COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's

sábado, 5 de septiembre de 2026

QUE ME QUEMO!! UNA PELIGROSA BROMA PARA NIÑOS.

¿Te acuerdas de aquellos tiempos de la EGB, cuando nuestra mayor preocupación era no escuchar nuestro nombre de boca del profesor, ni para bien ni para mal? Ya empiezan las clases y, con ellas, me llegan recuerdos… y no precisamente de estudiar. De mochilas cargadas, cuadernos, bocadillos a la hora del recreo, tizas que chirriaban en la pizarra y, sobre todo, de ese miedo inconfesable a escuchar nuestro nombre seguido de aquellas palabras que podían cambiarte la mañana: ¡AL ENCERADO! Qué tiempos aquellos… cuando los problemas más serios se resolvían en la pizarra y el recreo era, sin duda, nuestra asignatura favorita.

Si creciste en los 70's o 80's, seguro que recuerdas ciertos objetos que eran pura leyenda en el patio. Pero hoy no vamos a hablar de los tirachinas ni de las cerbatanas hechas con bolis BIC, mmmm aunque algún día también llegarán a salir en nuestro nostálgico blog. En esta ocasión vamos a desenterrar un objeto que, honestamente, hoy en día estaría totalmente prohibido, pero que para nosotros era la cima del ingenio y una de las reinas de las bromas: el sobre "¡Que Me Quemo!"

¿Qué demonios era eso? Para los que no tuvieron la suerte (o la desgracia) de toparse con uno, la cosa era sencilla pero perversa. Era un pequeño sobre, a menudo de color naranja chillón, que por fuera parecía divertido e inofensivo. Pero lo que llevaba dentro... ¡uuuuuuf!

He recuperado una de estas reliquias. Si te fijas en las imágenes, verás que las instrucciones eran para echarse a temblar: "Moje con agua uno de los trocitos de secante, envuélvalo bien en una hojita de aluminio y colóquelo dentro de uno de los sobres. Rápidamente alcanzará gran temperatura".

¡Aluminio y agua! Y un cóctel químico de primer orden en manos de unos "científicos" de 10 o 12 años. ¡Y el objetivo era de locos! Te sugerían ponerlo en la silla, dentro de un guante, ¡o incluso dárselo a alguien en un apretón de manos! "Un sin fin de bromas", decían. Hoy lo llamamos "quemadura de primer grado garantizada".

Pero, ¿cómo funcionaba? Se basaba en una reacción exotérmica entre el aluminio y un compuesto químico en el papel secante. Al activarlo humedeciéndolo un poco, el calor era casi instantáneo y... bueno, digamos que cumplía su promesa al pie de la letra mmmm quemaba.

Ahora, agárrate, que te voy a contar una historia totalmente vivida en primera persona, de esas que pasaban de generación en generación en los pasillos de mi cole.

Era 1980 o puede que 81. El maestro, Don Llacuna, era famoso por su estricta disciplina y por un vicio que, en fin, era de lo más normal entonces: fumaba en clase. Un día, a los "listillos" de 6º, encabezados por mi amigo Campos, se les ocurrió la broma definitiva. Campos había conseguido, Dios sabe dónde, uno de esos sobres "¡Que Me Quemo!".

El plan era arriesgado. Campos, con más nervios que otra cosa, se deslizó sigilosamente en el momento en que Don Llacuna salió de clase para vaciar su cenicero lleno de colillas de cigarrillos de la marca Sombra, y Campos activó uno de aquellos sobrecitos y su contenido humedeciendo el papel secante con su propia saliva dejándolo en la silla de Don Llacuna.

Cuando el maestro entró en clase con el cigarrillo en mano y el cenicero limpio en la otra y tras darle dos caladas al cigarrillo, se sentó con su solemne peso, exhaló una nube de humo que quedó suspendida sobre la mesa, y clavó la mirada en la clase antes de hablar.... ¡BOOM!

Bueno, no hubo explosión, pero el efecto fue inmediato. Don Llacuna, con su cara habitual de "esto es serio", se quedó rígido como una estatua. Sus ojos se abrieron como platos. Un pequeño hilo de humo (y esta vez creo que no era de tabaco, jejejeje) pareció salir de su silla. Se levantó de un salto, palmeándose el culo y gritando, para estupefacción de toda la clase

— ¡Mecagüenmivida, que me quemo de verdad, qué está pasando aquí!

Toda la clase contuvo la respiración. Campos estaba pálido, más por el miedo a la bronca de Don Llacuna que por el remordimiento. Don Llacuna, con el orgullo herido y el culo colorado, buscó al culpable:

— ¿Quién ha puesto esto aquí? —preguntó, mientras el humo se disipaba y el resto de la clase, incapaz de aguantarse más, estalló en carcajadas incontenibles.

Al final, no hubo expediente ni expulsión, no encontraron al culpable, eso sí, Don Llacuna no volvió a sentarse en su silla sin antes revisarla a conciencia.

Ah, qué tiempos. La inocencia (y el peligro) de aquellos artículos de bromas. Hoy en día, un juguete así sería retirado del mercado más rápido que un avión F-14 Tomcat pilotado por Tom Cruise, jejejeje. Y si no, fijaos en el recorte del diario ABC de 1980, y que os resumo más abajo.





Leyendo el reportaje de Charo Fernández Cotta en el ABC de Sevilla, a uno se le hiela un poco la sangre. Lo de Antonio Toril, un crío de solo 6 años en San Juan de Aznalfarache, es desgarrador. Imagínatelo en el colegio, en pleno recreo, jugando inocentemente. Dos alumnos mayores se le acercaron por detrás y le colaron directamente en la espalda el compuesto "¡Que Me Quemo!". Lo dramático del asunto es que el niño empezó a correr y a gritar desesperado por el dolor incontenible de la quemadura, mientras sus propios compañeros se reían alrededor pensando que todo formaba parte del show de la broma. Nadie lo auxilió en el momento.

Tuvo que ser trasladado horas después por sus padres al ambulatorio de la Seguridad Social con una dolorosa "lesión ampollosa" que tardó semanas en curar. Lo peor es que no fue un caso aislado: en la misma barriada ya se habían dado tres incidentes similares, e incluso unos chavales intentaron metérselo en la boca a otro niño. Aquel suceso provocó una ola de indignación entre padres y profesores que denunciaron la venta de semejante peligro, preguntándose con toda la razón del mundo quién demonios había autorizado comercializar algo que podía haber dejado ciego o marcado de por vida a un menor. Es la muestra perfecta de la desconcertante brecha que existía en los 70's y 80's entre el entretenimiento infantil y la seguridad elemental.

Lo verdaderamente siniestro del "¡Que Me Quemo!" distribuido bajo la marca "Mi-Shan-Fu" desde Barcelona por 20 pesetas, no era solo su potencial reactivo. Era la total inconsciencia con la que se comercializaba. Se vendía en los mismos kioscos junto a inofensivos polvos de estornudar, de pica-pica, tinta mágica china o bombas fétidas, disfrazando una reacción química corrosiva de "broma". Poner en manos de niños un compuesto que reaccionaba con agua y aluminio para alcanzar altas temperaturas, prometiendo un sinfín de bromas al contacto con la piel, era una auténtica ruleta rusa, aunque no fue la única broma peligrosa que se comercializó y que también en su momento se prohibió, ya os enseñaré otro día alguna más.

Por fortuna, hoy resulta impensable encontrar algo semejante en la tienda de chuches de la esquina o en el kiosco cerca del cole. Las normativas de consumo actuales habrían dinamitado la producción de "Mi-Shan-Fu" en cuestión de horas.

Hoy en día, estos sobres solo existen como piezas de arqueología pop: reliquias atrapadas en colecciones privadas de nostálgicos de la EGB, detrás de un plástico protector, desactivadas por el paso de las décadas y observadas con una mezcla de fascinación y escalofrío. Son el testimonio físico de una época en la que la frontera entre la diversión y el peligro era, paradójicamente, demasiado fina, mmmm pero oye, era nuestra época, sobrevivimos de milagro y aquí seguimos para contarlo, jejejeje. Y tú, ¿llegaste a ver o probar uno de estos en directo o tuviste la suerte de librarte?

lunes, 31 de agosto de 2026

CINCUENTA VIOLETAS PARA CECILIA (1976–2026)

Homenaje en el 50. º Aniversario de su muerte (1976-2026)

Este homenaje debía haber llegado el mismo 2 de agosto, cuando se cumplían exactamente cincuenta años de aquella madrugada en Zamora. Pero el verano, con sus días de vacaciones y sus caminos distintos, me mantuvo lejos de la mesa donde escribo. No quería, sin embargo, que este mes de agosto se marchara sin dejar constancia de mi pequeño tributo. Porque aunque llegue unos días más tarde de lo previsto, el cariño verdadero no entiende de plazos ni de calendarios, se queda, como su voz, para siempre. Y aquí está, antes de que el mes se cierre por completo, mi puñado de violetas para Cecilia.

Hay voces que no envejecen porque el tiempo, cuando quiso llevárselas del todo, se conformó con llevarse solo el cuerpo. La de Cecilia es una de ellas. 50 años después de aquella madrugada de agosto, su voz sigue sonando en las radios de verano, en las sobremesas de nuestros padres, en los labios de quienes nunca la vieron cantar en directo y, aun así, conocen sus canciones de memoria.

Se llamaba Evangelina Sobredo Galanes. Nació en El Pardo, Madrid, el 11 de octubre de 1948, hija de José Ramón Sobredo y Rioboo, militar de carrera y posteriormente diplomático. Por los distintos destinos profesionales de su padre, pasó buena parte de su infancia entre países y fronteras "Reino Unido, Estados Unidos, Portugal, Argelia y Jordania", creciendo entre idiomas, músicas y paisajes muy diferentes. Aquella infancia viajera y cosmopolita acabaría dejando su huella en la mujer y en la artista en que se convertiría.

Estudió Derecho, llegó a licenciarse y, finalmente, hizo aquello que de verdad quería hacer: cantar. Tomó su nombre artístico de una canción de Simon & Garfunkel, grupo al que admiraba, y con él firmó algunas de las páginas más entrañables y personales de la música española de los años 70's.

No fue una voz cualquiera. Fue una voz que se atrevió. En una España que empezaba a cambiar, Cecilia escribió sobre mujeres que no querían casarse, sobre la nostalgia de la tierra propia vista desde lejos, sobre el amor sin disfraces y sobre una sociedad que comenzaba a mirarse a sí misma con otros ojos. "Un ramito de violetas", "Dama, dama", "Mi querida España", "Nada de nada"… Canciones que hoy forman parte de nuestra memoria colectiva y que entonces tenían también algo de desafío, de inconformismo y de valentía.

Pero su historia tuvo un final demasiado pronto. El 2 de agosto de 1976, con solo 27 años, Cecilia murió en un accidente de tráfico ocurrido de madrugada en Colinas de Trasmonte, en Zamora. Regresaba de actuar en la sala Nova Olimpia de Vigo cuando el Seat 124 en el que viajaba chocó contra un carro de bueyes que circulaba sin luces por la carretera. Cecilia viajaba dormida en el asiento trasero y murió en el acto. También falleció el batería de su grupo, Carlos de la Iglesia.

Su muerte a los 27 años hizo que su nombre quedara asociado al llamado "Club de los 27", una expresión popular, no oficial, utilizada para referirse a algunos músicos y artistas que murieron precisamente a esa edad. En esa lista aparecen nombres tan conocidos como Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse. Una coincidencia tan macabra como injusta: tener 27 años cuando la muerte los encontró.

Alguien me dijo una vez, con unas palabras muy sabias que siempre recordaré, que la maldición, o lo que quiera que sea se equivocó con la dulce Cecilia: ella no pega en ese Club de los 27. Y quizá tenga razón. Porque Cecilia no encaja fácilmente en ninguna lista. No encaja en una estadística. Cecilia sigue siendo Cecilia.

Y aquí es donde la historia de Cecilia deja de ser solamente la historia de una cantante para convertirse, para mí, en algo mucho más cercano.

Yo era muy niño, pero recuerdo perfectamente que en casa mis hermanos solían poner su música a menudo. Su voz formaba parte de aquella banda sonora familiar que, con el paso de los años, uno descubre que ha quedado mucho más profundamente grabada de lo que imaginaba. Y entonces aparece una de esas casualidades que uno jamás espera. Aquella misma madrugada del accidente, mi hermano Manolo y mi primo Pepe viajaban en el Seat 127 de mi primo, dirección a Galicia, donde mi primo iba a casarse con su novia galleguiña. Ellos vieron el accidente en primera persona y fueron de los primeros en acudir a socorrer a los ocupantes, sin tener la más mínima idea de quiénes eran las personas que viajaban en aquel 124. Horas después supieron quiénes ocupaban aquel coche y los nombres de quienes habían perdido la vida en aquel fatídico accidente.

De alguna manera, aquella madrugada también pasó por mi familia.

Y este verano, al cumplirse el medio siglo, la historia volvió a salir a la mesa. Justamente estábamos comiendo en casa de mi hermano Manolo cuando en la televisión dieron la noticia del 50. º Aniversario. No hizo falta que nadie dijera nada, nos miramos, y aquella mirada lo decía todo. Porque en mi familia aquel accidente no es un hecho que se estudia en los libros, sino una historia que se cuenta y se re-cuenta, como tantas otras, en las sobremesas de los días de calor. Una vez más, sacamos a relucir aquella casualidad tan nuestra: el viaje de mi hermano y mi primo, el 127 rumbo a Galicia, el encuentro con la tragedia sin saber a quién socorrían. Y, como cada vez que sale el tema, el silencio se llenó de esa mezcla de asombro y cariño que solo dejan las historias que, sin haberlas vivido en primera persona, sientes como propias.

50 años son muchos y son ninguno. Son muchos porque el mundo ha cambiado varias veces desde aquella madrugada de agosto de 1976. Son ninguno porque basta con poner una de sus canciones para que el tiempo se pliegue sobre sí mismo y ella vuelva a estar ahí, cantando con aquella mezcla de dulzura y firmeza que la hacía única. Y son ninguno también porque, en mi propia familia, aquella madrugada dejó una huella que todavía se cuenta, generación tras generación, cada vez que vuelve a sonar su voz.

Hoy, medio siglo después, no la recordamos como a alguien lejano, sino como a alguien que se quedó demasiado pronto a mitad de camino y a quien seguimos encontrando cada vez que suena una de sus canciones.

Que este homenaje sea, como el título de su canción más querida, un pequeño ramito de violetas: sencillo, sincero y para siempre suyo.

Cecilia descansa en el cementerio de La Almudena, en Madrid, la ciudad que la vio nacer.

CECILIA. Evangelina Sobredo Galanes. El Pardo (Madrid), 11 de octubre de 1948 - Colinas de Trasmonte (Zamora), 2 de agosto de 1976.


HOY EN MINUTOS MUSICALES RECORDAMOS A CECILIA


Un ramito de violetas

Dama dama

Mi querida España

Nada de nada

Amor de medianoche

Andar

Decir adiós

La primera comunión

Me quedaré soltera

Fui

Sevilla

Un millón de sueños

Señor y dueño

Don Roque

Tu retrato

Mi pobre piano

Doña Estefaldina

El testamento

Soldadito de plomo

Me iré de aquí

sábado, 29 de agosto de 2026

A FALTA DE PAN, BUENAS SON TORTAS… QUERÍA UNA ESPADA Y ACABÉ CON UN PARACAIDISTA.

Medio siglo. Se dice pronto. Justamente este mes de agosto se cumplen 50 años de un recuerdo guardado a fuego en mi memoria, de esos que vienen acompañados de una espinita clavada. Y digo espinita porque fue algo que me ilusionaba de una manera casi enfermiza y nunca mejor dicho jejejeje, pero que al final, por las vueltas caprichosas del destino, no pudo ser mmmm hasta hace muy poquito.

Todo empezó con un juguete. En aquellos lejanos años 70's, los niños estábamos acostumbrados a ver en las tiendas, kioscos o ferias, las clásicas espadas de hoja recta: el florete del Zorro, espadas vikingas, romanas, de mosqueteros o las de los caballeros de las cruzadas como las de Ricardo Corazón de León. Todas ellas rectas con un mismo, o parecido patrón. Pero las que vi aquella tarde estival del mes de agosto en la entrañable feria de verano de mi barrio, en el paseo de San Juan de Barcelona, eran completamente distintas: eran espadas curvas.

Me quedé ojiplático. Aquellos sables árabes "unas cimitarras de plástico soplado y colores vivos" colgaban de una cuerda en un humilde puesto ambulante junto a pistolas y escopetas lanza corchos. Brillaban ante mis ojos como tesoros salidos de "Las mil y una noches".

Yo paseaba maravillado junto a mi hermana y Eduardo, su novio. Con los ojos como platos, les pedí que me compraran una. Mi hermana, siempre cariñosa, aceptó, pero con un matiz logístico:

—Te la compraré, pero primero vamos a recorrer la feria y subir a las atracciones —me dijo—. Al terminar, de camino a casa, pasamos por el puesto. No quiero que vayas cargando con la espada peleando contra enemigos imaginarios. Te conozco y eres capaz de darle una estocada a alguien sin querer.

No me quedaba otra que aceptar. Ella tenía razón: una espada en mi mano, aunque fuera de plástico, rodeado de una multitud, era un peligro, alguien podía llevarse un espadazo por accidente. La tarde transcurrió entre risas y atracciones. Mi hermana y Eduardo jugaron en las tómbolas y ganaron un fantástico y misterioso juego de vasos de tubo translucidos con su jarra a juego y motivos egipcios. Una joya nostálgica que hoy conserva un lugar de honor en mi vitrina.

Fue una tarde maravillosa... o casi. Cuando emprendimos el regreso, yo tiraba impaciente de la mano de mi hermana: —¡Vamos, que cerrará el señor de las espadas!. Mi intuición infantil no falló. Al llegar, el puesto había desaparecido. Ni rastro de las cimitarras. Una tristeza me invadió de golpe, en un segundo se esfumaron las mil aventuras de moros y cristianos que ya había imaginado librar en el parque o en los recreos.

Mi hermana, al ver mi carita desolada, se sintió culpable:

—No te preocupes, mañana volveremos y te la compro. Será lo primero que hagamos.

Sé que por ella habría cumplido su promesa. El problema fue que a la mañana siguiente me desperté con la cara redonda como un pan de payés y ardiendo en fiebre. Las paperas me dejaron K.O. durante días. Desesperado, le supliqué que fuera ella sola. Y mi hermana, fiel como nadie, caminaba cada tarde al salir del trabajo hasta el paseo de San Juan. Pero al llegar a casa la respuesta era la misma: —Lo siento, hoy tampoco estaba el señor de las espadas.

Así pasó la semana hasta el último día de feria. Con la fe intacta o tal vez por el delirio febril, guardaba la esperanza de que el vendedor apareciera en el último día. Casi me como hasta las uñas de los pies por culpa de los nervios, esperando a mi hermana que llegara jajajajaja. Pero cuando entró por la puerta con el rostro resignado, lo entendí todo. El señor de las espadas se había marchado a otro barrio, a otra feria.

—A falta de pan, buenas son tortas —me dijo mi hermana para consolarme.

No entendí ese refrán hasta muchos años después, pensé que lo decía porque ella trabajaba de dependienta en una panadería. Pero acto seguido sacó de su bolso un pequeño paracaidista de plástico. —No pude traerte la espada, pero te traigo esto para que no te quedes con las manos vacías. Aquel detalle me devolvió la sonrisa. Un pequeño paracaidista, con su paracaídas incluido, que me dio muuuuucho juego durante un tiempo, hasta que un buen día acabó irremediablemente colgado de la rama de un árbol, justamente en el paseo de San Juan, donde habían instalado aquella feria, jejejeje.

Aquel no sería el último. Después vendrían muchos más, de diferentes modelos y colores, convirtiendo a aquellos pequeños paracaidistas en otros de esos juguetes sencillos que, sin saberlo entonces, acabarían formando parte de mis juegos y recuerdos queridos de infancia.

Y como esta historia y juguete merece capítulo propio, prometo que algún día hablaremos también de aquellos paracaidistas y de todos los que fueron llegando después a mi colección. Pero esa… será otra historia.

Durante cincuenta años guardé esa pequeña espinita en el corazón. Una punzada dulce que me recordaba la fragilidad de la infancia y el amor incondicional de una hermana. Digo guardaba, en pasado, porque hace apenas unos días la vida me sonrió: ¡por fin he conseguido hacerme con aquellas míticas espadas curvas!

Hoy desclavo esa espinita y saco de "EL BAÚL DE HAL" esta fabulosa cimitarra. No es solo un juguete recuperado, es un abrazo a aquel niño febril que esperaba en la cama con paperas, y un tributo a quien hizo lo imposible por regalarle una sonrisa. Y a vosotros, ¿qué espinita os queda aún por desclavar?






miércoles, 1 de julio de 2026

¡DE CAMINO A LAS VACACIONES!

Queridos amigos y viajeros de la memoria…

Ha llegado ese momento del verano en el que uno baja un poco el ritmo de trabajo, cierra la maleta despacio y se deja llevar por ese aroma de vacaciones que tantos recuerdos despierta. Durante unas semanas, este rincón nostálgico quedará en silencio, como aquellas pequeñas estaciones al caer la tarde, cuando el último tren se perdía en el horizonte dejando solo el eco de su silbato.

Y es imposible marcharse sin acordarse de aquellos viajes de antes y de los interminables trayectos en los trenes de los años 60, 70, 80 y 90's, con las ventanillas abiertas, el bocadillo envuelto en papel de periódico y el traqueteo acompasado marcando el inicio de las vacaciones. Viajes sin prisas, donde mirar por la ventana era parte de la aventura y cada estación parecía guardar una historia.

También vuelven a la memoria aquellas carreteras nacionales llenas de vida, por donde avanzaban los míticos SEAT 600 cargados hasta arriba: maletas en la baca, niños dormidos en el asiento trasero y canciones sonando en una radio que a veces se perdía entre interferencias. Carreteras eternas bajo el sol de julio, las mismas que observaba desde lo alto el viejo toro de Osborne, silencioso y gigante, convertido ya en guardián de tantos veranos y generaciones.

Quizá por eso la nostalgia nunca pasa de moda: porque vive en esos pequeños recuerdos compartidos que siguen viajando con nosotros, aunque hayan pasado los años.

Os deseo unas vacaciones llenas de calma, reencuentros, bonitos atardeceres y momentos que algún día también serán recuerdos imborrables.

Nos volveremos a encontrar muy pronto por aquí, en este rincón donde siempre suenan ecos del ayer.

Hasta la vuelta… y feliz verano.

sábado, 27 de junio de 2026

LOS PAYASOS DE LA TELE: 50 AÑOS SIN FOFÓ

Hay recuerdos que no se desgastan con el tiempo; se quedan a vivir para siempre en el rincón más cálido de nuestra memoria. Para los que tuvimos la inmensa fortuna de ser niños en los años 70's y 80's, la infancia tiene un olor muy concreto: el de la merienda de pan con chocolate, las rodillas peladas de jugar en la calle y la luz parpadeante de aquel televisor que, primero en blanco y negro y luego a todo color, gobernaba el salón de casa. Y en ese altar de la inocencia, había una voz que lo cambiaba todo. Una voz que, con una simple pregunta, ponía a latir al unísono el corazón de millones de niños: "¿CÓMO ESTÁN USTEDES?".

Hace apenas unos días, el calendario nos susurraba que ya han pasado 50 años desde que esa voz se apagó en la tierra. Y aunque hoy sea sábado y la fecha exacta quedara atrás en la semana, el amor de aquel niño no entiende de días ni de retrasos, el recuerdo sigue latiendo con la misma fuerza. Medio siglo sin Alfonso Aragón Bermúdez. Medio siglo sin Fofó.

El 22 de junio de 1976, España entera se quedó un poco más huérfana. Yo era solo un crío, pero recuerdo perfectamente el impacto, esa extraña e inédita sensación de tristeza colectiva que inundó los hogares. Nuestro payaso preferido, el de la larga camisola roja, el sombrerito rojo ladeado, la sonrisa inmensa y la mirada limpia que parecía mirarte solo a ti a través del cristal de la pantalla, se marchaba repentinamente a los 53 años. Una hepatitis fulminante truncaba una recuperación que todos creíamos segura tras haber superado una operación de un tumor cerebral.

Fue la primera vez que muchos niños de mi generación descubrimos las lágrimas de los adultos. El dolor fue tan real que su hermano Miliki confesó tiempo después que su pelo se volvió blanco de golpe durante aquellos días de luto. Fofó se fue pronto, demasiado pronto, pero la muerte es incapaz de borrar a quien enseñó a reír a todo un país. Como bien dijo su hermano Gaby aquella noche rota: "Fofó no ha muerto, quien ha fallecido es Alfonso Aragón Bermúdez". Porque Fofó, el mito, se quedó a vivir en nosotros para siempre.

Pero la magia de los Payasos de la Tele no surgió de la nada en los estudios de Prado del Rey. Su historia es una epopeya que parece sacada de un cuento de hadas. Todo comenzó a finales del siglo XIX, en Granada, cuando un joven seminarista llamado Gabriel Aragón Gómez abandonó los hábitos tras quedar deslumbrado por Virginia Foureaux, una bellísima amazona equilibrista de un circo suizo. Cuando el joven le declaró su amor, ella le puso una condición inquebrantable: "Solo me casaré con un gran payaso". Y él, por amor, cambió la sotana por la nariz roja y se convirtió en "El Gran Pepino", fundando la dinastía circense más importante de nuestra historia.

De esa estirpe de quince hijos nació Emig (Emilio Aragón Foureaux), quien a su vez daría vida a los tres hermanos que cambiaron nuestras vidas: Gaby, Fofó y Miliki. Juntos formaron, en 1939, un trío infalible que, antes de conquistar España, tuvo que conquistar el mundo.

Muchos no lo saben, pero cuando llegaron a nuestras televisiones en 1973, ya eran estrellas internacionales consagradas. En 1946 se habían marchado de una España gris para un contrato de cuatro meses en Cuba, y terminaron quedándose veintisiete años en América. Fueron pioneros absolutos: inauguraron la primera televisión de habla hispana en La Habana, llenaron el emblemático Tropicana y terminaron recorriendo Estados Unidos y actuando en inglés en el mítico Show de Ed Sullivan.

Dominaban cinco idiomas, tocaban más de once instrumentos musicales y compartieron escenario y giras con leyendas de la talla de Buster Keaton, Cantinflas o Harpo Marx, de quien años más tarde su sobrino Emilio (Milikito) tomaría prestada la genial idea del cencerro y el personaje mudo.

Cuando por fin regresaron a España en los estertores del franquismo, trajeron consigo una bocanada de aire fresco, color y ternura que el país necesitaba desesperadamente. Inventaron una forma nueva de hacer reír, despojándose del maquillaje excesivo que a veces asustaba a los más pequeños para mostrarse humanos, cercanos, casi como tíos adoptivos.

Para su desembarco en TVE, el trio se consolidó definitivamente como un cuarteto inolvidable gracias a la incorporación de Fofito (Alfonso Aragón Sac). Nacido en Cuba, el hijo de Fofó aportó la energía de una nueva generación tocando el saxofón y, tras la dolorosa partida de su padre, asumiría en gran parte la responsabilidad de ser la voz cantante del grupo en discos posteriores como "La Familia Unida".

¿Quién de mi generación no se estremece al recordar la entrada al plató al ritmo de la música de Laurel y Hardy? Nos regalaron un cancionero que hoy forma parte de nuestro ADN emocional: el diálogo de Don Pepito y Don José, el ratón de Susanita o ese Feliz en tu día que compuso Miliki en Cuba.

Y, por supuesto, en ese altar de nuestra infancia es imposible olvidar las aventuras y los sketches. Allí brillaba con luz propia el impagable Señor Chinarro (Fernando Chinarro), el "sufridor" oficial de las gamberradas de los payasos. Con su seriedad inquebrantable, su paciencia infinita y aquellos tortazos que se pegaba por culpa de los equívocos ("ojos que no ven... ¡tortazo que te pegas!"), se convirtió en el cómplice perfecto para crear un universo donde el absurdo era la mayor de las corduras.

Esa magia alcanzaba su cénit cuando llegaba diciembre. Aquellos especiales navideños (como el mítico "Cantar y reír") eran el acontecimiento del año. En una época en la que la Navidad se sentía de otra manera, reunirnos toda la familia en el salón para ver el gran circo de TVE, entre turrones y el olor a hogar, era tocar el cielo con las manos.

Eran programas más largos, mágicos, llenos de invitados, música y una calidez tan inmensa que lograban que las frías tardes de vacaciones parecieran eternas y felices. El grupo se dejaba la piel en esas fechas, incluso años después, Fofito y Rody seguían cruzando el país de norte a sur en plena Nochebuena para cumplir con las galas circenses y no dejar a ningún niño sin su ración de ilusión navideña.

Luego la vida siguió su curso, la carpa se desmontó a principios de los 80's, llegaron las separaciones inevitables del grupo y los caminos individuales. Pero el milagro ya se había obrado.

Años más tarde, Miliki nos bautizó con el nombre más hermoso posible: "A mis niños de 30 años" (que hoy ya sumamos unos cuantos más). Nos reunió de nuevo alrededor de un disco sinfónico para demostrarnos que el tiempo puede envejecer los cuerpos, pero nunca la risa limpia que ellos nos sembraron en el pecho.

Cincuenta años después de perder a Fofó, miro atrás con una mezcla de nostalgia y gratitud infinita. Fuimos niños dichosos porque ellos cuidaron de nuestra infancia. Por eso, si hoy cerrara los ojos y volviera a escuchar desde el más allá ese grito de "¿CÓMO ESTÁN USTEDES?", respondería con la misma fuerza, con la voz rota de la nostalgia, pero con el corazón de aquel niño de los setenta:

¡Fofó, Gaby, Miliki, Fofito... os seguimos queriendo! ¡BIEEEEEEEN!































Los payasos de la tele, Gaby, Miliki y Fofito, anuncian la muerte del payaso Fofó