COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's: 2026

sábado, 11 de abril de 2026

LOS CUADERNOS RUBIO

 

¿Ya habéis entregado los deberes de Semana Santa? Venga, venga, no os hagáis los despistados. Estos días pasados, entre procesiones, torrijas y el olor a incienso flotando por las calles, algunos habéis tenido que sacar del cajón (o de debajo de la cama, donde lo escondisteis el Jueves Santo bajo esa premisa de "si no lo veo, no existe") el cuadernillo de deberes que os pusieron antes de las vacaciones... ¿Lo recuerdas? jajajaja. Porque sí, en aquellos tiempos gloriosos y crueles a partes iguales, las vacaciones nunca eran del todo vacaciones. Siempre había algo pendiente, siempre había un cuaderno sobre la mesa recordándote que el ocio era un préstamo que debías devolver con sudor, cálculo y caligrafía.

Si eran los de Semana Santa, los deberes solían ser de tamaño manejable, casi razonables. Para el verano ya nos reservaban la artillería pesada: los míticos cuadernos "Vacaciones Santillana", aquellos tochos con su característica y colorida portada que eran capaces de hundir la mochila y el ánimo de cualquier niño en pleno mes de julio. Eran libros con una densidad tal que podías usarlos para calzar una mesa o para defensa personal contra un hermano mayor. Pero para la Semana Santa, el arma de instrucción masiva, jejejeje, era otro: el Cuaderno Rubio.

Un dato curioso: no existe un consenso firme sobre todos los colores que usaron los cuadernos Rubio en el siglo XX. Mientras que la memoria popular recuerda principalmente el amarillo, las evidencias de cuadernos conservados en colecciones privadas muestran también tonos entre el azul y el turquesa verdoso, especialmente en los ejemplares más antiguos, como algunos de los que saqué hoy de "EL BAÚL DE HAL". La propia editorial nunca ha publicado un catálogo cronológico de sus cubiertas, por lo que, hoy por hoy, determinar la gama exacta sigue siendo una tarea pendiente para los historiadores de la cultura material española.

Unos cuadernos con recordados e icónicos dibujos de portada, como el de aquel niño con su jersey, o mejor dicho, chaleco de pico y corbata, que apenas han cambiado con los años y que parece que nos vigila desde el pasado con una pulcritud que a muchos nos costaba mantener. Dibujos en sus portadas que toda una generación lleva grabados en la memoria como un tatuaje involuntario del sistema educativo.

La historia de este mito comenzó en 1956, cuando un emprendedor llamado Ramón Rubio Silvestre fundó en Valencia la editorial que llevaría su apellido. Ramón nació en Tarragona en 1924, aunque siendo apenas un bebé su familia se trasladó a Geldo, un pequeño pueblo de Castellón donde creció con esa persistencia que solo tienen quienes saben adónde quieren llegar. Graduado como profesor mercantil, montó la Academia Rubio en la calle Martí de Valencia para impartir clases de cálculo y contabilidad. Allí, harto de repetir ejercicios en la pizarra y de que los alumnos se perdieran entre números, empezó a crear fichas numeradas para que trabajaran solos. Aquello fue el "Netflix" de la educación de posguerra: contenido a la carta para que nadie se quedara atrás, jajajaja.

Los comienzos no fueron fáciles. Fue en el verano de 1968 cuando la familia al completo se subió al coche para visitar colegios y papelerías. Y permitidme un inciso, porque aquel fue un año de una cosecha irrepetible: los Cuadernos Rubio llegaron tal y como los recordamos a colegios y papelerías, y también llegaron a las jugueterías los míticos Madelman y, de paso, mmmm, nací yo, jejejeje. Algo muy potente debía de haber en el aire de aquel 1968 para que viniéramos al mundo con tantas ganas de dar guerra. Mientras yo daba mis primeros pasos y los Madelman empezaban a ejecutar sus primeras misiones, que con los años se convertirían en aventuras viajando a la selva, el Aconcagua, el fondo del mar y el espacio (porque los Madelman lo podían todo), los Rubio recibían negativas de libreros que no veían futuro en aquel papel pautado. Una papelería llegó a decirles que aquellos cuadernos no se venderían nunca. Años después, esa misma papelería hizo un pedido. Los Rubio no lo aceptaron, jejejeje. Incluso sufrieron una estafa de película cuando un comercial desapareció con unas 200.000 pesetas de la época. Sin embargo, aquel estafador, al ofrecer los cuadernos por todo el país para dar el golpe, terminó creando una red de clientes inesperada que clamaba por más material. El propio Ramón reconocería años después que le habría dado las gracias de encontrárselo, pues aquel hombre realizó, sin saberlo y por las malas, su mejor estudio de mercado. Así, lo que costaba 1,50 pesetas en 1960 pasó a ser un pilar básico de la educación española.

Durante los 70's y la Transición, el método Rubio conquistó las aulas de la EGB. Los profesores encontraron en ellos algo práctico para reforzar la caligrafía y el cálculo mental, generando sus propias mitologías y traumas menores. Había niños que completaban las páginas con una caligrafía perfecta, vocales redondas como planetas y palotes rectos como soldados desfilando. Y había otros, entre los que probablemente nos contamos muchos, que rellenaban las líneas con una prisa sospechosa, apretando el lápiz hasta casi romper el papel, y luego, si tenías que borrar, mmmm, ¿quién no ha sufrido el drama de la goma Milán 430 que, en lugar de borrar, emborronaba el grafito hasta dejar una nube negra sobre el papel que parecía el mapa de una tormenta?, jajajaja.

La anécdota más universal de aquella época fue, sin duda, el cuaderno mojado o "el ataque del lamparón de aceite". En aquellos años los estuches no eran herméticos, ni los bocadillos venían envueltos en papel de aluminio ni en film transparente de alta tecnología. El Cuaderno Rubio y el bocata de Nocilla (o peor, el de atún con el aceite traspasando el papel de estraza o de periódico) convivían en la misma cartera de cuero, y no siempre salían bien parados del encuentro. Llegar a casa con las páginas de escritura onduladas y con una mancha marrón o traslúcida en la esquina que olía a desayuno era un clásico del género. La madre te miraba con esa ceja levantada que presagiaba el fin de tus días, tú ponías cara de no saber nada, y ella suspiraba mientras el mundo seguía girando entre borrones de goma y olor a tinta.

Con los 80's llegó la época dorada de la editorial, llegando a vender diez millones de ejemplares al año. Eran las tardes de llenar páginas en la mesa de la cocina, con el televisor encendido al fondo emitiendo El Monstruo de Sánchezstein, Un globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca, o en el caso de los más talluditos... los legendarios Chiripitifláuticos, y todos corriendo para poder ver aquellos programas de TV, con el olor a guiso de la cena flotando en el aire y la voz de nuestros padres diciendo aquello de "no te salgas de la raya que pareces un médico escribiendo". Si tenías el cuaderno limpio y sin tachones, eras la élite social del recreo. Hoy, la editorial sigue viva en Paterna, Valencia, de la mano de su hijo Enrique y su nieto Luis, resistiendo con la dignidad de lo que sabe que es útil y adaptándose a los nuevos tiempos con una ironía maravillosa.

Para los que fuimos niños entre los 60's y los 90's, un Cuaderno Rubio es mucho más que papel. Es el tacto del papel pautado bajo los dedos, el olor a goma de borrar (sobre todo, mmmm, la goma de nata) y la voz de la seño diciendo "mañana me traéis el número cinco terminado o no hay patio", uffffff. Es también aquella España que aprendió a escribir, vocal a vocal, renglón a renglón, peleando contra el redondeo de las "o" y la inclinación de las "l", por no mencionar aquellas operaciones y problemas matemáticos que tantos quebraderos de cabeza nos dieron, menos mal de aquellos lápices que llevaban las tablas pintadas, jejejeje. Es también la esperanza de acabar los deberes antes de que oscureciera, para ver la televisión o simplemente para ignorar que el lunes existía. Porque los niños que fuimos siempre creímos que si terminábamos a tiempo, el tiempo libre sería más libre. Y, mirándolo con perspectiva, entre manchas de tinta y recuerdos de una cosecha excelente, quizás teníamos toda la razón del mundo.





sábado, 28 de marzo de 2026

SEMANA SANTA PARA RECORDAR

Ya tenemos aquí la Semana Santa y con ella me llegan muchos entrañables recuerdos del ayer, de esos que aparecen sin avisar, como el olor a cocina antigua o el sonido lejano de un tambor en la calle. Recuerdos que no hacen ruido pero que se quedan, que tienen algo de ternura y de tiempo detenido, como si en esos días el mundo fuera un poco más lento y todo tuviera más sentido.

La Semana Santa siempre ha tenido ese aire especial, una mezcla de recogimiento, tradiciones familiares y pequeñas costumbres que, si uno se detiene a pensarlo, se han ido quedando poco a poco en el cajón de la memoria. Algunas sobreviven, otras resisten como pueden, y otras ya solo viven en fotografías ligeramente amarillentas o en conversaciones que empiezan con un "¿te acuerdas cuando…?".

Antes, la Semana Santa no empezaba en las redes sociales ni en calendarios digitales, empezaba en la cocina. Era un anuncio silencioso pero infalible. El olor de aquel potaje de bacalao tan bueno que hacía tu madre o la abuela, o de aquellas torrijas con un aroma que se colaba por cada rincón de la casa, impregnando cortinas, pasillos y hasta la ropa tendida. No había versiones modernas ni experimentos imposibles, solo pan duro, leche, huevo, azúcar y canela, y ese ingrediente invisible que nunca falla: el cariño. Cada casa defendía su receta como si fuera un secreto de estado, y en todas, curiosamente, estaban convencidos de tener la mejor.

Mientras tanto, siempre había una voz que recordaba con solemnidad aquello de "no se come carne, que es Viernes Santo", aunque luego aparecieran en la mesa unas croquetas de vigilia que sabían demasiado bien como para hacer muchas preguntas… jajajaja. Era parte del encanto, de esa pequeña contradicción tan humana que también formaba parte de la tradición.

Y luego estaban esos momentos que hoy parecen sacados de otra época, como los niños rezando antes de dormir, a veces con sus muñecos alineados a su lado como si formaran una pequeña congregación doméstica. Aquello no era una escena preparada ni una imagen para compartir, era pura inocencia, una especie de teatro íntimo donde cada muñeca tenía su papel. Había alguna especialmente devota y otra que parecía estar allí por compromiso, pero todas participaban. Y uno rezaba medio en serio, medio con sueño (como la niña de la foto), confiando en que Dios entendería las prisas. Hoy, si ves a un niño arrodillado en su cuarto, lo más probable es que esté buscando el cable del móvil y no recitando un padrenuestro, y además de verdad… jejejeje.

La casa se llenaba también de otro tipo de rituales, como el de encender la televisión y encontrarse, sin sorpresa pero con cierta satisfacción, con las mismas películas de siempre. Ben-Hur, Los Diez Mandamientos y alguna historia de romanos donde el sufrimiento era casi un personaje más. Se veían cada año, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar, pero daba igual, estábamos todos juntos, en familia, compartiendo momentos. Era tradición, y las tradiciones no necesitan novedades para seguir teniendo valor.

Fuera, las calles parecían respirar de otra manera. Había menos ruido, más pausa, una especie de respeto que no hacía falta explicar. Incluso los niños bajaban la voz al pasar una procesión, como si entendieran que ese momento pedía silencio. No era un silencio incómodo, sino uno lleno de significado, de esos que hoy cuestan encontrar entre notificaciones de mensajes y prisas.

La Semana Santa no necesitaba grandes planes. Bastaba con salir a pasear sin rumbo, con ese clásico "vamos a dar una vuelta" que terminaba siendo el mejor plan del día. Se caminaba sin objetivo, se encontraba a gente conocida, se compartían conversaciones sencillas y se volvía a casa con la sensación de haber hecho algo importante, aunque no se supiera muy bien qué.

También estaba ese pequeño gran acontecimiento de estrenar ropa. No hacía falta nada extraordinario; bastaba con una camisa nueva o unos zapatos que crujían al andar. Había una mezcla de orgullo y cuidado, de querer lucir sin estropear, de sentir que ese detalle formaba parte de algo mayor. Y muchas veces, esa ropa nueva tenía un destino claro: ir bien guapos o guapas a bendecir las palmas o el laurel, esas ramas elaboradas y personalizadas con lazos brillantes o con golosas golosinas colgadas de ellas, que los niños lucían con tanto orgullo como el estreno mismo (como se ve en la foto de un servidor con el palmon, tomada en 1977; mmmm, aunque los caramelos colgados no llegaron a la foto, jejeje). Era una felicidad discreta, pero profundamente auténtica.

Con el tiempo, muchas de estas cosas han ido cambiando. Ahora hay más opciones, más estímulos, más distracciones. Antes había menos, pero quizá por eso se aprovechaban más. Donde antes había costumbre, ahora hay improvisación; donde antes había pausa, ahora hay prisa. Y sin darnos cuenta, entre mensaje y mensaje, se nos han ido escapando esos pequeños rituales que, sin hacer ruido, construían recuerdos duraderos.

Sin embargo, no todo se ha perdido. Algunas tradiciones siguen vivas y otras incluso regresan con fuerza, aunque a veces lo hagan disfrazadas de modernidad. Tal vez no se trate de volver atrás ni de repetir exactamente lo mismo, sino de recuperar la esencia de lo que hacía especiales estos días: el tiempo compartido, la calma, el estar presente sin necesidad de llenar cada minuto.

Porque al final, la Semana Santa no era solo lo que se veía en las calles o en la televisión, sino todo aquello que ocurría en los pequeños gestos, en las rutinas sencillas, en los momentos que parecían insignificantes y que ahora, con la distancia, se revelan como los más valiosos. Y quizá, si afinamos un poco la memoria y bajamos el ritmo, todavía estemos a tiempo de rescatar algo de todo eso y devolverle a estos días ese sabor tan especial que nunca debimos dejar escapar.

Bueno, amigos, solo me queda desearos una feliz Semana Santa, y si cogéis unos días de descanso, recordad que aún estamos a tiempo… de bajar el ritmo, de compartir una torrija en buena compañía y de dejar que estos días tengan, aunque sea un poco, ese sabor de antes que tan bien nos sienta. Yo también me tomaré unos días, porque a veces uno necesita parar, respirar y dejar que los recuerdos hagan su trabajo. Nos vemos a la vuelta, con las pilas cargadas y, quién sabe, quizá con algún viejo recuerdo nuevo que contar.


jueves, 19 de marzo de 2026

UN CENICERO DE ARCILLA PARA EL DÍA DEL PADRE

Había un momento del año en el que el colegio olía distinto. No era el de la plastilina ni el de los bocadillos del recreo. Era un olor más serio, casi adulto: arcilla húmeda, manos sucias y una misión importante. Se acercaba el Día del Padre (como el de hoy), y en las aulas de la EGB se activaba la fábrica nacional de ceniceros. Porque sí, no había discusión posible: a tu padre se le regalaba un cenicero, fumara o no. Eso daba exactamente igual. Era como un ritual sagrado que marcaba el calendario escolar, y todo el mundo lo aceptaba con la solemnidad de una ceremonia medieval. Algunos niños miraban a la profe como si ella fuera una alquimista, capaz de transformar barro en tesoro.

La escena era siempre parecida. La profe repartía trozos de barro como si fueran lingotes valiosísimos. Tú lo mirabas con respeto, como quien contempla un diamante en bruto. Aquello no era plastilina; aquello era material serio. Había que aplastarlo, golpearlo, darle forma hasta conseguir una especie de galleta gruesa, irregular, orgullosamente imperfecta. Nada de diseños minimalistas ni cosas modernas. No: aquello tenía que tener borde levantado, aunque quedara torcido. Tenía que parecer un cenicero; aunque, siendo honestos, muchos parecían más bien una empanada prehistórica. Se respiraba una mezcla de concentración y ansiedad; algunos niños masticaban nerviosamente lápices, otros miraban de reojo a la profe esperando aprobación silenciosa. Algunos soplaban con fuerza sobre el barro para secarlo antes de tiempo, mientras otros medían con regla imaginaria, y siempre había un pequeño grupo que lo dejaba todo a la intuición, con resultados desastrosos y maravillosos a la vez.

Y entonces llegaba el momento clave: el ritual, el instante que separaba un simple trozo de barro de una obra de arte paternal: la mano. "Venga, todos, la mano aquí en medio", decía la profe con tono firme pero amable, como si guiara a un ejército de pequeños escultores. Y tú, con una mezcla de orgullo y miedo, plantabas tu mano sobre la arcilla y apretabas con decisión. No había medias tintas; había que dejar huella, literalmente. Al retirar la mano, aparecía allí tu palma, tus dedos, tus líneas, convertidos en algo eterno (o al menos hasta que se cayera de la mesilla del salón). Era una cosa preciosa y un poco salvaje. A veces los dedos salían desproporcionados, otras parecían patas de pulpo; pero daba igual: eso era tuyo. Cada imperfección se sentía como un detalle único, una firma que solo tú podías dejar.

Después venía el acabado artístico. Ese momento en el que cogías un palillo y, con toda la concentración del mundo, escribías: "Felicidades papa". Sin tilde. Nunca con tilde. Y con letras que parecían estar borrachas: grandes, pequeñas, torcidas, apretadas, juntas o separadas según el día. Una maravilla. Algunos añadían detalles: un corazón medio chuchurrío, una estrella rara o incluso un "te quiero" que ocupaba medio cenicero y parecía una declaración de guerra más que de amor. Y si los nervios se apoderaban de tu escritura, no pasaba nada: siempre estaba allí tu profesora para echarte una mano con la buena letra, suavizando los trazos, enseñándote cómo colocar las letras, corrigiendo sin quitar el orgullo del niño que lo hacía. Algunos niños se lanzaban a experimentos extra: texturas, rayas, pequeñas hendiduras en la arcilla, mientras otros, más discretos, se limitaban a cumplir la tarea sin florituras. Cada pieza terminaba reflejando no solo tu mano, sino tu carácter, tu paciencia y tus pequeñas obsesiones de aquel momento.

Luego venía la espera. Días en los que el cenicero desaparecía para "secarse", y tú pensabas que estaba en una especie de fábrica secreta donde pasaba por hornos invisibles y manos mágicas que lo transformaban. Algunos compañeros contaban historias fantásticas de cómo la arcilla cobraba vida mientras se endurecía; otros simplemente se preguntaban si llegaría intacto. Y cuando volvía, aquello ya era otra cosa: duro, serio, casi profesional. Podías sentir el cambio solo con el tacto; lo que antes era blando y maleable se había convertido en un pedazo de mundo real que sobreviviría al tiempo y a los golpes del descuido.

El gran día, lo envolvías como podías (normalmente fatal), usando papel de seda arrugado y cintas que nunca se quedaban quietas, y se lo dabas a tu padre con una mezcla de vergüenza y orgullo imposible de disimular. Lo recibía como si fuera el mismísimo Santo Grial. Lo giraba, lo examinaba, admiraba cada línea de tu mano marcada, cada imperfección convertida en arte, y decía algo como: "Esto lo ha hecho mi hijo". En ese momento daba igual todo: que el cenicero estuviera torcido, que no apoyara bien, que tuviera grietas o que él ni siquiera fumara.

Porque aquello no era un cenicero. Era tu mano detenida en el tiempo. Era barro convertido en cariño. Era un pedazo de infancia que acababa, inevitablemente, en la mesilla del salón o en el mueble bar, junto a las copas "de las visitas". Era un objeto que guardaba secretos: los días de risas, las conversaciones robadas en clase, la sensación de orgullo silencioso que solo un niño puede sentir al crear algo que durará. Y pensándolo ahora, si estas manualidades de los ceniceros se hicieran hoy en día en los colegios, no llegaba ni al secado: reunión urgente, padres escandalizados, inspección educativa en la puerta y el pobre profesor o profesora camino de galeras antes de que sonara el timbre, jajajaja.

Lo mejor de todo es que, décadas después, muchos siguen ahí: un poco desgastados, con alguna esquina saltada, algún color que se ha ido con el tiempo si estaban pintados, pero resistiendo. Como si supieran que no eran un objeto cualquiera. Que no eran un simple recuerdo de escuela. Sino uno de los regalos más honestos, torpes y bonitos que hemos hecho nunca. Y cada vez que los ves, vuelves a ser ese niño que palpaba barro con miedo y alegría, que soñaba con impresionar a su padre y que aprendía que incluso las cosas imperfectas pueden ser perfectas cuando están hechas con cariño.

Porque, al final, esos ceniceros de barro no eran sobre fumar, ni sobre decoración, ni siquiera sobre manualidades. Eran sobre tiempo detenido, sobre manos, sobre amor pequeño y grande al mismo tiempo. Sobre infancia que no vuelve, pero que deja huellas imborrables. Y cada uno que sobrevive a los años es un recordatorio silencioso de que, a veces, lo más valioso no es lo que se ve, sino lo que se siente: lo que permanece en la memoria, en la piel y en los corazones, incluso cuando los objetos empiezan a romperse.

Estoy seguro, papá, de que recordarás aquel día en que te traje aquel cenicero, hecho por mí, con la huella de mi pequeña mano… Aunque no estés, tu amor permanece en cada gesto y en cada recuerdo. Te echamos de menos siempre, papá. Feliz Día del Padre. 



sábado, 14 de marzo de 2026

MINUTOS MUSICALES: REBOBINANDO LOS 90’S

Era el tiempo en que una canción llegaba a ti sin que tú la buscaras. Simplemente sonaba en la radio del coche, en la tienda del barrio, filtrándose por la ventana del vecino, y de repente, sin pedirte permiso, se instalaba para siempre en algún rincón de tu pecho. Solías grabar aquellos temas en una cinta que terminaba siendo más valiosa que cualquier playlist de hoy, esperabas a que la radio pusiera tu canción favorita con el dedo preparado sobre el botón de "REC", rezando para que el locutor no hablara encima del principio, y a veces lo hacía y arruinaba la grabación, o la cinta se enredaba y había que arreglarla con paciencia o con un bolí BIC.

Muchas de esas costumbres habían nacido en los 80's, pero siguieron vivas durante buena parte de los 90's. El walkman todavía acompañaba viajes en autobús y paseos solitarios, MTV sonaba en el salón con videoclips que terminaban grabándose en la memoria igual que las canciones, y cuando un amigo te prestaba un CD nuevo lo escuchabas como si te estuviera revelando un pequeño secreto.

Los 90's nos enseñaron que la música podía doler de una manera bonita, que una voz ronca con una guitarra acústica podía decir exactamente lo que tú no sabías que sentías, que el bajo de una canción podía hacerte mover los pies sin que tu cabeza lo decidiera, y que las letras en inglés, en español o en cualquier idioma parecían escritas para ti, solo para ti, aunque las cantaran millones.

También estaban los pequeños rituales que daban forma a esos recuerdos: copiar letras de canciones en un cuaderno, discutir con amigos sobre qué banda era mejor, esperar a que un videoclip volviera a aparecer en televisión porque no había otra forma de verlo otra vez. Todo eso se mezclaba con la sensación de que éramos jóvenes y no lo sabíamos; creíamos que siempre habría tardes eternas, que el verano nunca terminaría, que esa banda sonora que acompañaba nuestros primeros amores, nuestras primeras rupturas, nuestros primeros sueños de futuro, estaría siempre nueva, siempre fresca.

Pero la música envejece con nosotros, y eso es lo más hermoso. Hoy, cuando de repente suena aquella canción en un supermercado, en una serie, en un anuncio o en el teléfono móvil de alguien, el tiempo se dobla: de golpe tienes veinte y pico y cincuenta y tantos al mismo tiempo, hueles un perfume que ya nadie fabrica, ves una cara que hacía mucho que no recordabas y sientes el frío de una noche que creías olvidada.

Los 90's no fueron una década cualquiera; fueron el final del siglo XX, la última década de un milenio y, para muchos de nosotros, el principio de quienes íbamos a ser. Los 90's fueron el idioma en el que aprendimos a emocionarnos, y cada vez que volvemos a escucharlos comprendemos algo curioso: no estamos recordando la música, estamos recordando quiénes fuimos cuando la escuchamos por primera vez.

Y hoy, aquí en nuestra sección de Minutos Musicales dedicados a esos 90's, quiero recordar con vosotros algunas canciones, algunos de aquellos temas que se convirtieron en auténticos himnos de aquella década, la última década de nuestra página, y revivir juntos la música que nos hizo soñar, emocionarnos y volver a sentir momentos que creíamos olvidados. 



R.E.M. – Losing My Religion


Ace of Base – All That She Wants


4 Non Blondes – What's Up


The Cranberries – Zombie


Urge Overkill - Girl You'll Be a Woman Soon


Bruce Springsteen - Streets of Philadelphia


Oasis – Wonderwall


Spice Girls – Wannabe


The Verve – Bitter Sweet Symphony


Backstreet Boys – Everybody (Backstreet's Back)


Aqua – Barbie Girl


Manic Street Preachers – If You Tolerate This


Britney Spears – ...Baby One More Time


Blondie – Maria 


Boy George - The Crying Game

sábado, 7 de marzo de 2026

EL FLEJE YO-YO: RECUERDOS ENROLLADOS EN ESPIRAL

Hay recuerdos que no se guardan en cajas ni en álbumes, sino en la punta de los dedos. Recuerdos que huelen a barrio, a polvo de obra, a tardes sin prisa y a risas que rebotaban entre fachadas desconchadas. Uno de esos recuerdos, para muchos de nosotros, tiene forma de espiral juguetona: el fleje yo-yo. Aquel invento humilde, casi accidental, que convertía un simple trozo de fleje de plástico en un juguete capaz de hacernos sentir dueños del mundo durante unos segundos.

Corrían los últimos años de los 70's, cuando los niños aún éramos exploradores de callejón, arqueólogos de casas abandonadas y cazadores de tesoros improvisados. No necesitábamos mucho: un balón desinflado, una caja de cartón, un palo que podía ser espada, caballo o nave espacial. Pero hubo un tiempo, breve y glorioso, en que todos soñábamos con conseguir un pedazo de fleje de plástico. No uno cualquiera, no: uno largo, flexible, de esos que venían de embalajes de fábrica o de obras donde los albañiles nos miraban con media sonrisa mientras preguntábamos, con la inocencia más descarada del mundo: "¿Tiene un trocito de fleje que le sobre?".

Y cuando lo conseguíamos… ay, cuando lo conseguíamos. Aquello era como encontrar oro. Oro de plástico, sí, pero oro al fin y al cabo. Lo enrollábamos con la solemnidad de un ritual antiguo, como si estuviéramos fabricando un artefacto mágico. Dos o tres metros era la medida perfecta, la que garantizaba un yo-yo poderoso, de esos que salían disparados como un resorte y volvían a la mano con un latigazo elegante.

Atábamos la espiral con hilos, cordeles o lo que hubiera a mano, y entonces venía la parte científica del asunto: el cazo con agua hirviendo. No sabíamos nada de física, pero intuíamos que el calor tenía algo de hechizo. Metíamos el rollo de fleje en el agua burbujeante, lo dejábamos cinco minutos mientras el vapor nos empañaba la cara, y luego, como si fuéramos alquimistas, lo pasábamos al congelador. Quince minutos de frío absoluto para que la espiral quedara fijada, como si el plástico aprendiera de memoria la forma que queríamos darle.

Cuando cortábamos los hilos y el fleje se desplegaba con ese sonido seco y vibrante tan característico, era como liberar un pequeño dragón domesticado. Y entonces, sí: ya teníamos nuestro fleje yo-yo. Un juguete sencillo, casi primitivo, pero capaz de arrancar carcajadas y desafíos entre amigos: "A ver quién lo lanza más lejos", "A ver quién lo recoge más rápido", "A ver quién no se engancha los dedos".

El éxito fue tal que, como suele ocurrir con las cosas buenas, alguien decidió convertirlo en negocio. Y así, aquel invento de barrio, nacido entre almacenes, talleres y obras, acabó en los kioscos. Los veíamos colgados junto a los chicles de canela, los soldaditos de plástico y las bolsas sorpresa. Pero aunque los comprados eran bonitos, brillantes y perfectos, los nuestros tenían alma. Tenían historia. Tenían el orgullo de lo hecho con las propias manos.

Hace unos días, movido por esa nostalgia que a veces nos visita sin avisar, fabriqué algunos más. Pero esta vez, en lugar de cazo y congelador, decidí probar un método más moderno, casi futurista comparado con aquellos tiempos: el microondas. Enrollé el fleje, lo até bien fuerte y lo metí en un tazón lleno de agua. Tres minutos de calor radiante, un minuto en agua fría, y listo. Más rápido, más práctico, igual de mágico. El fleje salió perfecto, obediente, dispuesto a convertirse en ese juguete que parecía dormido en algún rincón de la memoria.

Para darle el toque final, calenté un clavo grande y perforé la punta interior del fleje, como hacíamos antes, para pasar un cordel y poder anillarlo al dedo. Ese gesto, tan simple, me devolvió de golpe a la infancia. A los veranos interminables. A los amigos que ya no están. A las casas abandonadas donde buscábamos tesoros imposibles. A los kioscos que olían a tinta y a ilusión. A las calles donde aprendimos que la imaginación era el mejor juguete de todos.

Y entonces lo solté. El fleje salió disparado, vibrando como un latido de plástico vivo, y volvió a mi mano con la misma energía de hace casi 50 años. Por un instante, fui otra vez aquel niño que corría por el barrio con los bolsillos llenos de nada y el corazón lleno de todo. Y entendí algo que quizá ya sabía, pero había olvidado: que hay recuerdos que no se guardan, se despiertan. Que hay juegos que no envejecen, solo duermen. Que hay alegrías que no necesitan pilas, pantallas ni instrucciones. Porque al final, lo que de verdad nos acompaña no es el fleje en sí, sino lo que desata: la risa que vuelve, la infancia que asoma, la magia sencilla de un tiempo en que todo era posible. Y mientras el yo-yo de plástico regresaba a mi mano, sentí que también regresaba algo más: esa parte de mí que nunca se fue del todo, que sigue ahí, esperando cualquier excusa para salir a jugar.











FLEJE YO-YO DE KIOSCO



sábado, 28 de febrero de 2026

AFRODITA A NUNCA GRITÓ "¡PECHOS FUERA!"

A medida que nos acercamos al 4 de marzo, dentro de cuatro días, vuelve a asomar en el calendario una fecha muy especial para varias generaciones de aficionados al anime en España. Este próximo 4 de marzo se cumple el 48.º aniversario del estreno de Mazinger Z en Televisión Española, un acontecimiento que marcó un antes y un después en la cultura popular del país. Fue en 1978 cuando, por primera vez, millones de niños y niñas descubrieron en sus pantallas al gigantesco robot creado por Go Nagai, dando inicio a un fenómeno que aún hoy sigue despertando nostalgia, debates y pasión.

¿Sabías que...? Hay recuerdos que no necesitan ser ciertos para ser verdad. Se cuelan en la memoria sin pedir permiso y se quedan ahí, luminosos, formando parte de quienes fuimos. Entre ellos, para toda una generación que creció frente a un televisor de tubo, está la leyenda de Afrodita A y su supuesto grito de guerra: "¡Pechos fuera!". Una frase que jamás sonó en la serie original, pero que muchos de nosotros juraríamos haberla escuchado y hoy desmitificaremos esa leyenda mmmm pero con cariño, jejejeje.

Estamos ante un caso curioso de falso recuerdo colectivo, lo que hoy se denomina efecto Mandela: la famosa frase "¡Pechos fuera!" nunca apareció en ninguno de los 92 episodios de la serie original japonesa, ni en la versión emitida en España. De hecho, Televisión Española solo ofreció 32 capítulos entre 1978 y 1979: 27 en su estreno inicial y cinco más de forma aislada. Hubo que esperar hasta 1993 para que Telecinco emitiera la serie íntegra.

La leyenda dice que Sayaka, la piloto de Afrodita A, gritaba "¡Pechos fuera!" antes de lanzar sus misiles. Pero la realidad es más sencilla y menos picante: en japonés decía algo equivalente a "Fuego de pecho", y en España el doblaje jamás incluyó esa frase.

Porque la memoria colectiva es una fábrica de historias y, en los patios de colegio de los años 70's y 80's, la imaginación corría más rápido que cualquier robot gigante. Los niños repetían el "¡Puños fuera!" o el "¡Fuego de pecho!" de Mazinger Z con tanta pasión que, tarde o temprano, alguien tuvo que inventar su contraparte femenina. Y claro, Afrodita A, lanzaba misiles desde el pecho, la broma estaba servida, jajajaja.

Con el tiempo, la convicción se hizo tan fuerte que muchos siguen defendiendo que la frase existió. En redes sociales suele circular un fragmento que, supuestamente, lo demuestra. Sin embargo, esa escena pertenece a Mazinger Z: Infinity, estrenada en 2017, y no a la serie clásica de los años 70's. Además, la expresión fue introducida en el doblaje al español del largometraje, y no formaba parte del guion original japonés, esa introducción fue un guiño a la leyenda que circulaba en España.

La fuerza de esta leyenda no reside en su exactitud, sino en lo que simboliza. Es un puente emocional hacia una época en la que todo parecía más grande: los robots, las aventuras, los sueños. Cuando la televisión era un ritual familiar y los dibujos animados tenían la capacidad de detener el mundo durante media hora.

Afrodita A, con su grito inexistente, terminó convirtiéndose en un icono de esa nostalgia. No por lo que dijo, sino por lo que nos hizo sentir. Era la chispa que encendía la risa en el patio del colegio, la broma compartida, la demostración de que incluso en la épica más solemne cabía un guiño travieso.

Si uno mira con ojos de adulto, hay algo casi poético en todo esto. Afrodita A no era el robot más poderoso ni el más resistente frente a los monstruos mecánicos del Dr. Infierno. Pero estaba ahí, siempre, participando en la batalla con determinación. En esa mezcla de valentía y fragilidad también se forjó el mito.

Lo más hermoso es que esta historia ya no pertenece solo a sus creadores. Es patrimonio sentimental de quienes crecieron con la serie, de quienes jugaron a pilotar robots invisibles y gritaron frases que nunca existieron, pero que sonaban demasiado bien como para no adoptarlas.

Quizá Afrodita A nunca dijo "¡Pechos fuera!", pero la memoria colectiva y ese efecto Mandela sí lo hizo por ella. Y, a veces, eso basta para que una leyenda termine siendo parte inseparable de nuestra historia.




sábado, 21 de febrero de 2026

PETA ZETAS, EXPLOSIONES DE NOSTALGIA

Si creciste en los años 80's, seguro recuerdas aquel sobre de brillantes colores espaciales que contenía pequeñas cápsulas de diversión. Al abrirlo y colocar los gránulos en la boca, podían hacer estallar tu paladar con un chisporroteo que parecía decir: "¡bienvenido al espacio!". Los Peta Zetas no eran simples caramelos; eran diminutas explosiones de felicidad que nos hacían sonreír y soñar.

Antes de que existieran los Peta Zetas, en 1956 un químico estadounidense, William A. Mitchell, creó los primeros caramelos explosivos en América, comercializados años más tarde como Pop Rocks. Estos pequeños dulces ya contenían burbujas de dióxido de carbono (CO₂) que, al disolverse en la boca, provocaban aquel chisporroteo tan especial que maravilló a niños y adultos por igual. Sin embargo, su historia en Estados Unidos tuvo altibajos. A pesar del éxito inicial, rumores urbanos sobre supuestas explosiones estomacales al combinarse con refrescos provocaron que la producción se detuviera temporalmente en 1983.

En España, la historia dio un giro. Inspirados por los Pop Rocks y por los antiguos cubitos de hielo del hotel Waldorf Astoria en Nueva York, cubitos traídos del Polo Norte que contenían burbujas atrapadas durante siglos y que estallaban al sumergirse en líquido, copas o cócteles, Ramón Escolà, ingeniero químico, y Antonio Asensio, empresario del Grupo Zeta, decidieron crear un caramelo que replicara esa sensación. Tras meses de pruebas, lograron encapsular burbujas de dióxido de carbono (CO₂) dentro de azúcar, pero con un proceso mejorado que aumentaba la seguridad, la efervescencia y la durabilidad del dulce. Así nació en 1979 Peta Zetas, el caramelo que revolucionaría la infancia de toda una generación.

El primer sobre de Peta Zetas mostraba un astronauta rodeado de estrellas. Esta imagen no fue un capricho de los diseñadores; se basó en lo que un niño dijo al probar el caramelo por primera vez: "¡Es como caramelo del espacio, como meteoritos que explotan en la boca!". Esa frase quedó inmortalizada en el diseño, y desde entonces el pequeño astronauta se convirtió en un símbolo de diversión y fantasía que acompañaría a millones de niños en sus recreos y meriendas.

Cada gránulo de Peta Zetas es un pequeño milagro científico. Durante su fabricación, los azúcares, sacarosa, lactosa y jarabe de glucosa, se calientan casi hasta 150 °C para formar un jarabe espeso. Luego se introduce dióxido de carbono (CO₂) a presión en un reactor, creando diminutas burbujas que quedan atrapadas en el caramelo. Al contacto con la saliva, estas burbujas estallan, liberando un chisporroteo y un crujido que despiertan todos los sentidos. Cada gránulo es un espectáculo efervescente, un pequeño estallido de alegría que hace cosquillas en la boca y en el oído.

Los Peta Zetas no solo conquistaron la infancia, también entraron en las cocinas más creativas del mundo. Chefs como Ferrán Adrià, Paco Roncero, Oriol Balaguer, Arzak y Heston Blumenthal han incorporado los caramelos en helados, chocolates, pralinés y postres innovadores, jugando con la sorpresa y la textura. Espolvoreados sobre helados, mezclados con crema pastelera, integrados en galletas o presentados como chupitos que estallan en la boca, los Peta Zetas aportan un toque de magia y diversión que transforma cualquier plato en un juego de sensaciones. La versatilidad de estos caramelos demuestra que lo divertido y lo sofisticado pueden coexistir; un gránulo puede ser al mismo tiempo un recuerdo de la infancia y un ingrediente de alta cocina. Esta creatividad ha llevado a que Peta Zetas reciba premios como el Sabor del Año 2013, en reconocimiento a su capacidad de sorprender en la gastronomía moderna.

Los Peta Zetas son mucho más que caramelos; son cápsulas de nostalgia que nos transportan a tardes de juegos, risas y travesuras de patio. Cada chisporroteo evoca emociones puras, momentos de felicidad que quedaron guardados en la memoria. Los colores brillantes, la textura crujiente y la sensación efervescente en la lengua hacen que cada estallido sea un viaje en el tiempo, un regreso a la infancia donde la sorpresa y la diversión eran parte de la rutina.

Los adultos que buscan revivir esos recuerdos encuentran en los Peta Zetas un dulce puente hacia su pasado. La marca ha sabido aprovechar esta nostalgia ofreciendo nuevos sabores, formatos masticables, combinaciones con chocolate, chicles o piruletas, manteniendo viva la chispa original mientras sorprende con innovaciones.

Tras su éxito en España, Peta Zetas comenzó a expandirse internacionalmente a principios de los 80's. La compañía Zeta Espacial estableció filiales en México y Estados Unidos, consolidando su presencia en más de 60 países. En Estados Unidos, los Peta Zetas se comercializan como Pop Rocks, mientras que en Latinoamérica mantienen su nombre original. La marca se ha diversificado también en productos como Fizz Wiz, Frizzy Pazzy y Magic Gum, llegando a millones de consumidores y estableciéndose como referencia mundial en caramelos efervescentes. Durante años se ganó la reputación de ser un caramelo divertido y seguro, a pesar de los rumores urbanos sobre su supuesta peligrosidad combinada con refrescos, que solo aumentaban su mística y la fascinación de los niños por experimentarlo.

Curiosamente, los beneficios iníciales de los Peta Zetas estaban ligados indirectamente al mundo editorial. La empresa de Antonio Asensio también lanzó la revista Interviú en 1976. Aquella primera portada mostraba a una modelo británica con una camiseta mojada y semitransparente, provocando sorpresa y admiración en el público. Aunque los productos eran totalmente distintos, el nombre "Zetas" quedó en el caramelo como un guiño discreto a la editorial, un detalle que conecta al caramelo con la historia cultural de la España de los 70's y 80's y que pocos recuerdan, pero que añade un toque entrañable a su historia.

Hay algo profundamente poético en un caramelo que explota. Cada burbuja liberada es un instante de sorpresa, un recordatorio de que la felicidad se encuentra en pequeñas explosiones: en la risa compartida, en la dulzura inesperada, en la memoria que vuelve a la infancia. Los Peta Zetas nos enseñan que la magia existe incluso en lo más cotidiano y que un gránulo de azúcar puede ser un pedacito de cielo en la boca.

Hoy, los Peta Zetas siguen siendo un símbolo de diversión, creatividad y nostalgia, un dulce que atraviesa generaciones y que nos recuerda que, de vez en cuando, todos necesitamos escuchar un pequeño "pum" en el corazón.







sábado, 14 de febrero de 2026

LA HORA DE LAS LENTAS EN SAN VALENTÍN

Porque hoy, día de los enamorados, el mundo vuelve a girar a 33 revoluciones por minuto.

Antes de que el amor se enviara por mensajes instantáneos, antes de las playlists infinitas y de las pistas de baile con luces cegadoras, el romance tenía otro tempo: más lento, más torpe, más verdadero. Podía surgir en un guateque casero, en una discoteca de barrio, en un salón de baile de domingo o en cualquier fiesta donde la música mandara. Bastaba un tocadiscos, unos altavoces o simplemente ganas de bailar para que ocurriera lo importante.

Yo no era protagonista todavía; era espectador, un niño curioso que miraba desde la distancia cómo mis hermanos y sus amigos iban descubriendo el amor entre canciones. A veces era en casa, otras en alguna discoteca donde me colaba furtivamente, jejejeje, o en celebraciones donde la música parecía saber más de nosotros que nosotros mismos.

Pero por encima de todo había un momento especial, casi sagrado: la hora de las lentas. Llegaba sin aviso. De pronto el ritmo bajaba, las risas se volvían más suaves y las miradas empezaban a hablar. Bastaba una balada para transformar el ambiente. La pista se calmaba, los cuerpos se acercaban y el tiempo parecía aflojar su paso.

Bailar una lenta no era solo bailar: era atreverse. Pedir un baile podía costar un mundo, y aceptarlo podía cambiar una noche… o un recuerdo para siempre. Era el primer abrazo no familiar, la primera cercanía consciente, el lenguaje silencioso de dos personas que quizá no sabían aún lo que sentían, pero lo estaban empezando a entender.

Y en mi memoria, muchas de aquellas canciones lentas tenían acento español. Eran temas de los 70’s, creados con calma, con melodías envolventes y letras directas al corazón. Canciones románticas, sin ironía, sin prisa, donde el amor se mostraba sin miedo y la emoción no se escondía. Aunque también había canciones lentas sobre desamores.

Hoy, en este bonito Día de los Enamorados, dedicaré en nuestra sección de Minutos Musicales 24 temas, uno por cada hora del día mmmm y de la noche, jejejeje.

Yo bebí musicalmente de tres fuentes distintas: las de mis tres hermanos. Cada uno tenía su estilo, sus discos, su manera de vivir la música. Gracias a ellos aprendí a escuchar con amplitud, a no cerrarme a nada. Pero hoy, será la nostalgia, será el calendario o simplemente el corazón, quiero quedarme con la parte más romántica de todo aquello.

Ahí aparece inevitablemente mi hermana, la más romántica, la que elegía las lentas con una sensibilidad especial. La que llenaba la casa con esas canciones que yo escuchaba siendo niño, casi sin darme cuenta, mientras la vida iba pasando. Hoy le mando un beso enorme, lleno de música, allí donde esté. Porque sin saberlo me enseñó a sentir, a escuchar despacio y a entender que una canción puede acompañarte toda la vida.

No todo eran fiestas. Muchas veces era simplemente el viejo tocadiscos de casa girando incansable, o la radio, o la música que se escapaba de una habitación a otra. Aquella música española de los 70's se mezcló con mi infancia, con los juegos, con las tardes tranquilas. Sin darme cuenta, se quedó dentro.

Luego llegaron las discotecas, los bailes, las primeras salidas propias… y comprobé que la hora de las lentas seguía existiendo en todas partes. Cambiaban las luces, cambiaban las modas, pero ese momento íntimo sobrevivía siempre.

Hoy tengo más de medio siglo encima. El mundo ha cambiado muchísimo, pero cierro los ojos y sigo escuchando esas canciones. Hoy, día de San Valentín, me apetece volver a esa música, a ese ritmo pausado donde el amor no va deprisa: se baila despacio.

Porque hoy no toca estar estresado, hoy toca relajarse, hoy toca acercarse, hoy toca abrazar. Hoy, aunque sea en la memoria, vuelve a ser la hora de las lentas.

Y bajo una luz tenue, mientras suena uno de aquellos clásicos españoles que escuché siendo niño, alguien, en algún lugar, sigue atreviéndose a decir sin palabras lo que el corazón llevaba tiempo queriendo decir.

¿Bailas?


Jeanette - ¿Por qué te vas?

Camilo Sesto - El amor de mi vida

Miguel Gallardo - Otro ocupa mi lugar

Basilio - Cisne cuello negro

Francis Cabrel - La quiero a morir



Triana - Tu frialdad

Ana y Johnny - Yo también necesito amar

Diego Verdaguer - Volveré

Joe Dassin - A ti

Cecilia - Un ramito de violetas

Trigo Limpio - Muñeca

Santa Bárbara - ¿Dónde están tus ojos negros?

Daniel Magal - Cara de gitana

Mocedades - Secretaria

Sabu - Manda rosas a Sandra

Chiquetete - Volveré

Roberto Carlos - El gato que está triste y azul

Pablo Milanés - Yo no te pido

Manolo Otero - Todo el tiempo del mundo

Los Puntos - Esa niña que me mira

Juan Bau - La estrella de David

Luis Eduardo Aute - Al alba

Umberto Tozzi - Te amo

Módulos - Todo tiene su fin