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sábado, 10 de mayo de 2025

LEVANTO MI VASO DE PISCO POR...

¡Habemus Papam!

Hace un par de días escuchábamos estas palabras en latín para presentarnos al nuevo Papa de Roma. Independientemente de cuáles sean mis creencias, mi mente viajó inmediatamente al Perú: pensé en Machu Picchu, en las gigantescas hortalizas que allí se cultivan, en las misteriosas piedras negras de Ica con sus imposibles grabados… y, por supuesto, en el aguardiente por excelencia, el pisco, ese licor de los Incas que condensa siglos de historia y tradición.

Y es que, curiosamente, Perú también está presente en esta elección papal. Desde la Plaza de San Pedro se escuchó el anuncio de que Robert Prevost, ahora León XIV, había sido elegido como el nuevo Papa de la Iglesia Católica. Nacido en Estados Unidos, el nuevo Sumo Pontífice mantiene un estrecho lazo con el Perú: se desempeñó como obispo de Chiclayo y fue nacionalizado peruano en agosto de 2015, por lo que cuenta con un DNI peruano vigente.

Así, entre las antiguas piedras de Roma y los vestigios sagrados de los Andes, este nuevo capítulo del Vaticano se entrelaza con el alma de un país que parece estar siempre presente, incluso en los lugares más inesperados.

Por eso levanto mi vaso de pisco y hago este brindis, y escribo este post jejejejeje dedicado a Robert Prevost y, sobre todo, a ese legendario licor peruano con el que brindo mmmm pero con una mención súper especial a esa botella que guardo en "EL BAÚL DE HAL". Una botella misteriosa que me trae muy buenos recuerdos de niñez y que a continuación relataré, junto con un poco de historia de su destilería.

 

LAS NEGRAS Y MISTERIOSAS BOTELLAS DE PISCO.

¿Recordáis aquellas misteriosas botellas de pisco que se pusieron tan de moda en los años 70's...? Eran negras como la noche, negras como el carbón, negras como las piedras peruanas de Ica. Solo el color ya resultaba curioso: un negro tan opaco que no dejaba ver el contenido de la botella. Pero no era el aguardiente de su interior ni el oscuro vidrio lo que más me atraía...

Me encantaba cuando íbamos a visitar a mi querida tía Encarna. Siempre me gustaba ir a su casa y curiosear las colecciones de mis primos, bastante mayores que yo, y todas las rarezas que me encontraba allí. Recuerdo una habitación llena de maquetas de aviones de guerra que montaba mi primo Pedro. Algunos estaban a medio montar o recién pintados sobre una mesa; otros, ya terminados, adornaban las estanterías… pero la mayoría colgaban del techo, atados con hilo de pescar. Aquello, para un niño de 9 o 10 años, era todo un espectáculo.

Y qué decir de los cómics de mi primo Juanito… Tenía unos de una Blancanieves muy ligera de cascos. A mí me encantaba ojearlos disimuladamente, sin que se dieran cuenta, claro. Jejejeje. Y los enanitos... ¡menudos golfos! A la mínima se bajaban los pantalones y ya os podéis imaginar la bacanal que se montaban. Pero bueno… dejémoslo aquí. Esa historia de la fogosa Blancanieves da para otro artículo. Y hablar del papa y de esa Blancanieves... mmmm, no, mejor lo dejamos para otro día. Que ya me estoy desviando por caminos que no pegan ni con pegamento.

Y aquí quería llegar... Otra de las cosas que siempre llamaba mi atención en casa de mi tia Encarna, era la decoración del mueble del comedor: una colección de botellas de licor de lo más curiosas. Había una con forma de pelota, otra de torero (con su inseparable compañera, la botella con forma de flamenca), algunas de futbolistas… y posiblemente más que ya ni recuerdo. Pero las que realmente me tenían hechizado eran aquellas botellas negras de pisco, el licor de los Incas. Botellas moldeadas con formas parecidas a las esculturas de la Isla de Pascua, los famosos moáis. Aunque mi favorita, la reina de la colección, era una que me recordaba a las cabezas reducidas de los shuar (más conocidos como jíbaros, nombre que les asignaron los españoles en tiempos de la conquista, aunque también se conocieron como los reductores de cabezas).

Vamos, que solo faltaba que, en cualquier momento, apareciera el querido Dr. Fernando Jiménez del Oso, de quien yo era gran fan, aunque luego por las noches no pudiera dormir tras ver sus programas de televisión, jajajaja. Para mí, aquellas botellas eran dignas de haber salido en sus míticos programas Más Allá o La Puerta del Misterio.

En definitiva, me gustaban tanto esas botellas y en especial la que os he mencionado que no paré hasta conseguirla. Pero no me conformaba con una vacía: yo la quería intacta, sin abrir, con su pisco setentero, su poderoso aguardiente y su tapon precintado y aún sellado. Me costó encontrarla, pero uno tiene paciencia y al final…

Pues eso: aquí os enseño esta fantástica botella vintage de pisco que hoy saco de mi baúl y fotografío para compartirla con todos vosotros. Y para terminar el post, os dejo un poquito de historia sobre esta destilería y sus curiosas botellas.

 

DESTILERÍA NOGUERAS COMAS.

La destilería Nogueras Comas, ubicada en Barcelona, España, fue una empresa destacada en la producción de brandy y otros licores entre las décadas de 50's y 70's. Aunque ya no está en funcionamiento, sus productos continúan siendo altamente apreciados por coleccionistas y entusiastas de los artículos vintage.

Lo que hizo única a Nogueras Comas no solo fue la calidad de sus licores, sino también el diseño artístico y cultural de sus botellas. La destilería sobresalió por crear envases distintivos de vidrio soplado y cerámica, con formas temáticas que reflejaban la cultura española y latinoamericana.

Algunos ejemplos de estos diseños incluyen: envases que representaban a damas andaluzas o gitanas empleados tanto para sus anises, como el famoso Anís Cristal Gitana, como para licores dulces como la crema de cacao, junto a botellas con forma de torero asociadas a su brandy o a un refrescante pippermínt, y otras con forma de cabeza inca (nuestra protagonista del post de hoy) utilizadas especialmente para su pisco, reflejan el carácter creativo y cultural del diseño de Nogueras Comas.

Además, la destilería también produjo ediciones limitadas y colaboraciones con el Club de Fútbol Barcelona (C.F. Barcelona), con botellas que hacían referencia a este equipo y otras relacionadas con el mundo del balompié. En algunos casos, incluso se diseñaron botellas con forma de pelota de fútbol imitando las setenteras Adidas Telstar en tamaño casi reglamentario jajajaja, eso sí, rellenas con buen licor.

Las botellas de Nogueras Comas siguen siendo objetos muy codiciados en el mercado de coleccionismo. Gracias a su singularidad y su valor histórico, estas piezas continúan siendo buscadas en plataformas de venta de artículos vintage. La graduación alcohólica de sus productos variaba entre el 30% y el 40%, y los materiales utilizados, como vidrio y cerámica, contribuyen a la exclusividad y el atractivo de estos envases.

En conclusión, Nogueras Comas fue una destilería emblemática cuya relevancia en la industria licorera de la época se refleja en sus innovadores y creativos diseños de botellas. Aunque la destilería ya no esté en funcionamiento, sus productos siguen siendo altamente valorados por los coleccionistas, consolidando su legado en el mundo de los licores y el arte del diseño.

 

¿EL PISCO ES PERUANO O CHILENO?

Como dato curioso, os contaré que existe un conflicto entre Perú y Chile sobre el pisco. El pisco, un aguardiente de uva cuyo nombre proviene del quechua "pisku" (ave), tiene su origen en el valle de Pisco en Perú, donde los Incas lo bautizaron así por la gran presencia de aves en la zona. Perú defiende que el pisco es una bebida con denominación de origen, ligada exclusivamente a regiones productoras peruanas como Lima, Ica, Arequipa, Moquegua y Tacna, y elaborado con variedades de uva como la "Quebranta". Según la legislación peruana, solo el licor producido en estas zonas puede llamarse pisco, del mismo modo que solo el espumoso producido en ciertas regiones españolas puede llamarse "cava".

Sin embargo, Chile sostiene que "pisco" es un término genérico que describe un tipo de aguardiente de uva, producido legalmente también en las regiones chilenas de Atacama y Coquimbo. Aunque Chile no niega que el pisco surgió primero en Perú, argumenta que por razones comerciales y de exportación, la bebida se desarrolló también en su territorio y que el nombre se volvió común. Además, gracias a su estrategia de marketing, el pisco chileno se hizo más conocido en el exterior.

Este enfrentamiento ha sido catalogado como uno de los conflictos más tensos entre Perú y Chile, incluso más que disputas históricas por territorios. Mientras que en Chile más del 80% de la población consume pisco, en Perú solo lo hace un 10%, a pesar de que defienden su origen con documentación histórica desde el siglo XVI.

El pisco peruano es considerado un destilado más puro y tradicional. Se elabora sin agregar agua, con una sola destilación directa del mosto de uva fermentado y no se guarda en barricas, lo que preserva su sabor original. Solo se produce en zonas específicas del Perú y está estrictamente regulado por su denominación de origen. Usa tanto uvas aromáticas como no aromáticas, como la famosa Quebranta.

En cambio, el pisco chileno tiene una elaboración más flexible: puede destilarse varias veces, se le puede añadir agua para ajustar el grado alcohólico, y sí se permite su guarda en madera. Aunque también usa uvas como la Moscatel, su normativa es distinta y el enfoque suele ser más industrial y comercial.

Ambos países lo defienden como propio, pero sus métodos de producción y filosofía detrás del licor son bastante distintos.

Con todo mi respeto, dudo mucho que el actual Papa León XIV haya utilizado pisco en sus misas, pero lo que tengo claro es que levanto mi botella y le deseo toda la suerte en su mandato, con la esperanza de que logre traer paz a este caótico mundo, que últimamente está más revolucionado que nunca. Y, si seguimos así, no sé a dónde llegaremos.

Salud para todos... ¡GLU, GLU, GLU! Que nunca falte una buena botella de pisco para acompañar esos grandes momentos especiales.








domingo, 4 de mayo de 2025

AROMA DE UNA NOCHE DE VERANO

Como cada primer domingo de mayo, llega el Día de la Madre. Este post quiero dedicárselo a todas las madres, y hoy, con una mención especial para una en particular.

Corría el mes de julio de 1989. La televisión aún era un armatoste enorme con pantalla abombada, la música se grababa en cassettes que rebobinábamos con un bolígrafo BIC jajajajaja, y los teléfonos estaban anclados a la pared del salón o aposentados en una pequeña mesita, con su base bien conectada con un cable sujeto a la pared. A su vez, el teléfono estaba unido a la base con aquel cable enroscado que parecía tener vida propia. Yo tenía poco más de veinte años y hacía ya un par de meses que me había licenciado del servicio militar.

La "mili", como todos la llamábamos, me había dejado más que recuerdos: me había cambiado. Atrás quedaban los días de instrucción, las botas que dolían, las guardias, los madrugones sin sentido y ese sargento que se creía John Rambo y que parecía disfrutar gritando más que respirando. Pero también me dejó algo bueno: una pizca de orden, cierta templanza, y, como decía mi padre con tono entre serio y burlón: "Echaste más formalidad, hijo". Y puede que tuviera razón.

Antes de la mili, la vida era un desfile de fiestas, amigos, risas fáciles y resacas heroicas. Salía cada fin de semana como si no hubiera un lunes. Me gustaba conocer chicas, coquetear con ellas o lo que surgiera, reír, escuchar música… y, sobre todo, sin atarme a nada ni a nadie. Nada de corazones entrelazados; no quería compromisos que seguro no cumpliría. La libertad era mi única compañera, y me bastaba.

Pero al volver, todo empezó a saber diferente. Las fiestas ya no tenían el mismo sabor. Las conversaciones se me hacían repetitivas, y las noches largas empezaban a parecerme más vacías. Algo dentro de mí había girado, aunque yo aún no sabía qué estaba buscando. Quizá solo esperaba que la vida, en su misterioso vaivén, me sorprendiera.

Y vaya si lo hizo.

Un veraniego sábado noche cualquiera, de esos en los que uno sale sin esperar nada, ocurrió algo que lo cambió todo. Una amiga me presentó a una amiga suya, y, como dice la canción, "la amiga de mi amiga se convirtió en mi amiga" jejejejeje.

—Mira, esta es Judith. Es una amiga del trabajo —dijo con naturalidad mi conocida.

Nos dimos los dos besos de rigor, uno en cada mejilla, como marcaba la costumbre. Y ahí comenzó todo. No fue su sonrisa, aunque era bonita, ni sus ojos, aunque tenían una chispa especial, ni siquiera su voz, que era suave y me encantaba. Fue su olor.

Un aroma fresco, juvenil, desenfadado… como ella. Un perfume que parecía tener personalidad propia. No sé cómo explicarlo, pero ese olor me golpeó como una ola fresca en aquella calurosa noche de verano. Me quedé un segundo en el aire, como atontado, aspirando ese aroma que quedó flotando incluso después de que ella se apartara. Fue como si algo se activara en mí, algo dormido, algo que no sabía que estaba esperando a despertar.

Esa noche no pasó mucho que digamos, pero hubo momentos muy mágicos. Charlamos un poco, reímos, compartimos alguna copa. Nada de promesas de amor eterno. Eso sí, sí que hubo algún beso robado y alguna sonrojada sonrisa. Cuando comenzó a salir el sol, nos despedimos. Yo me fui a casa como quien ha visto un amanecer inesperado: confundido, emocionado, queriendo más. Eso no era habitual en mí. ¿Qué me estaba pasando…?

Por suerte, la vida y esa amiga en común se encargaron de que volviéramos a coincidir. Y poco a poco empezamos a hablarnos más, a buscarnos sin que pareciera intencionado, a conocernos sin prisas. Cada vez que nos acercábamos, ese perfume me recordaba que estaba justo donde quería estar.

Perdonad, aún no dije qué perfume o, mejor dicho, qué colonia era esa… Eau Jeune Senteurs Fraîches. Esa fue una fragancia que me marcó y también marcó una época. Esta colonia fue lanzada en 1977 y rápidamente se convirtió en parte del imaginario de una generación. Su aroma fresco, cítrico y atemporal, con toques sensuales y contrastes entre notas florales, amaderadas y especiadas, dejaba una estela inolvidable, mmmm, que me lo digan a mí jajajaja.

En 1979, un anuncio televisivo emitido en España ayudó a consolidar la popularidad de Eau Jeune. Aquel spot es especialmente recordado por su melodía breve y pegadiza, con una letra que decía: ♫♪♫♪ Vísteme, Eau Jeune… Vísteme con tu frescor, a flor de piel (Eau Jeune), ven, acércate a mi piel… Viste, Eau Jeune ♫♪♫♪. 

Esa fue una adaptación de la canción "Many Rivers to Cross" del músico jamaicano Jimmy Cliff. El anuncio se mantuvo en emisión durante varios años, convirtiéndose en uno de los más recordados de la época. Seguro que lo recuerdas, pero si quieres volver a verlo y escucharlo, te lo dejo aquí: ANUNCIO COLONIA EAU JEUNE. Hoy, al evocarlo, no solo recordamos un perfume, sino también un fragmento de la memoria colectiva ligado a la juventud de muchos, y en este caso, a la mía y a la de Judith.

Pasó el tiempo, y aquella chica (Judith) se convirtió en mi compañera de vida. La mujer con la que construí un hogar, con la que formé una familia, con la que comparto risas, silencios, enfados tontos y reconciliaciones sabias. La madre de mis hijos, mi amiga, mi cómplice, mi amor.

Y ese perfume… ese perfume siguió en mi memoria, aunque con el tiempo fue una de esas colonias intermitentes que aparecían y desaparecían del mercado, y que, con los años, volvieron a fabricarse con una continuidad más asidua, mmmm, pero por mucho que la botella se pareciera o que llevara el mismo nombre, ya no olía como yo la recordaba. Como si fuera aquel hilo invisible que unía el pasado con el presente. Por eso, un día busqué y encontré esta botella de los 80’s. La que recuerdo de nuestra época, con aquel recordado perfume, y la guardé. Por nostalgia, por amor, por memoria, por ternura, por ilusión.

La metí en una cajita y, a su vez, en lo que llamo "EL BAÚL DE HAL". Mi baúl mágico. Baúl lleno de recuerdos del pasado, donde guardo mis pequeños tesoros: y dentro de esa cajita, una carta de amor leída mil veces, un par de entradas de Pink Floyd, una foto descolorida de mi 21 cumpleaños celebrándolo juntos… y esa botellita de colonia.

A veces, cuando me invade la melancolía, la abro y la huelo. Y en ese instante, viajo en el tiempo. Vuelvo a esa noche de 1989. A esos besos de presentación o a los dulces besos robados. A ese clic invisible. A ese punto exacto donde mi vida tomó el rumbo más importante sin que yo me diera cuenta.

Hoy, que se celebra el Día de la Madre, quiero contarte esto, mi amor. Porque no solo eres una madre maravillosa, generosa y luchadora, que lo eres, sino que fuiste, eres y serás la mujer que cambió mi vida con solo un saludo y un aroma inolvidable a mandarina.

Gracias por aquella noche. Gracias por cada día desde entonces. ¡FELIZ DÍA DE LA MADRE!





sábado, 26 de abril de 2025

EL PADRE DE PETETE: UN ALMERIENSE EN ARGENTINA

Nací en un pueblecito de Almería llamado Cantoría, aunque mis padres, cuando yo tenía apenas cinco años, me trajeron a vivir a Barcelona, en aquellos años 70's, años de emigración. Pero siempre tengo presente mi tierra, y la llevo en el corazón, junto a muchos recuerdos de mi infancia… y también de cuando ya era adolescente o más mayorcito, porque muchos veranos los pasé allí, y sigo yendo siempre que puedo.

Hago este pequeño inciso como adelanto al post que hoy escribo. Como entenderéis, siempre que hablo o escribo algún recuerdo relacionado con Almería, o con su gente, se me llena el alma de orgullo. Y más aún en este caso, al hablar de: Don Manuel García Ferré, mmmm… puede que sí, o puede que no te suene ese nombre, ¿verdad? Pero… ¿y si te menciono "El Libro Gordo de Petete"?

Como cada año, por Sant Jordi (también Día del Libro y de la Rosa), mi familia, y en especial mi pareja, tienen ese don tan bonito de sorprenderme con algún libro, de esos que me gustan y me hacen viajar en el tiempo. Y este pasado Sant Jordi, no fue la excepción. Aquí os enseño un libro muy especial, ya descatalogado, de mi paisano almeriense Manuel García Ferré.

Este libro, que salió en 2009, es curiosamente el famoso "Libro Gordo de Petete", tan reconocido en el imaginario popular. Lo curioso es que, aunque Petete fue un personaje muy conocido, nunca existió como tal en formato de libro, hasta ese año que os menciono, ya que el texto que inspiró los cortos televisivos y los fascículos nunca se publicaron en formato de libro… hasta que llegó el que os enseño.

Y aparte de este libro, que ya guardo en un sitio privilegiado de mi estantería del recuerdo, junto a otras joyitas, mmmm también me regalaron un simpático y pequeño Petete vintage a cuerda, ¡de lo más gracioso! Y lo mejor de todo, en su cajita, también con forma de "Libro Gordo de Petete", jejejeje.

Para quien no sepa o no conozca el gran y fantástico trabajo que realizó este genio, os invito a seguir leyendo… Y por supuesto, para quien no conozca a este señor, a este paisano mío, pues también se enterará de quién es.

Almería, esa tierra dorada por el sol y bañada por las aguas del Mediterráneo, ha dado origen a muchas maravillas. Pero no todas sus joyas son visibles en la arena o se disfrutan en una tapa; algunas nacen del alma y llegan al corazón de miles de niños, sin importar la distancia. Tal es el caso de Manuel García Ferré, un genio cuya obra marcó a varias generaciones y cuya huella sigue viva hoy en día.

Manuel nació el 8 de octubre de 1929, en el corazón de Almería, en la calle General Castaños, justo bajo la sombra de la imponente catedral. Su infancia transcurrió entre las sombras de la Guerra Civil Española y los años difíciles de la posguerra. Criado en un contexto cargado de incertidumbre, Manuel fue un niño observador, de gran sensibilidad y un temprano interés por el dibujo, quizás como vía de escape ante la realidad austera de su entorno.

Su padre, Julián García, trabajaba en la oficina central de telégrafos y, al ser trasladado a Almería, conoció y se casó con María Ferré, una joven almeriense. Juntos formaron una familia en tiempos difíciles, pero también cargados de sueños. Entre las piedras de la Alcazaba y los cuentos contados por su madre al calor del brasero, Manuel cultivó una imaginación desbordante. Años después, esa imaginación lo llevaría a conquistar el mundo con sus dibujos.

En 1947, como tantas otras familias españolas de la época, los García Ferré decidieron emigrar a Argentina, buscando un nuevo comienzo lejos de las secuelas de la guerra. Fue en Buenos Aires, una ciudad vibrante y llena de oportunidades, donde Manuel, con apenas 17 años, inició una nueva etapa de su vida. Estudió arquitectura, pero fue su pasión por el dibujo la que terminó guiando su destino. Comenzó trabajando en agencias de publicidad mientras perfeccionaba su estilo, hasta que su talento lo llevó a crear algunos de los personajes más entrañables de la televisión y el cómic: Anteojito, Hijitus, Larguirucho y, por supuesto, el simpático Petete, un pingüino de la Antártida con chupete colgado del cuello, gorro de lana y pompón que se ganó el cariño de miles de niños en toda América Latina y España.

Petete no fue solo un personaje, sino una verdadera institución cultural. En la década de los 70's y 80's, el programa "El Libro Gordo de Petete" se convirtió en un referente para generaciones de niños. En cada episodio, Petete, con su voz cálida y su tono amigable, junto a una joven presentadora nos contaba el porqué de las cosas, tal y como si fuera una enciclopedia, enseñaba de manera sencilla y divertida, conceptos científicos, históricos y naturales, convirtiéndose en la "Wikipedia" de más de una generación. Con su chupete eterno y su simpático aire, Petete hizo del aprendizaje una experiencia entretenida y memorable. Y la famosa frase que cerraba cada programa, "El libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene, y yo te digo contento… ¡hasta el programa que viene!", se quedó grabada en el corazón de muchos.

En 2009, Manuel decidió recuperar ese universo de conocimiento y ternura con la edición completa del "Libro Gordo de Petete", ya en pleno siglo XXI. Este volumen enciclopédico de 250 páginas, publicado por V&R Editoras, recopiló por primera vez un resumen del contenido que había sido difundido en aquellos primeros fascículos (que después se pudieron encuadernar) y no podemos olvidarnos tampoco de aquellos microprogramas televisivos, convirtiéndose en un éxito rotundo no solo en Argentina, sino en otros países de América Latina y España.

Manuel García Ferré no solo creó personajes inolvidables; construyó un legado. A través de sus dibujos, sus programas de televisión y sus cómics, hizo posible que millones de niños crecieran rodeados de personajes que no solo les enseñaban, sino que les brindaban momentos de felicidad. Yo, como oriundo de esa tierra almeriense, es un orgullo ver cómo un paisano nuestro se convirtió en una figura trascendental en el mundo de la animación y la educación.

Pocas personas han logrado hacer del entretenimiento una forma de aprendizaje tan efectiva como lo hizo Manuel García Ferré. Con un talento que no entendía de fronteras, sus creaciones llegaron a lejanos rincones del mundo, donde Petete también conquistó el corazón de los niños.

Aunque Manuel falleció el 28 de marzo de 2013, su legado sigue vivo. Como el buen almeriense que era, nunca olvidó sus raíces, y aunque estuvo lejos de su tierra natal, siempre se acordó de aquel sol de Almería, o de sus recuerdos de las peripecias de su niñez que siempre utilizó y que acompañaron a sus personajes. Petete sigue enseñando y haciendo reír, y cada vez que alguien menciona su nombre, es imposible evitar sonreír y recordar aquellos días de infancia, cuando aprender era una aventura divertida.

Y, por si no lo sabías, también se dice que Walt Disney tenía raíces en Almería, ¡aunque esa es una historia para otro momento! Prometo contarla en próximos posts. ¡Pero qué genética tenemos, madre mía! jajajajaja.

















sábado, 12 de abril de 2025

DARDOS DE KIOSCO: RELATO DE UNA INFANCIA CON PUNTERÍA

Hubo una época gloriosa que cualquier exalumno de mi colegio, y también de nuestra generación, recordará entre risas y nostalgia: el gran boom de los pequeños dardos de plástico que vendían en los kioscos como baratijas de a duro. Durante un tiempo, fue uno de los juguetes preferidos por todos los niños. Las dianas para jugar con estos dardos podían ser cualquier cosa: una caja de cartón, un árbol, un corcho... y, de vez en cuando, nos llevábamos algún pinchazo que otro. Eran íntegramente de plástico, excepto la punta, que era un pequeño clavo o una aguja gordoncha. Los había de distintos modelos y colores. Hoy, los que saco de "EL BAÚL DE HAL" para enseñaros son los más recordados, buscados y valorados de aquellos años 70's y 80's.

Estos no eran los dardos elegantes y profesionales, con contrapeso de metal y de mejor calidad, sino algo mucho más asequible y con un material de fabricación más económico: dardos de kiosco, de colorido plástico con punta de hierro, cuyo acceso en manos de niños parecería hoy un atentado contra la seguridad infantil. Pero, claro, eran otros tiempos: ¡aún se confiaba en la puntería de los pequeños! y no existía la seguridad de hoy día. Desde luego, hoy no pasarían ningún control de calidad; pero en aquella época eran baratos y divertidos pequeños juguetes…

Aquí os dejo las fotos de mis dardos de kiosco y una pequeña historia vivida en mi niñez. El furor comenzó de forma tan inocente como todas las grandes ideas de la infancia. Uno de mis compañeros de clase trajo un par de dardos que compró en el kiosco de Manuelita. Aquellos afilados dardos eran novedad en los kioscos y, claro, desataron una ola de envidia entre todos nosotros. En cuestión de días, casi todos teníamos nuestros propios dardos de kiosco, aunque nos encontramos con un gran problema.

El caso es que, como suele pasar cuando uno es niño, teníamos los dardos pero... ¡nos faltaba una diana! Pero oye, la creatividad infantil es imparable, y alguien tuvo la brillante (o no tan brillante) idea de dibujar una con tiza blanca en la puerta de los lavabos, justo al lado del patio de los medianos. Y ahí empezó todo.

Aquel era territorio neutral y, en teoría, libre (o casi libre) de supervisión adulta. Con la diana dibujada en aquella puerta color verde pera del WC, aquello se convirtió en el epicentro de las partidas clandestinas de cada recreo.

Cada día, armados con nuestros pequeños dardos de plástico y la determinación de campeones en nuestras competiciones, nos reuníamos para lanzar y apostar la gloria (y, a veces, alguna que otra chuchería). ¡La pobre puerta! Al cabo de unas semanas, estaba más agujereada que un colador y parecía un campo de batalla termita. Cada marca, cada agujero, era un testimonio de las competiciones que librábamos con tanta dedicación.

Ya sabíamos que, en toda actividad clandestina, necesitábamos estar preparados para las visitas inesperadas de los profesores. Y para eso teníamos siempre a un vigilante. Nos íbamos turnando en aquella esquina estratégica, observando el pasillo con una concentración digna de un espía profesional. Avisábamos de cualquier peligro inminente. En cuanto se gritaba "¡PROFE A LA VISTA!", la estrategia era clara: cada uno recogía sus dardos y corría en diferentes direcciones, como si no hubiese pasado nada. Y, aunque aquella puerta verde del baño tenía más agujeros que un western de Sergio Leone, nosotros insistíamos en nuestra coartada de inocencia, apartándonos de la puerta como si nada hubiera pasado... aunque estaba tan marcada que, sinceramente, la inocencia no colaba.

Por supuesto, los profesores sabían perfectamente lo que hacíamos, ¡cómo no iban a saberlo! Pero nunca nos atraparon in fraganti, lo cual solo aumentaba nuestro entusiasmo. La diana improvisada fue ganando popularidad y se volvió el corazón de esas épicas competiciones escolares.

Hasta que un día, todo cambió. Aquel fue el primer día del fin de nuestras andanzas darderas.

Fue en ese momento de euforia total cuando sucedió lo inesperado. La puerta del baño se abrió ligeramente, y por la rendija apareció una mano agitada. Era la mano de nuestro compañero Silvio, Silvio Rojas, al que, sin darnos cuenta, habíamos acorralado en el WC en pleno bombardeo de dardos. Con voz débil y asustada, Silvio soltó un desesperado: "¡Parad! ¡Parad, quiero salir!"

Hubo una breve pausa, el tipo de silencio que solo dura un instante pero que todos recordamos como una eternidad. Y luego… —¡Ay, qué dañooo!

Uno de los dardos se desvió y fue a dar directamente en la diana… mmmm, perdón, quiero decir en la palma de la mano del pobre Rojas. Ese dardo llevaba una buena trayectoria de diana, pero la mano de Rojas lo interceptó antes de llegar a su destino. Fue como una escena de película: el dardo incrustado en su palma y todos nosotros congelados entre la culpa y la risa. Pobre Silvio Rojas, con una mezcla de dolor, miedo y odio, se marcó un pataleo taconero que más bien parecía un homenaje a la bailaora "La Chunga", mientras gritaba y nos miraba como diciendo: "Se os va a caer el pelo".

Ese fue el comienzo del fin para nuestra querida diana secreta.

La escena fue tan dramática y, al mismo tiempo, tan cómica, que se convirtió en leyenda. La noticia corrió como pólvora y, antes de que el recreo terminara, los profesores y el director, Sr. Llacuna, ya estaban en el lugar del incidente. Nos pusieron a todos en fila para interrogar sobre el uso indebido de la puerta del baño y del accidente ocurrido con nuestro compañero. Intentamos usar nuestras mejores excusas, pero ninguna de nuestras explicaciones resultó convincente ante la mano de Rojas, que aún tenía la marca de nuestro dardo más potente.

El Sr. Llacuna, con la paciencia que solo los directores de escuela parecen tener, nos miró a todos y dijo:

—A partir de hoy, la puerta del baño será solo eso: una puerta. ¿Está claro? Y para que lo recordéis bien, quiero que me copiéis 1000 veces "No traeré ni jugaré con dardos en la escuela", y, por supuesto, los dardos quedan confiscados. Si los queréis recuperar, que vengan vuestros padres a buscarlos.

No hace falta decir que los dardos los dimos por perdidos. ¿Quién le iba a decir a nuestros padres que pasaran a recogerlos y que se enteraran de lo que ocurrió? Uffff, mejor callar, ¿no? Con los hombros bajos, aceptamos el destino de nuestra amada diana y de nuestros dardos de kiosco. Y así, nuestra era de competiciones épicas y lanzamientos legendarios llegó a su fin… mmmm, o puede que no para todos.

Si queréis saber si las ganas de dardos se nos quitaron, os invito a leer este otro post que fijo os sacará unas risas. Os lo recomiendo: "ANILLOS DEL TERROR DE MATUTANO 2ª PARTE. LA MALDICIÓN DE DARDO".

A partir de entonces, la puerta del WC nunca volvió a ser la misma. Convertida en un monumento a nuestra era dardera, llena de agujeros y marcas, quedó como testigo mudo de nuestras épicas partidas.

¡Aquella diana fue la más precisa y la más dolorosa de todas nuestras partidas, pero también la más recordada! Incluso el amigo Rojas quedó inmortalizado en la historia de nuestra escuela.

Nunca volvimos a usar esa puerta como diana, y los dardos desaparecieron de la escuela (puntualizo: de dentro de la escuela; si leéis el enlace que os dejé, entenderéis por qué puntualizo).

De lo que estoy completamente seguro es de las carcajadas que nos echamos recordando aquella escena, que siempre es de las primeras historias que contamos cada vez que nos juntamos en alguna cena de viejos alumnos, y repetimos la misma advertencia:

Si alguna vez usas una puerta como diana, asegúrate de que nadie esté dentro... ¡y, sobre todo, que no saque la mano en el momento menos oportuno! jajajajaja










sábado, 5 de abril de 2025

ESTAS SEGURO... ¿TÚ CREES QUE ERA TAN ABURRIDA?

¿Nuestra época aburrida...? En aquellos años éramos los reyes de la diversión analógica, los maestros de convertir cualquier rincón en un parque temático improvisado. Antes de que los móviles dictaran el ritmo de la vida y los pulgares se volvieran atletas de scroll infinito, nosotros vivíamos aventuras de verdad, de las que no necesitaban batería ni señal para funcionar.

Bastaba una tarde libre, unos cuantos amigos y algo de imaginación. Éramos expertos en transformar una botella vacía en una ruleta del destino. Nuestro "Tinder" era el juego de la botella, con su tensión creciente, sus corazones latiendo a mil y esa mezcla de vergüenza y emoción cuando apuntaba a la chica (o el chico) que te gustaba. No había pantalla que nos protegiera: si tocaba beso, tocaba. En carne y hueso, con mejillas rojas y sonrisas nerviosas. Esos momentos no venían con filtro, pero se quedaban grabados para siempre.

El juego de la botella era nuestra app de citas, pero con adrenalina real. ¿Que hoy tienes Tinder? Nosotros teníamos el suspense de ver esa botella de refresco girando lentamente hasta señalar a ella o a él. ¡Y vaya si hubo primeros besos torpes pero inolvidables en esos juegos! Más de uno descubrió el amor (o al menos el revoloteo en el estómago) entre risas nerviosas y miradas furtivas. Nada de mensajitos tímidos: aquí el contacto era real, con sus mariposas en el estómago incluidas. Cada giro era un pequeño terremoto emocional, un momento de gloria o tragedia adolescente. Y, aunque a veces solo fuera un roce rápido, esas historias se contaban durante días y quedaban marcadas en la memoria durante años.

Y si de juegos hablamos, nuestro catálogo haría palidecer a cualquier consola de última generación. "Verdad o Reto" era nuestro reality sin censura, donde los secretos salían a la luz y los desafíos más ridículos se convertían en leyendas del barrio. "Manitas Calientes" no necesitaba gráficos ni efectos: bastaba un buen reflejo y la resistencia al dolor. Esa palmada bien dada dolía más que perder una partida online, pero también era motivo de carcajadas.

¿Fortnite? Nosotros jugábamos a "Policías y Ladrones", el battle royale original. El barrio entero era nuestro mapa, las calles eran trincheras, y los escondites, verdaderos búnkeres secretos. Corríamos tanto que no necesitábamos gimnasio ni smartwatch para contar pasos. Y luego estaba el "Escondite Nocturno", la versión más intensa de todas. De noche, con la emoción de esconderte sin hacer ruido, y si encima compartías escondite con la chica o el chico que te gustaba… la adrenalina se mezclaba con las mariposas que revoloteaban en tu estómago.

Y es que cada tarde podía convertirse en una historia digna de película. ¿Quién no participó en los calurosos días de verano en aquellas guerras de globos de agua que terminaban con todos empapados y riendo sin parar? ¿O en esas carreras de bici donde las rampas eran tablones rescatados de alguna obra y los saltos… bueno, no siempre salían bien, pero vaya que lo intentábamos? Lo nuestro era ensayo y error, con rodillas peladas como medalla de honor.

Los concursos de chistes eran otra joya. No importaba si eran buenos, malos o directamente absurdos: ganaba el que hiciera reír más, aunque fuera de lo malo que era el chiste. Y, por supuesto, las acampadas en el jardín. Con linternas, historias de miedo y esa sensación de que, aunque estuvieras a tres metros de tu casa, estabas en mitad de una aventura épica. Terminábamos durmiendo todos juntos, o intentándolo, porque después de cada historia de terror alguien se asustaba y ya no había quien pegara ojo.

Y si no se podía acampar fuera, entonces se armaba el campamento dentro de casa: sillas, muebles y mantas cubriéndolo todo se convertían en una tienda de campaña improvisada en tu cuarto, donde tú y tus primos pasaban la noche entre risas, cotilleos, juegos y linternas encendidas bajo las mantas. Aquello no tenía nada que envidiarle a un camping real. Era mágico.

Hoy todo es más rápido, más brillante, más digital. Pero también más solitario y más frío. Muchos tienen miles de seguidores, pero pocos amigos con los que compartir una tarde sin mirar el reloj. Hoy en día, la conexión a Wi-Fi se os cae y ya no sabéis qué hacer; algunos lloran y otros, con los nervios a flor de piel, son capaces de pegar pellizcos a los cristales hasta que vuelve la señal. Y ni te cuento cuando os quedáis sin batería: os ponéis en modo zombi buscando enchufes por todas partes. ¡Jajajaja! Eso sí que no nos pasaba a nosotros: nuestras tardes se basaban en la conexión humana, no en la señal de un router.

Nosotros no teníamos redes sociales, pero sí una red de amigos de verdad. De los que llamaban a tu puerta, no a tu pantalla, para preguntar si podías salir a jugar.

Así que no, aburrida nuestra época no era, y nosotros éramos creativos, valientes, espontáneos. Y, aunque los tiempos cambien, algo está claro: no hace falta tecnología para crear recuerdos inolvidables. Solo ganas, imaginación y un buen grupo de amigos. Eso sí que era vivir.

¿Y si todavía piensas que vivir sin móviles era aburrido? Es porque no sabes lo que es pasarlo bien de verdad.