Porque hoy, día de los enamorados, el mundo vuelve a girar a 33 revoluciones por minuto.
Antes de que
el amor se enviara por mensajes instantáneos, antes de las playlists infinitas
y de las pistas de baile con luces cegadoras, el romance tenía otro tempo: más
lento, más torpe, más verdadero. Podía surgir en un guateque casero, en una
discoteca de barrio, en un salón de baile de domingo o en cualquier fiesta
donde la música mandara. Bastaba un tocadiscos, unos altavoces o simplemente
ganas de bailar para que ocurriera lo importante.
Yo no era
protagonista todavía; era espectador, un niño curioso que miraba desde la
distancia cómo mis hermanos y sus amigos iban descubriendo el amor entre
canciones. A veces era en casa, otras en alguna discoteca donde me colaba
furtivamente, jejejeje, o en celebraciones donde la música parecía saber más de
nosotros que nosotros mismos.
Pero por
encima de todo había un momento especial, casi sagrado: la hora de las lentas.
Llegaba sin aviso. De pronto el ritmo bajaba, las risas se volvían más suaves y
las miradas empezaban a hablar. Bastaba una balada para transformar el
ambiente. La pista se calmaba, los cuerpos se acercaban y el tiempo parecía
aflojar su paso.
Bailar una
lenta no era solo bailar: era atreverse. Pedir un baile podía costar un mundo,
y aceptarlo podía cambiar una noche… o un recuerdo para siempre. Era el primer
abrazo no familiar, la primera cercanía consciente, el lenguaje silencioso de
dos personas que quizá no sabían aún lo que sentían, pero lo estaban empezando
a entender.
Y en mi memoria, muchas de aquellas canciones lentas tenían acento español. Eran temas de los 70’s, creados con calma, con melodías envolventes y letras directas al corazón. Canciones románticas, sin ironía, sin prisa, donde el amor se mostraba sin miedo y la emoción no se escondía. Aunque también había canciones lentas sobre desamores.
Hoy, en este bonito Día de los Enamorados, dedicaré en nuestra sección de Minutos Musicales 24 temas, uno por cada hora del día mmmm y de la noche, jejejeje.
Yo bebí
musicalmente de tres fuentes distintas: las de mis tres hermanos. Cada uno
tenía su estilo, sus discos, su manera de vivir la música. Gracias a ellos
aprendí a escuchar con amplitud, a no cerrarme a nada. Pero hoy, será la
nostalgia, será el calendario o simplemente el corazón, quiero quedarme con la
parte más romántica de todo aquello.
Ahí aparece
inevitablemente mi hermana, la más romántica, la que elegía las lentas con una
sensibilidad especial. La que llenaba la casa con esas canciones que yo
escuchaba siendo niño, casi sin darme cuenta, mientras la vida iba pasando. Hoy
le mando un beso enorme, lleno de música, allí donde esté. Porque sin saberlo
me enseñó a sentir, a escuchar despacio y a entender que una canción puede
acompañarte toda la vida.
No todo eran
fiestas. Muchas veces era simplemente el viejo tocadiscos de casa girando
incansable, o la radio, o la música que se escapaba de una habitación a otra.
Aquella música española de los 70's se mezcló con mi infancia, con los juegos,
con las tardes tranquilas. Sin darme cuenta, se quedó dentro.
Luego
llegaron las discotecas, los bailes, las primeras salidas propias… y comprobé
que la hora de las lentas seguía existiendo en todas partes. Cambiaban las
luces, cambiaban las modas, pero ese momento íntimo sobrevivía siempre.
Hoy tengo más
de medio siglo encima. El mundo ha cambiado muchísimo, pero cierro los ojos y
sigo escuchando esas canciones. Hoy, día de San Valentín, me apetece volver a esa
música, a ese ritmo pausado donde el amor no va deprisa: se baila despacio.
Porque hoy no
toca estar estresado, hoy toca relajarse, hoy toca acercarse, hoy toca abrazar.
Hoy, aunque sea en la memoria, vuelve a ser la hora de las lentas.
Y bajo una
luz tenue, mientras suena uno de aquellos clásicos españoles que escuché siendo
niño, alguien, en algún lugar, sigue atreviéndose a decir sin palabras lo que
el corazón llevaba tiempo queriendo decir.
¿Bailas?


















