Si le preguntas a un niño de los años 70's en España por el mayor atraco a mano armada de su infancia, no te hablará de un robo al banco de la esquina ni de la subida del precio del Chupa Chups. Te hablará, con un nudo en la garganta y una chispa de rabia en los ojos, de un día concreto: el fatídico sábado 16 de septiembre de 1978.
Hay cosas que se olvidan con los años. El primer sueldo,
alguna novia, dónde dejamos las llaves ayer, incluso el motivo por el que entramos
en una habitación. Pero hay cosas que permanecen intactas en algún rincón de la
memoria, esperando solamente una palabra para volver a aparecer. Y si esa
palabra es Mazinger Z, cuidado, porque de repente vuelves a tener diez años,
estás sentado delante de un televisor enorme y alguien te está diciendo desde
la cocina: "¡No te acerques tanto a la pantalla, que te vas a quedar
ciego!". Y tú, naturalmente, no haces ni caso, porque en ese momento hay
un robot gigante intentando salvar el mundo, y eso es lo primero, prioridades
son prioridades.
Pongámonos en situación. Para la chavalería de la época,
el sábado por la tarde no era una franja horaria más; era una liturgia sagrada.
Las meriendas de pan con chocolate, las rodillas llenas de mercromina y el olor
a plastilina se detenían de golpe cuando la pantalla del televisor, en blanco y
negro o en ese color recién estrenado que todavía olía a tubo nuevo, estallaba
en mil pedazos. ¡Puños fuera! ¡Rayos fotónicos! Koji Kabuto no era solo un
dibujo animado; era nuestro hermano mayor con patillas y moto molona, el tipo
que se batía el cobre contra las bestias mecánicas del Doctor Infierno, para
que nosotros pudiéramos soñar con salvar el mundo antes de la hora de cenar.
En 1978, nosotros no necesitábamos demasiadas cosas para
ser felices. Un bocadillo, la calle, cuatro amigos, una pelota medio
deshinchada y, sobre todo, que llegara la hora de Mazinger Z. Aquello no era
simplemente una serie de televisión: era un acontecimiento nacional en la
pequeña república de nuestra infancia. Durante media hora, el salón de casa se
convertía en el centro del universo. Allí estábamos nosotros, con los ojos
abiertos sin parpadear, esperando a que Koji Kabuto se metiera en el planeador
y empezara la fiesta. Y cuando aparecía un monstruo mecánico dispuesto a
sembrar el caos, nosotros ya sabíamos que aquello tenía solución: puños fuera,
rayos fotónicos y a tomar viento el malo. No necesitábamos terapia,
necesitábamos a Mazinger Z.
Y entonces llegó aquel fatídico sábado de septiembre. TVE
decidió que había llegado el momento de retirar nuestro robot favorito y
sustituirlo por Orzowei. Así, sin anestesia. Sin una consulta popular. Sin
preguntar a los niños. Sin siquiera convocar una comisión parlamentaria de
urgencia. De repente, donde esperábamos encontrar a Mazinger, misiles y
explosiones, aparecía otra historia. Y seguramente Orzowei sería estupendo,
tendría aventuras, naturaleza, valores y todo lo que ustedes quieran…, pero,
señores de TVE, ¡nos habían quitado a Mazinger!
Aquella España de la Transición, que andaba aprendiendo a
respirar en libertad, decidió que un robot metálico repartiendo leña a diestro
y siniestro era demasiado violento para la tierna e inocente infancia patria.
Las mentes pensantes del comité censor se pusieron las manos en la cabeza.
—¡Que esto trauma a los niños! —¡Que fomenta la agresividad! —¡Que a ver si van
a querer saltar por el balcón al grito de "Planeador abajo"! Y, en
lugar de dejarnos disfrutar de los 92 episodios que los niños japoneses devoraban
como galletitas de la suerte, cerrarón el grifo en el episodio 27...,
dejándonos con la miel en los labios y sin saber cómo continuaba la batalla
contra el Doctor Infierno.
Eso no era una simple modificación de programación.
Aquello era una puñalada trapera en el corazón. Era como llegar a una
pastelería esperando un chucho relleno de crema y que el dependiente te
entregara una manzana diciendo: "Es más saludable". ¡Pero yo no
quería estar saludable, yo quería mi chucho!
El sustituto para amortiguar el golpe fue Orzowei. Un
chaval de piel pálida, criado por una tribu africana, que se pasaba la serie
corriendo por la sabana, sorteando leones y luciendo un taparrabos que hoy
incendiaría las redes sociales antes del primer corte publicitario. A ver,
seamos justos: la canción del opening era un temazo indiscutible que te metía
el ritmo en el cuerpo, pero ¿a quién pretendían engañar? Nosotros no queríamos
ver a un chaval blanco corriendo en cueros entre matorrales; ¡queríamos
aleaciones Z, puños voladores y explosiones catódicas!
Además, conviene recordar que entonces la televisión era otra cosa. No había Netflix, ni YouTube, ni plataformas, ni veinte mil canales. Había 2 cadenas y punto. La 1 y la 2. Y cuando una de ellas decidía quitarte tu serie favorita, no existía eso de "me la pongo esta noche". Se acabó. Había que esperar. Y esperar, para un niño, podía ser una eternidad. Hoy podemos recuperar cualquier serie en cuestión de segundos; entonces, si te perdías algo, aquello quedaba flotando en el limbo de los recuerdos. Por eso Mazinger se nos quedó tan dentro, porque no podíamos consumirlo compulsivamente. Lo esperábamos. Y quizá por eso lo disfrutábamos de una manera que ahora cuesta explicar.
—¿Tú sabes por qué no han puesto Mazinger?
—Dicen que lo han prohibido.
—¿Quién?
—No sé.
—Pues vaya rollo.
Y asunto resuelto.
Pero lo bonito es que no echamos de menos solamente a
Mazinger Z. Echamos de menos todo lo que había alrededor. El salón de nuestros
padres, aquellos televisores que pesaban como un piano, las meriendas, las
tardes interminables, las rodillas llenas de mercromina, las voces de nuestras
madres llamándonos desde la cocina y nosotros contestando "¡YA VOY!"
con la misma intención de cumplimiento que tiene un político cuando promete
algo en campaña. Echamos de menos hablar con los amigos al día siguiente,
discutir sobre quién era más fuerte, dibujar robots en cualquier papel y
convertir cualquier caja de cartón en una nave espacial. Éramos capaces de transformar
cuatro cosas en un universo entero.
Hoy miramos hacia atrás y nos da la risa, claro. Es una
risa con sabor a mantequilla con azúcar, a cromos repetidos y a tardes
interminables en la calle hasta que nuestras madres gritaban nuestro nombre por
la ventana. Hay algo entrañable y poético en recordar cómo toda una generación
de críos se puso de acuerdo para guardar luto por un robot gigante de metal. Un
luto colectivo, gamberro y nostálgico que ni el mismísimo Orzowei, con todos
sus saltos por la selva, pudo hacernos olvidar.
Y han pasado casi 50 años. Casi nada. El niño que miraba
a Mazinger con la boca abierta ahora tiene canas, dolores de espalda y una
extraña afición por mirar los precios del supermercado antes de comprar,
jajajajaja. Hemos cambiado muchísimo, pero hay recuerdos que no envejecen.
Basta ver una imagen de aquel robot, escuchar su nombre o reconocer aquella
música para que, durante unos segundos, se abra una puerta en la memoria y
volvamos a ser aquellos chavales que todavía creían que el mundo podía salvarse
con un robot gigante y un buen puñetazo.
Quizá esa sea la verdadera magia de Mazinger Z. No era
solamente una serie, era una época. Una época en la que soñábamos a lo grande,
aunque nuestro mundo fuera pequeño. En la que un sábado por la tarde podía
parecer una fiesta y en la que un robot de hierro podía convertirse en nuestro
héroe, nuestro amigo y, por qué no decirlo, en una pequeña esperanza de que
frente a cualquier monstruo siempre habría alguien dispuesto a plantarle cara.
Y de repente, el tijeretazo… Así que sí, seguimos
acordándonos del día en que unos señores muy encorbatados en los despachos de
Televisión Española decidieron, sin anestesia ni piedad, quitar al robot
gigante que nos alegraba la existencia para ponernos a un muchacho en
taparrabos corriendo por la selva. Y seguimos sin perdonarlo del todo. Porque
una cosa es hacerse mayor y otra muy distinta es quitarle Mazinger Z a un niño.
Eso no prescribe… Va por ti, Koji. Va por los puños que nunca llegaron a volar
en aquel otoño del 78, y por la censura que, sin saberlo, convirtió nuestro
dibujo favorito en una leyenda inmortal. Porque, aunque nos quitaran la tele,
en el patio del colegio de nuestra memoria seguimos gritando ¡Puños fuera!
mucho después de que se apagaran los focos de Prado del Rey.
¡PLANEADOR ABAJO!

