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viernes, 30 de octubre de 2026

GÁDOR, MÁS ALLÁ DE LA LEYENDA DEL HOMBRE DEL SACO

Octubre trae consigo una atmósfera cargada de nostalgia y recuerdos. Con la llegada de Halloween, resurgen el encanto de los objetos de terror de otras épocas, las películas de culto y los disfraces con estética vintage que nos transportan al pasado. Por su parte, el Día de Todos los Santos invita a mirar hacia nuestras raíces, recuperar las historias familiares y mantener vivo el recuerdo de quienes nos precedieron.

Y precisamente por estas fechas, hace ya algún tiempo, os hablaba en este mismo blog de una historia bastante oscura ocurrida en un pequeño municipio de Almería: Gádor. Una historia que dio origen a uno de los personajes más inquietantes de nuestra infancia, el temido "Hombre del Saco" (os dejo al final de esta entrada el enlace a aquella publicación, por si os apetece leerla). Aquel artículo, publicado en 2023, estaba dedicado a recordar un episodio terrible de nuestra historia, pero hoy quiero regresar a Gádor por un motivo muy diferente.

Porque, aunque a veces los acontecimientos del pasado terminan marcando para siempre el nombre de un lugar, sería bastante injusto que un pueblo tuviera que cargar únicamente con el recuerdo de una historia tan triste. Y es que Gádor tiene mucho más que contar.

Este verano, durante nuestras vacaciones en mi pueblo, Cantoria, en Almería, tuve la oportunidad de acercarme hasta Gádor junto a mi familia. Aunque actualmente mi vida transcurre lejos de allí, no puedo olvidar que también nací en tierras almerienses, una tierra a la que me unen mis raíces, mis recuerdos y ese cariño especial que uno siente por los lugares que forman parte de su historia. Volver a sus pueblos siempre tiene algo de reencuentro, de regresar por unos días a ese paisaje tan nuestro que, de una manera u otra, sigue formando parte de nosotros.

Tenía curiosidad por conocer aquel municipio del que ya había escrito tiempo atrás, aunque esta vez quería descubrirlo de otra manera: paseando por sus calles, contemplando su entorno y disfrutando de su ambiente. Una de esas pequeñas escapadas que, sin necesidad de grandes planes ni demasiadas pretensiones, terminan convirtiéndose en un bonito recuerdo. Y qué queréis que os diga... ¡Me llevé una grata sorpresa!

Gádor es uno de esos pueblos almerienses que conservan ese encanto tan particular de los municipios de nuestra tierra. Sus calles, sus rincones y su tranquilidad transmiten una sensación agradable, de esas que invitan a caminar sin prisas, mirar alrededor y dejarse llevar. A veces nos empeñamos en buscar destinos espectaculares, lugares lejanos o grandes monumentos, cuando tenemos auténticas joyas mucho más cerca de lo que pensamos. Y Gádor es un buen ejemplo de ello.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue el entorno natural que rodea al municipio. Los naranjos forman parte del paisaje y son una de esas imágenes que identifican a esta zona de Almería. Sus campos, sus árboles y ese carácter agrícola tan ligado a la vida del pueblo nos recuerdan la importancia que ha tenido siempre la tierra para sus habitantes. Resulta curioso cómo un paisaje puede transmitir tantas sensaciones. Basta con detenerse un momento, observar los alrededores y disfrutar de esa tranquilidad que a veces echamos tanto de menos en nuestro día a día.

Pero si algo hace especial a un pueblo no son solamente sus calles o sus paisajes. También lo son las personas que viven en él. Y en nuestra visita encontramos gente amable y cercana, de esas personas que te hacen sentir bien recibido y que contribuyen a que te lleves una impresión estupenda del lugar. Después de dar una vuelta por el municipio, también aprovechamos para comer allí. Porque ya sabéis que conocer un sitio no consiste únicamente en hacer fotografías o visitar sus rincones; también hay que sentarse, disfrutar de su gastronomía y compartir un buen rato en familia. Al fin y al cabo, esos pequeños momentos son los que terminan formando parte de nuestros recuerdos.

Volver a pensar en Gádor después de aquella visita me hace reflexionar sobre algo. Los pueblos tienen memoria. Guardan historias, acontecimientos, tradiciones y recuerdos que pasan de generación en generación. Algunos son alegres, otros tristes y algunos, como el que os conté en mi anterior artículo, resultan especialmente difíciles de olvidar. Pero ningún lugar debería quedar definido únicamente por sus episodios más oscuros.

Gádor es mucho más que aquella historia de 1910. Es un pueblo con identidad propia, con sus gentes, sus tradiciones, su paisaje y una forma de vida que merece ser conocida y valorada. Por eso me apetecía dedicarle estas líneas, aunque esta vez dejando a un lado los sacos, los crímenes, las leyendas y las historias de terror. ¡Jejejeje! Porque detrás de cada localidad hay mucho más de lo que aparece en los libros de sucesos o en las páginas de internet. Hay personas que mantienen vivo el pueblo, familias que han crecido entre sus calles, trabajadores que han dedicado su vida al campo y visitantes que, como nosotros, se acercan para conocerlo y disfrutarlo. Y eso también merece un lugar en nuestra memoria.

Me quedo con el recuerdo de aquella visita veraniega junto a mi familia, con el paseo por sus calles, la comida y la amabilidad de sus gentes. Quizá no fue una gran excursión ni una aventura extraordinaria, pero tampoco hace falta que lo sea. A veces basta con conocer un lugar nuevo, compartir unas horas con los tuyos y descubrir que detrás de un nombre que ya conocías existe un pueblo lleno de vida.

Así que, si algún día tenéis ocasión de visitar Gádor, os animo a hacerlo. No os quedéis solamente con la historia que os conté en aquel artículo de Halloween de 2023. Acercaos, pasead, contemplad sus alrededores y descubridlo por vosotros mismos. Porque Gádor merece ser recordado por muchas más cosas y esta vez, afortunadamente, no hay ningún Hombre del Saco que valga. 


ARTÍCULO DE: EL HOMBRE DEL SACO





jueves, 29 de octubre de 2026

TIBIDABO, 125 AÑOS DE MAGIA

Hay lugares que no se visitan, se recuerdan. Lugares que se quedan a vivir en algún rincón de nuestra infancia y que, por mucho que pasen los años, siguen teniendo la extraña capacidad de devolvernos, aunque sea por unos instantes, a los niños que fuimos. El Tibidabo es uno de ellos. Y en el corazón de esa montaña mágica, entre engranajes, miradas enigmáticas y sonrisas mecánicas, se esconde un tesoro que merece un homenaje muy especial: sus autómatas.

Hoy 29 de octubre de 2026, el Parque de Atracciones Tibidabo cumple 125 años. Un siglo y cuarto contemplando Barcelona desde las alturas, desafiando al vértigo, arrancando carcajadas y guardando entre sus rincones los recuerdos de miles de familias. Porque el Tibidabo no es solamente un parque de atracciones. Es una postal viva de Barcelona, un pedacito de nuestra memoria colectiva, una montaña donde los abuelos vuelven a ser niños, los padres recuperan por un instante su infancia y los pequeños descubren que la magia no siempre necesita pantallas ni efectos especiales.

 Todo comenzó con la visión de Salvador Andreu, el farmacéutico y empresario que soñó con convertir aquella montaña en un lugar de encuentro y diversión. El 29 de octubre de 1901 se inauguraron las instalaciones de la cima y el funicular, una auténtica proeza para la época que facilitó el acceso a aquel nuevo mundo de entretenimiento. Desde entonces, el parque ha visto cambiar Barcelona, ha sobrevivido a generaciones y ha sabido conservar ese encanto antiguo, casi señorial, que lo hace diferente. 


¿Quién no reconoce el Avión, suspendido sobre la ciudad desde 1928? ¿Quién no ha sentido ese cosquilleo al subir a la Talaia y contemplar Barcelona a sus pies? Son atracciones que forman parte de nuestra historia, pequeñas máquinas del tiempo que nos conectan con quienes fuimos.


Pero, si me preguntáis dónde reside para mí el alma más entrañable y misteriosa del parque, mi respuesta es clara: en el Museo de Autómatas.

 Hace unos años, mi familia y yo volvimos a visitar el Tibidabo y, como suele ocurrir cuando uno regresa a un lugar querido, los recuerdos despertaron casi sin pedir permiso. Me puse a hacer fotografías como un poseso, jajajaja, con esa necesidad de guardar cada rincón y compartirlo con los amigos de "Yo también lo tuve! facebook". Y allí estaban ellos, esperándome como si el tiempo no hubiera pasado: los autómatas que ya me fascinaban de niño. Para este homenaje, aprovecho y aquí os dejo el enlace por si queréis ver las fotos que hice aquel día. 



El museo, instalado en un edificio modernista de 1909, conserva una extraordinaria colección de figuras y escenas mecánicas de finales del siglo XIX y del siglo XX. Algunas llegaron de distintos países europeos; otras fueron construidas por los propios trabajadores del parque, que durante décadas combinaron ingenio, paciencia y habilidad artesanal para dar vida a estos pequeños actores mecánicos. Tras ser restauradas, muchas de aquellas piezas encontraron en 1982 su hogar como colección museística.

Entre sus joyas destaca el Payaso Mandolinista, una figura fechada en 1880, anterior incluso al nacimiento del parque. ¡Pensadlo! Ese pequeño artista ya entretenía a alguien cuando nuestros bisabuelos eran niños. También están los Equilibristas, la Orquesta Prodigiosa, el Poeta se duerme y La Moños, inspirada en aquel personaje popular que recorrió las calles de la Barcelona de principios del siglo XX. Cada uno encierra una historia, una manera de entender el espectáculo y una época que se resiste a desaparecer.

Porque los autómatas tienen algo que los distingue de cualquier personaje digital: sus movimientos imperfectos. Un brazo que se levanta con cierta rigidez, una cabeza que gira lentamente, un gesto que parece adquirir voluntad propia. Sabemos que son mecanismos, pero durante unos segundos queremos creer que hay algo más. Son pequeños teatros en miniatura donde la función se repite una y otra vez, sin que sus protagonistas envejezcan jamás.

Y ahí reside su magia. Nosotros crecemos, cambiamos, cumplimos años y vemos cómo el mundo se transforma a una velocidad vertiginosa. Ellos permanecen detrás de sus cristales, esperando a que alguien pulse el botón para comenzar de nuevo. Puedes regresar décadas después, con barba, hijos o nietos, y encontrarlos prácticamente iguales. Entonces comprendes que no eres tú quien ha detenido el tiempo: son ellos quienes te permiten reencontrarte con él.

Se cuenta que Walt Disney se interesó por la colección durante una visita al Tibidabo en los años 50's y que quiso adquirir algunas de sus piezas, aunque la historia y sus detalles no están plenamente documentados. Me gusta pensar en aquel encuentro entre el creador de mundos animados y estos humildes artistas mecánicos. Al final, los autómatas se quedaron en Barcelona, como pequeños tesoros que no necesitaban viajar a ningún otro lugar para demostrar su valor.

El museo también guarda escenas más oscuras, como la del infierno, con las calderas de Pedro Botero, demonios, luces rojizas y sombras que a más de uno nos hicieron pasar algún que otro mal rato durante la infancia. En mi caso, mi hermano me decía que, si no me portaba bien, acabaría allí. ¡Y claro, viendo aquellos diablos y las almas condenadas, uno se lo pensaba dos veces! Jajajaja. Qué tiempos aquellos, cuando una vitrina misteriosa podía despertar más nuestra imaginación que cualquier película de terror.

Hoy, en plena era de los videojuegos y la inteligencia artificial, resulta emocionante ver cómo los niños siguen deteniéndose ante estas figuras. Buscan el botón, esperan y observan fascinados. Quizá porque la capacidad de maravillarnos no depende de la tecnología, sino de esa curiosidad que todos llevamos dentro. Los autómatas nos recuerdan que detrás de cada mecanismo hubo manos, imaginación y personas capaces de crear algo extraordinario con materiales sencillos.

Al cumplir 125 años, el Tibidabo merece que celebremos mucho más que sus atracciones. Merece que recordemos las familias, las risas, los sustos, las fotografías antiguas y aquellos días que parecían no terminar nunca. Y merece, sobre todo, que protejamos sus pequeños tesoros, porque conservarlos significa mantener viva una parte de nuestra historia.

Querido Tibidabo, gracias por convertir una montaña mágica en un lugar de sueños, por permitirnos volar en tu Avión, contemplar Barcelona desde la Talaia, montarnos en tus atracciones  y regalarnos tantos recuerdos felices de nuestra infancia. Gracias por custodiar a esos autómatas que siguen representando su función mientras el mundo gira a su alrededor, como tu magnífico tiovivo, que vuelta tras vuelta nos devuelve a los días felices de nuestra niñez.

Quizá dentro de otros 125 años un niño vuelva a pulsar aquel botón y contemple al Payaso Mandolinista con los ojos muy abiertos. A su lado, su abuelo sonreirá al recordar que él también estuvo allí, muchos años atrás. Y durante unos instantes, pasado y futuro se encontrarán frente a la misma vitrina.

El niño verá un muñeco que se mueve. El abuelo verá toda una vida.

Y el Tibidabo seguirá haciendo lo que lleva haciendo desde 1901: unir generaciones a través de la magia.

Feliz 125.º aniversario, Tibidabo. Que nunca se apague esa pequeña luz que hace que tus viejos autómatas vuelvan a vivir. Porque mientras alguien se detenga ante ellos, pulse el botón y sonría, la magia seguirá en marcha.

miércoles, 28 de octubre de 2026

HOY LA TELEVISIÓN CUMPLE SETENTA AÑOS

Recuerdo cuando la televisión entró en casa: un Vanguard en blanco y negro, un niño y todo un mundo por descubrir. Hoy la televisión cumple setenta años, pero algunos seguimos teniendo siete delante de aquella pantalla.

Hay recuerdos que no se guardan en álbumes de fotos, sino en algún rincón secreto del corazón. Recuerdos que huelen a merienda de pan con chocolate, a brasero en invierno, a ropa tendida en el balcón y a aquellas tardes en las que el tiempo parecía caminar despacito, sin notificaciones, sin prisas y sin que nadie tuviera que mirar el móvil cada tres minutos para comprobar si el mundo seguía en su sitio. Yo fui un niño de los 70's. Y en aquellos años, cuando la infancia se medía en rodillas peladas, cromos repetidos y partidos de fútbol improvisados en la calle, sucedió algo extraordinario en mi casa: a mediados de aquella década entró un televisor Vanguard en blanco y negro.

No recuerdo que llegara con alfombra roja, banda de música ni autoridades municipales, pero en mi memoria infantil aquel acontecimiento tuvo más solemnidad que la llegada de un astronauta a la Luna. ¡Un televisor nuevo! ¡En casa! ¡Y además era Vanguard, que a mí me sonaba a una nave espacial capaz de captar señales de otros planetas! La televisión llevaba ya años en España, desde aquel 28 de octubre de 1956 en que comenzaron las emisiones regulares de Televisión Española, y ahora, al cumplirse setenta años de aquella aventura, uno comprende que no solo celebramos la historia de un aparato, sino también la de millones de hogares que aprendieron a reunirse alrededor de una pequeña pantalla.

Porque una cosa era haber oído hablar de la televisión y otra muy distinta tenerla en el salón, como si hubiéramos instalado una ventana mágica por la que se colaban artistas, futbolistas, presentadores, dibujos animados y noticias de un mundo que, hasta entonces, nos quedaba bastante lejos. Eso sí, nuestro Vanguard era en blanco y negro. El blanco y negro de verdad, no ese blanco y negro artístico que ahora se utiliza para hacer fotografías elegantes. Aquí el gris era el rey, el gris gobernaba y el gris decidía hasta de qué color imaginábamos la camisa del presentador. Pero ¿a quién le importaba? Nosotros veíamos la vida en tecnicolor porque la imaginación se encargaba del resto.

Antes de que apareciera el presentador de turno, reinaba ella: la inolvidable carta de ajuste. Aquella imagen geométrica, llena de círculos, rayas, escalas de grises y figuras que parecían diseñadas por un matemático con vocación de artista moderno. Y allí nos quedábamos, hipnotizados, contemplándola como quien espera una revelación divina.

—¿Ya empieza?

—Todavía no.

—¿Y ahora?

—¡Que te he dicho que todavía no!

La carta de ajuste servía para comprobar y regular la imagen y el sonido del televisor, pero para nosotros era mucho más: era el prólogo de la felicidad, la promesa de que aquella tarde podía suceder algo maravilloso. Aquella imagen, que hoy contemplamos con tanta nostalgia, nos conecta también con los primeros pasos de TVE en 1956. Lo que para quienes vivieron aquellos comienzos fue parte de una televisión que acababa de nacer, para los niños de los setenta era el anuncio de que la magia estaba a punto de comenzar en el salón de casa.

Los que ya peinamos canas "o hemos decidido llevarlas con dignidad" sabemos que aquella imagen no era un programa, sino el anuncio de que la televisión estaba a punto de empezar. Y quienes nacieron después, rodeados de pantallas que nunca descansan, quizá no entiendan que hubo un tiempo en el que hasta la espera formaba parte del espectáculo. A veces sonaba una musiquilla que parecía venir de una galaxia lejana. Otras, el televisor emitía aquel pitido que, de haberlo escuchado un perro, probablemente habría solicitado la baja por estrés. Y nosotros esperábamos.

Porque entonces la televisión no estaba disponible las veinticuatro horas. Tenía sus horarios, sus pausas y hasta su despedida. ¡La televisión se acababa! Y cuando terminaba la emisión, se apagaba el espectáculo y cada cual volvía a su vida, que tampoco estaba nada mal. Hoy tenemos miles de contenidos a un solo clic y, aun así, hay días en los que tardamos más en elegir qué ver que en ver algo. Nosotros, en cambio, teníamos dos cadenas: la Primera, que era la reina de la casa, y la Segunda, la UHF, que tenía un aire más misterioso y que, dependiendo de dónde vivieras y de cómo estuviera orientada la antena, podía convertirse en toda una aventura de sintonización.

La programación era limitada, sí, pero nuestra capacidad de ilusión habría dejado boquiabiertos a muchos fabricantes de pantallas de última generación. En los años 70's, la programación tenía nombres que se nos quedaron grabados a fuego en la memoria. Estaba Un, dos, tres... responda otra vez, con sus azafatas, sus preguntas, sus humoristas y aquella calabaza Ruperta que podía arruinarte la noche con una sonrisa. Estaba Félix Rodríguez de la Fuente, que conseguía que mirásemos a los animales con un respeto casi sagrado. Gracias a El hombre y la Tierra, muchos niños descubrimos que la naturaleza era una aventura fascinante y que el lobo no tenía por qué ser siempre el malo del cuento.

Y luego llegaron Heidi, con su abuelo y sus montañas, y Marco, aquel niño que nos enseñó que se podía llorar por alguien a quien nunca habíamos conocido. Porque sí, amigos: nosotros también llorábamos con los dibujos animados. Y sin necesidad de que una película llevara la etiqueta de "emocionalmente devastadora". Por la pantalla pasaban también Estudio 1, las series del Oeste, las películas de los sábados, los concursos y los programas musicales. Y, cuando tocaba fútbol, el salón se transformaba en una grada improvisada, con el padre ejerciendo de seleccionador nacional y el resto de la familia aprendiendo a celebrar goles sin romper el jarrón de la abuela.

La televisión era conversación al día siguiente en el colegio. Era el recreo hablando de lo que habíamos visto, el compañero que aseguraba haber visto algo que nadie más había visto y el otro que se inventaba el final porque se había quedado dormido en el sofá. Era también una forma de compartir un mismo mundo. Millones de personas mirando las mismas imágenes, riendo con los mismos chistes y esperando el mismo desenlace.

Y qué decir de la tecnología. Nuestro Vanguard no tenía Netflix, ni internet, ni aplicaciones, ni control por voz. Para cambiar de canal había que acercarse al aparato y girar el selector o pulsar el botón. ¡Ejercicio físico integrado en el entretenimiento! Si la imagen salía torcida, alguien tenía que tocar los mandos. Si aparecían interferencias, comenzaba una ceremonia familiar que podía incluir mover la antena, ajustar la sintonía y pronunciar frases de alto contenido científico:

—¡Ahora se ve bien!

—¡No, no te muevas, que se va!

—¡Ahí, ahí! ¡Quédate quieto!

Y allí se quedaba el pobre de turno, inmóvil junto al televisor, vigilando la imagen o ayudando a ajustar la antena interior que coronaba la TV, convertido en un repetidor humano de última generación. No existía el servicio técnico a domicilio para cada pequeño contratiempo. Existía el padre, el vecino entendido en electricidad o ese tío que, sin haber estudiado ingeniería, era capaz de reparar media casa con un destornillador y una seguridad pasmosa.

Y mientras tanto, el mundo empezaba a cambiar también delante de nuestros ojos. Durante los años 70's, la televisión en color fue ganando terreno en España, aunque su llegada a los hogares fue gradual. Nosotros, sin embargo, seguíamos disfrutando de nuestro Vanguard en blanco y negro, sin imaginar que algún día aquellas imágenes grises se convertirían en un recuerdo tan lleno de color. Y cuando la imagen se veía mal, no cambiábamos de pantalla. Aprendíamos a convivir con aquellas pequeñas imperfecciones. Quizá por eso le teníamos tanto cariño.

Hoy, 28 de octubre de 2026, se cumplen setenta años del comienzo de las emisiones regulares de Televisión Española. Setenta años desde aquellas primeras imágenes que abrieron una ventana nueva en los hogares españoles. Y pienso en aquel niño que fui y en el Vanguard que entró en casa a mediados de los 70's. Pienso en sus botones, en su pantalla de grises, en la luz que proyectaba sobre las caras de mi familia y en aquellas tardes que parecían no tener final.

No sé dónde habrá terminado aquel televisor. Tal vez en un desván, en un trastero o en algún lugar donde duermen los electrodomésticos que un día fueron imprescindibles. Pero, en mi memoria, sigue allí, ocupando su sitio en el salón, con la pantalla encendida y el mundo entero dentro. Y me doy cuenta de que no echo de menos solamente la televisión de entonces. Echo de menos la edad en la que todo parecía nuevo, en la que una película era un acontecimiento, un dibujo animado podía alegrarte el día y una carta de ajuste bastaba para despertar la impaciencia más hermosa del mundo.

Echo de menos a quienes se sentaban a nuestro lado y que, en muchos casos, ya no están. A quienes compartían el sofá, la merienda, las risas y los silencios. A quienes convertían una habitación cualquiera en el lugar más importante del universo. Porque el verdadero milagro nunca estuvo dentro del televisor. El milagro era que, durante un rato, todos estábamos juntos.

Y quizá por eso, cuando cierro los ojos, todavía escucho aquel sonido, veo aparecer las primeras imágenes y siento la misma emoción de aquel niño que descubrió que una caja de madera y cristal podía contener mundos enteros. Un niño de los 70's que no tenía televisión inteligente, pero que fue inmensamente feliz delante de su Vanguard en blanco y negro. Y que hoy, tantos años después, daría cualquier cosa por sentarse un ratito más en aquel salón, escuchar de nuevo a su familia y volver a ver la carta de ajuste. Aunque solo fuera un minuto. Aunque después apareciera el mensaje de fin de emisión. Porque algunas imágenes se apagan en la pantalla, pero se quedan encendidas para siempre en el corazón.


sábado, 24 de octubre de 2026

¡SE ACERCA HALLOWEEN A NUESTRO RINCÓN NOSTÁLGICO!

Hoy me apetecía compartir con vosotros una imagen de esas que te sacan una sonrisa y que, al mismo tiempo, tienen ese puntito entrañable y divertido que tanto nos gusta por aquí. Porque, aunque a veces nos pongamos nostálgicos recordando viejos tiempos, también hay espacio para las risas, las sorpresas y alguna que otra travesura monstruosa. ¡Y si viene acompañada de un fantasma tan simpático como este, mucho mejor!

Y es que ya tenemos aquí una de esas fechas que, año tras año, van ganando más protagonismo y que llenan el calendario de calabazas, disfraces, sustos, truco o trato, caramelos, historias misteriosas y un ambiente muy especial: ¡Halloween ya está a la vuelta de la esquina!

Así que he decidido ponerme manos a la obra. Estos días ando por aquí, moldeando ideas como si fuera un alfarero, dando forma a nuevos artículos y preparando algunas sorpresas que espero que os hagan disfrutar tanto como a mí me gusta prepararlas.

Para la próxima semana estoy torneando un jarrón… mmmm perdón que me meto mucho en el papel y ya la estoy liando jajajajaja quería decir que estoy preparando algún que otro post terroríficamente nostálgico, con recuerdos, curiosidades y ese toque divertido que nos permite viajar al pasado sin perder la sonrisa. Y, por supuesto, también estoy preparando algún especial relacionado con estas fiestas tan monstruosamente divertidas, de esos que espero que os sorprendan y os hagan recordar, disfrutar y, por qué no, soltar alguna que otra carcajada, también hay un par de aniversarios dignos de tratar mmmm pero hasta aquí puedo leer jejejeje

No quiero desvelaros demasiado todavía, que parte de la magia está precisamente en la sorpresa… ¡Pero os aseguro que ya hay alguna que otra idea rondando por mi cabeza!

Así que, si os gusta la nostalgia, los recuerdos de otras épocas y ese encanto especial que tienen las historias entrañables, estad muy atentos al blog durante la próxima semana, porque se avecinan nuevas publicaciones y alguna que otra misteriosa sorpresa que espero que os guste tanto como a mí me está gustando prepararla.

Mientras tanto, disfrutad de estos días, id preparando las calabazas, desempolvando los disfraces y afilando vuestros colmillos de vampiro, porque Halloween viene pisando fuerte… ¡y por aquí también vamos a celebrarlo a nuestra manera!

Y recordad: los mejores recuerdos nunca dan miedo… aunque alguno que otro todavía sea capaz de ponernos los pelos de punta o sacarnos una risa nerviosa.

martes, 13 de octubre de 2026

MARTES 13 CON ALQUILERES DE MIEDO: ¿QUIÉN LE TEME A UN POLTERGEIST CUANDO HAY TERRAZA?

Dicen los supersticiosos que en martes 13 no te cases ni te embarques. Lo que no aclara el refrán tradicional es qué demonios hacer si te vence el contrato de alquiler este mes. Porque hoy en día, encontrar un piso y ya no digamos una casa, con un precio razonable en la ciudad no es cuestión de suerte: es directamente un expediente X.

Hay algo maravillosamente nostálgico en recordar los años 70's y 80's. Aquella época en la que los mayores se preocupaban por cosas entrañables como la subida de la gasolina o si el coche consumiría demasiado en el viaje a la playa. En aquellos tiempos, las películas de terror nos asustaban con casas encantadas de fachadas imponentes, techos de madera y ventanales con personalidad. La mansión de Terror en Amityville, por ejemplo: un caserón estilo holandés con jardín, chimenea y un toque arquitectónico único. ¿El problema de la vivienda? Que crujían los suelos y las paredes susurraban "fueraaaa" a las tres de la madrugada.

Sinceramente, visto lo visto en los portales inmobiliarios actuales, ¿a quién le importa un espectro volando por el pasillo?

Echando la vista atrás con una sonrisa gamberra, la definición de "casa de pesadilla" ha cambiado drásticamente. En los 80's, el horror era un espíritu chocarrero moviendo las sillas del salón. Hoy, el verdadero pánico es abrir la app de alquileres y descubrir que un "estudio diáfano y acogedor" no es más que un antiguo cuarto trastero reconvertido, sin ventana, donde la ducha está prácticamente encima de la vitrocerámica y por el que te piden el sueldo entero y el riñón de un pariente cercano.

Por eso, en un día tan señalado como este martes 13, la verdadera ganga no es que la casa esté reformada; es que tenga metros cuadrados reales. Si la mansión de Amityville saliera hoy al mercado por un precio decente, la cola para la visita daría la vuelta a la manzana. Ni psicofonías, ni luces que se apagan solas, ni moscas en el cristal van a asustar a una generación que ha aprendido a convivir con caseros voraces y fianzas de tres meses. Es más, hasta le encontraríamos el lado positivo al asunto:

—Oye, ¿no te da miedo que el espíritu del antiguo dueño haga flotar los platos?

—¡Qué va! Si nos ahorramos el lavavajillas y encima nos entretiene el fin de semana.

Al final, reírnos de nuestra propia suerte es el mejor refugio que nos queda. Nos consuela recordar las películas con las que crecimos y darnos cuenta de que los verdaderos monstruos no llevan sábana ni flotan en el aire: llevan un contrato con cláusulas abusivas bajo el brazo. Así que, si hoy en tu martes 13 encuentras un piso o una casa con luz natural, balcón y un precio que no te obligue a alimentarte a base de arroz el resto de tu vida... no preguntes si la casa tiene historia. Firma rápido, saluda educadamente al fantasma del pasillo y dile que, si va a quedarse, le toca pagar la mitad de la comunidad y parte de la factura de la luz jajajaja.