COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: agosto 2026

sábado, 29 de agosto de 2026

A FALTA DE PAN, BUENAS SON TORTAS… QUERÍA UNA ESPADA Y ACABÉ CON UN PARACAIDISTA.

Medio siglo. Se dice pronto. Justamente este mes de agosto se cumplen 50 años de un recuerdo guardado a fuego en mi memoria, de esos que vienen acompañados de una espinita clavada. Y digo espinita porque fue algo que me ilusionaba de una manera casi enfermiza y nunca mejor dicho jejejeje, pero que al final, por las vueltas caprichosas del destino, no pudo ser mmmm hasta hace muy poquito.

Todo empezó con un juguete. En aquellos lejanos años 70's, los niños estábamos acostumbrados a ver en las tiendas, kioscos o ferias, las clásicas espadas de hoja recta: el florete del Zorro, espadas vikingas, romanas, de mosqueteros o las de los caballeros de las cruzadas como las de Ricardo Corazón de León. Todas ellas rectas con un mismo, o parecido patrón. Pero las que vi aquella tarde estival del mes de agosto en la entrañable feria de verano de mi barrio, en el paseo de San Juan de Barcelona, eran completamente distintas: eran espadas curvas.

Me quedé ojiplático. Aquellos sables árabes "unas cimitarras de plástico soplado y colores vivos" colgaban de una cuerda en un humilde puesto ambulante junto a pistolas y escopetas lanza corchos. Brillaban ante mis ojos como tesoros salidos de "Las mil y una noches".

Yo paseaba maravillado junto a mi hermana y Eduardo, su novio. Con los ojos como platos, les pedí que me compraran una. Mi hermana, siempre cariñosa, aceptó, pero con un matiz logístico:

—Te la compraré, pero primero vamos a recorrer la feria y subir a las atracciones —me dijo—. Al terminar, de camino a casa, pasamos por el puesto. No quiero que vayas cargando con la espada peleando contra enemigos imaginarios. Te conozco y eres capaz de darle una estocada a alguien sin querer.

No me quedaba otra que aceptar. Ella tenía razón: una espada en mi mano, aunque fuera de plástico, rodeado de una multitud, era un peligro, alguien podía llevarse un espadazo por accidente. La tarde transcurrió entre risas y atracciones. Mi hermana y Eduardo jugaron en las tómbolas y ganaron un fantástico y misterioso juego de vasos de tubo translucidos con su jarra a juego y motivos egipcios. Una joya nostálgica que hoy conserva un lugar de honor en mi vitrina.

Fue una tarde maravillosa... o casi. Cuando emprendimos el regreso, yo tiraba impaciente de la mano de mi hermana: —¡Vamos, que cerrará el señor de las espadas!. Mi intuición infantil no falló. Al llegar, el puesto había desaparecido. Ni rastro de las cimitarras. Una tristeza me invadió de golpe, en un segundo se esfumaron las mil aventuras de moros y cristianos que ya había imaginado librar en el parque o en los recreos.

Mi hermana, al ver mi carita desolada, se sintió culpable:

—No te preocupes, mañana volveremos y te la compro. Será lo primero que hagamos.

Sé que por ella habría cumplido su promesa. El problema fue que a la mañana siguiente me desperté con la cara redonda como un pan de payés y ardiendo en fiebre. Las paperas me dejaron K.O. durante días. Desesperado, le supliqué que fuera ella sola. Y mi hermana, fiel como nadie, caminaba cada tarde al salir del trabajo hasta el paseo de San Juan. Pero al llegar a casa la respuesta era la misma: —Lo siento, hoy tampoco estaba el señor de las espadas.

Así pasó la semana hasta el último día de feria. Con la fe intacta o tal vez por el delirio febril, guardaba la esperanza de que el vendedor apareciera en el último día. Casi me como hasta las uñas de los pies por culpa de los nervios, esperando a mi hermana que llegara jajajajaja. Pero cuando entró por la puerta con el rostro resignado, lo entendí todo. El señor de las espadas se había marchado a otro barrio, a otra feria.

—A falta de pan, buenas son tortas —me dijo mi hermana para consolarme.

No entendí ese refrán hasta muchos años después, pensé que lo decía porque ella trabajaba de dependienta en una panadería. Pero acto seguido sacó de su bolso un pequeño paracaidista de plástico. —No pude traerte la espada, pero te traigo esto para que no te quedes con las manos vacías. Aquel detalle me devolvió la sonrisa. Un pequeño paracaidista, con su paracaídas incluido, que me dio muuuuucho juego durante un tiempo, hasta que un buen día acabó irremediablemente colgado de la rama de un árbol, justamente en el paseo de San Juan, donde habían instalado aquella feria, jejejeje.

Aquel no sería el último. Después vendrían muchos más, de diferentes modelos y colores, convirtiendo a aquellos pequeños paracaidistas en otros de esos juguetes sencillos que, sin saberlo entonces, acabarían formando parte de mis juegos y recuerdos queridos de infancia.

Y como esta historia y juguete merece capítulo propio, prometo que algún día hablaremos también de aquellos paracaidistas y de todos los que fueron llegando después a mi colección. Pero esa… será otra historia.

Durante cincuenta años guardé esa pequeña espinita en el corazón. Una punzada dulce que me recordaba la fragilidad de la infancia y el amor incondicional de una hermana. Digo guardaba, en pasado, porque hace apenas unos días la vida me sonrió: ¡por fin he conseguido hacerme con aquellas míticas espadas curvas!

Hoy desclavo esa espinita y saco de "EL BAÚL DE HAL" esta fabulosa cimitarra. No es solo un juguete recuperado, es un abrazo a aquel niño febril que esperaba en la cama con paperas, y un tributo a quien hizo lo imposible por regalarle una sonrisa. Y a vosotros, ¿qué espinita os queda aún por desclavar?