COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: agosto 2026

lunes, 31 de agosto de 2026

CINCUENTA VIOLETAS PARA CECILIA (1976–2026)

Homenaje en el 50. º Aniversario de su muerte (1976-2026)

Este homenaje debía haber llegado el mismo 2 de agosto, cuando se cumplían exactamente cincuenta años de aquella madrugada en Zamora. Pero el verano, con sus días de vacaciones y sus caminos distintos, me mantuvo lejos de la mesa donde escribo. No quería, sin embargo, que este mes de agosto se marchara sin dejar constancia de mi pequeño tributo. Porque aunque llegue unos días más tarde de lo previsto, el cariño verdadero no entiende de plazos ni de calendarios, se queda, como su voz, para siempre. Y aquí está, antes de que el mes se cierre por completo, mi puñado de violetas para Cecilia.

Hay voces que no envejecen porque el tiempo, cuando quiso llevárselas del todo, se conformó con llevarse solo el cuerpo. La de Cecilia es una de ellas. 50 años después de aquella madrugada de agosto, su voz sigue sonando en las radios de verano, en las sobremesas de nuestros padres, en los labios de quienes nunca la vieron cantar en directo y, aun así, conocen sus canciones de memoria.

Se llamaba Evangelina Sobredo Galanes. Nació en El Pardo, Madrid, el 11 de octubre de 1948, hija de José Ramón Sobredo y Rioboo, militar de carrera y posteriormente diplomático. Por los distintos destinos profesionales de su padre, pasó buena parte de su infancia entre países y fronteras "Reino Unido, Estados Unidos, Portugal, Argelia y Jordania", creciendo entre idiomas, músicas y paisajes muy diferentes. Aquella infancia viajera y cosmopolita acabaría dejando su huella en la mujer y en la artista en que se convertiría.

Estudió Derecho, llegó a licenciarse y, finalmente, hizo aquello que de verdad quería hacer: cantar. Tomó su nombre artístico de una canción de Simon & Garfunkel, grupo al que admiraba, y con él firmó algunas de las páginas más entrañables y personales de la música española de los años 70's.

No fue una voz cualquiera. Fue una voz que se atrevió. En una España que empezaba a cambiar, Cecilia escribió sobre mujeres que no querían casarse, sobre la nostalgia de la tierra propia vista desde lejos, sobre el amor sin disfraces y sobre una sociedad que comenzaba a mirarse a sí misma con otros ojos. "Un ramito de violetas", "Dama, dama", "Mi querida España", "Nada de nada"… Canciones que hoy forman parte de nuestra memoria colectiva y que entonces tenían también algo de desafío, de inconformismo y de valentía.

Pero su historia tuvo un final demasiado pronto. El 2 de agosto de 1976, con solo 27 años, Cecilia murió en un accidente de tráfico ocurrido de madrugada en Colinas de Trasmonte, en Zamora. Regresaba de actuar en la sala Nova Olimpia de Vigo cuando el Seat 124 en el que viajaba chocó contra un carro de bueyes que circulaba sin luces por la carretera. Cecilia viajaba dormida en el asiento trasero y murió en el acto. También falleció el batería de su grupo, Carlos de la Iglesia.

Su muerte a los 27 años hizo que su nombre quedara asociado al llamado "Club de los 27", una expresión popular, no oficial, utilizada para referirse a algunos músicos y artistas que murieron precisamente a esa edad. En esa lista aparecen nombres tan conocidos como Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse. Una coincidencia tan macabra como injusta: tener 27 años cuando la muerte los encontró.

Alguien me dijo una vez, con unas palabras muy sabias que siempre recordaré, que la maldición, o lo que quiera que sea se equivocó con la dulce Cecilia: ella no pega en ese Club de los 27. Y quizá tenga razón. Porque Cecilia no encaja fácilmente en ninguna lista. No encaja en una estadística. Cecilia sigue siendo Cecilia.

Y aquí es donde la historia de Cecilia deja de ser solamente la historia de una cantante para convertirse, para mí, en algo mucho más cercano.

Yo era muy niño, pero recuerdo perfectamente que en casa mis hermanos solían poner su música a menudo. Su voz formaba parte de aquella banda sonora familiar que, con el paso de los años, uno descubre que ha quedado mucho más profundamente grabada de lo que imaginaba. Y entonces aparece una de esas casualidades que uno jamás espera. Aquella misma madrugada del accidente, mi hermano Manolo y mi primo Pepe viajaban en el Seat 127 de mi primo, dirección a Galicia, donde mi primo iba a casarse con su novia galleguiña. Ellos vieron el accidente en primera persona y fueron de los primeros en acudir a socorrer a los ocupantes, sin tener la más mínima idea de quiénes eran las personas que viajaban en aquel 124. Horas después supieron quiénes ocupaban aquel coche y los nombres de quienes habían perdido la vida en aquel fatídico accidente.

De alguna manera, aquella madrugada también pasó por mi familia.

Y este verano, al cumplirse el medio siglo, la historia volvió a salir a la mesa. Justamente estábamos comiendo en casa de mi hermano Manolo cuando en la televisión dieron la noticia del 50. º Aniversario. No hizo falta que nadie dijera nada, nos miramos, y aquella mirada lo decía todo. Porque en mi familia aquel accidente no es un hecho que se estudia en los libros, sino una historia que se cuenta y se re-cuenta, como tantas otras, en las sobremesas de los días de calor. Una vez más, sacamos a relucir aquella casualidad tan nuestra: el viaje de mi hermano y mi primo, el 127 rumbo a Galicia, el encuentro con la tragedia sin saber a quién socorrían. Y, como cada vez que sale el tema, el silencio se llenó de esa mezcla de asombro y cariño que solo dejan las historias que, sin haberlas vivido en primera persona, sientes como propias.

50 años son muchos y son ninguno. Son muchos porque el mundo ha cambiado varias veces desde aquella madrugada de agosto de 1976. Son ninguno porque basta con poner una de sus canciones para que el tiempo se pliegue sobre sí mismo y ella vuelva a estar ahí, cantando con aquella mezcla de dulzura y firmeza que la hacía única. Y son ninguno también porque, en mi propia familia, aquella madrugada dejó una huella que todavía se cuenta, generación tras generación, cada vez que vuelve a sonar su voz.

Hoy, medio siglo después, no la recordamos como a alguien lejano, sino como a alguien que se quedó demasiado pronto a mitad de camino y a quien seguimos encontrando cada vez que suena una de sus canciones.

Que este homenaje sea, como el título de su canción más querida, un pequeño ramito de violetas: sencillo, sincero y para siempre suyo.

Cecilia descansa en el cementerio de La Almudena, en Madrid, la ciudad que la vio nacer.

CECILIA. Evangelina Sobredo Galanes. El Pardo (Madrid), 11 de octubre de 1948 - Colinas de Trasmonte (Zamora), 2 de agosto de 1976.


HOY EN MINUTOS MUSICALES RECORDAMOS A CECILIA


Un ramito de violetas

Dama dama

Mi querida España

Nada de nada

Amor de medianoche

Andar

Decir adiós

La primera comunión

Me quedaré soltera

Fui

Sevilla

Un millón de sueños

Señor y dueño

Don Roque

Tu retrato

Mi pobre piano

Doña Estefaldina

El testamento

Soldadito de plomo

Me iré de aquí

sábado, 29 de agosto de 2026

A FALTA DE PAN, BUENAS SON TORTAS… QUERÍA UNA ESPADA Y ACABÉ CON UN PARACAIDISTA.

Medio siglo. Se dice pronto. Justamente este mes de agosto se cumplen 50 años de un recuerdo guardado a fuego en mi memoria, de esos que vienen acompañados de una espinita clavada. Y digo espinita porque fue algo que me ilusionaba de una manera casi enfermiza y nunca mejor dicho jejejeje, pero que al final, por las vueltas caprichosas del destino, no pudo ser mmmm hasta hace muy poquito.

Todo empezó con un juguete. En aquellos lejanos años 70's, los niños estábamos acostumbrados a ver en las tiendas, kioscos o ferias, las clásicas espadas de hoja recta: el florete del Zorro, espadas vikingas, romanas, de mosqueteros o las de los caballeros de las cruzadas como las de Ricardo Corazón de León. Todas ellas rectas con un mismo, o parecido patrón. Pero las que vi aquella tarde estival del mes de agosto en la entrañable feria de verano de mi barrio, en el paseo de San Juan de Barcelona, eran completamente distintas: eran espadas curvas.

Me quedé ojiplático. Aquellos sables árabes "unas cimitarras de plástico soplado y colores vivos" colgaban de una cuerda en un humilde puesto ambulante junto a pistolas y escopetas lanza corchos. Brillaban ante mis ojos como tesoros salidos de "Las mil y una noches".

Yo paseaba maravillado junto a mi hermana y Eduardo, su novio. Con los ojos como platos, les pedí que me compraran una. Mi hermana, siempre cariñosa, aceptó, pero con un matiz logístico:

—Te la compraré, pero primero vamos a recorrer la feria y subir a las atracciones —me dijo—. Al terminar, de camino a casa, pasamos por el puesto. No quiero que vayas cargando con la espada peleando contra enemigos imaginarios. Te conozco y eres capaz de darle una estocada a alguien sin querer.

No me quedaba otra que aceptar. Ella tenía razón: una espada en mi mano, aunque fuera de plástico, rodeado de una multitud, era un peligro, alguien podía llevarse un espadazo por accidente. La tarde transcurrió entre risas y atracciones. Mi hermana y Eduardo jugaron en las tómbolas y ganaron un fantástico y misterioso juego de vasos de tubo translucidos con su jarra a juego y motivos egipcios. Una joya nostálgica que hoy conserva un lugar de honor en mi vitrina.

Fue una tarde maravillosa... o casi. Cuando emprendimos el regreso, yo tiraba impaciente de la mano de mi hermana: —¡Vamos, que cerrará el señor de las espadas!. Mi intuición infantil no falló. Al llegar, el puesto había desaparecido. Ni rastro de las cimitarras. Una tristeza me invadió de golpe, en un segundo se esfumaron las mil aventuras de moros y cristianos que ya había imaginado librar en el parque o en los recreos.

Mi hermana, al ver mi carita desolada, se sintió culpable:

—No te preocupes, mañana volveremos y te la compro. Será lo primero que hagamos.

Sé que por ella habría cumplido su promesa. El problema fue que a la mañana siguiente me desperté con la cara redonda como un pan de payés y ardiendo en fiebre. Las paperas me dejaron K.O. durante días. Desesperado, le supliqué que fuera ella sola. Y mi hermana, fiel como nadie, caminaba cada tarde al salir del trabajo hasta el paseo de San Juan. Pero al llegar a casa la respuesta era la misma: —Lo siento, hoy tampoco estaba el señor de las espadas.

Así pasó la semana hasta el último día de feria. Con la fe intacta o tal vez por el delirio febril, guardaba la esperanza de que el vendedor apareciera en el último día. Casi me como hasta las uñas de los pies por culpa de los nervios, esperando a mi hermana que llegara jajajajaja. Pero cuando entró por la puerta con el rostro resignado, lo entendí todo. El señor de las espadas se había marchado a otro barrio, a otra feria.

—A falta de pan, buenas son tortas —me dijo mi hermana para consolarme.

No entendí ese refrán hasta muchos años después, pensé que lo decía porque ella trabajaba de dependienta en una panadería. Pero acto seguido sacó de su bolso un pequeño paracaidista de plástico. —No pude traerte la espada, pero te traigo esto para que no te quedes con las manos vacías. Aquel detalle me devolvió la sonrisa. Un pequeño paracaidista, con su paracaídas incluido, que me dio muuuuucho juego durante un tiempo, hasta que un buen día acabó irremediablemente colgado de la rama de un árbol, justamente en el paseo de San Juan, donde habían instalado aquella feria, jejejeje.

Aquel no sería el último. Después vendrían muchos más, de diferentes modelos y colores, convirtiendo a aquellos pequeños paracaidistas en otros de esos juguetes sencillos que, sin saberlo entonces, acabarían formando parte de mis juegos y recuerdos queridos de infancia.

Y como esta historia y juguete merece capítulo propio, prometo que algún día hablaremos también de aquellos paracaidistas y de todos los que fueron llegando después a mi colección. Pero esa… será otra historia.

Durante cincuenta años guardé esa pequeña espinita en el corazón. Una punzada dulce que me recordaba la fragilidad de la infancia y el amor incondicional de una hermana. Digo guardaba, en pasado, porque hace apenas unos días la vida me sonrió: ¡por fin he conseguido hacerme con aquellas míticas espadas curvas!

Hoy desclavo esa espinita y saco de "EL BAÚL DE HAL" esta fabulosa cimitarra. No es solo un juguete recuperado, es un abrazo a aquel niño febril que esperaba en la cama con paperas, y un tributo a quien hizo lo imposible por regalarle una sonrisa. Y a vosotros, ¿qué espinita os queda aún por desclavar?