Hay objetos que nacen para ser olvidados y, sin embargo,
terminan siendo legendarios. Como aquel pequeño silbato de plástico que, a
principios de los años 70's, miles de niños estadounidenses encontraban en el
fondo de las cajas de cereales Cap'n Crunch, entre el crujiente maíz azucarado.
Abrir una de esas cajas era entonces como abrir una puerta a lo imposible,
porque ese juguete casi ridículo, sin saberlo nadie, estaba destinado a
convertirse en el objeto más subversivo del siglo XX.
Y es que a veces la historia tecnológica no nace en un gran
laboratorio ni tras una pantalla futurista, sino en un detalle doméstico, en
una baratija de plástico regalada con el desayuno. De ese silbato olvidado en
el fondo de una caja surgiría, años después, una de las anécdotas más
fascinantes de la cultura hacker, ya que puso en jaque al sistema de
comunicaciones más poderoso del mundo, nada más y nada menos que a AT&T
(American Telephone and Telegraph Company), que fue durante décadas la compañía
telefónica más grande y poderosa, con un monopolio casi absoluto sobre las
telecomunicaciones en Estados Unidos.
La historia comienza a principios de los años 70's, cuando
millones de niños estadounidenses desayunaban cereales Cap'n Crunch sin
imaginar que el pequeño silbato de plástico incluido como regalo promocional
acabaría convirtiéndose en una reliquia de la cultura hacker. Era barato,
ligero y aparentemente inútil, pero escondía un secreto extraordinario: emitía
un tono de 2600 hercios, exactamente la misma frecuencia que utilizaba AT&T
para indicar que una línea telefónica de larga distancia estaba libre, y ahí
apareció John Draper.
Draper no era un ingeniero famoso ni un genio encerrado en
un laboratorio, era simplemente un curioso obsesionado con entender cómo
funcionaban las cosas. Su amigo Denny Teresi, ciego y con un oído prodigioso,
fue quien descubrió que tapando uno de los agujeros del silbato aquel juguete
podía "hablar" el mismo idioma que la red telefónica. El sistema
escuchaba el tono de 2600Hz y obedecía, creía que la llamada había terminado,
dejaba de cobrarla, pero la conexión seguía abierta. Era como encontrar una
llave maestra escondida en un paquete de desayuno.
Desde entonces Draper pasó a ser conocido como "Capitán
Crunch", y sin saberlo se convirtió en una figura legendaria. No necesitó
ordenadores para entrar en la historia del hacking, le bastó un silbato de
plástico y una curiosidad infinita.
Aquella pequeña grieta en el sistema abrió un universo
completamente nuevo. Muy pronto el simple silbato evolucionó hacia las famosas
"blue boxes - cajas azules", dispositivos capaces de reproducir todos
los tonos internos de la red telefónica. Con ellas podían enrutar llamadas,
acceder a líneas troncales e incluso moverse por la infraestructura telefónica como
si fueran operadores de la propia compañía, y toda aquella idea de fabricar
aquellas cajas fue gracias al silbato.
Los llamados phone phreaks comenzaron a explorar las
entrañas del sistema con la mezcla perfecta de rebeldía, humor y fascinación
técnica. Algunos buscaban hacer llamadas telefónicas gratis o hacer negocio
vendiéndolas, otros simplemente querían comprender cómo funcionaba aquella
gigantesca máquina invisible que conectaba al mundo. Había algo casi poético en
todo aquello, jóvenes pasando noches enteras escuchando pitidos, clics y
frecuencias como si fueran exploradores de un océano secreto.
Y las historias que surgieron en aquella época parecen
sacadas de una novela surrealista. En una de las anécdotas más increíbles de
aquellos años, John Draper descubrió por accidente una línea interna
relacionada con la Casa Blanca y la CIA. Tras dar con un número sospechoso,
fingió ser técnico de AT&T y preguntó con total naturalidad a dónde
pertenecía aquella conexión. La respuesta lo dejó helado, "Casa Blanca,
línea de crisis de la CIA". Lejos de asustarse, apuntó el número en su
libreta y días después un amigo suyo llamó preguntando por "Olympus",
el nombre en clave del presidente Richard Nixon, solo para anunciar una
supuesta "crisis nacional en Los Ángeles", emergencia, emergencia,
nos hemos quedado sin papel higiénico jajajaja, y colgaron.
Otra de sus bromas más famosas ocurrió en Santa Bárbara,
donde Draper y otros phreaks lograron interceptar líneas troncales telefónicas
y comenzaron a responder llamadas haciéndose pasar por autoridades oficiales.
En una ocasión anunciaron a varios ciudadanos que la ciudad había sufrido un
accidente nuclear y que las líneas estaban temporalmente fuera de servicio. El
caos fue tal que la historia terminó llegando a "Los Angeles Times".
Todo aquello ocurría mientras las compañías telefónicas
empezaban a entrar en pánico y el FBI observaba cómo un grupo de jóvenes
irreverentes encontraba agujeros en una infraestructura considerada intocable.
Incluso sus travesuras tenían algo ingenuo, interferían
líneas telefónicas, improvisaban conferencias clandestinas conectando números
al azar y convertían la red telefónica en una especie de patio de juegos
invisible.
La fiesta no podía durar para siempre. Las autoridades
comenzaron a perseguir a los phone phreaks, y John Draper, el famoso Capitán
Crunch, no tardó en caer. Fue acusado de fraude federal y condenado a pasar
cuatro meses tras las rejas.
Pero lo más curioso e inesperado de esta historia es lo que
hizo Draper durante su estancia en prisión. Lejos de limitarse a cumplir su
condena sin más, aprovechó el tiempo para seguir creando. Fue allí, entre
rejas, donde programó el EasyWriter, y qué era el EasyWriter, pues nada más y
nada menos que el primer procesador de textos que existió para el Apple II. Un
software que ayudó a los primeros usuarios de los ordenadores de Apple a
escribir documentos en una época en que eso no era nada común.
Así que mientras cumplía sus cuatro meses de cárcel por
haber hackeado la red telefónica con un silbato de cereales, John Draper estaba
construyendo una herramienta que pasaría a la historia de la informática
personal.
Y mientras tanto, un joven Steve Wozniak se divertía de otra
manera. Mucho antes de fundar Apple, utilizaba pequeños transmisores de radio
para interferir los altavoces de los autoservicios de McDonald’s. Desde el
coche escuchaba los pedidos de los clientes y respondía con comentarios
absurdos como, "Señora, lo siento, pero creemos que ya ha comido
suficiente. Hoy le recomendamos una hamburguesa vegetariana". La confusión
de los conductores era inmediata, mientras Wozniak y sus amigos no podían parar
de reír.
Pero quizás la consecuencia más inesperada de toda esta
historia apareció en un garaje de California. Dos estudiantes llamados Steve
Jobs y Steve Wozniak quedaron fascinados con las cajas azules. Wozniak,
enamorado de la electrónica, comenzó a fabricar sus propias versiones, mientras
Jobs entendió inmediatamente que aquello también podía convertirse en negocio.
Las vendían entre universitarios y amigos, y con ese dinero financiaron parte
de sus primeros proyectos tecnológicos.
Años después ambos fundarían Apple (por cierto, la historia
del logo de la manzana mordida es también bastante curiosa, pero esa queda
pendiente para otro día).
Resulta difícil no sonreír ante la ironía, una de las
empresas más valiosas de la historia tiene parte de sus raíces en unos
dispositivos creados para engañar al sistema telefónico. La revolución
informática moderna nació en cierto modo entre pitidos ilegales, bromas
telefónicas y estudiantes desmontando aparatos en habitaciones desordenadas.
Lo más fascinante de aquella generación es que todavía veía
la tecnología como un territorio por descubrir. No existían manuales claros ni
límites definidos. Los primeros hackers no se consideraban criminales
sofisticados, muchos actuaban movidos por la misma curiosidad con la que un
niño desmonta un reloj para ver qué ocurre dentro.
Con el tiempo las compañías telefónicas corrigieron el
fallo, la señalización dejó de viajar por el mismo canal que la voz y la
tecnología digital cerró definitivamente aquella puerta accidental que el
silbato que regalaban en aquellas cajas de cereales había abierto. Muchos
phreaks acabaron perseguidos, algunos detenidos y otros convertidos en leyendas
urbanas.
Pero el eco de aquella historia sigue vivo. Porque el
silbato del Capitán Crunch terminó representando algo mucho más grande que un
truco telefónico. Simboliza el instante en que una generación descubrió que
incluso los sistemas más enormes podían entenderse, manipularse y reinventarse,
la idea de que el conocimiento podía desafiar estructuras gigantescas.
Y quizá por eso la historia sigue fascinando tantas décadas
después, porque cuesta creer que una parte del mundo digital moderno naciera
gracias a un juguete olvidado dentro de una caja de cereales.
Hoy aquel silbato de cereales es una reliquia de
coleccionista con una curiosa historia por eso yo guardo estos cuatro en
"EL BAÚL DE HAL", y sus ecos siguen vivos, por ejemplo en cada línea
de 2600, la famosa revista de hackers que lleva su frecuencia en el nombre, y
en la memoria de que el mundo a veces se cambia desde lo más nimio, un juguete
de plástico, un silbido certero y la insaciable curiosidad por saber qué pasa
si pruebas un camino prohibido. Esa es la poesía del origen. A veces el
progreso no llega desde los grandes laboratorios, sino desde un chico que sopla
un silbato de plástico en la oscuridad de su habitación, escucha el pitido y se
pregunta, ¿y si…? Al otro lado del pitido a veces no hay un sistema que
engañar, hay un futuro que inventar.
¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!