¿Ya habéis
entregado los deberes de Semana Santa? Venga, venga, no os hagáis los
despistados. Estos días pasados, entre procesiones, torrijas y el olor a
incienso flotando por las calles, algunos habéis tenido que sacar del cajón (o
de debajo de la cama, donde lo escondisteis el Jueves Santo bajo esa premisa de
"si no lo veo, no existe") el cuadernillo de deberes que os pusieron
antes de las vacaciones... ¿Lo recuerdas? jajajaja. Porque sí, en aquellos
tiempos gloriosos y crueles a partes iguales, las vacaciones nunca eran del
todo vacaciones. Siempre había algo pendiente, siempre había un cuaderno sobre
la mesa recordándote que el ocio era un préstamo que debías devolver con sudor,
cálculo y caligrafía.
Si eran los
de Semana Santa, los deberes solían ser de tamaño manejable, casi razonables.
Para el verano ya nos reservaban la artillería pesada: los míticos cuadernos
"Vacaciones Santillana", aquellos tochos con su característica y
colorida portada que eran capaces de hundir la mochila y el ánimo de cualquier
niño en pleno mes de julio. Eran libros con una densidad tal que podías usarlos
para calzar una mesa o para defensa personal contra un hermano mayor. Pero para
la Semana Santa, el arma de instrucción masiva, jejejeje, era otro: el Cuaderno
Rubio.
Un dato
curioso: no existe un consenso firme sobre todos los colores que usaron los
cuadernos Rubio en el siglo XX. Mientras que la memoria popular recuerda
principalmente el amarillo, las evidencias de cuadernos conservados en
colecciones privadas muestran también tonos entre el azul y el turquesa
verdoso, especialmente en los ejemplares más antiguos, como algunos de los que
saqué hoy de "EL BAÚL DE HAL". La propia editorial nunca ha publicado
un catálogo cronológico de sus cubiertas, por lo que, hoy por hoy, determinar
la gama exacta sigue siendo una tarea pendiente para los historiadores de la
cultura material española.
Unos
cuadernos con recordados e icónicos dibujos de portada, como el de aquel niño
con su jersey, o mejor dicho, chaleco de pico y corbata, que apenas han
cambiado con los años y que parece que nos vigila desde el pasado con una
pulcritud que a muchos nos costaba mantener. Dibujos en sus portadas que toda
una generación lleva grabados en la memoria como un tatuaje involuntario del
sistema educativo.
La historia
de este mito comenzó en 1956, cuando un emprendedor llamado Ramón Rubio
Silvestre fundó en Valencia la editorial que llevaría su apellido. Ramón nació
en Tarragona en 1924, aunque siendo apenas un bebé su familia se trasladó a
Geldo, un pequeño pueblo de Castellón donde creció con esa persistencia que
solo tienen quienes saben adónde quieren llegar. Graduado como profesor
mercantil, montó la Academia Rubio en la calle Martí de Valencia para impartir
clases de cálculo y contabilidad. Allí, harto de repetir ejercicios en la
pizarra y de que los alumnos se perdieran entre números, empezó a crear fichas
numeradas para que trabajaran solos. Aquello fue el "Netflix" de la
educación de posguerra: contenido a la carta para que nadie se quedara atrás,
jajajaja.
Los comienzos
no fueron fáciles. Fue en el verano de 1968 cuando la familia al completo se
subió al coche para visitar colegios y papelerías. Y permitidme un inciso,
porque aquel fue un año de una cosecha irrepetible: los Cuadernos Rubio
llegaron tal y como los recordamos a colegios y papelerías, y también llegaron
a las jugueterías los míticos Madelman y, de paso, mmmm, nací yo, jejejeje.
Algo muy potente debía de haber en el aire de aquel 1968 para que viniéramos al
mundo con tantas ganas de dar guerra. Mientras yo daba mis primeros pasos y los
Madelman empezaban a ejecutar sus primeras misiones, que con los años se
convertirían en aventuras viajando a la selva, el Aconcagua, el fondo del mar y
el espacio (porque los Madelman lo podían todo), los Rubio recibían negativas
de libreros que no veían futuro en aquel papel pautado. Una papelería llegó a
decirles que aquellos cuadernos no se venderían nunca. Años después, esa misma
papelería hizo un pedido. Los Rubio no lo aceptaron, jejejeje. Incluso
sufrieron una estafa de película cuando un comercial desapareció con unas
200.000 pesetas de la época. Sin embargo, aquel estafador, al ofrecer los
cuadernos por todo el país para dar el golpe, terminó creando una red de
clientes inesperada que clamaba por más material. El propio Ramón reconocería
años después que le habría dado las gracias de encontrárselo, pues aquel hombre
realizó, sin saberlo y por las malas, su mejor estudio de mercado. Así, lo que
costaba 1,50 pesetas en 1960 pasó a ser un pilar básico de la educación
española.
Durante los
70's y la Transición, el método Rubio conquistó las aulas de la EGB. Los
profesores encontraron en ellos algo práctico para reforzar la caligrafía y el
cálculo mental, generando sus propias mitologías y traumas menores. Había niños
que completaban las páginas con una caligrafía perfecta, vocales redondas como
planetas y palotes rectos como soldados desfilando. Y había otros, entre los
que probablemente nos contamos muchos, que rellenaban las líneas con una prisa
sospechosa, apretando el lápiz hasta casi romper el papel, y luego, si tenías
que borrar, mmmm, ¿quién no ha sufrido el drama de la goma Milán 430 que, en
lugar de borrar, emborronaba el grafito hasta dejar una nube negra sobre el
papel que parecía el mapa de una tormenta?, jajajaja.
La anécdota
más universal de aquella época fue, sin duda, el cuaderno mojado o "el
ataque del lamparón de aceite". En aquellos años los estuches no eran
herméticos, ni los bocadillos venían envueltos en papel de aluminio ni en film
transparente de alta tecnología. El Cuaderno Rubio y el bocata de Nocilla (o
peor, el de atún con el aceite traspasando el papel de estraza o de periódico)
convivían en la misma cartera de cuero, y no siempre salían bien parados del
encuentro. Llegar a casa con las páginas de escritura onduladas y con una
mancha marrón o traslúcida en la esquina que olía a desayuno era un clásico del
género. La madre te miraba con esa ceja levantada que presagiaba el fin de tus
días, tú ponías cara de no saber nada, y ella suspiraba mientras el mundo
seguía girando entre borrones de goma y olor a tinta.
Con los 80's
llegó la época dorada de la editorial, llegando a vender diez millones de
ejemplares al año. Eran las tardes de llenar páginas en la mesa de la cocina,
con el televisor encendido al fondo emitiendo El Monstruo de Sánchezstein, Un
globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca, o en el caso de los más
talluditos... los legendarios Chiripitifláuticos, y todos corriendo para poder
ver aquellos programas de TV, con el olor a guiso de la cena flotando en el
aire y la voz de nuestros padres diciendo aquello de "no te salgas de la
raya que pareces un médico escribiendo". Si tenías el cuaderno limpio y
sin tachones, eras la élite social del recreo. Hoy, la editorial sigue viva en
Paterna, Valencia, de la mano de su hijo Enrique y su nieto Luis, resistiendo
con la dignidad de lo que sabe que es útil y adaptándose a los nuevos tiempos
con una ironía maravillosa.
Para los que
fuimos niños entre los 60's y los 90's, un Cuaderno Rubio es mucho más que
papel. Es el tacto del papel pautado bajo los dedos, el olor a goma de borrar
(sobre todo, mmmm, la goma de nata) y la voz de la seño diciendo "mañana
me traéis el número cinco terminado o no hay patio", uffffff. Es también
aquella España que aprendió a escribir, vocal a vocal, renglón a renglón,
peleando contra el redondeo de las "o" y la inclinación de las
"l", por no mencionar aquellas operaciones y problemas matemáticos
que tantos quebraderos de cabeza nos dieron, menos mal de aquellos lápices que
llevaban las tablas pintadas, jejejeje. Es también la esperanza de acabar los
deberes antes de que oscureciera, para ver la televisión o simplemente para
ignorar que el lunes existía. Porque los niños que fuimos siempre creímos que
si terminábamos a tiempo, el tiempo libre sería más libre. Y, mirándolo con
perspectiva, entre manchas de tinta y recuerdos de una cosecha excelente,
quizás teníamos toda la razón del mundo.




