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miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL DÍA QUE NOS CAMBIARON A MAZINGER Z POR ORZOWEI

Si le preguntas a un niño de los años 70's en España por el mayor atraco a mano armada de su infancia, no te hablará de un robo al banco de la esquina ni de la subida del precio del Chupa Chups. Te hablará, con un nudo en la garganta y una chispa de rabia en los ojos, de un día concreto: el fatídico sábado 16 de septiembre de 1978.

Hay cosas que se olvidan con los años. El primer sueldo, alguna novia, dónde dejamos las llaves ayer, incluso el motivo por el que entramos en una habitación. Pero hay cosas que permanecen intactas en algún rincón de la memoria, esperando solamente una palabra para volver a aparecer. Y si esa palabra es Mazinger Z, cuidado, porque de repente vuelves a tener diez años, estás sentado delante de un televisor enorme y alguien te está diciendo desde la cocina: "¡No te acerques tanto a la pantalla, que te vas a quedar ciego!". Y tú, naturalmente, no haces ni caso, porque en ese momento hay un robot gigante intentando salvar el mundo, y eso es lo primero, prioridades son prioridades.

Pongámonos en situación. Para la chavalería de la época, el sábado por la tarde no era una franja horaria más; era una liturgia sagrada. Las meriendas de pan con chocolate, las rodillas llenas de mercromina y el olor a plastilina se detenían de golpe cuando la pantalla del televisor, en blanco y negro o en ese color recién estrenado que todavía olía a tubo nuevo, estallaba en mil pedazos. ¡Puños fuera! ¡Rayos fotónicos! Koji Kabuto no era solo un dibujo animado; era nuestro hermano mayor con patillas y moto molona, el tipo que se batía el cobre contra las bestias mecánicas del Doctor Infierno, para que nosotros pudiéramos soñar con salvar el mundo antes de la hora de cenar.

En 1978, nosotros no necesitábamos demasiadas cosas para ser felices. Un bocadillo, la calle, cuatro amigos, una pelota medio deshinchada y, sobre todo, que llegara la hora de Mazinger Z. Aquello no era simplemente una serie de televisión: era un acontecimiento nacional en la pequeña república de nuestra infancia. Durante media hora, el salón de casa se convertía en el centro del universo. Allí estábamos nosotros, con los ojos abiertos sin parpadear, esperando a que Koji Kabuto se metiera en el planeador y empezara la fiesta. Y cuando aparecía un monstruo mecánico dispuesto a sembrar el caos, nosotros ya sabíamos que aquello tenía solución: puños fuera, rayos fotónicos y a tomar viento el malo. No necesitábamos terapia, necesitábamos a Mazinger Z.

Y entonces llegó aquel fatídico sábado de septiembre. TVE decidió que había llegado el momento de retirar nuestro robot favorito y sustituirlo por Orzowei. Así, sin anestesia. Sin una consulta popular. Sin preguntar a los niños. Sin siquiera convocar una comisión parlamentaria de urgencia. De repente, donde esperábamos encontrar a Mazinger, misiles y explosiones, aparecía otra historia. Y seguramente Orzowei sería estupendo, tendría aventuras, naturaleza, valores y todo lo que ustedes quieran…, pero, señores de TVE, ¡nos habían quitado a Mazinger!

Aquella España de la Transición, que andaba aprendiendo a respirar en libertad, decidió que un robot metálico repartiendo leña a diestro y siniestro era demasiado violento para la tierna e inocente infancia patria. Las mentes pensantes del comité censor se pusieron las manos en la cabeza. —¡Que esto trauma a los niños! —¡Que fomenta la agresividad! —¡Que a ver si van a querer saltar por el balcón al grito de "Planeador abajo"! Y, en lugar de dejarnos disfrutar de los 92 episodios que los niños japoneses devoraban como galletitas de la suerte, cerrarón el grifo en el episodio 27..., dejándonos con la miel en los labios y sin saber cómo continuaba la batalla contra el Doctor Infierno.

Eso no era una simple modificación de programación. Aquello era una puñalada trapera en el corazón. Era como llegar a una pastelería esperando un chucho relleno de crema y que el dependiente te entregara una manzana diciendo: "Es más saludable". ¡Pero yo no quería estar saludable, yo quería mi chucho!

El sustituto para amortiguar el golpe fue Orzowei. Un chaval de piel pálida, criado por una tribu africana, que se pasaba la serie corriendo por la sabana, sorteando leones y luciendo un taparrabos que hoy incendiaría las redes sociales antes del primer corte publicitario. A ver, seamos justos: la canción del opening era un temazo indiscutible que te metía el ritmo en el cuerpo, pero ¿a quién pretendían engañar? Nosotros no queríamos ver a un chaval blanco corriendo en cueros entre matorrales; ¡queríamos aleaciones Z, puños voladores y explosiones catódicas!

Además, conviene recordar que entonces la televisión era otra cosa. No había Netflix, ni YouTube, ni plataformas, ni veinte mil canales. Había 2 cadenas y punto. La 1 y la 2. Y cuando una de ellas decidía quitarte tu serie favorita, no existía eso de "me la pongo esta noche". Se acabó. Había que esperar. Y esperar, para un niño, podía ser una eternidad. Hoy podemos recuperar cualquier serie en cuestión de segundos; entonces, si te perdías algo, aquello quedaba flotando en el limbo de los recuerdos. Por eso Mazinger se nos quedó tan dentro, porque no podíamos consumirlo compulsivamente. Lo esperábamos. Y quizá por eso lo disfrutábamos de una manera que ahora cuesta explicar.



Nosotros solo sabíamos que el sábado anterior estaba Mazinger y que el siguiente ya no. Y cuando eres un niño, la lógica es bastante sencilla: si ayer estaba y hoy no está, alguien nos lo ha quitado. No había internet para buscar explicaciones, ni redes sociales para montar una revolución, ni foros donde escribir "¿ALGUIEN SABE QUÉ HA PASADO CON MAZINGER Z?". Solo estaban los amigos y sus teorías. Durante aquellos días debió de correr más información por los patios de los colegios que por los despachos de TVE. Cada uno tenía su versión y, naturalmente, todos estaban convencidos de tener razón.

Aquel sábado de septiembre no solo nos quitaron una serie; nos enseñaron a la fuerza una de las lecciones más amargas de la vida adulta: que el mundo está lleno de burócratas capaces de apagar tus sueños a la hora de la merienda. Durante años, aquel vacío nos acompañó como una cicatriz invisible. Nos quedamos colgados, esperando un regreso que no llegó hasta que fuimos lo bastante mayores para darnos cuenta de que nos habían escatimado más de sesenta capítulos de pura gloria anime.

—¿Tú sabes por qué no han puesto Mazinger?

—Dicen que lo han prohibido.

—¿Quién?

—No sé.

—Pues vaya rollo.

Y asunto resuelto.

Pero lo bonito es que no echamos de menos solamente a Mazinger Z. Echamos de menos todo lo que había alrededor. El salón de nuestros padres, aquellos televisores que pesaban como un piano, las meriendas, las tardes interminables, las rodillas llenas de mercromina, las voces de nuestras madres llamándonos desde la cocina y nosotros contestando "¡YA VOY!" con la misma intención de cumplimiento que tiene un político cuando promete algo en campaña. Echamos de menos hablar con los amigos al día siguiente, discutir sobre quién era más fuerte, dibujar robots en cualquier papel y convertir cualquier caja de cartón en una nave espacial. Éramos capaces de transformar cuatro cosas en un universo entero.

Hoy miramos hacia atrás y nos da la risa, claro. Es una risa con sabor a mantequilla con azúcar, a cromos repetidos y a tardes interminables en la calle hasta que nuestras madres gritaban nuestro nombre por la ventana. Hay algo entrañable y poético en recordar cómo toda una generación de críos se puso de acuerdo para guardar luto por un robot gigante de metal. Un luto colectivo, gamberro y nostálgico que ni el mismísimo Orzowei, con todos sus saltos por la selva, pudo hacernos olvidar.

Y han pasado casi 50 años. Casi nada. El niño que miraba a Mazinger con la boca abierta ahora tiene canas, dolores de espalda y una extraña afición por mirar los precios del supermercado antes de comprar, jajajajaja. Hemos cambiado muchísimo, pero hay recuerdos que no envejecen. Basta ver una imagen de aquel robot, escuchar su nombre o reconocer aquella música para que, durante unos segundos, se abra una puerta en la memoria y volvamos a ser aquellos chavales que todavía creían que el mundo podía salvarse con un robot gigante y un buen puñetazo.

Quizá esa sea la verdadera magia de Mazinger Z. No era solamente una serie, era una época. Una época en la que soñábamos a lo grande, aunque nuestro mundo fuera pequeño. En la que un sábado por la tarde podía parecer una fiesta y en la que un robot de hierro podía convertirse en nuestro héroe, nuestro amigo y, por qué no decirlo, en una pequeña esperanza de que frente a cualquier monstruo siempre habría alguien dispuesto a plantarle cara.

Y de repente, el tijeretazo… Así que sí, seguimos acordándonos del día en que unos señores muy encorbatados en los despachos de Televisión Española decidieron, sin anestesia ni piedad, quitar al robot gigante que nos alegraba la existencia para ponernos a un muchacho en taparrabos corriendo por la selva. Y seguimos sin perdonarlo del todo. Porque una cosa es hacerse mayor y otra muy distinta es quitarle Mazinger Z a un niño. Eso no prescribe… Va por ti, Koji. Va por los puños que nunca llegaron a volar en aquel otoño del 78, y por la censura que, sin saberlo, convirtió nuestro dibujo favorito en una leyenda inmortal. Porque, aunque nos quitaran la tele, en el patio del colegio de nuestra memoria seguimos gritando ¡Puños fuera! mucho después de que se apagaran los focos de Prado del Rey.

¡PLANEADOR ABAJO!