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martes, 23 de diciembre de 2025

EL BELÉN DE CONGUITOS: CUANDO LA NAVIDAD SABÍA A CHOCOLATE Y CACAHUETE

Un año más vuelven estas fiestas tan nuestras, las Navidades. Días de reencuentros, de recuerdos que regresan sin llamar y de pequeños objetos que, casi sin querer, nos devuelven a otros tiempos. Desde este rincón nostálgico, lleno de memorias retro-vintage, quiero compartir con vosotros no solo una felicitación, sino también una historia que huele a infancia, a cartón, a meriendas y a sonrisas guardadas en el fondo de un viejo y mágico baúl.

Este blog nació para eso: para detenernos un momento, mirar atrás con cariño y rescatar esos fragmentos del pasado que siguen teniendo algo que decirnos. Y qué mejor manera de desearos unas felices fiestas que hacerlo a través de un recuerdo entrañable, sencillo y muy nuestro. Con este artículo quiero acompañaros en estas Navidades, agradeceros que sigáis ahí un año más y desearos que estos días estén llenos de calma, memoria y pequeños grandes momentos felices.

Hay objetos que no fueron creados para ser importantes y, sin embargo, acaban siéndolo. No por su precio, ni por su rareza, ni siquiera por su belleza, sino porque quedan atrapados en un rincón muy concreto de la memoria. El belén de Conguitos es uno de ellos. Un belén pequeño, de cartón y plástico, nacido sin pretensiones, que hoy despierta sonrisas, recuerdos y una cierta sensación de "esto ya no se ve".

No surgió de la tradición artesana ni de la devoción religiosa. No pasó por manos expertas ni fue pensado para durar generaciones. Nació en una fábrica, con código de lote, fecha impresa y bolsas de chocolate en su interior. Fue un producto promocional de la campaña de Navidad de 2003-2004, diseñado para vender Conguitos y acompañar las fiestas de una manera desenfadada. Y, sin embargo, contra todo pronóstico, terminó convirtiéndose en algo más.

Dentro de la caja esperaba una escena tan improbable como entrañable: la Sagrada Familia reinterpretada por los propios Conguitos. José, María y el Niño Jesús, transformados en figuritas redondeadas, sonrientes, casi infantiles, refugiadas bajo un pequeño establo de cartón ilustrado con una vaca y un burro dibujados con trazo amable. No había musgo natural ni estrellas doradas, pero sí chocolate. Y, curiosamente, había ternura.

Este belén no se imponía. No pedía respeto ni solemnidad. Se integraba en la casa como un objeto más, casi como un juguete. Se abría la caja, se repartían los Conguitos (eso era lo primero) y luego, si había tiempo y ganas, se montaban las figuras. Podía acabar junto al árbol, sobre una estantería o en cualquier rincón improvisado. Era una Navidad sin coreografía fija, vivida con naturalidad.

Para muchas personas, Conguitos forma parte de una memoria emocional muy concreta. Está ligado a kioscos de barrio, a cumpleaños infantiles, a recreos compartidos y a meriendas que sabían a premio. Este belén conecta directamente con todo eso. No representa solo una escena religiosa reinterpretada, sino una forma de vivir la Navidad desde lo cotidiano, desde lo cercano, desde lo reconocible.

Hay algo casi cómico (y profundamente humano) en ver a la Sagrada Familia convertida en muñecos de marca. No como burla, sino como traducción al lenguaje de la infancia. Como si alguien hubiera pensado: "hagámoslo sencillo, hagámoslo nuestro". Y esa falta de solemnidad es precisamente lo que lo hace entrañable. No intenta elevar la Navidad; la baja a la mesa del salón.

Con el paso del tiempo, el belén de Conguitos ha adquirido otra capa de significado. Mirado desde hoy, es evidente que pertenece a otra época, a un momento en el que la publicidad era más ingenua, más despreocupada y menos consciente de ciertos debates actuales. Si se lanzara ahora, probablemente no vería la luz, pero, como objeto del pasado, se contempla de otra manera.

Hoy no se percibe tanto como una provocación, sino como un testimonio. Un pequeño documento cultural que habla de cómo eran las sensibilidades, el humor y la relación entre marcas y tradición hace veinte años. Esa distancia genera una mirada doble, afectuosa y reflexiva al mismo tiempo. Una mirada que no niega el contexto, pero tampoco renuncia al cariño.

La mayoría de estos belenes no sobrevivieron. Cumplieron su función y desaparecieron. Se tiraron junto con el cartón, se perdieron las figuras, se olvidaron en mudanzas. Los que han llegado hasta hoy lo han hecho por puro azar: una caja guardada "por si acaso", un belén que nadie se atrevió a tirar, un objeto rescatado del trastero en una limpieza navideña.

Por eso, cuando reaparecen, no provocan escándalo ni indignación, sino algo mucho más suave: una sonrisa. La sensación de reencontrarse con una forma de vivir la Navidad más simple, menos solemne y más doméstica. Una Navidad que cabía en una caja de cartón y olía a chocolate.

El belén de Conguitos no es perfecto ni pretende serlo. Es frágil, comercial y claramente hijo de su tiempo. Pero precisamente ahí reside su encanto. En recordarnos que la Navidad no siempre fue grandiosa ni intocable. Que también pudo ser juguetona, improvisada y un poco gamberra. Que pudo vivirse sin discursos, sin solemnidad y con las manos llenas de chocolate.

Quizá por eso sigue teniendo sentido recordarlo. No para repetirlo ni para reivindicarlo como modelo, sino para entenderlo como lo que es: un pequeño fragmento de memoria colectiva. Un belén improbable que, sin proponérselo, acabó convirtiéndose en una fotografía emocional de una época.

Y, al final, eso es lo que hacen los buenos recuerdos: no explican nada ni dan lecciones. Simplemente nos hacen sonreír y pensar, con cierta complicidad, que hubo un tiempo en el que la Navidad también podía ser así. Pequeña. Dulce, y con un poco de cartón.

¡FELIZ NAVIDAD Y MUY FELICES FIESTAS! 










Las imágenes sin marca de agua fueron obtenidas de Internet; los créditos corresponden a sus respectivos autores.

 


sábado, 13 de diciembre de 2025

LA CASA DE HEIDI EN MAS ALTABA (GERONA)

Antes de que finalice este 2025, quiero dedicar un pequeño homenaje a Heidi, la niña de los Alpes, que este año celebro nada menos que 50 años de su estreno en España. Desde su llegada a nuestras pantallas de tv en 1975, Heidi no solo conquistó a niños y niñas, sino que logró algo poco frecuente en la historia de la televisión: reunir a familias enteras frente al televisor. Padres, abuelos y pequeños compartían cada tarde risas, lágrimas y aventuras en los Alpes suizos, acompañando a Heidi, Pedro, Clara y el entrañable Abuelo en sus peripecias.

El impacto de la serie fue tal que pronto trascendió la pantalla. En plena euforia urbanística de los años 70's en Cataluña, muchas promociones inmobiliarias recurrieron a ideas creativas y a veces extravagantes para atraer compradores. Un ejemplo famoso fue la urbanización Mas del Plata, en Tarragona, que en 1978 levantó una imponente estatua de Mazinger Z como reclamo. Pero dos años antes, en 1976, otra urbanización encontró su propio modo de aprovechar el fenómeno cultural: Mas Altaba, en Massanet de la Selva (Gerona), creó una cabaña alpina habitada por figuras de Heidi y sus amigos a tamaño real.

La elección no fue casual. Heidi había aterrizado en España un año después de su estreno en Japón, y su popularidad era ya enorme. Para los promotores de Mas Altaba, la casita tematizada ofrecía un doble beneficio: dotaba a la urbanización de un carácter distintivo y, al mismo tiempo, atraía visitantes curiosos que se convertían en potenciales compradores. Durante algún tiempo, la cabaña y sus esculturas fueron la atracción más fotografiada de la zona, un pequeño parque temático improvisado que despertaba sonrisas en grandes y pequeños.

Incluso personajes conocidos del mundo artístico quisieron conocer aquel rincón tan singular. El cantante Tony Ronald, por ejemplo, visitó la casita junto a su familia, y la prensa de la época documentó aquel momento con fotos en las que se les veía contemplando las figuras, posando junto a Heidi y el Abuelo, y paseando alrededor de la cabaña. Las esculturas habían sido realizadas por el escultor cordobés Álvarez, el mismo artista que más tarde colaboraría en la creación del Mazinger Z de Tarragona.

Sobre la historia de Mazinger Z ya realicé un artículo detallado con algunas actualizaciones; aquí os dejo el enlace: MAZINGER Z EN MAS DEL PLATA.

Por cierto, no solo Mazinger estuvo presente como icono en aquella época; junto a él también se exhibieron las esculturas del entrañable Marco y las de Peppino con su troupe, es decir, Fiorella y el resto de la familia, acompañados de su característica tartana. Estas figuras, al igual que Mazinger, formaban parte de aquella curiosa tradición de urbanizaciones que recurrían a personajes populares para atraer visitantes y compradores, creando un pequeño parque con estas figuras en pleno espacio residencial.

Sin embargo, a diferencia del robot gigante que se convertiría en un icono cultural, la cabaña de Heidi no logró sobrevivir al paso del tiempo. Con los años, las figuras desaparecieron y la casita fue desmontada; hoy solo queda un modesto cartel conmemorativo que recuerda la curiosa iniciativa. Aun así, la memoria colectiva de Mas Altaba y sus vecinos ha mantenido viva aquella entrañable historia. Fotografías de archivo, recuerdos de visitantes y comentarios en redes sociales ayudan a reconstruir la magia de un pequeño rincón alpino en plena Selva, donde la fantasía infantil se mezclaba con la promoción inmobiliaria.

El contraste con la historia de Mazinger Z es evidente. La estatua gigante, erigida como un simple recurso comercial, sobrevivió a los cambios urbanísticos y al abandono. Con más de diez metros de altura, construida en fibra y metal, se mantuvo firme en la entrada de Mas del Plata, convirtiéndose en un auténtico símbolo generacional. Restaurada en varias ocasiones, la estatua ahora se rodea de una plaza con zonas de descanso y juegos infantiles, y sigue recibiendo a fans del manga, excursionistas y curiosos que buscan rememorar su infancia. Lo que nació como una estrategia de marketing se transformó en un referente cultural duradero, mientras que la casa de Heidi quedó como un encantador recuerdo efímero.

Aun así, la historia de Mas Altaba no deja de ser un ejemplo fascinante de cómo la cultura popular japonesa llegó a Cataluña mucho antes de que el anime se convirtiera en un fenómeno global. La serie Heidi, producida por Zuiyo Eizo y dirigida por Isao Takahata con diseños de Hayao Miyazaki, ofrecía un retrato bucólico y emocional de la infancia que conectaba profundamente con el público español de los años 70's. La urbanización, recién edificada gracias a la apertura de nuevas vías de comunicación como la autopista AP-7, aprovechó ese vínculo cultural para dotar a su proyecto de un carácter reconocible y entrañable.

Durante aquel tiempo, Mas Altaba se convirtió en un espacio donde los vecinos y visitantes podían interactuar con la fantasía de la serie. La cabaña y las figuras de Heidi, Pedro, Clara, el Abuelo y Niebla, evocaban un pequeño universo alpino en plena comarca gerundense. Para muchos, la experiencia de visitar el lugar se convirtió en un recuerdo imborrable, un fragmento de infancia compartida que trascendía la mera promoción inmobiliaria.

Con el paso de los años, la función y la fisonomía de la urbanización cambiaron. Lo que inicialmente fueron casas de segunda residencia comenzó a transformarse en residencias habituales, y algunos elementos originales, incluida la casita de Heidi, fueron desapareciendo o perdiendo su función. Aun así, la memoria afectiva de la comunidad ha logrado mantener vivo el espíritu de aquel proyecto, un ejemplo de cómo pequeños detalles pueden marcar generaciones y convertirse en símbolos sentimentales locales.

50 años después del estreno de Heidi en España, podemos mirar atrás y celebrar la manera en que la serie logró algo que muy pocas producciones han conseguido: unir a toda la familia frente a una pantalla y, al mismo tiempo, inspirar iniciativas tan creativas como la cabaña alpina de Mas Altaba. La nostalgia que despierta esta historia nos recuerda que la cultura popular no solo entretiene, sino que también puede convertirse en un vínculo emocional entre generaciones y en un legado de identidad local.

La casa de Heidi de Mas Altaba, aunque ya no exista físicamente, sigue siendo un símbolo entrañable de los años 70's en Cataluña, un recordatorio de la infancia compartida, de la creatividad urbanística de la época y de cómo la televisión y la fantasía infantil podían transformar espacios cotidianos en lugares mágicos. Mientras que Mazinger Z permanece imponente como icono cultural, Heidi vive en la memoria de todos aquellos que, por un momento, pudieron pasear por los Alpes sin salir de la Selva.

Algunas de las imágenes incluidas en este contenido no son de mi propiedad y han sido recopiladas de internet. Se utilizan con fines informativos y de difusión cultural. Todos los créditos y derechos corresponden a sus autores originales.
















sábado, 6 de diciembre de 2025

MIRANDO MI INFANCIA A TRAVÉS DE LOS GEMELOS FUJI-YAMA

Hay objetos que uno no recuerda por lo que eran, sino por lo que significaron. No eran caros, ni sofisticados, ni exclusivos. Pero tenían la misteriosa capacidad de convertir un día cualquiera en una aventura irrepetible. Ese es el caso de mis queridos gemelos Fuji-Yama, fabricados por la archiconocida Mecánica Ibense, unos prismáticos de plástico ligero, colores brillantes y lentes que ampliaban más la ilusión que la realidad. Hoy, recién rescatados de "EL BAÚL DE HAL", vuelven a mis manos como si hubieran estado esperando este momento para contar su historia.

Porque este es uno de esos muchos juguetes que marcaron mi infancia en la Barcelona de los años 70's. Los gemelos, mis gemelos, mis ojos extra, mis aliados secretos desde la azotea del edificio, allí donde el mundo parecía detenido solo para mí.

No tenía jardín, ni campo, ni gallinas que vigilar. Tenía algo muchísimo mejor: el terrado de mi casa, cerca de la Sagrada Familia y la Diagonal. Ese espacio, tan cotidiano para los adultos, era para mí un reino elevado. Las cuerdas de tender parecían telarañas de superhéroe, las chimeneas se convertían en torres y las antenas de televisión, en palos mayores de barcos invisibles.

Subía a toda velocidad, como si el cielo fuera a cerrarse antes de que yo llegara. Y cuando empujaba la puerta metálica y sentía la corriente de aire tibio o fresco en la cara, sabía que la ciudad me estaba esperando. Barcelona entera, con su ruido, estaba allí, ante mí. Y yo, armado con mis Fuji-Yama rojos, era el vigía oficial.

Los primeros gemelos fueron rojos. Un rojo vivo, poderoso, como el de los héroes de tebeo. Aún recuerdo el día que los vi en el kiosco: estaban en su caja, inclinados, como posando para mí. La caja tenía ilustraciones tan vibrantes que parecían hechas con témperas recién aplicadas. El público contemplaba a toreros en plena faena y forofos del fútbol seguían a sus admirados futbolistas; unos y otros llevaban sus gemelos Fuji-Yama para no perder detalle de la corrida o del partido. Colores saturados, tipografías que gritaban ¡entretenimiento y diversión! Era publicidad ingenua, sí, pero llena de una energía gráfica que aún hoy me resulta magnética.

Estas ilustraciones obedecían a un manual básico del impacto inmediato: colores planos y saturados, contornos gruesos, personajes con rasgos rotundos y expresivos, narices redondeadas, sonrisas abiertas, mofletes subrayados. Todo estaba pensado para leerse a distancia, en un kiosco entre cromos y chicles: debía captar la vista en un segundo y prometer diversión en uno más. No era arte para el museo; era diseño publicitario de proximidad, simple y efectivo.

Observando las dos versiones, la del campo de fútbol y la de la plaza de toros, se nota la misma fórmula aplicada a distintos titulares populares. El fútbol vende movimiento: colores vibrantes, público en graderíos y una sensación de espacio amplio. La plaza de toros ofrece un dramatismo más contenido: curvas, arena, el torito y el torero al fondo; la paleta sigue siendo alegre, pero la composición es más escena puntual, perfecta para que un niño imagine un encuentro épico entre héroe y bestia. ¿Quién dibujaba esto? Probablemente no un autor famoso de cómic, sino un ilustrador comercial que dominaba la estética de kiosco, alguien que reproducía rápido, con pocos trazos, pensando en la imprenta offset. Su trabajo era anónimo, sí, pero tenía personalidad propia: una mezcla de ingenuidad gráfica y astucia publicitaria.

Cuando por fin tuve los gemelos rojos colgados del cuello, supe que había ascendido en la escala cósmica de los niños. Tener aquellos gemelos fue como recibir el carnet de explorador oficial. No necesitaban ampliar mucho: era suficiente con que estuvieran allí, esperándome, listos para transformar lo cotidiano en extraordinario.

Con mis gemelos rojos observaba todo: la Sagrada Familia en construcción, y con menos torres de las que tiene ahora; la Diagonal con sus coches que parecían hormigas metálicas; las azoteas vecinas con sus misterios inaccesibles. Yo buscaba, y encontraba, historias en cada rincón. Un gato dormido en una terraza podía ser un guardián silencioso. Una cortina que se movía era una señal secreta. Un avión cruzando el cielo era un mensaje cifrado.

Había tardes en las que el sol caía despacio y la ciudad brillaba como un escenario, y yo me quedaba allí arriba sin moverme, mirando a través de mis gemelos, sintiendo que el mundo era inmenso... y a la vez mío.

Claro que aquellos no fueron mis únicos gemelos. Como buen niño de los 70's, descubrí que los Fuji-Yama eran baratos, omnipresentes y coloridos. Y como en el kiosco o en las ferias siempre había novedades, mi colección empezó casi sin querer. Llegaron los verdes, los azules, los blancos y los amarillos. Los tuve todos. Pero, digámoslo sin rodeos: los rojos eran los reyes. Mis primeros, mis favoritos, mis gemelos oficiales.

Los años pasaron, como pasan siempre, silenciosos y sin pedir permiso. Y mis gemelos quedaron olvidados en el fondo de un cajón, luego en una caja, luego en un rincón del tiempo. Pero hace unos días decidí que era hora de abrir "EL BAÚL DE HAL" ese lugar donde guardo mis tesoros antiguos, mis recuerdos, mis universos personales y mis colecciones más nostálgicas.

Y allí estaban.

Los rojos, los verdes, los azules, los blancos, los amarillos.

Todos esperándome como si no hubiera pasado el tiempo.

Al sostenerlos, sentí un golpe de nostalgia tan intenso como dulce. Era como estrechar la mano de mi yo de ocho años. Como asomarme, una vez más, a aquel terrado donde el mundo parecía más grande de lo que es ahora... o quizá era yo quien lo miraba con más hambre.

Hoy os enseño esta pequeña y colorida colección no solo porque me gusta, sino porque forma parte de lo que fui. De lo que sigo siendo. Mirar a través de estos gemelos era un juego. Pero también era una forma de aprender a mirar la vida con curiosidad, con ternura, con ese asombro que solo los niños tienen y que a veces olvidamos.

Quizá por eso los guardé.

Quizá por eso vuelvo a ellos.

Porque, de alguna manera, cada uno de estos gemelos sigue señalando al mismo lugar: hacia arriba, sí, pero también hacia atrás. Hacia aquel niño que corría escaleras arriba creyendo que el terrado era un reino secreto. Hacia una Barcelona que ya no existe del todo. Hacia una forma de mirar que el tiempo, sin querer, nos va robando.

Y mientras sostengo estos Fuji-Yama en mis manos adultas, hay un segundo, solo un segundo, en el que vuelvo a ver la ciudad como entonces: enorme, misteriosa, llena de promesas. Un segundo en el que ese niño vuelve a asomarse conmigo al borde del terrado y me recuerda, en silencio, que la aventura nunca estuvo en lo que veía... sino en cómo lo miraba.