Homenaje en el 50. º Aniversario de su muerte
(1976-2026)
Este homenaje debía haber llegado el mismo 2
de agosto, cuando se cumplían exactamente cincuenta años de aquella madrugada
en Zamora. Pero el verano, con sus días de vacaciones y sus caminos distintos,
me mantuvo lejos de la mesa donde escribo. No quería, sin embargo, que este mes
de agosto se marchara sin dejar constancia de mi pequeño tributo. Porque aunque
llegue unos días más tarde de lo previsto, el cariño verdadero no entiende de
plazos ni de calendarios, se queda, como su voz, para siempre. Y aquí está,
antes de que el mes se cierre por completo, mi puñado de violetas para Cecilia.
Hay voces que no envejecen porque el tiempo,
cuando quiso llevárselas del todo, se conformó con llevarse solo el cuerpo. La
de Cecilia es una de ellas. 50 años después de aquella madrugada de agosto, su
voz sigue sonando en las radios de verano, en las sobremesas de nuestros
padres, en los labios de quienes nunca la vieron cantar en directo y, aun así,
conocen sus canciones de memoria.
Se llamaba Evangelina Sobredo Galanes. Nació
en El Pardo, Madrid, el 11 de octubre de 1948, hija de José Ramón Sobredo y
Rioboo, militar de carrera y posteriormente diplomático. Por los distintos
destinos profesionales de su padre, pasó buena parte de su infancia entre
países y fronteras "Reino Unido, Estados Unidos, Portugal, Argelia y
Jordania", creciendo entre idiomas, músicas y paisajes muy diferentes.
Aquella infancia viajera y cosmopolita acabaría dejando su huella en la mujer y
en la artista en que se convertiría.
Estudió Derecho, llegó a licenciarse y,
finalmente, hizo aquello que de verdad quería hacer: cantar. Tomó su nombre
artístico de una canción de Simon & Garfunkel, grupo al que admiraba, y con
él firmó algunas de las páginas más entrañables y personales de la música
española de los años 70's.
No fue una voz cualquiera. Fue una voz que se
atrevió. En una España que empezaba a cambiar, Cecilia escribió sobre mujeres
que no querían casarse, sobre la nostalgia de la tierra propia vista desde
lejos, sobre el amor sin disfraces y sobre una sociedad que comenzaba a mirarse
a sí misma con otros ojos. "Un ramito de violetas", "Dama,
dama", "Mi querida España", "Nada de nada"… Canciones
que hoy forman parte de nuestra memoria colectiva y que entonces tenían también
algo de desafío, de inconformismo y de valentía.
Pero su historia tuvo un final demasiado
pronto. El 2 de agosto de 1976, con solo 27 años, Cecilia murió en un accidente
de tráfico ocurrido de madrugada en Colinas de Trasmonte, en Zamora. Regresaba
de actuar en la sala Nova Olimpia de Vigo cuando el Seat 124 en el que viajaba
chocó contra un carro de bueyes que circulaba sin luces por la carretera.
Cecilia viajaba dormida en el asiento trasero y murió en el acto. También
falleció el batería de su grupo, Carlos de la Iglesia.
Su muerte a los 27 años hizo que su nombre
quedara asociado al llamado "Club de los 27", una expresión popular,
no oficial, utilizada para referirse a algunos músicos y artistas que murieron
precisamente a esa edad. En esa lista aparecen nombres tan conocidos como Brian
Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse.
Una coincidencia tan macabra como injusta: tener 27 años cuando la muerte los
encontró.
Alguien me dijo una vez, con unas palabras
muy sabias que siempre recordaré, que la maldición, o lo que quiera que sea se
equivocó con la dulce Cecilia: ella no pega en ese Club de los 27. Y quizá
tenga razón. Porque Cecilia no encaja fácilmente en ninguna lista. No encaja en
una estadística. Cecilia sigue siendo Cecilia.
Y aquí es donde la historia de Cecilia deja
de ser solamente la historia de una cantante para convertirse, para mí, en algo
mucho más cercano.
Yo era muy niño, pero recuerdo perfectamente
que en casa mis hermanos solían poner su música a menudo. Su voz formaba parte
de aquella banda sonora familiar que, con el paso de los años, uno descubre que
ha quedado mucho más profundamente grabada de lo que imaginaba. Y entonces
aparece una de esas casualidades que uno jamás espera. Aquella misma madrugada
del accidente, mi hermano Manolo y mi primo Pepe viajaban en el Seat 127 de mi
primo, dirección a Galicia, donde mi primo iba a casarse con su novia
galleguiña. Ellos vieron el accidente en primera persona y fueron de los
primeros en acudir a socorrer a los ocupantes, sin tener la más mínima idea de
quiénes eran las personas que viajaban en aquel 124. Horas después supieron
quiénes ocupaban aquel coche y los nombres de quienes habían perdido la vida en
aquel fatídico accidente.
De alguna manera, aquella madrugada también
pasó por mi familia.
Y este verano, al cumplirse el medio siglo,
la historia volvió a salir a la mesa. Justamente estábamos comiendo en casa de
mi hermano Manolo cuando en la televisión dieron la noticia del 50. º Aniversario.
No hizo falta que nadie dijera nada, nos miramos, y aquella mirada lo decía
todo. Porque en mi familia aquel accidente no es un hecho que se estudia en los
libros, sino una historia que se cuenta y se re-cuenta, como tantas otras, en
las sobremesas de los días de calor. Una vez más, sacamos a relucir aquella
casualidad tan nuestra: el viaje de mi hermano y mi primo, el 127 rumbo a
Galicia, el encuentro con la tragedia sin saber a quién socorrían. Y, como cada
vez que sale el tema, el silencio se llenó de esa mezcla de asombro y cariño
que solo dejan las historias que, sin haberlas vivido en primera persona,
sientes como propias.
50 años son muchos y son ninguno. Son muchos
porque el mundo ha cambiado varias veces desde aquella madrugada de agosto de
1976. Son ninguno porque basta con poner una de sus canciones para que el
tiempo se pliegue sobre sí mismo y ella vuelva a estar ahí, cantando con
aquella mezcla de dulzura y firmeza que la hacía única. Y son ninguno también
porque, en mi propia familia, aquella madrugada dejó una huella que todavía se
cuenta, generación tras generación, cada vez que vuelve a sonar su voz.
Hoy, medio siglo después, no la recordamos
como a alguien lejano, sino como a alguien que se quedó demasiado pronto a
mitad de camino y a quien seguimos encontrando cada vez que suena una de sus
canciones.
Que este homenaje sea, como el título de su
canción más querida, un pequeño ramito de violetas: sencillo, sincero y para
siempre suyo.
Cecilia descansa en el cementerio de La
Almudena, en Madrid, la ciudad que la vio nacer.
CECILIA. Evangelina Sobredo Galanes. El Pardo (Madrid), 11 de octubre de 1948 - Colinas de Trasmonte (Zamora), 2 de agosto de 1976.
HOY EN MINUTOS MUSICALES RECORDAMOS A CECILIA
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