarla a conciencia.

Ah, qué tiempos. La inocencia (y el peligro) de aquellos artículos de bromas. Hoy en día, un juguete así sería retirado del mercado más rápido que un avión F-14 Tomcat pilotado por Tom Cruise, jejejeje. Y si no, fijaos en el recorte del diario ABC de 1980, y que os resumo más abajo.





Leyendo el reportaje de Charo Fernández Cotta en el ABC de Sevilla, a uno se le hiela un poco la sangre. Lo de Antonio Toril, un crío de solo 6 años en San Juan de Aznalfarache, es desgarrador. Imagínatelo en el colegio, en pleno recreo, jugando inocentemente. Dos alumnos mayores se le acercaron por detrás y le colaron directamente en la espalda el compuesto "¡Que Me Quemo!". Lo dramático del asunto es que el niño empezó a correr y a gritar desesperado por el dolor incontenible de la quemadura, mientras sus propios compañeros se reían alrededor pensando que todo formaba parte del show de la broma. Nadie lo auxilió en el momento.

Tuvo que ser trasladado horas después por sus padres al ambulatorio de la Seguridad Social con una dolorosa "lesión ampollosa" que tardó semanas en curar. Lo peor es que no fue un caso aislado: en la misma barriada ya se habían dado tres incidentes similares, e incluso unos chavales intentaron metérselo en la boca a otro niño. Aquel suceso provocó una ola de indignación entre padres y profesores que denunciaron la venta de semejante peligro, preguntándose con toda la razón del mundo quién demonios había autorizado comercializar algo que podía haber dejado ciego o marcado de por vida a un menor. Es la muestra perfecta de la desconcertante brecha que existía en los 70's y 80's entre el entretenimiento infantil y la seguridad elemental.

Lo verdaderamente siniestro del "¡Que Me Quemo!" distribuido bajo la marca "Mi-Shan-Fu" desde Barcelona por 20 pesetas, no era solo su potencial reactivo. Era la total inconsciencia con la que se comercializaba. Se vendía en los mismos kioscos junto a inofensivos polvos de estornudar, de pica-pica, tinta mágica china o bombas fétidas, disfrazando una reacción química corrosiva de "broma". Poner en manos de niños un compuesto que reaccionaba con agua y aluminio para alcanzar altas temperaturas, prometiendo un sinfín de bromas al contacto con la piel, era una auténtica ruleta rusa, aunque no fue la única broma peligrosa que se comercializó y que también en su momento se prohibió, ya os enseñaré otro día alguna más.

Por fortuna, hoy resulta impensable encontrar algo semejante en la tienda de chuches de la esquina o en el kiosco cerca del cole. Las normativas de consumo actuales habrían dinamitado la producción de "Mi-Shan-Fu" en cuestión de horas.

Hoy en día, estos sobres solo existen como piezas de arqueología pop: reliquias atrapadas en colecciones privadas de nostálgicos de la EGB, detrás de un plástico protector, desactivadas por el paso de las décadas y observadas con una mezcla de fascinación y escalofrío. Son el testimonio físico de una época en la que la frontera entre la diversión y el peligro era, paradójicamente, demasiado fina, mmmm pero oye, era nuestra época, sobrevivimos de milagro y aquí seguimos para contarlo, jejejeje. Y tú, ¿llegaste a ver o probar uno de estos en directo o tuviste la suerte de librarte?