COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's

sábado, 14 de febrero de 2026

LA HORA DE LAS LENTAS EN SAN VALENTÍN

Porque hoy, día de los enamorados, el mundo vuelve a girar a 33 revoluciones por minuto.

Antes de que el amor se enviara por mensajes instantáneos, antes de las playlists infinitas y de las pistas de baile con luces cegadoras, el romance tenía otro tempo: más lento, más torpe, más verdadero. Podía surgir en un guateque casero, en una discoteca de barrio, en un salón de baile de domingo o en cualquier fiesta donde la música mandara. Bastaba un tocadiscos, unos altavoces o simplemente ganas de bailar para que ocurriera lo importante.

Yo no era protagonista todavía; era espectador, un niño curioso que miraba desde la distancia cómo mis hermanos y sus amigos iban descubriendo el amor entre canciones. A veces era en casa, otras en alguna discoteca donde me colaba furtivamente, jejejeje, o en celebraciones donde la música parecía saber más de nosotros que nosotros mismos.

Pero por encima de todo había un momento especial, casi sagrado: la hora de las lentas. Llegaba sin aviso. De pronto el ritmo bajaba, las risas se volvían más suaves y las miradas empezaban a hablar. Bastaba una balada para transformar el ambiente. La pista se calmaba, los cuerpos se acercaban y el tiempo parecía aflojar su paso.

Bailar una lenta no era solo bailar: era atreverse. Pedir un baile podía costar un mundo, y aceptarlo podía cambiar una noche… o un recuerdo para siempre. Era el primer abrazo no familiar, la primera cercanía consciente, el lenguaje silencioso de dos personas que quizá no sabían aún lo que sentían, pero lo estaban empezando a entender.

Y en mi memoria, muchas de aquellas canciones lentas tenían acento español. Eran temas de los 70’s, creados con calma, con melodías envolventes y letras directas al corazón. Canciones románticas, sin ironía, sin prisa, donde el amor se mostraba sin miedo y la emoción no se escondía. Aunque también había canciones lentas sobre desamores.

Hoy, en este bonito Día de los Enamorados, dedicaré en nuestra sección de Minutos Musicales 24 temas, uno por cada hora del día mmmm y de la noche, jejejeje.

Yo bebí musicalmente de tres fuentes distintas: las de mis tres hermanos. Cada uno tenía su estilo, sus discos, su manera de vivir la música. Gracias a ellos aprendí a escuchar con amplitud, a no cerrarme a nada. Pero hoy, será la nostalgia, será el calendario o simplemente el corazón, quiero quedarme con la parte más romántica de todo aquello.

Ahí aparece inevitablemente mi hermana, la más romántica, la que elegía las lentas con una sensibilidad especial. La que llenaba la casa con esas canciones que yo escuchaba siendo niño, casi sin darme cuenta, mientras la vida iba pasando. Hoy le mando un beso enorme, lleno de música, allí donde esté. Porque sin saberlo me enseñó a sentir, a escuchar despacio y a entender que una canción puede acompañarte toda la vida.

No todo eran fiestas. Muchas veces era simplemente el viejo tocadiscos de casa girando incansable, o la radio, o la música que se escapaba de una habitación a otra. Aquella música española de los 70's se mezcló con mi infancia, con los juegos, con las tardes tranquilas. Sin darme cuenta, se quedó dentro.

Luego llegaron las discotecas, los bailes, las primeras salidas propias… y comprobé que la hora de las lentas seguía existiendo en todas partes. Cambiaban las luces, cambiaban las modas, pero ese momento íntimo sobrevivía siempre.

Hoy tengo más de medio siglo encima. El mundo ha cambiado muchísimo, pero cierro los ojos y sigo escuchando esas canciones. Hoy, día de San Valentín, me apetece volver a esa música, a ese ritmo pausado donde el amor no va deprisa: se baila despacio.

Porque hoy no toca estar estresado, hoy toca relajarse, hoy toca acercarse, hoy toca abrazar. Hoy, aunque sea en la memoria, vuelve a ser la hora de las lentas.

Y bajo una luz tenue, mientras suena uno de aquellos clásicos españoles que escuché siendo niño, alguien, en algún lugar, sigue atreviéndose a decir sin palabras lo que el corazón llevaba tiempo queriendo decir.

¿Bailas?


Jeanette - ¿Por qué te vas?

Camilo Sesto - El amor de mi vida

Miguel Gallardo - Otro ocupa mi lugar

Basilio - Cisne cuello negro

Francis Cabrel - La quiero a morir



Triana - Tu frialdad

Ana y Johnny - Yo también necesito amar

Diego Verdaguer - Volveré

Joe Dassin - A ti

Cecilia - Un ramito de violetas

Trigo Limpio - Muñeca

Santa Bárbara - ¿Dónde están tus ojos negros?

Daniel Magal - Cara de gitana

Mocedades - Secretaria

Sabu - Manda rosas a Sandra

Chiquetete - Volveré

Roberto Carlos - El gato que está triste y azul

Pablo Milanés - Yo no te pido

Manolo Otero - Todo el tiempo del mundo

Los Puntos - Esa niña que me mira

Juan Bau - La estrella de David

Luis Eduardo Aute - Al alba

Umberto Tozzi - Te amo

Módulos - Todo tiene su fin

sábado, 7 de febrero de 2026

BAILA CON EL HULA HOOP, EL ARO CON SIGLOS DE HISTORIA

Aunque para muchos niños españoles el Hula Hoop llegó de la mano de Enrique y Ana y de su música, especialmente tras el éxito de "Baila con el Hula Hoop" en 1979, la historia del aro giratorio es muchísimo más antigua. Ya en civilizaciones como el Antiguo Egipto o la Grecia clásica se utilizaban aros de madera, metal o fibras vegetales tanto para jugar como para hacer ejercicio. Era un entretenimiento sencillo, casi universal, basado en algo muy humano: el placer del movimiento y el reto de la coordinación.

Siglos después, en la Europa medieval y moderna, los aros siguieron formando parte de los juegos populares. Incluso algunos médicos del siglo XIV recomendaban su uso para mantenerse activo, aunque otros lo consideraban excesivo. El nombre "Hula" llegaría mucho más tarde, cuando marineros europeos observaron en Hawái danzas tradicionales cuyos movimientos de cadera les recordaban a los del aro.

El gran salto moderno ocurrió en 1958, cuando la empresa estadounidense Wham-O lanzó el Hula Hoop de plástico tal como hoy lo conocemos. Fue un fenómeno inmediato: millones de unidades vendidas en pocos meses y una auténtica fiebre internacional. Desde entonces el aro ha vivido ciclos de popularidad: juguete infantil, accesorio deportivo, elemento artístico en danza y circo… siempre regresando, siempre girando.

En España tuvo además su momento mágico particular cuando la música infantil lo adoptó como símbolo de diversión, inocencia y movimiento. Entre finales de los 70's y principios de los 80's las importaciones y la producción nacional de aros se dispararon, impulsadas en gran parte por el fenómeno cultural que rodeó a Enrique y Ana. La televisión también amplificó la moda: programas infantiles de TVE como La Cometa Blanca o El Gran Circo de TVE lo incorporaron en concursos, sketches y anuncios. No había patio de colegio sin niños intentando "el giro perfecto", y algunas asociaciones escolares organizaban competiciones y coreografías colectivas. Incluso surgió merchandising específico: aros de colores variados o texturas, algunos hoy convertidos en pequeñas piezas vintage de coleccionista.

Aprender a hacerlo girar era casi un rito iniciático. Primero llegaba la frustración: el aro cayendo al suelo cada dos segundos. Luego la perseverancia, volver a intentarlo una y otra vez. Y finalmente la gloria: ese instante mágico en que el aro parecía obedecerte. Entonces venían las florituras, girarlo en el cuello, bajarlo a las rodillas, competir con amigos, inventar coreografías imposibles. Sin saberlo, muchos estábamos haciendo ejercicio, coordinando el cuerpo, aprendiendo constancia… pero lo llamábamos simplemente jugar.

Como todas las modas infantiles, el boom pasó. Llegaron otros juguetes, otras músicas, otras preocupaciones. Sin embargo, el Hula Hoop nunca desapareció del todo: reapareció en los 90's, se reinventó como ejercicio fitness, como danza, como arte circense.

Y, seamos sinceros, no todos fuimos virtuosos del aro. Yo, por ejemplo, nunca pasé de dos o tres vueltas antes de que cayera al suelo con ese "plof" casi burlón. Y lo cierto es que, al menos en mi recuerdo, eran sobre todo las niñas quienes realmente lo dominaban: había en su manera de moverse una naturalidad admirable, una coordinación elegante que convertía el giro en algo casi artístico. Nosotros, los niños, solíamos ser bastante menos hábiles con el ritmo y la cintura; lo intentábamos con entusiasmo, sí, pero rara vez con la misma soltura. Más que frustración, lo recuerdo con respeto y cierta fascinación, como quien observa una habilidad que sabe apreciar aunque no la posea.

Porque, al final, el Hula Hoop nunca fue solo un juguete. Fue un pequeño maestro disfrazado de diversión: nos enseñó perseverancia, coordinación, sentido del humor ante el fracaso y, sobre todo, el valor de compartir momentos sencillos. Y aunque muchos nunca pasáramos de unas pocas vueltas, esos recuerdos siguen girando con nosotros, tercos y luminosos, como aquel aro rebelde que un día quiso enseñarnos a disfrutar simplemente del hecho de intentarlo.

Recuerda… Baila con el Hula Hoop. Si te quieres divertir, ven conmigo y ya verás. Tengo un juego para ti, yo sé que te gustará. Pronto tú lo aprenderás si te mueves como yo, dando vueltas sin parar. Bailarás el Hula Hoop, te lo quiero presentar. Es un aro de color, tiene un nombre singular y se llama Hula Hoop. ¡Y qué bien lo pasarás con el aro de color! Mucho te divertirás si lo bailas como yo. Para, pa, pa, pa, pa, pa… ♪♫♪♫♪ 










Imágenes obtenidas de Internet, los créditos pertenecen a sus respectivos autores.

sábado, 31 de enero de 2026

LAS PASTILLAS DE LECHE DE BURRA, UN CARAMELO DE OTRA ÉPOCA

El ritual comenzaba en el kiosco del barrio o el que estaba cerca de la escuela, ese templo de chicles de todos los sabores y cromos de todas clases. El kiosquero, con sus bigotes que guardaban polvo de regaliz, era el sumo sacerdote. Tras el mostrador de formica, entre los tebeos de Mortadelo y montañas de baratijas, descansaba el gran bote de cristal. Dentro, amontonadas como estrellas lunares, brillaban las pastillas de leche de burra.

Pedirlas era un acto de fe. "Señor, ¿me da cinco?". Su mano, sabía y lenta, tomaba un pequeño cucurucho de papel marrón (de los mismos para las pipas o los garbanzos tostados) y lo llenaba con un clonc, clonc, clonc satisfactorio, como un carillón de campanitas. Las golosinas, frías y duras, reposaban ahora en aquel cáliz áspero y tibio.

Y entonces llegaba el primer contacto. La lengua recibía aquel disco pétreo. Al principio, nada: sólo la suave aspereza contra el paladar. Había que acunarla, dejar que el calor del cuerpo hiciera su magia. Y de pronto, como el deshielo de un glaciar en miniatura, comenzaba a soltar su esencia: un sabor tostado y antiguo, que no sabía a fresa, menta, naranja o limón ni a ningún invento moderno. Sabía a nube de establo, a hierba seca bajo el sol, a algo tan raro y misterioso como su nombre prometía: leche de burra. Nos preguntábamos, entre risas, quién habría sido el valiente que primero ordeñó a una burra y pensó: "Esto hay que confitarlo".

Eran la anti-golosina en la era del azúcar instantáneo. Te obligaban a detenerte, a sentarte en el bordillo de la acera, a mirar las nubes mientras aquel gusto a campo y ternura rústica se expandía en la boca. Se iban adelgazando, volviéndose translúcidas, hasta que dejaban pasar la luz entre lengua y paladar. Y entonces, el último acto: el crujido final, arenoso y dulce, antes de que desaparecieran, dejando sólo un poso de azúcar tostado y una sonrisa blanca, ligeramente polvorienta.

Así comenzaba casi siempre el encuentro con las pastillas de leche de burra en los kioscos españoles de los años 60's, 70's y buena parte de los 80's. Es fácil que al leer "leche de burra" la imaginación viaje a los años de Cleopatra y a baños legendarios, pero no hacía falta ir tan lejos: bastaba acercarse al kiosco del barrio. No eran el dulce más vistoso ni el más publicitado, pero estaban ahí, discretas, formando parte de un paisaje cotidiano que hoy parece increíblemente lejano.

Se vendían sueltas, junto a pipas, caramelos de menta y chicles de fresa, y bastaban unas pocas monedas para llevarse una, dos o las que el bolsillo permitiera. A veces el kiosquero las metía en pequeñas bolsitas transparentes; otras, en un sencillo envoltorio de papel, incluso de periódico, como se hacía con las castañas. Eran blancas, compactas, pensadas para durar, y se chupaban despacio, con respeto, como si el tiempo también se ralentizara al contacto con la lengua.

Aunque muchos las recuerdan como una simple golosina, su historia empieza mucho antes. A principios del siglo XX, comenzaron a venderse en España en farmacias y boticas, apoyadas en las propiedades medicinales y nutritivas de esta leche tan particular. Se recomendaban para aliviar los males de garganta y como alimento suave para los niños, y su forma lo delata: tamaño parecido al de una aspirina, textura ligeramente terrosa y un sabor discreto, cercano al de la nata o la dextrosa. No estaban pensadas para morderse, sino para disolverse lentamente. Con el paso del mostrador de la botica al kiosco, aquel remedio terminó transformándose en una de las golosinas más entrañables de varias generaciones.

En aquella época, la leche de burra conservaba un aura especial. Se asociaba a lo natural, a lo antiguo, incluso a lo casi milagroso, y eso daba a estas golosinas un prestigio silencioso. No hacía falta explicarlo: los niños sabían que no era un caramelo cualquiera. El kiosquero tampoco preguntaba demasiado; conocía el ritual y lo repetía cada día, sacándolas de cajas de cartón o recipientes sencillos, sin marcas llamativas ni envoltorios modernos. Eran productos humildes, casi anónimos, elaborados por pequeños fabricantes o distribuidores locales, en un tiempo en que muchas chucherías se movían fuera de los grandes circuitos industriales y no dejaban apenas rastro documental.

Conviene aclararlo, porque la confusión es habitual: las auténticas pastillas de leche de burra no eran de colores, no iban envueltas en celofán ni tenían sabores ácidos o afrutados. Solo se parecían a otros caramelos en la forma y el tamaño, pero nada más. Quizá por eso se recuerdan tan bien: porque exigían tiempo, paciencia y una forma distinta de disfrutar.

Durante los años 70's y principios de los 80's, seguían formando parte de la vida diaria, vendidas a granel en kioscos y puestos callejeros junto a pipas y altramuces. Para muchos niños de entonces, eran un pequeño lujo, lo máximo a lo que se podía aspirar con unas pocas monedas. Se compartían a veces (acto casi heroico) y otras se guardaban en el bolsillo "para luego", aunque acabaran llenas de pelusas.

La industria del dulce cambiaba, los hábitos también, y poco a poco fueron desplazadas por golosinas más blandas, más coloridas y más agresivas en sabor. La leche de burra, con una producción limitada (las burras solo dan leche en época de cría) y una elaboración poco rentable, fue quedando en segundo plano. No desaparecieron de golpe: simplemente dejaron de llegar a los kioscos, como tantas otras cosas, sin despedida ni anuncio. Para cuando llegaron los años 90's, en España ya eran un recuerdo.

Mientras tanto, en otros lugares la historia fue distinta. En Francia, especialmente en zonas rurales, la tradición de la leche de burra se mantuvo viva a través de asinerías que apostaron por productos artesanos, incluidos caramelos y pastillas, ya no como golosinas populares, sino como delicadezas casi de lujo. En algunos países de Latinoamérica, con una relación más directa entre el campo y el consumo local, también sobrevivieron dulces similares, ligados a ferias, mercados y elaboraciones familiares. Allí no se rompió del todo el hilo que en España se fue afinando hasta desaparecer.

El envoltorio de papel, ahora vacío y suave en el bolsillo del pantalón, era el trofeo. Al hablar de esas golosinas, no se habla solo de un dulce. Se habla de una forma de consumir, de una infancia más lenta, de kioscos que eran puntos de encuentro y no simples tiendas.

Aquel kiosco, convertido ahora en una tienda de phones, muestra cómo los tiempos cambian. Pero a veces, entre el bullicio y los pasos apresurados, cierro los ojos y dejo que el recuerdo se deslice sobre la lengua: un sabor blanco que se despliega despacio como cuando éramos niños. Es el recuerdo de aquellos días, guardado en los rincones del tiempo, en los bolsillos del alma, donde los kioscos siguen abiertos, los cucuruchos siguen llenos, y nosotros seguimos saboreando, por un instante eterno, aquella infancia que nunca se acaba.


sábado, 24 de enero de 2026

RANITAS DE HOJALATA

En aquellas décadas de los 60's, 70's y 80's, la alegría no se buscaba: se encontraba. Vivía en las cosas pequeñas, en los tesoros diminutos que cabían en una mano y brillaban sin pretensiones. Entre todos ellos, había uno que parecía latir con vida propia: la rana de hojalata.

Hecha de metal fino y sueños grandes, con un mecanismo sencillo, casi ingenuo. Bastaba presionar la lengüeta de fleje para que brotara su voz metálica, un croar artificial que rompía el silencio y sembraba sonrisas. También la llamaban chicharra, porque al insistir sobre la lámina del reverso estallaba ese ritmo obstinado clic… clac… clic… clac…, capaz de desesperar a los adultos y de convocar la risa inmediata de los niños.

Recuerdo la famosa y clásica travesura de la rana clic-clac que ya era casi una leyenda en el aula. Bastaba con que el profesor o profesora diera la espalda para escribir en la pizarra y, en ese justo momento, desde algún rincón indescifrable, sonara el inconfundible clic… clac… clic… clac…, como si el juguete tuviera vida propia. La clase entera contenía la risa mientras el docente se giraba de golpe, cejas levantadas, y lanzaba la pregunta ritual:

—¿Quién ha sido?

Silencio absoluto, cómplice, ninguna mirada acusadora. Nadie confesaba. Nadie sabía nada. Y así, día tras día, la rana continuaba sonando, convirtiéndose en parte del folclore del colegio: un pequeño acto de rebeldía compartida, un secreto colectivo que unía a toda la clase sin necesidad de palabras. Y aunque jamás se descubrió al culpable, aquel clic… clac… quedó grabado en la memoria como uno de esos sonidos que hacen que la infancia tenga su propia música.

No importaba su color. Las hubo plateadas, doradas, con publicidad y, con el tiempo, verdes, intentando parecerse a una rana de verdad. Incluso salieron unos llaveros como los de la última foto, que también guardo en "EL BAÚL DE HAL", que tenían en la panza su palanquita para apretar y que croaran; esos llaveros ya eran ranitas de lujo, jejejeje. Pero continuemos hablando de nuestras clásicas ranitas de hojalata, aquellas que compartían el mismo brillo humilde, ligero, casi frágil: un resplandor nacido más de la ilusión que del metal que las sostenía.

Permitidme una pequeña confesión. Una de estas ranitas de hojalata fue de mis primeros juguetes, casi una simple baratija, con la que entré, sin saberlo, en el mundo del coleccionismo vintage: un objeto humilde, sin valor aparente, pero capaz de encender la chispa. Con ella comenzó también mi colección de "EL BAÚL DE HAL", ese lugar donde no solo se guardan objetos, sino recuerdos, historias y pequeños fragmentos de infancia que se resisten a desaparecer y se comparten en nuestro Blog.

Vivían en los bolsillos del pantalón corto, rozando nuestra canica preferida, al lado de un cromo repetido o de una bonita piedra sin nombre que encontraste en la playa y a la que se le había confiado la suerte mmmm o puede que en vez de una piedra fuera la pata de un conejo, que también daba suerte.

Salían al recreo, a la plaza, a la puerta del colegio, y allí competían en sonidos y carcajadas, componiendo una música improvisada que no necesitaba reglas ni explicaciones. No había pantallas ni pilas, ni versiones que actualizar. Solo escuchar, esperar el momento justo… y apretar.

Vistas hoy con ojos adultos, aquellas ranas eran mucho más que un simple juguete. Eran símbolos de una infancia menos programada, donde el ingenio suplía a la tecnología y el juego nacía de lo cotidiano. Su sonido no solo hacía ruido: marcaba recuerdos. Sonaba a recreo, a pupitres de madera, a tardes largas, a risas reprimidas y a la certeza de que el mundo era un lugar sencillo y lleno de posibilidades.

Por eso, cuando una de esas ranas reaparece en un cajón olvidado, en un mercadillo o sobre una estantería cubierta de polvo, no regresa sola. Trae consigo una infancia entera. El olor del kiosco, la voz lejana del feriante que también las vendía, la luz dorada de las tardes interminables, la risa de los amigos que el tiempo fue llevando por otros caminos.

Y entonces algo muy adentro vuelve a sonar, un clic… clac… suave, persistente, un sonido que parece emerger desde la memoria misma y recorrer los rincones del tiempo hasta colarse en el presente, recordándonos con ternura que no era la rana la que hacía ruido, sino nosotros mismos, corriendo por los patios, escondiéndonos entre risas, aprendiendo a compartir, a crear secretos, a jugar sin reglas más que las que nacían de nuestra propia imaginación, y a recordar cada instante con la intensidad simple y luminosa de quienes saben que la felicidad cabe en un bolsillo y puede caber también en un sonido que vuelve a latir décadas después, clic… clac…, como un eco que nos recuerda quiénes fuimos y, de algún modo, quiénes seguimos siendo.







sábado, 17 de enero de 2026

BÚ: EL PEGAMENTO VAMPIRO QUE UNIÓ NUESTRA INFANCIA

Si creciste en la España de los años 70's, hay algo que seguramente reconoces al instante: ese pequeño tubo de pegamento con un nombre tan simple como inolvidable… BÚ. Pero no nos engañemos: este no era un pegamento cualquiera. Era el vampiro de los adhesivos, listo para morder (pero solo para unir papel, cartón y, si eras valiente, hasta las piezas de alguna maqueta).

Tener en tus manos un tubo del original y terroríficamente divertido pegamento BÚ, de mediados de los 70's, es como tener una llave para abrir esa puerta directa a la infancia, a una época en la que todo era más sencillo y en la que muchos objetos tenían magia. Hace unos años hice un pequeño artículo para mi vieja página de Facebook "Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's", enseñando mi pegamento favorito, el mismo que hoy os enseño y que saqué de "EL BAÚL DE HAL", un auténtico regalazo que me envió Sergio Ruiz De Oliveira, amigo y seguidor de aquella primigenia y ya vieja página.

A pesar de los gratos recuerdos que me trae el pegamento Imedio (a este otro también le dedicaremos otro día un merecido post), debo decir que, aunque fue el que más utilicé (porque era el que más se comercializaba y el más fácil de encontrar en cualquier sitio), no fue mi preferido. Siempre que podía escoger a la hora de comprar pegamento, elegía el BÚ. Tenía algo especial, algo que lo hacía diferente, mmmm… está claro el porqué. Qué le vamos a hacer, soy fan desde niño del Conde Drácula y de Christopher Lee, y aquel tubito ya despertaba mi imaginación incluso antes de desenroscarlo jejejeje.

Su envase era icónico: un vampiro caricaturesco, con colmillos puntiagudos y capa, que parecía más dispuesto a robar tu merienda que a ayudarte a pegar la tarea del colegio. Sin embargo, había algo entrañable en esa mirada divertidamente amenazante. Cada vez que abrías el tubo y olías ese aroma a pegamento fuerte, sabías que estabas en buenas manos (bueno, en buenas garras).

Y ¿qué me decís del tapón puntiagudo del BÚ? Merecería un capítulo propio en la historia del diseño setentero… o directamente en la del terror simpático infantil. Porque no era un tapón: era un colmillo. Largo, negro, afilado, amenazante y elegante. Cerrabas el tubo y parecía que el vampiro del pegamento te miraba fijamente, como diciendo: "mmmm cuidado, que te hinco el diente" jejejeje.

A estas alturas está claro que el tapón del BÚ no fue diseñado: fue invocado jajajaja. Cuesta imaginar a alguien, sentado ante una mesa de diseño, proponiendo en voz alta: "¿Y si lo hacemos afilado, negro y amenazante, como un colmillo?"… y que el resto del equipo asintiera en silencio, convencido de que aquello era una gran idea. Porque ese tapón no cerraba el tubo: lo coronaba. Era la guinda vampírica (un cono perfecto, elegante y afilado, que parecía susurrarte: "tranquilo, solo muerdo si aprietas"). Y claro, apretabas. Siempre apretabas.

Visto hoy, el tapón del BÚ parece la punta de un misil gótico. Negro, estilizado y perfectamente alineado con toda la estética del envase. Nada de tapones redondeados, blandos, ñoños y seguros: en los 70's se apostaba sin complejos por el "si te pinchas, aprendes". Y cuando el pegamento se secaba (porque siempre se secaba), aquel colmillo se transformaba en algo todavía más inquietante: podía ser una estaca, incapaz de resucitar el pegamento, pero siempre dispuesta a dejarte una mancha, un pinchazo o un tierno recuerdo imborrable.

No era un pegamento tímido. Se promocionaba como resistente al agua, al ácido, al aceite y hasta a la gasolina. Imagina eso en manos de un niño de siete años: un tubo diminuto que prometía poder casi sobrenatural. Sí, era como tener un pequeño vampiro doméstico listo para salvar tus proyectos escolares, tus manualidades secretas y tus aventuras de cromos, cartón, papel y pegamento.

Y, además de ser más barato que otros pegamentos como el archiconocido Imedio, en el pack venían piezas y letras de colores, tipo pasta de sopa, con las que pasábamos horas interminables haciendo trabajos manuales, pegando, creando y manchándonos los dedos sin preocuparnos de nada más. Momentos sencillos, inocentes, que hoy se recuerdan con una sonrisa y un pequeño nudo en la garganta, mmmm, o puede que en la yugular jajajajaja.

Como todo buen vampiro, BÚ tenía su lado travieso. Muchas veces se nos olvidaba cerrar bien el tubo, dejando que el pegamento se secara y endureciera. Abrirlo después era casi un acto de magia: un pequeño "¡ahhh!" de frustración seguido de risas al intentar sacar el pegamento reseco. Y no hablemos de la ropa o las manos… ¡el pegamento vampiro no perdonaba!

Pero, a pesar de esos pequeños desastres, BÚ logró algo que ningún otro pegamento logró: unir recuerdos. Cada proyecto escolar, cada pegatina mal colocada, cada muñeco de cartón reparado llevaba la marca invisible del vampiro que todos conocíamos y, de alguna manera, queríamos.

Hoy, décadas después, los tubos de BÚ son objetos de coleccionista. No por su pegamento (que seguro está más seco que la mojama), sino por la carga sentimental que llevan. Cada envase evoca tardes de creatividad, travesuras y aprendizajes accidentales. Ese vampiro diminuto no mordía con maldad; mordía con cariño, dejando cicatrices de pegamento que, secretamente, recordamos con una sonrisa.

Sí, amigos, ese tubo de pegamento fue una obra maestra del diseño setentero: pegajosa, casi peligrosa y absolutamente inolvidable por todos esos recuerdos que transmite.

Porque al final, BÚ no solo unía papel y cartón… unía nuestra infancia con un toque de terror divertido y entrañable, y nos enseñó que incluso los vampiros más temibles pueden ser tus amigos más pegajosos jejejeje.

Las imágenes sin marca de agua provienen de la página de compra y venta Todo Colección.