COPIAR O CORTAR Este primer código evita que copien los textos de tu página o blog Este segundo código evita que copien las imágenes y gif COPIAR O CORTAR Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's

sábado, 10 de octubre de 2026

LOOKMOVIE: EL PEQUEÑO CINE QUE CABÍA EN TUS MANOS

Hace unos días llego a mis manos este pequeño proyector, y me hizo recordar que ver una película no consistía en sentarse delante de una pantalla y elegir entre cientos de títulos. Había que preparar la función: buscar una pared blanca, apagar la luz, colocar el aparato y escoger aquella pequeña película que llevábamos tanto tiempo queriendo ver. Entonces ocurría algo casi mágico: una diminuta máquina de plástico conseguía transformar una habitación cualquiera en una auténtica sala de cine.

Se llamaba Lookmovie y era uno de esos juguetes que, vistos hoy, parecen sencillos hasta que recordamos lo extraordinarios que nos resultaban de pequeños. No necesitábamos grandes pantallas ni efectos especiales. Nos bastaban una luz, una pared y un poco de imaginación. Lo demás lo poníamos nosotros.

El Lookmovie era un pequeño proyector de microfilms de NBC que utilizaba unas diminutas películas llamadas lookfilm. Dentro de aquellas pequeñas cajitas cabían mundos enteros: deportes, reportajes, documentales y cómics. Había títulos relacionados con los Beatles, animales, deporte, aventuras espaciales y personajes tan queridos como Mortadelo y Filemón.

¡Toda una videoteca en miniatura! Hoy podemos guardar miles de películas en un teléfono, pero entonces tener unas pocas cajitas con imágenes era casi como poseer un tesoro. Y, seamos sinceros, seguramente perder una de ellas debajo del sofá podía provocar una tragedia familiar de proporciones cinematográficas.

Lo mejor era la ceremonia de ponerlo en marcha. Había que preparar el aparato, colocar el lookfilm, apuntar hacia la pared y apagar la luz. Después empezaban los ajustes: un poco más cerca, un poco más lejos, ahora se ve borroso, espera, ¡ahora sí! Y, por fin, aparecía la imagen. No era alta definición, precisamente; probablemente hoy algún teléfono móvil se negaría a reproducirla por dignidad profesional jejejeje. Pero entonces daba igual. Aquella imagen proyectada sobre la pared tenía algo especial. Durante unos minutos, la habitación dejaba de ser la habitación de siempre y se convertía en un cine privado, con un único espectador o con toda la familia reunida alrededor.

Y elegir la película era otro asunto. —Ponemos esta. —¡No, que esa ya la hemos visto! —Pues yo quiero la de los animales. —¡Yo quiero fútbol!. El catálogo era limitado, pero eso hacía que cada lookfilm tuviera su encanto. No podíamos cambiar de película con un clic ni saltar de una historia a otra sin parar. Había que escoger, y cuando por fin empezaba la proyección, la disfrutábamos. Esperar también formaba parte de la diversión. Hoy tenemos tantas cosas al alcance de la mano que a veces olvidamos la emoción de tener muy pocas y desearlas muchísimo.

Los lookfilm eran pequeños objetos que se podían tocar, guardar, coleccionar y, por supuesto, perder en el momento más inoportuno. No eran archivos invisibles dentro de una pantalla, sino pequeñas cajitas que guardaban historias. Quizá por eso, al encontrar uno tantos años después, no vemos solamente una película diminuta. Vemos también aquellas manos infantiles que lo sostenían, la habitación en penumbra, la pared iluminada y las voces de quienes compartían con nosotros aquella pequeña función. Porque los juguetes tienen esa maravillosa capacidad: se quedan quietos durante décadas y, cuando alguien vuelve a mirarlos, despiertan recuerdos que parecían dormidos.

El Lookmovie no tenía conexión a Internet, no necesitaba actualizaciones ni nos preguntaba si queríamos aceptar las cookies. Su misión era mucho más sencilla: encender una luz y proyectar imágenes. Y quizá ahí residía su encanto. Era una máquina pequeña, sin grandes pretensiones, que conseguía algo enorme: convertir una tarde cualquiera en una aventura. Bastaba con apagar la luz para que empezara la magia.

Hoy, conservar uno de estos proyectores con su caja, sus instrucciones y sus pequeñas películas es conservar un pedacito de nuestra historia cotidiana. No hace falta que fuera el juguete más caro ni el más sofisticado. Lo importante es lo que representaba: una época en la que la imaginación completaba todo aquello que la tecnología todavía no podía ofrecernos.

Al final, el Lookmovie era eso: un pequeño aparato capaz de fabricar momentos enormes. Cabía en las manos, pero podía llenar una pared de historias. Y aunque sus imágenes fueran diminutas y su luz modesta, tenía algo que ninguna pantalla moderna puede garantizar: la capacidad de emocionarnos muchos años después de haberlo apagado.

Porque hay juguetes que terminan olvidados en un cajón, y otros que, al volver a aparecer, nos devuelven por un instante a la infancia. El Lookmovie pertenece a estos últimos. Y quizá la mejor película que todavía puede proyectar no está dentro de ninguno de sus lookfilm, sino en nuestra memoria. Y la memoria, por suerte, todavía sabe proyectar películas que ningún catálogo puede ofrecer.






















sábado, 3 de octubre de 2026

TRIANA, EL RECUERDO QUE NUNCA DEJARÁ DE SONAR

Hoy, en nuestra sección de Minutos Musicales, un "hasta siempre" a Rodway y un merecido homenaje a una banda imprescindible: Triana. A su auténtica y original formación, a aquella vieja banda que hizo historia y dejó una huella imborrable en nuestra música.

Hay despedidas que no terminan cuando se cierra una vida. Algunas permanecen suspendidas en el aire, escondidas entre acordes, en una canción que vuelve a sonar muchos años después y nos devuelve, por un instante, aquello que creíamos perdido.

Estos días Triana tiene un silencio distinto. Eduardo Rodríguez Rodway, "Rodway", se ha marchado. Falleció el pasado sábado, 26 de septiembre de 2026, en Puerto Real (Cádiz), a los 81 años, dejando detrás una historia escrita con seis cuerdas, sensibilidad y esa manera tan nuestra de entender la música como un lugar donde caben las raíces, el Rock, la libertad, la poesía y la emoción.

Con él se despide también el último miembro de la formación original de Triana, aquella banda que abrió una puerta que hasta entonces parecía difícil de atravesar: la que unía el alma del flamenco con la fuerza y la búsqueda del Rock progresivo. Junto a Jesús de la Rosa y Juan José Palacios, "Tele", Eduardo formó parte, desde 1974, de una aventura musical que acabaría convirtiéndose en algo mucho más grande que un grupo.

Porque Triana no fue solamente música. Fue atmósfera. Fue Andalucía mirando hacia adelante sin renunciar a sus raíces. Fue psicodelia, electricidad y memoria. Fue poesía convertida en sonido. Fue Rock Andaluz.

Y allí estaba la guitarra de Rodway, acompañando aquel viaje con delicadeza unas veces, inquietud otras, pero siempre cargada de sentimiento. Quizá por eso basta con que empiecen a sonar los primeros compases de "Abre la puerta", "En el lago", "Rumor" o "Tu frialdad" para que algo se despierte dentro de nosotros.

Ya no son únicamente canciones. Son lugares a los que regresamos. Recuerdos que tienen melodía. Noches, amores, personas especiales y queridas, momentos y emociones que encontraron refugio en aquellos discos.

El tiempo pasa, los músicos se van y las generaciones cambian, pero hay canciones que se niegan a envejecer. Hoy escucharemos de nuevo a Triana con la tristeza inevitable de quien sabe que uno de sus protagonistas ya no está. Con Eduardo desaparece también el último miembro de aquella formación original que ocupa un lugar único en nuestra memoria y que resulta fundamental para comprender la historia del Rock Andaluz.

Pero también lo haremos con una profunda gratitud. Eduardo, Jesús y Tele dejaron algo que el tiempo no ha conseguido borrar: una música que continúa respirando cada vez que alguien coloca un disco, pulsa una canción o descubre por primera vez aquellos sonidos.

Quizá ese sea el verdadero privilegio de un músico: poder marcharse y, sin embargo, seguir estando. Eduardo se ha ido, pero su guitarra permanece. Y mientras Triana siga sonando, una parte de él seguirá caminando por esas calles de Andalucía, entre la memoria y la noche, buscando siempre una puerta que abrir.

Gracias, Eduardo, por la música, por la sensibilidad y por formar parte de una historia que ya pertenece para siempre a nuestra memoria. Que descanses en paz, Rodway.

Tu guitarra seguirá sonando en mi memoria y en mi corazón.


Abre la puerta


En el lago


Luminosa mañana


Sé de un lugar 



Recuerdos de una noche



Sr. Troncoso


Rumor 


Hijos del agobio


Sentimientos de amor


Quiero contarte


Cae fina la lluvia


Una historia 


Tu frialdad


Una noche de amor desesperada


Un nido en mi ventana


Corre


Un mal sueño


Desnuda la mañana 


De una nana siendo niño


Llegó el día

sábado, 26 de septiembre de 2026

PELUSÍN, EL MICO DE JUDITH

Hace ya unos años, poco más de tres, para ser exactos, ya que esto ocurrió en agosto de 2023, una muy buena amiga de la familia, Montse, me preguntó con ilusión:

—Tú que eres coleccionista y te mueves en este mundo de los juguetes antiguos y objetos vintage... ¿sería posible encontrar una muñeca "chochona" de los años 80's en buen estado?

Le dije que encontrarla no sería problema. Otra cosa bien distinta sería su estado de conservación... Pero eso fue una historia que ya conté y no quiero que este post se alargue más de la cuenta. Si algún día quieres leer ese artículo y saber si nuestra amiga Montserrat consiguió su añorada Chochona, te dejo aquí el enlace de este entrañable post: "Una Chochona para Montse"

El caso es que, a raíz de aquella pregunta de Montse, se produjo un auténtico efecto dominó... y Judith, mi esposa, de repente, también empezó a recordar un juguete muy querido de su infancia. Judith me contó que uno de sus juguetes preferidos había sido un mono que le regalaron cuando cumplió cuatro años.

El mono y una pequeñita tarta de manzana con cuatro velas solamente para ella. Y eso, en una casa con tres hermanas mayores, era todo un privilegio, ya que a todas les volvían locas los dulces. Pero las mayores tenían que conformarse solamente con el pastel. La tartita especial de manzana era solamente para Judith.

Ufffff, me imagino la escena y le pongo incluso música de Guns N' Roses con el tema "WELCOME TO THE JUNGLE" (BIENVENIDO A LA JUNGLA... mmmm, y no precisamente por el mono jajajajaja). Lo recordaba perfectamente, pero había un misterio.

Judith, no recordaba ni su nombre exacto ni de qué marca era aquel juguete. Y yo, con esa chulería cariñosa de quien quiere impresionar, le solté:

—Te lo conseguiré. Palabra.

Durante esos tres años, cada vez que visitaba un mercadillo o buceaba por páginas de coleccionismo, en cuanto veía un mono de peluche, se lo enseñaba a Judith. Pero mi gozo en un pozo. Aquel nunca era el mono de brazos y piernas largas, aquel que tenía una esponjosa cola, piel suave y un cuerpo blandito que parecía relleno de arroz.

Ese mono que ella siempre llevaba abrazado o colgado al cuello. Y así pasaban los meses. Y los años. Veía un mono, el corazón me daba un pequeño brinco, se lo enseñaba a Judith y ella lo miraba con cariño... pero negaba con la cabeza.

—No, este no es.

Y vuelta a empezar. No sabía dónde me metía cuando hice aquella promesa. Pero una promesa es una promesa.

No hace mucho, navegando por una conocida página de compraventa de antigüedades, vi un gracioso mono de peluche. Al mirarlo, tuve la extraña sensación de que me decía:

—Al fin me encontraste.

El corazón me dio un vuelco. —¿Será este el mico de Judith? —pensé. Después de tantas veces creyendo haberlo encontrado para descubrir que no era él, me quedé un rato quieto, con el móvil en la mano, sin atreverme a ilusionarme del todo.

Pero aquella vez había algo diferente. La mirada de aquel Pelusín de ojos verdes me devolvía una esperanza renovada. Aquel podía ser, por fin, el fiel compañero de aquella Judith de cuatro años.

—¡Pelusín! —Gritó Judith nada más ver la foto—. ¡Es él, es mi mico! Reconoció su nombre al instante. Pelusín. Su nombre había estado dormido durante décadas en algún rincón de su memoria, esperando encontrar la imagen que lo despertara.

—Al fin —dije yo, soltando un largo suspiro—. Después de estos años, te lo encontré. Me gusta cumplir mis promesas. Pero la anécdota no terminaba ahí.

No me conformé con mostrarle la foto. Como se acercaba su santo, el siete de septiembre, decidí jugar en secreto. Sin decirle nada, se lo compré.

Hace tan solo unos pocos días, el paquete con Pelusín llegó a casa. Judith pensaba que era uno de los habituales paquetes con juguetes de los míos, esos que pido de vez en cuando, pero esta vez la sorpresa fue monumental. Le pedí ayuda para desenvolver la caja mientras la miraba disimuladamente con una sonrisa pícara.

Al abrirla y descubrir al viejo amigo, su mirada y su abrazo fueron, sin duda, el mejor pago del mundo. Y entonces pensé que aquel pequeño mono no era solamente un juguete antiguo. Era un pedacito de infancia que había conseguido sobrevivir al paso de los años.

Este simpático muñeco que os enseño es el Mono Pelusín, un clásico juguete fabricado en la década de 1970 por VIR (Peluches Vir), una emblemática juguetera española fundada en Valencia por Don Virgilio Pérez y Doña Celia Machancoses, cuya trayectoria abarcó desde los años 60's hasta bien entrados los 90's.

Aquellos entrañables peluches de alta calidad se caracterizaban por tener la cara y las extremidades (manos y pies) de goma o plástico duro, un detalle muy singular que, unido a sus grandes y expresivos ojos verdes, mejillas coloradas y una característica sonrisa traviesa (al menos en este modelo), les otorgaba una expresividad única y entrañable.

Pero había algo más. Al conservarse la caja original, aparecían en ella ilustraciones de una pequeña selva de verdes paisajes y, entre aquellos escenarios, otros miembros de la familia Pelusín: un orangután, mono, cordero, perro, oso, conejo, etc. Todo parece indicar que aquel simpático mico no estaba solo, sino que formaba parte de un conjunto de animales de la época.

Y quizá por eso me gusta tanto esta historia. Porque detrás de un viejo peluche, de una fotografía encontrada en una página de compraventa y de una promesa hecha casi sin pensarlo, había algo mucho más importante. Hay recuerdos que se pierden en el tiempo como barquitos de papel, y luego el mar los devuelve a la orilla cuando menos se espera.

Así volvió el mico de Judith: con el pelo cansado de tantos inviernos pasados, pero con la sonrisa intacta. Y la niña de cuatro años, que nunca se había ido del todo, le sonrió y le dijo:

—Bienvenido, bienvenido a casa. 












miércoles, 16 de septiembre de 2026

EL DÍA QUE NOS CAMBIARON A MAZINGER Z POR ORZOWEI

Si le preguntas a un niño de los años 70's en España por el mayor atraco a mano armada de su infancia, no te hablará de un robo al banco de la esquina ni de la subida del precio del Chupa Chups. Te hablará, con un nudo en la garganta y una chispa de rabia en los ojos, de un día concreto: el fatídico sábado 16 de septiembre de 1978.

Hay cosas que se olvidan con los años. El primer sueldo, alguna novia, dónde dejamos las llaves ayer, incluso el motivo por el que entramos en una habitación. Pero hay cosas que permanecen intactas en algún rincón de la memoria, esperando solamente una palabra para volver a aparecer. Y si esa palabra es Mazinger Z, cuidado, porque de repente vuelves a tener diez años, estás sentado delante de un televisor enorme y alguien te está diciendo desde la cocina: "¡No te acerques tanto a la pantalla, que te vas a quedar ciego!". Y tú, naturalmente, no haces ni caso, porque en ese momento hay un robot gigante intentando salvar el mundo, y eso es lo primero, prioridades son prioridades.

Pongámonos en situación. Para la chavalería de la época, el sábado por la tarde no era una franja horaria más; era una liturgia sagrada. Las meriendas de pan con chocolate, las rodillas llenas de mercromina y el olor a plastilina se detenían de golpe cuando la pantalla del televisor, en blanco y negro o en ese color recién estrenado que todavía olía a tubo nuevo, estallaba en mil pedazos. ¡Puños fuera! ¡Rayos fotónicos! Koji Kabuto no era solo un dibujo animado; era nuestro hermano mayor con patillas y moto molona, el tipo que se batía el cobre contra las bestias mecánicas del Doctor Infierno, para que nosotros pudiéramos soñar con salvar el mundo antes de la hora de cenar.

En 1978, nosotros no necesitábamos demasiadas cosas para ser felices. Un bocadillo, la calle, cuatro amigos, una pelota medio deshinchada y, sobre todo, que llegara la hora de Mazinger Z. Aquello no era simplemente una serie de televisión: era un acontecimiento nacional en la pequeña república de nuestra infancia. Durante media hora, el salón de casa se convertía en el centro del universo. Allí estábamos nosotros, con los ojos abiertos sin parpadear, esperando a que Koji Kabuto se metiera en el planeador y empezara la fiesta. Y cuando aparecía un monstruo mecánico dispuesto a sembrar el caos, nosotros ya sabíamos que aquello tenía solución: puños fuera, rayos fotónicos y a tomar viento el malo. No necesitábamos terapia, necesitábamos a Mazinger Z.

Y entonces llegó aquel fatídico sábado de septiembre. TVE decidió que había llegado el momento de retirar nuestro robot favorito y sustituirlo por Orzowei. Así, sin anestesia. Sin una consulta popular. Sin preguntar a los niños. Sin siquiera convocar una comisión parlamentaria de urgencia. De repente, donde esperábamos encontrar a Mazinger, misiles y explosiones, aparecía otra historia. Y seguramente Orzowei sería estupendo, tendría aventuras, naturaleza, valores y todo lo que ustedes quieran…, pero, señores de TVE, ¡nos habían quitado a Mazinger!

Aquella España de la Transición, que andaba aprendiendo a respirar en libertad, decidió que un robot metálico repartiendo leña a diestro y siniestro era demasiado violento para la tierna e inocente infancia patria. Las mentes pensantes del comité censor se pusieron las manos en la cabeza. —¡Que esto trauma a los niños! —¡Que fomenta la agresividad! —¡Que a ver si van a querer saltar por el balcón al grito de "Planeador abajo"! Y, en lugar de dejarnos disfrutar de los 92 episodios que los niños japoneses devoraban como galletitas de la suerte, cerrarón el grifo en el episodio 27..., dejándonos con la miel en los labios y sin saber cómo continuaba la batalla contra el Doctor Infierno.

Eso no era una simple modificación de programación. Aquello era una puñalada trapera en el corazón. Era como llegar a una pastelería esperando un chucho relleno de crema y que el dependiente te entregara una manzana diciendo: "Es más saludable". ¡Pero yo no quería estar saludable, yo quería mi chucho!

El sustituto para amortiguar el golpe fue Orzowei. Un chaval de piel pálida, criado por una tribu africana, que se pasaba la serie corriendo por la sabana, sorteando leones y luciendo un taparrabos que hoy incendiaría las redes sociales antes del primer corte publicitario. A ver, seamos justos: la canción del opening era un temazo indiscutible que te metía el ritmo en el cuerpo, pero ¿a quién pretendían engañar? Nosotros no queríamos ver a un chaval blanco corriendo en cueros entre matorrales; ¡queríamos aleaciones Z, puños voladores y explosiones catódicas!

Además, conviene recordar que entonces la televisión era otra cosa. No había Netflix, ni YouTube, ni plataformas, ni veinte mil canales. Había 2 cadenas y punto. La 1 y la 2. Y cuando una de ellas decidía quitarte tu serie favorita, no existía eso de "me la pongo esta noche". Se acabó. Había que esperar. Y esperar, para un niño, podía ser una eternidad. Hoy podemos recuperar cualquier serie en cuestión de segundos; entonces, si te perdías algo, aquello quedaba flotando en el limbo de los recuerdos. Por eso Mazinger se nos quedó tan dentro, porque no podíamos consumirlo compulsivamente. Lo esperábamos. Y quizá por eso lo disfrutábamos de una manera que ahora cuesta explicar.



Nosotros solo sabíamos que el sábado anterior estaba Mazinger y que el siguiente ya no. Y cuando eres un niño, la lógica es bastante sencilla: si ayer estaba y hoy no está, alguien nos lo ha quitado. No había internet para buscar explicaciones, ni redes sociales para montar una revolución, ni foros donde escribir "¿ALGUIEN SABE QUÉ HA PASADO CON MAZINGER Z?". Solo estaban los amigos y sus teorías. Durante aquellos días debió de correr más información por los patios de los colegios que por los despachos de TVE. Cada uno tenía su versión y, naturalmente, todos estaban convencidos de tener razón.

Aquel sábado de septiembre no solo nos quitaron una serie; nos enseñaron a la fuerza una de las lecciones más amargas de la vida adulta: que el mundo está lleno de burócratas capaces de apagar tus sueños a la hora de la merienda. Durante años, aquel vacío nos acompañó como una cicatriz invisible. Nos quedamos colgados, esperando un regreso que no llegó hasta que fuimos lo bastante mayores para darnos cuenta de que nos habían escatimado más de sesenta capítulos de pura gloria anime.

—¿Tú sabes por qué no han puesto Mazinger?

—Dicen que lo han prohibido.

—¿Quién?

—No sé.

—Pues vaya rollo.

Y asunto resuelto.

Pero lo bonito es que no echamos de menos solamente a Mazinger Z. Echamos de menos todo lo que había alrededor. El salón de nuestros padres, aquellos televisores que pesaban como un piano, las meriendas, las tardes interminables, las rodillas llenas de mercromina, las voces de nuestras madres llamándonos desde la cocina y nosotros contestando "¡YA VOY!" con la misma intención de cumplimiento que tiene un político cuando promete algo en campaña. Echamos de menos hablar con los amigos al día siguiente, discutir sobre quién era más fuerte, dibujar robots en cualquier papel y convertir cualquier caja de cartón en una nave espacial. Éramos capaces de transformar cuatro cosas en un universo entero.

Hoy miramos hacia atrás y nos da la risa, claro. Es una risa con sabor a mantequilla con azúcar, a cromos repetidos y a tardes interminables en la calle hasta que nuestras madres gritaban nuestro nombre por la ventana. Hay algo entrañable y poético en recordar cómo toda una generación de críos se puso de acuerdo para guardar luto por un robot gigante de metal. Un luto colectivo, gamberro y nostálgico que ni el mismísimo Orzowei, con todos sus saltos por la selva, pudo hacernos olvidar.

Y han pasado casi 50 años. Casi nada. El niño que miraba a Mazinger con la boca abierta ahora tiene canas, dolores de espalda y una extraña afición por mirar los precios del supermercado antes de comprar, jajajajaja. Hemos cambiado muchísimo, pero hay recuerdos que no envejecen. Basta ver una imagen de aquel robot, escuchar su nombre o reconocer aquella música para que, durante unos segundos, se abra una puerta en la memoria y volvamos a ser aquellos chavales que todavía creían que el mundo podía salvarse con un robot gigante y un buen puñetazo.

Quizá esa sea la verdadera magia de Mazinger Z. No era solamente una serie, era una época. Una época en la que soñábamos a lo grande, aunque nuestro mundo fuera pequeño. En la que un sábado por la tarde podía parecer una fiesta y en la que un robot de hierro podía convertirse en nuestro héroe, nuestro amigo y, por qué no decirlo, en una pequeña esperanza de que frente a cualquier monstruo siempre habría alguien dispuesto a plantarle cara.

Y de repente, el tijeretazo… Así que sí, seguimos acordándonos del día en que unos señores muy encorbatados en los despachos de Televisión Española decidieron, sin anestesia ni piedad, quitar al robot gigante que nos alegraba la existencia para ponernos a un muchacho en taparrabos corriendo por la selva. Y seguimos sin perdonarlo del todo. Porque una cosa es hacerse mayor y otra muy distinta es quitarle Mazinger Z a un niño. Eso no prescribe… Va por ti, Koji. Va por los puños que nunca llegaron a volar en aquel otoño del 78, y por la censura que, sin saberlo, convirtió nuestro dibujo favorito en una leyenda inmortal. Porque, aunque nos quitaran la tele, en el patio del colegio de nuestra memoria seguimos gritando ¡Puños fuera! mucho después de que se apagaran los focos de Prado del Rey.

¡PLANEADOR ABAJO!

sábado, 12 de septiembre de 2026

AQUELLA LLAVE QUE ABRÍA LATAS Y RECUERDOS

La llave abrelatas era un poema metálico sin pretensiones: un pequeño tesoro de hierro doblado que venía pegado al lateral de las latas de conserva, como si fuera un amuleto secreto que solo las madres sabían activar. Nada que ver con los abre-fácil de ahora, que tiras de una anilla y, en dos segundos, ya tienes el atún dispuesto a declarar su guerra aromática por toda la cocina. No. Antes había que tener la llave. Y con un poco de maña, y a veces bastante paciencia, convertir aquella lata en una especie de obra de ingeniería doméstica.

La llave de un mundo de sabor que se abría con un sonido concreto, como el de una caracola marina, como si la propia lata estuviera contando un secreto. Donde el metal tenía voz. Las latas llevaban aquella lengüeta que había que encajar en una estrecha ranura de la llave y empezar a girar. Clac, clac, clac... Y mientras lo hacías, la chapa se enrollaba sobre sí misma, soltando un olor a sal y a antaño que se mezclaba con el aceite brillante que salpicaba la encimera de la cocina. La lata se abría lentamente, revelando su tesoro: sardinas en aceite, anchoas del Cantábrico, mejillones en escabeche... y también recuerdos.

Aunque, bien pensado, el verdadero premio no era la lata. Era el bocadillo que preparaban nuestras madres para el recreo. Aquellos bocatas tenían algo que los de ahora, envueltos en papel de aluminio y perfectamente empaquetados, quizá no puedan tener nunca. Eran bocadillos con historia. Pan, sardinas, atún, anchoas, caballa... y aquel aceite que siempre encontraba el camino más corto hacia nuestros dedos, nuestra cartera o el bolsillo del pantalón.

Porque nuestras madres tenían dos opciones para envolver semejante obra de arte: papel de estraza, sí, aquel papel marroncito, humilde y resistente; o, cuando no había otra cosa a mano, papel de periódico. Y ahí sí que alcanzábamos la excelencia. Abríamos el envoltorio durante el recreo y aparecía aquel bocata con el periódico pegado, dejando sus correspondientes lamparones circulares de aceite. El titular de la noticia podía hablar de ministros, fútbol, cosechas o de cualquier desgracia nacional, pero a nosotros nos importaba bastante poco. Teníamos sardinas. Y qué olor.

Aquel olor que hoy nos parecería capaz de desalojar un colegio entero, entonces era simplemente el olor del recreo. Un compañero sacaba su bocata y, de repente, media clase sabía que allí había atún. Otro aparecía con anchoas y parecía que acababa de atracar una lonja entera. Y quizá aquel clac, clac, clac metálico era también el preludio de una merienda, de una excursión o de una cena improvisada, mientras nuestra madre, con paciencia de orfebre, desenrollaba aquella tira de hojalata como si fuera una cinta plateada.

Y aquellas pequeñas llaves abrelatas, siempre relucientes, siempre humildes, siempre destinadas a desaparecer misteriosamente después de cumplir su misión. Algunas acababan en un cajón de la cocina, otras se convertían, quién sabe cómo, en juguetes improvisados. Eran pequeñas cosas sin importancia que, sin saberlo, íbamos guardando dentro de la memoria. Hoy las latas se abren solo con un clac. Limpio, rápido, práctico.

Pero a veces uno echa de menos aquel clac, clac, clac de la pequeña llave girando sobre la hojalata. Porque quizá no echamos de menos la llave. Echamos de menos a la madre que preparaba el bocadillo, el papel de estraza o periódico, las manchas de aceite, el patio del colegio, el recreo y aquella edad en la que una lata de sardinas podía contener, además de sardinas, todo un pedacito de felicidad.










Pero, ¿de dónde había salido aquella pequeña llave? ¿Quién decidió que una lata debía abrirse así, con una lengüeta, una ranura y aquella paciencia casi artesanal? Para entender cómo llegó hasta nuestros cajones de cocina hay que retroceder mucho más de lo que parece. Mucho antes de nuestros bocadillos del recreo, aquellas latas ya acompañaban a soldados, marineros y exploradores.

Todo arrancó con Napoleón, que ofreció una recompensa de 12.000 francos a quien encontrara una solución para conservar mejor los alimentos durante sus campañas militares. En 1809, el francés Nicolás Appert dio con la clave: conservar la comida calentándola en tarros de cristal sellados con corcho, alambre y cera. Un año después, en 1810, el británico Peter Durand tomó esa idea y patentó la lata de hojalata tal como la conocemos.

Pero fabricar la lata fue una cosa, y abrirla, otra completamente distinta. Las primeras latas se hacían con hierro tan grueso que una lata vacía podía pesar hasta 3 kilos. Las instrucciones de la época eran, literalmente, abrirlas a golpe de escoplo y martillo. Los soldados británicos, que ya llevaban latas en sus macutos desde 1812, recurrían a métodos todavía más expeditivos: bayonetazos, navajazos e incluso disparos de fusil. El explorador William Parry se llevó en 1824 latas al Ártico con una inscripción que no dejaba lugar a dudas: "Ábrase con escoplo y martillo".

El asunto de las latas incluso terminó en la prensa y en la historia con mayúsculas. En 1852, The Times denunció que un contratista llamado Stefan Goldner había suministrado a la Marina Real Británica carne en conserva podrida. Ese mismo proveedor había abastecido también a la expedición de Sir John Franklin, desaparecida en el Ártico en 1845. Décadas después, al exhumar los cuerpos de aquellos hombres en los años 80's, los científicos descubrieron que habían sufrido intoxicación por plomo, procedente de la soldadura usada para sellar las latas, un envenenamiento que pudo minar su juicio y su resistencia en un entorno ya de por sí extremo.

La solución de fondo llegó en 1866, cuando el neoyorquino J. Osterhoudt patentó la llave giratoria, nuestra protagonista de hoy: una lengüeta metálica en la lata, una ranura en la llave, y a girar, enrollando la tapa como una cinta de regalo. El sistema triunfó porque cada lata llevaba ya su propio abrelatas incorporado, sin necesidad de herramientas externas.

España tiene un capítulo propio y poco conocido en esta historia. En 1906, el gallego José Valle Armesto, nacido en Vilaseca (Lugo), patentó en Gijón "El Explorador Español": el primer abrelatas multiusos de bolsillo del mundo. Con solo tres piezas metálicas servía para abrir latas, perforar envases, destapar botellas de tapón de corona y hacer de destornillador. Su publicidad lo llamaba "el amigo inseparable del excursionista". El invento tuvo tanto éxito que fue copiado en todo el mundo, el abrelatas P-38 del ejército de Estados Unidos es prácticamente una copia del modelo español, y se sigue fabricando hoy exactamente igual, más de un siglo después, pero de este abrelatas para casa y para aventureros ya hablaremos otro día.

No todos los diseños intermedios fueron un acierto. En 1858, Ezra Warner patentó un abrelatas con forma de hoz tan peligroso que no se vendía para uso doméstico: era el propio dependiente de la tienda quien tenía que abrir la lata antes de entregársela al cliente, para evitar accidentes.

El sistema de la llave empezó a desaparecer en los años 70’s y 80’s, sustituido por las tapas de "abre fácil". Ese invento, el de la anilla que hoy usamos sin pensar, se lo debemos al ingeniero mecánico estadounidense Ernie Fraze, que lo desarrolló en 1959 después de tener que abrir una lata con el parachoques de su coche por haber olvidado la llave en casa.

Qué ironía que el olvido de una llave terminara por jubilarlas a todas. Porque desde aquel día, el mundo ganó en rapidez lo que perdió en ceremonia. La anilla no pide paciencia, no huele a hierro ni a antaño, no deja lamparones de aceite ni exige la maña de una madre curtida en mil bocadillos. Se abre y ya está. Un clac seco, sin alma, sin historia que contar.

Pero si uno cierra los ojos todavía puede oírla: aquella llave diminuta, brillante, casi ceremonial, girando despacio sobre la hojalata. Clac, clac, clac. El sonido de una época que no volverá, guardado para siempre, como las propias llaves, en algún cajón de la memoria.