COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: HOY LA TELEVISIÓN CUMPLE SETENTA AÑOS

miércoles, 28 de octubre de 2026

HOY LA TELEVISIÓN CUMPLE SETENTA AÑOS

Recuerdo cuando la televisión entró en casa: un Vanguard en blanco y negro, un niño y todo un mundo por descubrir. Hoy la televisión cumple setenta años, pero algunos seguimos teniendo siete delante de aquella pantalla.

Hay recuerdos que no se guardan en álbumes de fotos, sino en algún rincón secreto del corazón. Recuerdos que huelen a merienda de pan con chocolate, a brasero en invierno, a ropa tendida en el balcón y a aquellas tardes en las que el tiempo parecía caminar despacito, sin notificaciones, sin prisas y sin que nadie tuviera que mirar el móvil cada tres minutos para comprobar si el mundo seguía en su sitio. Yo fui un niño de los 70's. Y en aquellos años, cuando la infancia se medía en rodillas peladas, cromos repetidos y partidos de fútbol improvisados en la calle, sucedió algo extraordinario en mi casa: a mediados de aquella década entró un televisor Vanguard en blanco y negro.

No recuerdo que llegara con alfombra roja, banda de música ni autoridades municipales, pero en mi memoria infantil aquel acontecimiento tuvo más solemnidad que la llegada de un astronauta a la Luna. ¡Un televisor nuevo! ¡En casa! ¡Y además era Vanguard, que a mí me sonaba a una nave espacial capaz de captar señales de otros planetas! La televisión llevaba ya años en España, desde aquel 28 de octubre de 1956 en que comenzaron las emisiones regulares de Televisión Española, y ahora, al cumplirse setenta años de aquella aventura, uno comprende que no solo celebramos la historia de un aparato, sino también la de millones de hogares que aprendieron a reunirse alrededor de una pequeña pantalla.

Porque una cosa era haber oído hablar de la televisión y otra muy distinta tenerla en el salón, como si hubiéramos instalado una ventana mágica por la que se colaban artistas, futbolistas, presentadores, dibujos animados y noticias de un mundo que, hasta entonces, nos quedaba bastante lejos. Eso sí, nuestro Vanguard era en blanco y negro. El blanco y negro de verdad, no ese blanco y negro artístico que ahora se utiliza para hacer fotografías elegantes. Aquí el gris era el rey, el gris gobernaba y el gris decidía hasta de qué color imaginábamos la camisa del presentador. Pero ¿a quién le importaba? Nosotros veíamos la vida en tecnicolor porque la imaginación se encargaba del resto.

Antes de que apareciera el presentador de turno, reinaba ella: la inolvidable carta de ajuste. Aquella imagen geométrica, llena de círculos, rayas, escalas de grises y figuras que parecían diseñadas por un matemático con vocación de artista moderno. Y allí nos quedábamos, hipnotizados, contemplándola como quien espera una revelación divina.

—¿Ya empieza?

—Todavía no.

—¿Y ahora?

—¡Que te he dicho que todavía no!

La carta de ajuste servía para comprobar y regular la imagen y el sonido del televisor, pero para nosotros era mucho más: era el prólogo de la felicidad, la promesa de que aquella tarde podía suceder algo maravilloso. Aquella imagen, que hoy contemplamos con tanta nostalgia, nos conecta también con los primeros pasos de TVE en 1956. Lo que para quienes vivieron aquellos comienzos fue parte de una televisión que acababa de nacer, para los niños de los setenta era el anuncio de que la magia estaba a punto de comenzar en el salón de casa.

Los que ya peinamos canas "o hemos decidido llevarlas con dignidad" sabemos que aquella imagen no era un programa, sino el anuncio de que la televisión estaba a punto de empezar. Y quienes nacieron después, rodeados de pantallas que nunca descansan, quizá no entiendan que hubo un tiempo en el que hasta la espera formaba parte del espectáculo. A veces sonaba una musiquilla que parecía venir de una galaxia lejana. Otras, el televisor emitía aquel pitido que, de haberlo escuchado un perro, probablemente habría solicitado la baja por estrés. Y nosotros esperábamos.

Porque entonces la televisión no estaba disponible las veinticuatro horas. Tenía sus horarios, sus pausas y hasta su despedida. ¡La televisión se acababa! Y cuando terminaba la emisión, se apagaba el espectáculo y cada cual volvía a su vida, que tampoco estaba nada mal. Hoy tenemos miles de contenidos a un solo clic y, aun así, hay días en los que tardamos más en elegir qué ver que en ver algo. Nosotros, en cambio, teníamos dos cadenas: la Primera, que era la reina de la casa, y la Segunda, la UHF, que tenía un aire más misterioso y que, dependiendo de dónde vivieras y de cómo estuviera orientada la antena, podía convertirse en toda una aventura de sintonización.

La programación era limitada, sí, pero nuestra capacidad de ilusión habría dejado boquiabiertos a muchos fabricantes de pantallas de última generación. En los años 70's, la programación tenía nombres que se nos quedaron grabados a fuego en la memoria. Estaba Un, dos, tres... responda otra vez, con sus azafatas, sus preguntas, sus humoristas y aquella calabaza Ruperta que podía arruinarte la noche con una sonrisa. Estaba Félix Rodríguez de la Fuente, que conseguía que mirásemos a los animales con un respeto casi sagrado. Gracias a El hombre y la Tierra, muchos niños descubrimos que la naturaleza era una aventura fascinante y que el lobo no tenía por qué ser siempre el malo del cuento.

Y luego llegaron Heidi, con su abuelo y sus montañas, y Marco, aquel niño que nos enseñó que se podía llorar por alguien a quien nunca habíamos conocido. Porque sí, amigos: nosotros también llorábamos con los dibujos animados. Y sin necesidad de que una película llevara la etiqueta de "emocionalmente devastadora". Por la pantalla pasaban también Estudio 1, las series del Oeste, las películas de los sábados, los concursos y los programas musicales. Y, cuando tocaba fútbol, el salón se transformaba en una grada improvisada, con el padre ejerciendo de seleccionador nacional y el resto de la familia aprendiendo a celebrar goles sin romper el jarrón de la abuela.

La televisión era conversación al día siguiente en el colegio. Era el recreo hablando de lo que habíamos visto, el compañero que aseguraba haber visto algo que nadie más había visto y el otro que se inventaba el final porque se había quedado dormido en el sofá. Era también una forma de compartir un mismo mundo. Millones de personas mirando las mismas imágenes, riendo con los mismos chistes y esperando el mismo desenlace.

Y qué decir de la tecnología. Nuestro Vanguard no tenía Netflix, ni internet, ni aplicaciones, ni control por voz. Para cambiar de canal había que acercarse al aparato y girar el selector o pulsar el botón. ¡Ejercicio físico integrado en el entretenimiento! Si la imagen salía torcida, alguien tenía que tocar los mandos. Si aparecían interferencias, comenzaba una ceremonia familiar que podía incluir mover la antena, ajustar la sintonía y pronunciar frases de alto contenido científico:

—¡Ahora se ve bien!

—¡No, no te muevas, que se va!

—¡Ahí, ahí! ¡Quédate quieto!

Y allí se quedaba el pobre de turno, inmóvil junto al televisor, vigilando la imagen o ayudando a ajustar la antena interior que coronaba la TV, convertido en un repetidor humano de última generación. No existía el servicio técnico a domicilio para cada pequeño contratiempo. Existía el padre, el vecino entendido en electricidad o ese tío que, sin haber estudiado ingeniería, era capaz de reparar media casa con un destornillador y una seguridad pasmosa.

Y mientras tanto, el mundo empezaba a cambiar también delante de nuestros ojos. Durante los años 70's, la televisión en color fue ganando terreno en España, aunque su llegada a los hogares fue gradual. Nosotros, sin embargo, seguíamos disfrutando de nuestro Vanguard en blanco y negro, sin imaginar que algún día aquellas imágenes grises se convertirían en un recuerdo tan lleno de color. Y cuando la imagen se veía mal, no cambiábamos de pantalla. Aprendíamos a convivir con aquellas pequeñas imperfecciones. Quizá por eso le teníamos tanto cariño.

Hoy, 28 de octubre de 2026, se cumplen setenta años del comienzo de las emisiones regulares de Televisión Española. Setenta años desde aquellas primeras imágenes que abrieron una ventana nueva en los hogares españoles. Y pienso en aquel niño que fui y en el Vanguard que entró en casa a mediados de los 70's. Pienso en sus botones, en su pantalla de grises, en la luz que proyectaba sobre las caras de mi familia y en aquellas tardes que parecían no tener final.

No sé dónde habrá terminado aquel televisor. Tal vez en un desván, en un trastero o en algún lugar donde duermen los electrodomésticos que un día fueron imprescindibles. Pero, en mi memoria, sigue allí, ocupando su sitio en el salón, con la pantalla encendida y el mundo entero dentro. Y me doy cuenta de que no echo de menos solamente la televisión de entonces. Echo de menos la edad en la que todo parecía nuevo, en la que una película era un acontecimiento, un dibujo animado podía alegrarte el día y una carta de ajuste bastaba para despertar la impaciencia más hermosa del mundo.

Echo de menos a quienes se sentaban a nuestro lado y que, en muchos casos, ya no están. A quienes compartían el sofá, la merienda, las risas y los silencios. A quienes convertían una habitación cualquiera en el lugar más importante del universo. Porque el verdadero milagro nunca estuvo dentro del televisor. El milagro era que, durante un rato, todos estábamos juntos.

Y quizá por eso, cuando cierro los ojos, todavía escucho aquel sonido, veo aparecer las primeras imágenes y siento la misma emoción de aquel niño que descubrió que una caja de madera y cristal podía contener mundos enteros. Un niño de los 70's que no tenía televisión inteligente, pero que fue inmensamente feliz delante de su Vanguard en blanco y negro. Y que hoy, tantos años después, daría cualquier cosa por sentarse un ratito más en aquel salón, escuchar de nuevo a su familia y volver a ver la carta de ajuste. Aunque solo fuera un minuto. Aunque después apareciera el mensaje de fin de emisión. Porque algunas imágenes se apagan en la pantalla, pero se quedan encendidas para siempre en el corazón.


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