Este pasado lunes, mientras miraba los informativos en la tele, escuché una noticia que me dejó un poco tocado: la más que centenaria casa Marie Claire, fabricantes de medias, pantis y otras prendas de ropa, cerraba para siempre sus puertas. mmmm… qué triste noticia. Creo que merece un espacio en nuestro blog.
No voy a mentir, nunca he sido de ponerme medias ni pantis, ni creo que me queden bien, jajajajaja, pero al escuchar el nombre de esa marca fue imposible evitar que en mi cabeza resonara aquel mítico eslogan publicitario de mi infancia: "No son medias, son enteras", y su cancioncilla: "♫♪♫♫♪... Marie Claire, Marie Claire, un panti para cada mujer... ♪♫♪♫♪". Vamos, no lo niegues… ¡seguro que tú también lo cantaste alguna vez! Esas campañas eran tan pegadizas que se quedaban grabadas en la mente para siempre, como una melodía imposible de olvidar.
Más allá de la nostalgia y la musiquilla que se ha quedado a vivir en nuestra cabeza, el cierre de esta marca es también un pequeño adiós a una época. Aquel tiempo en el que la moda tenía su propio ritmo, la calidad primaba sobre lo efímero y un buen par de medias era casi un símbolo de elegancia. Una pena, sí, pero también una oportunidad para recordar cómo nos marcaron aquellas pequeñas cosas del pasado.
Porque, al final, no solo se trata de una fábrica que cierra. Se trata de la huella que dejó en la gente, de los anuncios que nos hicieron reír y cantar, de los momentos que compartimos sin darnos cuenta de que estábamos construyendo recuerdos. Así que, por esta vez, dejémonos llevar por la nostalgia y cantemos juntos, una vez más, aquel pegajoso eslogan. ¡Vamos, que sé que te lo sabes! "♫♪♫♫♪... Marie Claire, Marie Claire, un panti para cada mujer... ♪♫♪♫♪"
Recuerdo aquella pequeña tienda de ropa y mercería de mi barrio en los años 70's, donde un escaparate dedicado a Marie Claire brillaba como un faro de elegancia en medio de tiendas de ultramarinos y bares de toda la vida. Aquel pequeño local, con su letrero en cursiva dorada, parecía sacado de un París imaginado por alguien que nunca había salido de España. Y aunque de niño poco me importaban las medias o los pantis, nunca olvidaré aquella cancioncilla que se colaba por las rendijas de la infancia: "♫♪♫♫♪... Marie Claire, Marie Claire, un panti para cada mujer... ♪♫♪♫♪".
La tarareábamos sin entenderla, mientras corríamos entre las faldas de nuestras madres, que entraban y salían de aquella pequeña mercería con paquetes de hilos o pequeñas prendas delicadas de vestir envueltas en papel de seda blanco. Era la canción que todos tarareamos (y que nunca entendimos). Ahora confieso mis pensamientos de niño: yo creía que Marie Claire era una señora francesa que vivía dentro de la trastienda. Cada vez que pasaba frente a la tienda, imaginaba a una mujer guapísima, con boina de lado, bastón y una baguette bajo el brazo, cantando aquella melodía con acento galo.
¡Y vaya jingle! La cancioncilla, pegadiza como un chicle en
la suela de un zapato, se colaba en los patios de colegio, en las colas del
autobús y hasta en las misas de domingo. Sí, hasta el sacristán: "♫♪♫♫♪... Marie
Claire, Marie Claire, un panti para cada mujer... ♪♫♪♫♪", jajajajaja.
Una tarde, incluso, me atreví a entrar con mi madre a aquella tienda del barrio. Detrás del mostrador estaba la Sra. Juanita, dueña y dependienta, a quien todos llamaban "Doña Juana". Con una sonrisa y un caramelo de fresa en la mano, me preguntó:
—¿Vienes a acompañar a mamá para comprar medias, guapo?
Mis mejillas ardieron como ascuas, pero no pude contenerme:
—Sí, señora. ¿Es verdad que aquí vive una mujer francesa que se llama Marie Claire?
Doña Juana soltó una carcajada que hizo temblar los ovillos de lana y de hilo, y casi derribó un maniquí.
—¡La francesa soy yo, cuando me pinto los labios de rojo! —respondió, mientras yo me quedaba mirando los estantes llenos de medias de rejilla, de color carne, más claras o más oscuras, otras de colores, etc, y dubitativo me preguntaba si todas las francesas vendían medias y pantis. ¡Bendita inocencia! jajajajaja
Ahora, cada vez que escucho aquella cancioncilla en mi cabeza, no puedo evitar sonreír. Porque, aunque Marie Claire no era una señora francesa, sí era un pedacito de magia en aquel barrio con niños que tarareábamos sin entender aquella cancioncilla. Y, quién sabe, quizás Doña Juana, con sus labios rojos, era nuestra Marie Claire particular.
¿Conoces la interesante historia que hay detrás de la marca Marie Claire?
Corrían los primeros años del siglo XX. 1907, para ser más exactos, cuando en un pequeño pueblo de Castellón, Villafranca del Cid, nació una historia de emprendimiento tejida con pasión, visión y un poco de casualidad. Francisca Íñigo, una mujer con talento para la costura y un instinto empresarial afilado, se encontró sola en casa mientras su marido, Celestino Aznar, recorría España vendiendo mulas y yeguas. ¿La solución de Francisca para combatir la soledad? Poner hilo en la aguja y convertir su afición en un negocio.
Así nació Lencería Eugenia de Montijo, una modesta fábrica de medias que empezó con un puñado de empleados, incluidos sus propios hijos. Pero la clave del éxito no estaba solo en el talento de Francisca, sino en la astucia comercial de Celestino, quien aprovechó sus viajes para vender los productos de su esposa. Y ahí, entre transacciones de caballos y largos recorridos por el país, Celestino vio una oportunidad: modernizar el negocio.
La pareja tomó una decisión que cambiaría su destino. Celestino vendió su último lote de animales al ejército francés justo cuando estallaba la Primera Guerra Mundial, y con ese dinero adquirió maquinaria textil moderna en Cataluña. La pequeña empresa comenzó a crecer y evolucionar, incorporando innovaciones como el punto inglés y nuevos materiales como la seda sintética y el rayón. Con la expansión, la fábrica tuvo que trasladarse fuera del pueblo, dejando claro que lo que comenzó como un pasatiempo ya era un negocio con aspiraciones.
El negocio familiar atravesó la Guerra Civil española y, con la llegada de la tercera generación en los años 50's, tomó un nuevo rumbo. Se contrató a Francisco Senar, un técnico catalán que introdujo el nylon en la producción, revolucionando la industria de la lencería. Además, en un golpe maestro de marketing, decidieron cambiar el nombre de la empresa a Marie Claire, una denominación más elegante y comercial que les permitió expandirse a mercados internacionales sin perder su esencia.
Durante los años 70's, 80's y 90's, Marie Claire vivió su época dorada. No solo se convirtió en la segunda mayor fábrica de medias de Europa, sino que marcó a generaciones con su icónico eslogan: "Un panti para cada mujer".
Bueno, yo ya voy terminando este post dedicado a "♫♪♫♫♪... Marie Claire, Marie Claire, un panti para cada mujer... ♪♫♪♫♪". Por último, quiero aclarar que las imágenes no son mías, las encontré en la red, así que los derechos corresponden a sus respectivos autores.
¡Jopeeee!, escribiendo me ha entrado hambre, y justo acaban de traer de la panadería una baguette calentita que parece que dice: "ven y cómeme". Creo que le voy a hacer caso. Le echaré al pan crema de ese vaso que pone: "Leche, cacao, avellanas y azúcar".
¡Andaaaaa! Seguro que esto último también lo leíste cantando, jajajajaja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡GRACIAS POR TU COMENTARIO!
Tu comentario ha sido enviado con éxito, pero está pendiente de moderación. En breve lo revisaré y lo publicaré en el Blog. Saludotes. HAL