COPIAR O CORTAR
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COPIAR O CORTAR
Yo también lo tuve! Nostalgia y Recuerdos de los años 60 - 70 - 80 - 90's
¿Sabías que el juguete con ruedas más antiguo fue
descubierto en Turquía? Se trata de un pequeño carro de caballos hallado en la
tumba de un niño de más de 5.000 años de antigüedad. A lo largo de la historia,
los niños siempre han querido tener juguetes con ruedas: desde cuadrigas y
carros hasta diligencias o trenes, y ya en el siglo XX, coches. Los primeros
modelos de coches de juguete imitaban los automóviles clásicos de principios de
ese siglo y estaban fabricados con una variedad de materiales diferentes según
la época. Pasaron de barro a madera, hojalata, cartón, celuloide, metal o
plástico.
En este post, hablaremos de los coches de juguete de la
marca Transplastic - Tito, concretamente de los F1. También os enseñaré los que
tengo en mi colección de "El BAÚL DE HAL". Un lugar donde, en lugar
de tesoros, también hay un auténtico paraíso de nostalgia automovilística.
Estos coches, con una escala cercana a 1:43 (aproximadamente
10 cm), se podían montar sobre una rampa lanzadera para catapultarlos a
velocidades vertiginosas. Imagínate eso: coches de juguete volando por la sala
como si fueran pilotos de Fórmula 1 en plena carrera. Según mi información,
comenzaron a fabricarse en los años 70's por la madrileña casa Transplastic
S.A., ya desaparecida, aunque también hay quienes dicen que esta empresa venía
de Portugal, la verdad lo desconozco.
En los kioscos del barrio, estos coches se podían encontrar,
pero creo que realmente se hicieron populares gracias a varias promociones muy
recordadas. Fueron regalados por diferentes marcas en sus promociones desde
mediados de los 70's hasta bien entrados los 80's. Yo todavía recuerdo esas
promociones como si fuera ayer. Las del Brandy Fundador, las tabletas de chocolate
Ezquerra, pastas dentífricas… y otras más conocidas, como las de la leche El
Castillo o las de los tambores de detergente Colón. ¡Ah, los tambores de Colón!
Esa era toda una aventura. ¡Metíamos el brazo hasta el fondo, rebuscando entre
el detergente como si estuviéramos buscando el tesoro enterrado de un pirata!
El momento de sacar el coche era pura magia. Con una sonrisa
de satisfacción en el rostro, veías cómo aparecía ese pedazo de bólido que te
llevaría a competir en futuras carreras con tus amigos del cole o del barrio.
¡Quién sabe si los personajes de "Fast & Furious" no hicieron sus
primeros pinitos en carreras con coches como estos! jajajaja.
El mecanismo de la lanzadera era muy sencillo y, a la vez,
fascinante. Consistía en enganchar una goma elástica a un gancho fijo, ubicado
al principio, en la parte baja de la rampa lanzadera. El otro extremo de la
goma se sujetaba a un segundo gancho, este movible, en una guía tipo cremallera
pero sin dientes, que al deslizarse tensaba la goma. ¡Era como preparar un arco
para lanzar una flecha, pero con mucha más diversión y menos riesgo de dar en
el blanco equivocado!
Al llegar al tope trasero de la rampa, dos pequeñas
protuberancias mantenían el coche retenido, mientras que una muesca saliente en
la parte superior permitía poner en posición de salida al F1. Esta muesca tenía
dos funciones: primero, darle un buen empujón al bólido; cuanto más fuerte, más
lejos llegaría el coche. Y segundo, una vez terminada la competición, servía
para montar el coche a presión encima de la rampa, haciendo coincidir la muesca
con un agujero debidamente situado debajo del coche. De esta manera, el bólido
y la rampa siempre permanecían juntos, sin el peligro de que se separaran y
alguno se perdiera. ¡Menuda ingeniería para un juguete mmmm inventos del TBO
que funcionaban muy bien jejejeje!
Una vez la muesca estaba en su lugar y el F1 debidamente
situado en la lanzadera, solo tenías que hacer una pequeña presión sobre el
gatillo en la parte posterior de la rampa. Al liberar el gancho guía que
sujetaba el coche, salía disparado de un empujón a toda velocidad, como si de
una ballesta se tratara, con el bólido siendo su veloz flecha. La sensación era
indescriptible, te podías sentir un Niki Lauda o un Emerson Fittipaldi.
Recuerdo cómo competíamos en el patio, haciendo pequeñas
carreras improvisadas. Los coches salían disparados y a veces se estrellaban
contra las paredes, lo que nos hacía reír a carcajadas. ¡Era un espectáculo
digno de los Juegos Olímpicos! A veces, me preguntaba si nuestros coches de
juguete eran más veloces que algunos de los coches de verdad que circulaban por
la calle. Y si algún adulto se atrevía a preguntarnos sobre esa hipotética
carrera, siempre respondíamos con un. "¡Es un F1, claro que ganaría!"
como si eso lo explicara todo jejejeje.
Con el tiempo, los F1 de Transplastic se convirtieron en
objetos de colección. Hoy en día, ver esos coches y coleccionarlos me trae un
torrente de recuerdos, una especie de viaje en el tiempo. Pero, ¿qué sería de
un juguete sin su dosis de fantasía? Seguro que en algún rincón del universo,
estos coches siguen compitiendo a toda velocidad, mientras nosotros, como niños
eternos, seguimos disfrutando de la emoción que traen a nuestras vidas mmmm
después de todo, la vida es como una carrera de coches: a veces ganas, a veces
pierdes, pero lo importante es haber jugado y disfrutado de ese momento.
Las imágenes sin marca de agua no son de mi propiedad;
fueron extraídas de la plataforma Todo Colección. Los créditos corresponden a
sus respectivos dueños.
Hubo un tiempo no muy lejano en que las fotos no se tomaban
con teléfonos, ni se revisaban en pantallas al instante, ni se compartían al
momento en redes sociales. No. En aquellos días, las cámaras usaban carretes,
unos pequeños cilindros llenos de misterio, donde cada clic del obturador
encerraba la posibilidad de una obra maestra... o de un desastre monumental. Y
ahí estaba la magia: no lo sabías hasta mucho después.
Imagínate este escenario: pasabas días, semanas, o incluso
meses llenando ese carrete. Cada foto contaba, porque no había botón de
"borrar". Cuando por fin el carrete llegaba a su fin, ibas corriendo
al estudio de fotografía más cercano para dejarlo en manos del profesional, el
mago detrás del mostrador. Y aquí comenzaba la verdadera tortura... ¡La espera!
Porque no era como ahora que todo es instantáneo. No, había que esperar días, y
en algunos casos, hasta una semana entera para poder ver tus preciadas fotos.
Esperar era todo un arte en sí mismo. Durante esos días,
imaginabas una y otra vez las fotos que habías tomado. ¿Había salido bien
aquella foto en la playa o estabas con los ojos cerrados? ¿Esa puesta de sol
quedó tan espectacular como lo recordabas, o solo es un destello de luz en la
esquina del encuadre? ¿Y la foto de grupo en el cumpleaños de tu prima?
¡Esperabas con todo tu ser que nadie hubiese salido con la cara tapada o
haciendo un gesto raro! ¿Y qué me dices de aquella foto del final del verano,
junto a tu primer amor...?
Cuando finalmente llegaba el gran día, te acercabas al
estudio de fotografía con una mezcla de emoción y nervios. ¡Había llegado la
hora de la verdad! Ahí estabas, de pie, en el mostrador, esperando a que el
fotógrafo te entregara el sobre mágico, el que contenía el resultado de tanto
esfuerzo y paciencia. Un sobre de papel, generalmente con publicidad del
estudio o de algunas conocidas marcas de carretes, que guardaba las fotos
reveladas y, cómo no, los negativos (o "clichés", como solíamos
llamarlos), por si algún día querías hacer más copias o, en caso de que tu tía
reclamará que había salido fenomenal en esa foto de familia y quería una copia
por qué merecía estar enmarcada en su casa).
Pero, ¡ah!, la alegría y la decepción que venían juntas en
ese sobre. La primera ojeada era crítica. Te colocabas en un rincón del estudio
o en el parque más cercano (ya que era imposible llegar a casa sin ojearlas
antes, aunque solo fueran unas pocas) y comenzabas a deslizar las fotos, una
por una. La primera foto, con un dedo accidentalmente tapando el objetivo. La
segunda, desenfocada. La tercera, increíblemente bien... hasta que te dabas
cuenta de que el flash había rebotado justo en tus gafas y te hacía parecer un
alienígena. Pero eso era parte del encanto, cada carrete revelado era una
aventura fotográfica con sus altas y bajas.
Y luego, los mencionados negativos. Aquellas tiras
misteriosas que siempre te entregaban como si fueran la joya de la corona. Eran
para ti una especie de seguro, aunque pocas veces realmente hacías uso de
ellos. Aun así, los guardabas en algún cajón importante, pensando: "Por si
acaso quiero hacer más copias". Spoiler: probablemente nunca lo hiciste,
pero ahí estaban, como una especie de amuleto fotográfico.
A pesar de que muchas de las fotos resultaban mediocres, o
directamente malas, el simple hecho de tenerlas impresas en tus manos era
motivo de alegría. Había algo especial en verlas en papel, en pasarlas una por
una y recordar los momentos que viviste al tomarlas. Incluso los errores
fotográficos (porque, admitámoslo, había muchos) se convertían en fuente de
risas: fotos movidas, ojos cerrados, esa clásica imagen donde todos salían
perfectos, menos tú, que habías decidido pestañear en el peor momento.
Hoy en día, las generaciones más jóvenes tal vez nunca
entenderán ese mágico ritual casi sagrado de recoger un carrete revelado; ellos
no experimentarán esa emoción y los nervios al recoger ese sobre... Las fotos
ahora son instantáneas, editadas al segundo, con filtros que nos hacen ver
mejor de lo que realmente estamos. Pero en esos tiempos, la fotografía era una
mezcla de arte, paciencia y, sobre todo, sorpresa. Porque no importaba cuánto
te esforzaras al tomar la foto, hasta que no tenías ese sobre en tus manos,
todo seguía siendo un misterio.
Estos días,
para muchos, son días de vuelta a la rutina. Se terminaron las vacaciones y
también ha comenzado la vuelta al colegio y, como suele ser habitual, algunos
niños llegan estrenando algo nuevo, ya sea mochilas con superpoderes (o al
menos así lo creen ellos), lápices que parecen sacados de una película de
ciencia ficción o, en muchos casos, ¡gafas nuevas! Sí, sí, es algo bastante
común tras las vacaciones de verano o Navidad.
En las
mencionadas fechas vacacionales es cuando muchos padres aprovechan para
realizar revisiones oftalmológicas y detectar posibles problemas de visión en
sus hijos que hasta ese momento parecían pasar desapercibidos, como si los
libros estuvieran hechos de niebla o las pizarras fueran misteriosos
jeroglíficos lejanos.
Durante el
descanso escolar, es frecuente que los niños pasen más tiempo frente a
pantallas o expuestos a factores que puedan afectar su vista, lo que en algunos
casos lleva a la necesidad de utilizar gafas. Así, el regreso a las clases no
solo marca el momento de volver a las aulas, sino también, para algunos, es el
momento de incorporar nuevos hábitos en sus vidas. Como aprender a no sentarse
encima de las gafas nuevas o no dejarlas olvidadas en la cartera junto al
Donuts que, misteriosamente, decidió vivir allí durante días, jejejejeje.
Esto es
exactamente lo que le ocurrió a Antonio Álamo, un amigo de la escuela. Antonio
llegó el primer día de clase después de unas vacaciones de verano de finales de
los 70's y traía algo más que su moco caído y su eterna sonrisa traviesa:
¡Antonio estrenaba gafas! Claro, nosotros le echamos un vistazo rápido y
seguimos con lo nuestro. Las gafas de Antonio no eran exactamente el centro de
atención, pero había algo que sí captó todo nuestro interés: un llavero en
forma de gafas que colgaba de su cartera escolar. ¡Aquello sí que era algo
digno de admirar! "Álamo, ¿de dónde lo sacaste?", le preguntamos en
coro, con la curiosidad de un equipo de detectives en miniatura, y nunca mejor
dicho, jejejeje.
Antonio, con
la misma calma de alguien que acaba de descubrir el truco para ser el niño más
popular del patio, nos contó que el llavero se lo regalaron en la óptica, justo
al lado de nuestro colegio. Pero, claro, lo que el buen Antoñito no nos dijo es
que se lo dieron porque se hizo unas gafas nuevas en aquella óptica. No
tardamos ni dos minutos en imaginar lo que había que hacer: al salir de clase,
¡todos en fila hacia la óptica! El pobre dependiente, que seguramente no
esperaba ver una avalancha de pequeños y posibles futuros clientes ansiosos por
un llavero en forma de gafas, tuvo que enfrentarse a un escenario caótico.
Ahí
estábamos, toda la pandilla, esperando pacientemente (o bueno, lo más
pacientemente que puede ser un niño de 9 o 10 años) para pedirle uno de esos
llaveros tan codiciados. La primera tanda de valientes consiguió algunos, pero
no sin antes prometer, eso sí, con los dedos cruzados detrás de la espalda, que
le diríamos a nuestros padres que queríamos hacernos una revisión de la vista
en su óptica. Sabíamos que aquella promesa era más falsa que el beso de Judas,
pero ¿qué más daba? Lo importante era el llavero, jejejeje.
Yo,
personalmente, no fui de los afortunados que consiguieron uno, ya que se
terminaron las existencias. Volví a casa con las manos vacías, pero con una nueva
misión en la vida: algún día tendría ese llavero. Y, aunque me llevó varios
años, lo conseguí. Hoy en día, guardo con cariño una colección de llaveros en
"EL BAÚL DE HAL" (ya sé que suena más épico de lo que es, pero déjame
con mis ilusiones, jajajaja), entre ellos, alguno como el que tenía Antonio
Álamo (los de la segunda foto) o parecidos. ¿Quién diría que algo tan simple como un llavero podría
despertar una nostalgia tan grande?
Hablando de
nostalgia, es una lástima que ya no se regalen estos artículos promocionales
como antes. En las décadas de los 70's y 80's, muchas ópticas y otros comercios
solían regalar pequeños objetos como parte de su estrategia de marketing. Y,
sin duda, uno de los más recordados eran los llaveros en forma de gafas en
miniatura. General Óptica, junto con otras ópticas, utilizaba estos productos
como parte de su campaña para atraer clientes. ¿Y qué mejor manera de recordar
a una tienda que con un llavero que llevabas a todas partes? Vamos, el
"branding" de bolsillo.
Estos
llaveros no solo eran un simple obsequio; eran casi una pieza de arte (o al
menos así los recordamos). A menudo representaban las gafas más icónicas de la
época y algunos hasta tenían lentes de vidrio o plástico, lo que los hacía
parecer gafas de verdad, pero en versión miniatura. Para muchos, se
convirtieron en un objeto de colección, algo que mostrabas con orgullo y que
llevaba consigo toda una historia. ¿Por qué? Porque no era solo un llavero, era
una excusa para contar cómo habías llegado a conseguirlo. A veces, era más
difícil conseguir un buen llavero que sacar un sobresaliente en matemáticas,
jejejeje.
El uso de
estos pequeños detalles no era solo una estrategia comercial; creaban un
vínculo emocional con los clientes. Y no es para menos: cada vez que mirabas tu
llavero, recordabas aquel día en la óptica, al dependiente que te sonreía
mientras te lo entregaba (aunque en realidad ya estaba cansado de niños
pidiendo lo mismo) y esa falsa promesa que hiciste sobre la revisión de la
vista, si es que ese fue tu caso. Hoy en día, esos llaveros se consideran
objetos de nostalgia, pequeños recuerdos de una época en la que las ópticas
eran más que un lugar al que ibas por necesidad, sino también un sitio donde
salías con un pequeño trozo de felicidad colgando de tus llaves o de una
trabilla del pantalón.
En
definitiva, los llaveros de gafas en miniatura fueron algo más que una
estrategia de marketing; formaron parte de una infancia llena de aventuras,
promesas no cumplidas y pequeños objetos que, sin darnos cuenta, marcaron una
época. Porque, al final, no eran solo llaveros. Eran un símbolo de aquellos
días en los que lo más importante no era si veías bien o mal, sino si tenías el
accesorio más chulo del recreo. Y si no, que se lo pregunten a Antonio Álamo
(por cierto, apodado Spider-Moco, por aquello de la vela caída) y su legendario
llavero.
¡Es hora de
un pequeño descanso! Ya estoy de vacaciones y, durante unas semanas, nuestro
blog estará inactivo. Pero no os preocupéis, mientras tanto podéis explorar
todo lo publicado en nuestro entrañable rincón. ¡Hay un montón de recuerdos y
muchas historias esperando a ser redescubiertas!
Regresaré
con nuevas viejas historias y sorpresas frescas para compartir con todos
vosotros, y lo que es más importante, con "EL
BAÚL DE HAL" lleno, llenito de nostalgia. Gracias por
acompañarme en este viaje. ¡Hasta pronto y que cada día de este verano os
traiga momentos especiales!
Crónicas de un Pueblo fue una serie de televisión emitida entre 1971 y 1974 en Televisión Española (TVE). Durante su emisión, fue tan popular como el sonido del televisor en una tarde de verano, ofreciendo una representación cercana y entrañable de la vida rural. Muchos de nosotros, desde el abuelo hasta el nieto, encontrábamos en ella un reflejo de nuestra propia vida, incluso los más pequeños que, a falta de tablets o móviles, se pegaban a la tele como si fuera la última novedad tecnológica.
La serie es recordada por su tono amable y optimista, y por su habilidad para capturar la esencia de la vida en una comunidad pequeña, donde el mayor escándalo era que el cura llegara tarde a misa porque la bicicleta se le había pinchado. Su legado perdura como un reflejo de una época y una forma de vida en una España que ha cambiado más que la receta de la paella.
Contaba con un elenco variado de actores que daban vida a personajes del pueblo: el alcalde, el cura, el cabo de la Guardia Civil y el maestro, también estaban el alguacil, el pregonero, el cartero, que siempre tenía una carta que no llegaba, el conductor del autobús que era más lento que un caracol con pereza, la boticaria que siempre tenía remedios para todo, y los niños de la escuela, que soñaban con ser futbolistas o toreros, cada uno con sus historias y personalidad únicas.
Crónicas de un Pueblo presentaba historias sencillas y cotidianas, girando en torno a los habitantes de un pueblo que perfectamente podría haber sido el tuyo o el mío en aquellos días de infancia. ¡Hasta que mis padres decidieron llevarme a vivir a Barcelona! Una ciudad tan grande que, al principio, me sentía perdido como un grano de arena en la playa. Con el tiempo me acostumbré a la gran ciudad, pero mi pueblo y todos aquellos recuerdos mantienen un lugar privilegiado en mi corazón.
La serie abordaba temas como la amistad, la familia, el trabajo, y esos pequeños conflictos locales que siempre acababan en risas. Por eso este artículo lleva este título, porque en aquellos años, yo, y mucha gente, nos sentimos identificados con esas tiernas historias rurales. Historias de "abuelo Cebolleta", como las que voy a contar, pero estas no serán ficticias, estas serán completamente reales, que bien podrían servir como guiones para algunos de aquellos episodios de la recordada serie.
Bueno, allá vamos, pero antes, permíteme un pequeño inciso… Este artículo lo rescato de mi vieja página de Facebook, "Yo también lo tuve!", un nombre que seguro te saca una sonrisa nostálgica. Lo escribí una calurosa noche vacacional de verano de 2018, cuando cientos de recuerdos me invadieron mientras intentaba dormir en la vieja casa familiar del pueblo. La fuente de las imagenes es de Piedra Yllora. Revista Cultural de Cantoria.
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Aquí dejo algunos de esos recuerdos, recuerdos, de crónicas de un pueblo, de mi pueblo.
Las tres de la mañana y aun sin poder dormir… Así empiezo mi primer día de vacaciones. Hace muchísimo calor aquí en mi pueblo, Cantoría (Almería), pero siempre es un placer estar aquí, pasar unos días junto a la familia, pasear por las calles que me vieron corretear de niño y recordar todos aquellos momentos felices de mi infancia. Muchos recuerdos e historias me vienen a la cabeza, carismáticos personajes que conocí en mi niñez y que esta noche se escapan del cajón de los recuerdos para darme la bienvenida en esta calurosa noche de principios de agosto.
Voy a poner la radio a ver si me entra el sueño ♪ ♫ ♩♬. Recuerdo mi niñez, nunca la olvidaré. Recuerdo mi niñez, mi ayer feliz. Recuerdo mi niñez, ya no regresará. Buenos amigos, que no volverán. Una vieja calle, allí nací. Recuerdo mi casa, yo jugaba en el jardín. ♫ ♩♬ ♪ Pero, ¿qué está pasando aquí? Parece una conspiración de los hados contra mí, jajajaja. Pongo la radio y suena este clásico de Santabárbara, muy acorde con los recuerdos que revolotean esta noche en mi cabeza. Está claro que hoy dormiré poco, pero qué más da. Estoy de vacaciones, y esto parece una señal. Algo en mi cabeza me dice: ¿Por qué no escribes algunos de esos recuerdos, algunas de esas historias de tu bonito pueblo y sus habitantes, en aquellos años en que tú eras niño?
Así comenzó mi primera noche de vacaciones. A pesar de estar cansado después de un viaje de 8 o 9 horas en coche y todas las emociones del día, debería dormir como un angelito, pero no, antes tenía que escribir este artículo de abuelo cebolleta o al menos empezarlo. Seguro que a lo largo de estos días añadiré más recuerdos. Por cierto, si lees este artículo y le pones la cancioncilla que te comenté al principio, estoy seguro de que también te transportará a tu niñez… Te dejo aquí el video de Santabárbara - Recuerdo mi niñez.
¡QUÉ VOYYYYYY! Así gritaba Carmen, Carmen la coja, como solíamos llamarla... ¡QUÉ VOYYYYYY! Bajaba desde su casa en un pequeño cerro lleno de cuevas que en su día fueron habitadas por humildes familias y que hoy las utilizan para el ganado. ¡QUÉ VOYYYYYY! Gritaba, y todos los niños de mi calle dejaban lo que estaban haciendo para esconderse apresuradamente dentro de sus casas, unos debajo de la cama, otros debajo del delantal de la abuela o de la madre, y otros, más atrevidos, mirando por la ventana. Todos escondidos, y la verdad, no sé por qué temían a esa mujer; era muy buena persona, muy buena familia. Es verdad que Carmen tenía una voz poderosa y, a la hora de hablar, lo mismo te echaba un piropo, pero con aquella voz tan escandalosa, con todo respeto, muy de camionero y con un leve tartamudeo, parecía que te estaba regañando. Tremenda era Carmen. Estos días me enteré de que había fallecido. D.E.P.
Carmen, guardo muy buenos recuerdos de ti y de tu familia. ¡QUÉ VOYYYYYY! Todos los niños gritaban que venía la coja y se escondían en sus casas por miedo a que Carmen se los llevara a las cuevas, jajajaja. Espera... Hay un niño que no se esconde; es más, si está dentro de casa, sale a recibirla. Parece que ese pequeño no teme a Carmen. Ella va bajando poco a poco por la calle, no puede correr mucho debido a su cojera, que, según me explicó su hija Juana, fue por culpa de una piel de plátano.
Carmen llegaba delante de aquel niño descarado que no se escondía, y le decía con su carismática y gritona voz: "Tú, tú, tú, no me tienes miedo". Y el pequeño movía la cabeza de derecha a izquierda mientras la miraba a los ojos. Era un duelo de miradas bajo el sol, jajajaja. Hasta que al final Carmen le decía al pequeño: "Pues por no tener miedo de mí, ten una peseta para que te compres un polo". Desde aquel día, cada vez que escuchaba a Carmen, salía pitando de donde estuviera, no por curiosidad, sino pensando en el polo que me compraría con la peseta que siempre me daba Carmen por no tenerle miedo y no esconderme de ella, jajajaja. Buenos recuerdos de esa familia tengo, hasta sus hijos, al ver que Carmen me daba aquella pesetilla, pues ellos no querían ser menos y en más de una ocasión me invitaron a un FLAGGOLOSINA de la tienda de la Sra. Titaña.
Mateo era el marido de Carmen, otro de esos personajes que jamás se me olvidarán y que me saca una sonrisa cada vez que me acuerdo de él y de sus peripecias. Mateo era un hombre dicharachero y bromista. Yo lo recuerdo siempre contento y cantando, al igual que su mujer. Cuando bajaba calle abajo se hacía notar con sus alegres cantos a lo Juanito Valderrama o alguna copla del momento, y eso hubiera estado muy bien, pero… ¡Ay, Mateo, Mateo! A las cinco o las seis de la madrugada no le hacía gracia a la gente, jajajaja.
Mateo, con alguna de tus bromas te la jugaste… ¿A quién se le ocurre decirles a los gitanos del pueblo de al lado que hacían allí parados? Con la feria de ganado, caballos y mulas que había en Cantoría, los revolucionaste a todos y el pueblo se llenó de ellos con ganas de comprar y vender ganado y monturas en aquella feria que dijiste. ¡Ay, Mateo, Mateo! Si te pillan los gitanos aquel día, te canean bien. Movilizaste a un barrio gitano entero, y después al llegar se encontraron que todo fue una broma, que no existía feria alguna. Supongo que no imaginabas que aquello podría llegar tan lejos y tuviste que estar escondido unos días porque más de un gitano quería darte las gracias.
Y lo de llenar los cubos de papel de periódico para hacer bulto y encima meterle unos puñados de alcaparras (tápena) parecía que llevabas los cubos llenos de alcaparras, en un año que apenas se encontraban y mira que estaban muy buscadas por lo bien que se pagaban en el mercado, y tú paseando con aquellos engañosos cubos llenos de papel y con muy pocas alcaparras que encontraste en tu jornada, pero lo suficientes para disimular el relleno de papel y la gente abría los ojos como platos… ¡PERO MATEO! ¿DE DÓNDE HAS SACADO ESOS CUBOS LLENOS DE TAPENA? Y Mateo, sonriendo, les contestaba "Allí, en el Cerro Castillo". Aquel cerro se llenó de incautos que cayeron en la broma de Mateo, jajajaja. No hace falta decir que no encontraron alcaparras, ni tampoco a Mateo, que volvió a desaparecer durante unos días jejejejeje, Aquel año no fue nada bueno para esa delicia culinaria, pero sí para las bromas de Mateo.
En la foto Carmen la coja y Mateo Borgoñoz con la mayoría de sus hijos después de encontrarse con Juan el Chambi (el heladero).
En la segunda foto, Mateo Borgoñoz con su hijo mayor. Entre los muchos oficios que desempeñó, estuvo el de pregonero, alguacil, enterrador, afilador, etc. Esta foto es de la etapa en que ejercía de afilador a principios de los años 60's.
Y hablando de bromas, una de las costumbres que tengo al llegar a mi pueblo es hacer una parada en otra casa antes de llegar al destino... la última morada de algunos de mis seres más queridos, donde descansan mis padres, mi hermana y mis abuelas, sí... En el cementerio hago ese alto para decirles que ya hemos llegado y para presentarles nuestros respetos. En ese cementerio hay una escultura de un ángel que seguro es centenaria.
Recuerdo una historia que me contaba mi padre sobre una broma que solían hacer él y su hermano de jóvenes, una broma que a algunos bien les podría haber costado un disgusto. Imagina a dos golfillos encaramados a la escultura del ángel, cuya espalda daba al camino del pueblo, un camino transitado, aunque pasar por el cementerio de noche no es agradable. Si encima pasas solo y escuchas "Ssssss, Ssssss... Eeeeeeeh tú, ¡AQUÍ TE ESPEROOOOOO!" Mi padre me contaba esa gamberrada y los dos acabábamos llorando de risa.
La gente ponía pies en polvorosa al escuchar aquellas tétricas voces que ponían mi tío y mi padre, y cubrían la distancia entre el cementerio y el pueblo corriendo a supervelocidad, jajajaja.
Aquí en la foto está el ángel en escayola que sirvió como molde para esculpir posteriormente el del panteón de la familia de los Píos en Albox, una obra funeraria monumental en mármol.
Y hablando de miedo, como os comenté, ya di a entender que no fui un niño miedoso, pero siempre podría haber una excepción, como con Andrés el de la guitarra, un pobre hombre que solía pedir por las casas, una limosna o un pedazo de pan. Era un caso parecido al de Carmen la coja, pero Andrés no gritaba eso de "QUE VOYYYYYY!" De eso se encargaba cualquier niño del barrio cuando lo divisaba, con su guitarra a la espalda y su gran sombrero mexicano. Ufffffffff. ¡ANDRÉS, QUE VIENE ANDREEEEEESSS! Todos a correr y a escondernos.
A ese sí que no le plantaba cara. Con aquel pedazo de sombrero que apenas dejaba verle la cara, ¿quién me dice que no podría llevar un saco, un saco en el que podría caber un niño como yo? Uffffff, a correr tocaba. Todos los niños nos escondíamos, yo incluido, esperando que Andrés se marchara de nuestra calle.
Aquí un par de fotos de Andrés, el de la guitarra, mendigo que solía pasar por el pueblo siempre con una vieja guitarra, aunque no sabía tocarla. Cuando se paraba delante de la puerta de alguna casa para pedir comida, si veía niños, se iba sin coger nada de lo que le ofrecieran.
Los domingos, después de misa, todos mis amigos y yo teníamos la costumbre de visitar a María la Melilla, o mejor dicho, su kiosco sobre ruedas. Era una mujer chiquitita, no llegaría al metro y medio. Tiraba de un carro de color verde lechuga lleno de golosinas de todos los colores, una gozada para cualquier niño y una alegría para cualquier dentista, jajajaja.
La Melilla tenía caramelos, anises, chicles, pipas, garbanzos torrados, cigarrillos sueltos y puede que algún que otro juguetito de kiosco y las almendras garrapiñadas, mmmm qué buenas.
En la foto, María la Melilla con su carro de chuches después de desmontar su puesto en la puerta del Cine - Teatro tras una sesión de cine. Aunque yo, el carro que recuerdo fue el de mediados de los 70's, un carro más alto, tipo mesa, con un par de ruedas más grandes y, como mencioné anteriormente, de color verde lechuga muy chillón.
Por aquellas calles de mi pueblo, en los días calurosos de verano, podías encontrar a Juan el del Chambi, con su carrito de helados; esos sí, que eran helados, buenos, caseros, nada que ver con los de hoy en día, y los granizados de limón, artesanos y naturales. Ooooooh, Caprice des Dieux, qué buenos estaban.
En la foto, Juan el del Chambi: Él fue durante décadas el heladero artesano más famoso de la comarca por la calidad de sus helados y por la limpieza con que desarrollaba su trabajo. Fue uno de esos hombres laboriosos que pasaron por la vida sin un día de descanso, buscando la forma de ganarse la vida peseta a peseta. Fue una persona muy educada, trabajaba en invierno en la farmacia del pueblo, la de don Antonio López, y en verano era chambilero (heladero).
En verano tenía una heladería en su casa, y además vendía con un carro por las calles. Fabricaba un producto buenísimo que hoy no tendría nada que envidiar a los célebres helados italianos. Salía cuando todo el mundo estaba echando la siesta, pregonando a voces para avisar a la gente. Hay helado, helado rico, limón y mantecado helado. Chupa, chupa Perico, y verás qué rico.
¡HAY HELADOOOoOOOoOOOo!
Recuerdo que estuve un tiempo viviendo con mi abuela en el pueblo, mientras mis padres buscaban una mejor vida en Barcelona. Hasta que se situaron bien para empezar de nuevo, me quedé con mi abuela Dolores un tiempo, y una de las muchas anécdotas que recuerdo con mucho cariño fue: "¡Madreeeeee, madreeeeeee!"
Fuera estaba Juan el Pipa, el pescadero, con su furgoneta vendiendo pescado. (Madre, así llamábamos a mi abuela). "Quiero pescadito para comer" y mi abuela me decía que no, que la comida ya estaba preparada. Y yo, cabezón, insistía en que quería pescado para comer. Al fin, mi abuela, ya aburrida de mi insistencia, me dio un par de reales para que me quedara tranquilo, seguro que pensó que con esa miseria no compraría nada. Pero estaba equivocada.
Me encaminé hacia la furgoneta de Juan el Pipa, llena de pescado, me colé entre las piernas de las mujeres que estaban allí y le grité: "¡PIPAAAAA! - ¡EEEEEH! Yo quiero dos reales de pescaditoooo." Todos se quedaron en silencio durante unos segundos y luego se echaron a reír. Aquello les hizo gracia a todos, especialmente a Juan el Pipa, que ni corto ni perezoso cogió una bolsa y me la llenó de pescado. Gracias a aquellos dos reales y al buen hacer del Pipa, estuvimos comiendo pescado una semana, jajajaja.
La cara que puso mi abuela, echándose las manos a la cabeza. "¡Niñooooo, pero qué traes en esa bolsa!" "¡Madre, los dos reales de pescado!" Esta simpática anécdota es una de las que durante muchos años me recordó mi querida abuela, la madre Dolores. Esos dos reales dieron mucho, muchísimo de sí, jejejejeje.
Bueno, pensaba que estas historias de abuelo cebolleta no se harían tan extensas; será mejor parar aquí. Y mira que aún quedaron unas cuantas en el tintero, como la del loro que los niños solíamos visitar y le preguntábamos a cuánto estaba el kilo de patatas, o cuando el mismo loro se enfadaba y mandaba a Baltasar, su dueño, a tomar por piiiiiiiiiii porque no le ponía comida jajajaja.
O la historia del mudo que ayudaba en la iglesia como monaguillo y al final lo tuvieron que echar porque se bebía todo el vino de la misa, dejando al cura sin el preciado líquido.
Muchas otras historias quedan, pero ya serán para otro año, para otro verano. Espero que estas os hayan gustado y que también os saquen alguna sonrisa, como me ocurrió a mí mientras recordaba y escribía este artículo sobre mi niñez, sobre las cronicas de un pueblo, las de mi pueblo.